13. Cannon
Cannon
Pasar requiere visión, tiempo y anticipación.
Cannon: Me he acostado con Ben.
Lo siento, necesitaba contárselo a alguien y Blake no es una opción, así que te ha tocado a ti.
Fallon: ¡¿¿¿Ben Schmidheiny???!
Cannon: Sí.
Fallon: ¡¿¿¿Benjipollas???!
Cannon: ¡Sí!
Fallon: ¿Por qué?
Dios, ¿por qué?
¿Perdías una apuesta o algo, en plan de vida o muerte?
Cannon: Pensaba que era otro tío.
Fallon: Ah, bueno, eso lo explica todo…
Cannon: Iba a acostarme con otro, pero cuando me he despertado estaba en su cama. Y no me acuerdo de nada (gracias a Dios). Solo sé que se corrió encima de mí.
He tenido que frotarme la tripa y la cara a conciencia. Tres veces. Y aún lo noto ahí, Fal, aún lo noto ahí, palpitante.
Fallon: DEMASIADA INFORMACIÓN…
Aunque por otra parte, no me imagino a Benji corriéndose.
Cannon: Yo tampoco.
Fallon: Si hubiera sido un polvo épico, te acordarías.
Supongo que el hermano del hermanastro no dio la talla.
Cannon: La cara de gilipollas recién follado la tenía.
Fallon: Bah, eso todos. Siempre.
¿Y qué vas a hacer ahora?
Cannon: Cortarle los huevos si se le ocurre sacar el tema.
Fallon: Así no podrá volver a correrse encima de ti.
Y con «tema» te refieres a su significado más literal y no como sinónimo de polla, ¿no? En plan que «le cortas los huevos si se le ocurre sacar la chorra».
Cannon: No tiene gracia.
¿Y quién dice chorra hoy en día?
Fallon: Blake.
Ya sabes…
¡Oye! Podría ser el tema de actualidad de estas Navidades.
Cannon: ¡¿Las chorras?!
Fallon: Casi, pero no.
¿No quieren nuestras familias que fraternicemos con los Schmidheiny? Pues ya lo has hecho tú por todos.
Has fraternizado con Benji.
Cannon: No tengo muy claro qué es lo que he hecho con Benji.
Fallon: Pero te corriste, ¿no?
La abu va a estar superorgullosa.
Cannon: Por Dios, Fallon.
Fallon: Orgullosa de tu acercamiento con Benji… Se ha mezclado la cosa.
Cannon: Tenía que habérselo contado a Brandon.
He dudado hasta el último momento.
Fallon: Métele en este chat.
Muero por leer su opinión.
Cannon ha añadido a Brandon al chat
Cannon: Y también tengo un chupetón en el cuello.
Qué capullo. Verás cuando lo pille.
Fallon: Si yo fuera tú, me correría en su cara.
Cannon: Seguro que le gusta, al muy imbécil.
Brandon: ¿WTF?
Eso digo yo.
Recuesto la cabeza en el respaldo del sofá de Blake, suspiro y cierro los ojos. Lo que más me fastidia de todo esto es que creo que me corrí a lo grande.
Ya he dicho que el sexo y yo no nos llevamos bien.
—¿Por qué soy diferente, papá? —le pregunté una noche de verano a mi padre mientras veíamos la última película de James Bond en el salón.
Empezaba a ser consciente de mi falta de empatía con el resto de la humanidad y de mis pocas ganas de pasar tiempo con otros seres humanos. Tenía diecinueve años. Blake y Brandon estaban con nosotros.
—No eres diferente. Eres selectiva —respondió mi padre.
—No quiero ser selectiva.
—¿No? Pues a mí me gusta que lo seas. Te define. Te hace única y hace especiales a los que te rodean.
—No quiero ser única.
—Yo no quiero ser tan guapo y musculoso —respondió Blake sin desviar la mirada del televisor—, pero es lo que hay.
Brandon le lanzó un cojín a la cara. Yo sonreí.
—¿Qué tal la caída, Cani Pooh? ¿Ha dolido?
—¿Qué caída?
—Follar con alguien como yo, tan insignificante dentro de tu esquema de la vida. Debe de ser el semen, digo, perdón, el sumun de tocar fondo. ¿Cómo… —se lleva el dedo a la barbilla y finge buscar entre los recuerdos de su cabeza— cómo me llamaste aquel día en la embajada? ¿Parásito aprovechado?
—Parásito por un lado y aprovechado por otro. No los uní.
—Sí, eso.
Cierro los ojos en un intento de que las palabras no me persigan.
No las de Benji, sino las mías de hace siete años, cuando supimos que Viktor había adoptado a Benji.
Llevan años atormentándome. Acosándome. Apretándome los pulmones.
Y no porque no las pensara, sino porque no tenía derecho a decirlas en voz alta.
La libertad de expresión no lo justifica todo.
La libertad de expresión no debería tiranizar personas.
Estábamos de visita en la embajada. Lili tenía que entregarle unos papeles a Viktor. Habíamos pasado la tarde juntas y decidí acompañarla.
Lili y Viktor no se llevan bien, por decirlo de manera suave. No se llevaban bien estando casados, mucho menos después de la infidelidad con mi padre. Apenas hablan, y cuando lo hacen es para gritarse.
Me quedé en la sala de espera y Benji salió del despacho de Viktor. Nos quedamos mirándonos, sorprendidos. Hacía tres años que no nos veíamos. Estaba más alto. Más corpulento. Mayor. Muy Schmidheiny.
Me cabreé un montón. Bueno, la verdad es que llevaba tres años cabreada. Creo que mi subconsciente estaba protegiendo a Elliot. No lo sé. Quizá solo era rabia. Celos. Frustración. Y yo ya sabía que Benji era mucho más listo que la media.
—¿Sabes lo que es el parasitismo? —le pregunté.
—Hola, Cannon. Cuánto tiempo sin vernos. ¿Cómo te va la vida? ¿Sigues siendo la más empollona de la clase? ¿La mejor en mates? Te ha crecido el pelo. Te sienta bien.
—Un modo de vida de los parásitos —continué, ignorándolo—. Un hábito de quienes viven a costa de otros.
Me observó con atención, evaluando qué tipo de respuesta darme.
—Joder —dijo por fin—. Vosotros, los ricos, sois elegantes hasta para insultar.
—¿Prefieres aprovechado?
—No te rebajes, Can. Con lo bien que ibas.
—¿Ya sabe Elliot que ahora la mitad de su herencia es tuya?
—Adiós, Cannon. Y estudia un poco de Derecho de Familia. Título III del Libro III del Código Civil: «De las sucesiones». No te va a venir nada mal.
Se fue sin mirar atrás, pero un segundo antes de que lo hiciera, advertí el dolor en su mirada. Y los ojos de Benji nunca han mentido. Me quedé de pie, mirando al vacío.
Nunca me leí el Código Civil.
Con un incipiente dolor de cabeza, me pongo en pie y me encamino hacia la habitación de invitados de mi hermano, que a estas alturas es más mía que suya. En realidad, la casa entera es más mía que suya. Blake nunca está. Tardaría meses en darse cuenta si yo le cambiara el sofá por otro.
Leal a mi ritual, me llevo en primer lugar una mano a la oreja para quitarme el primer pendiente (no me gusta dormir con ellos puestos), pero…
no hay nada. Siento un golpe en el pecho.
No es posible. Corro al espejo y observo mi reflejo.
Mierda. Tengo la oreja vacía. No. No, no, no, por favor.
Me palpo el cuello y sacudo la camiseta, sin éxito. Me desnudo. No hay ni rastro.
Salgo disparada a por el teléfono y escribo un mensaje a Benji.
Cannon: He perdido un pendiente.
Lo llevaba puesto cuando entré en el bar.
Dime que lo has encontrado en tu cama.
Por favor.
Me responde en el acto.
Benji Pooh: ¿Cómo es?
Cannon: ¡Tiene forma de pendiente, Benji!
Benji Pooh: Joder, el sexo te sienta fatal.
Cannon: Ben…, el pendiente era de mi madre.
Me muero si lo pierdo.
Benji Pooh: OK.
Voy a buscarlo ahora.
Cannon: Vale.
Te espero aquí.
Media hora después
Benji Pooh: No está.
Cannon: ¿Qué?
No puede ser.
¿Has mirado bien entre las sábanas?
¿Debajo de la cama?
¿Entre tu ropa?
Benji Pooh: Sí.
Lo siento.
Los ojos se me llenan de lágrimas, difuminando por completo la pantalla del móvil.
Benji
Tras m ás de media hora en busca del pendiente, mi habitación ha quedado hecha un desastre.
La cama está patas arriba (más de lo habitual), hay una camiseta enganchada en la lámpara, una deportiva encima del escritorio y, por alguna razón que escapa a mi comprensión, porque juraría que lo había lanzado a la basura, un preservativo usado en una de las estanterías.
—Tío. —Jonny señala el preservativo—. No quiero saberlo.
—Haces bien.
—A mí se me abre un abanico lleno de posibilidades —añade Álvaro.
—Guárdatelo.
Elliot se remanga la sudadera y empieza a retirar las almohadas de la cama.
—¿En qué momento exacto crees que se cayó el pendiente? —me pregunta.
—No tengo ni idea. Solo sé que ya lo he buscado por todas partes.
—¿Y por qué estamos aquí?
—Porque ocho ojos ven más que dos.
—Depende de los ojos, también te digo…
—Necesitamos una reconstrucción de los hechos.
—Imposible —afirmo—. Apenas recuerdo haberme quitado la ropa.
—Tenemos que peinar la habitación de cabo a rabo.
—Varo, tío, ¿tenías que usar la palabra «rabo»?
—¡Ha sido sin querer!
Jonny le lanza un calcetín a la cara a Álvaro.
—Quietos, joder —dice Elliot—. No sé vosotros, pero yo tengo cosas más importantes de las que ocuparme que limpiar el desastre sexual que han dejado mi hermano y mi hermanastra, así que pongámonos manos a la obra. Yo me encargo de la cama. Álvaro, tú del suelo. Bárrelo de cabo a rabo.
—Joder, Elli, cuando te pones, te pones.
—Jonny, sacude toda la ropa de Ben. Y tú, Ben, ocúpate del resto.
—Por un momento he creído que era Gordiflakes el que nos hablaba. Todo se pega, eh.
—Cállate, Jonny.
—¿Veis lo que os digo?
—¡A trabajar!
Elliot se arrodilla junto a la cama y mete el brazo por debajo del colchón; Jonny despeja, prenda por prenda, la pila de ropa amontonada en la silla de mi escritorio; Álvaro examina el suelo a conciencia, y yo…, yo ya no sé qué hacer.
—Creo que noto algo —dice Elliot, y los tres nos giramos hacia él.
—¿El pendiente?
—No.
—¿Entonces?
Retira la mano y nos enseña un anillo con dos corazones entrelazados que yo no había visto en mi vida.
—Esperad, que hay algo más.
Vuelve a meter el brazo y saca unas esposas. Mierda. Llevaba meses buscándolas.
Álvaro y Jonny rompen a reír.
—Oh, callaos —les digo—. Y no hagáis preguntas.
—Pero yo quiero hacer muchas.
—Y yo.
—Vale, ahora sí —insiste Elliot—. Creo que lo tengo.
Contengo la respiración, a la espera de que sea el pendiente, pero no lo es. Es un piercing con forma de rayo.
—Joder, menos mal que prefieres follar fuera de casa —me dice Jonny.
—Tíos, ¿cuánta gente creéis que ha sobrevivido a esta habitación? —pregunta Álvaro.
—Nadie. Dudo que ni nosotros salgamos vivos de aquí.
—Como poco, con una ETS .
—No tengo ninguna ETS —me defiendo—. Uso siempre preservativo.
—Eso diría alguien con una ETS .