12. Benji
Benji
El manejo del stick requiere una excelente coordinación manoojo, la capacidad de acunar un puck y fintar a un contrario en el momento adecuado.
Hecho probado: el sexo y las sonrisas son directamente proporcionales. Si la primera magnitud aumenta, la segunda también, y te despiertas con una de oreja a oreja. Y en pelotas. Esto es real, verdadero, cierto y ha sido demostrado a lo largo de los años.
Ayer pillé, fijo. No recuerdo nada de lo que pasó, pero ha tenido que ser sexo del bueno para que me despierte de esta guisa, a pesar de la resaca.
Me asaltan fogonazos de recuerdos. No puede ser. ¿Rory? ¿En serio? Joder, soy un puto crack.
Bostezo y me aventuro a abrir los ojos. Me doy de bruces con la ventana de mi dormitorio. El cielo está cubierto de nubes, así que apenas entra luz en la habitación.
Cierro los ojos de nuevo y me cubro con el edredón hasta el cuello mientras me doy media vuelta. Oh, espera. Frunzo el ceño. El otro lado de mi cama está cálido. Cálido como que hay un cuerpo a mi lado. ¿Rory se ha quedado a dormir? No es que me entusiasme la idea, pero ya que estamos…
Sin abrir los ojos, que aún no se han acostumbrado a la luz matinal, me arrimo todo lo que puedo hasta que mi polla semierecta se topa con su culo, que nos da la bienvenida con un movimiento muy sexy.
Espoleado, me restriego arriba y abajo. Unos segundos después, toda la sangre de mi cuerpo se concentra en el mismo lugar, así que ya no estamos semierectos, sino superempalmados y más que dispuestos para sexo matutino perezoso.
Le rodeo la cintura con el brazo y extiendo la palma por uno de sus pechos, firme y perfecto.
Escondo la cabeza en el hueco de su cuello y abro la boca para meterle un buen bocado.
Mmm… sabe de puta madre y desprende un olor dulce y…
familiar. Extrañamente familiar. Debe de ser el pelo. Usaremos el mismo champú.
Estoy a punto de ponerme un preservativo y enterrarme muy profundo en su cuerpo cuando gime, y yo… yo me congelo. Puede que haya sido solo un gemido, pero yo conozco esa voz viva y armoniosa y… no me ha sonado a Rory. Ha sido mucho más familiar que Rory.
Carraspeo. Ella gime de nuevo y yo… doy tal triple salto mortal hacia atrás que no me caigo al suelo de milagro.
Salgo de la cama y me tapo los ojos con ambas manos. No quiero mirar. No puedo mirar. ¿Quizá sea una pesadilla? Por favor, que sea una pesadilla.
—Eso es salir espantado y lo demás son tonterías —dice la voz, y a la porra el último vestigio de esperanza de que fuera otra persona—. Ahora no quiero darme la vuelta. ¿En qué lío me he metido?
Me quito las manos de los ojos y observo el bulto que descansa en mi cama.
Está enredado entre mis sábanas, me da la espalda, tiene el pelo rubio cobrizo recogido en una coleta desordenada, los ojos azules, mide un metro sesenta y responde al apellido de Donnelly.
Sí, esos que son un porrón y que apodamos como Gremlin Uno, Gremlin Dos…
¿Y por qué los apodamos así?
Porque los Donnelly y los Schmidheiny somos enemigos mortales.
Los Donnelly y los Schmidheiny somos hermanastros.
Los Donnelly y los Schmidheiny nos miramos con acritud, nos hacemos la zancadilla y no nos acostamos juntos.
«No nos acostamos juntos, Benji, por muy buenos que estén. Y tú acabas de follar con Gremlin Cuatro. No solo eso: le estabas restregando la polla por el culo hace cinco segundos. Joder, ¿qué has hecho?».
Mierda. Se me ha revuelto el estómago. Putos chupitos de tequila. Están a punto de salir por el mismo sitio por el que entraron. Se me baja todo. Hasta la erección de caballo.
—En uno bien gordo —le digo.
Cannon se tensa y se baja a todo correr de la cama. Sí, ya he pasado por eso. Quedamos frente a frente, con mi cama de sábanas azules con sticks y pucks de hockey deshecha de por medio. Me mira con los ojos muy abiertos.
—¡¿Qué haces tú aquí?!
Resoplo. Qué valor.
—¿Te refieres a aquí, en mi dormitorio ?
—¿Tu qué?
Cannon echa un vistazo a las paredes que nos rodean.
Lleva mi firma por todas partes, aunque dudo mucho que me reconozca en cada detalle.
No sabe ni de qué color tengo los ojos. Los trofeos de hockey de la balda de encima del escritorio, la camiseta de los Jaguars y mis fotos colgadas en las paredes le podrían haber dado una pista si se hubiera sacado el palo del culo y mirado más allá de sus narices por una vez.
—A lo mejor no ha pasado nada —pienso en voz alta, esperanzado, hasta que veo un preservativo usado en el suelo. Lo cojo con las puntas de los dedos gordo e índice. Lo miro—. Está vacío. No me corrí.
—Ya lo creo que te corriste. —Levanto la mirada y veo a Cannon frotarse la tripa con la mano—. ¡Es semen seco, Benji! Es tu semen seco.
Ostras…, sí que debí de darlo todo para correrme fuera del preservativo.
Observo su cuerpo desnudo con ojo crítico, a ver si me ayuda a recordar algo.
Eh, no. No me ayuda. Está demasiado buena y así es imposible pensar en nada.
De modo que me concentro en su cara. Entrecierro la mirada.
Oh, oh… Levanto el brazo y le señalo la barbilla con el dedo.
—No solo lo tienes en la tripa.
Cannon se lleva la mano a la cara, detecta el regalito y me mira con cara de querer matarme con sus propias manos. «Ya, ¿pues sabes qué? Verás cuando te veas el chupetón que te he dejado en el cuello».
Joder, ¿qué hicimos anoche?
—¡Eh! Que a lo mejor no es mío —me defiendo—. La verdad, no sé ni cómo me corrí.
—¿Qué estás insinuando?
Pongo los brazos en jarras.
—Que, francamente, no sé ni cómo me corrí. Iba como una cuba y no soy tan pro.
—Oh, ¿Benjamín Schmidheiny admitiendo que no es un dios, sino un ser humano que podría haber sufrido un gatillazo? Eso es una novedad.
—Y aun así, me he corrido en tu cara. Literalmente.
Sonrío con satisfacción. Me encanta sacar a Cannon de sus casillas.
Aprieta los puños y me lanza rayos láser por los ojos.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti? —pregunta con furia—. Te crees mejor que los demás.
Río sin poder evitarlo.
—¿Yo me creo mejor que los demás? —respondo ofendido señalándome con el dedo—. Qué gracioso, viniendo de ti. Te has debido de levantar del lado bueno de la cama. Por cierto, ¿qué tal la caída, Cani Pooh? ¿Ha dolido?
—¿Qué caída?
—Follar con alguien como yo, tan insignificante dentro de tu esquema de la vida. Debe de ser el semen, digo, perdón, el sumun de tocar fondo. ¿Cómo…, cómo me llamaste aquel día en la embajada? ¿Parásito aprovechado?
—Parásito por un lado y aprovechado por otro. No los uní.
Aprieto los dientes y asiento.
—Sí, eso.
—Y no eres ni la mitad de bueno de lo que te crees que eres.
—Tú tampoco —respondo, dolido—. Y deberías dejar de mirarme por encima del hombro. Sobre todo, después de haber follado conmigo.
—¡Se suponía que eras el camarero! —me grita, fuera de sí.
Me señalo de arriba abajo.
—Abre los ojos, Cannon. ¡Soy el camarero! —respondo con la misma furia.
—¡El otro camarero!
—¡No hay ningún otro camarero!
—¡El X-Men !
Frunzo el ceño. Pero ¿qué…? Levanto los brazos.
—¡Y esto es lo que pasa por beberte media botella de ron a palo seco!
Cannon me señala con el dedo y aprieta la mandíbula, pero no dice nada.
Nos quedamos en silencio y comenzamos a buscar nuestra ropa, desperdigada por el suelo y la cama.
¿Y dónde coño están mis calzoncillos? Desisto al darme cuenta de que estoy en mi dormitorio.
La costumbre de follar casi siempre fuera de casa.
Abro el primer cajón de la mesita al lado de la cama para coger ropa interior limpia.
Visto lo visto, a saber lo que hice con la de ayer…
De pronto, escuchamos las voces de Jonny y Álvaro al otro lado de la puerta.
—Están discutiendo. ¿No lo oyes?
—Tío, te digo que me he cruzado con Rory hace media hora, corriendo por la playa.
—Imposible.
—Te lo juro.
—¿Y entonces con quién discute Benji?
—No tengo ni idea. Y, por cierto, Rory me ha echado una mirada que flipas. De esas que te parten en dos. No he caído fulminado al instante porque estoy acostumbrado a esas mierdas.
—¿Nos quedamos aquí y esperamos a que quienquiera que esté con Benji salga?
—Buena idea, St. Claire.
Cannon termina de vestirse y se dirige a la puerta sin perder un segundo en mirarme. Jamás seré lo bastante bueno, ni siquiera para que me mire.
Voy detrás, sin saber muy bien por qué. Abre con fuerza y mis amigos, recostados en la pared de enfrente, en ropa interior, se incorporan al instante con los ojos como platos.
—Hostias…
—Jo-der…
Cannon pasa de largo, pero debe de pensárselo mejor, porque retrocede y señala a Jonny con el dedo más amenazador que he visto en mi vida, y se lo clava en su brazo tatuado. Le da un empujoncito y todo. La fuerza del pulgar de Cani…
—No quiero ni una sola palabra de esto, Ros. A nadie. O te la cargas.
—Sí, señor. Digo señ…
—Júramelo. —Jonny duda. Joder, claro que duda—. Júramelo —insiste Cannon.
—Te lo juro.
Y se larga como alma que lleva el diablo. Pum, pum, pum… Los golpes de sus más que irritadas pisadas en las escaleras resuenan en la casa y en mi cerebro resacoso. Son como tambores. Pues no tengo yo la cabeza para esta mierda…
—Tío —me dice Álvaro—, ¿Cannon Donnelly? Se te ha ido toda la olla.
Elevo los ojos al cielo. Y poco más, porque justo…
¡Pum! Portazo, en plan traca final. Se habrá quedado a gusto.
Y unos segundos después…
—¿Quién coño acaba de dar un portazo? —grita Elliot desde el piso de abajo—. ¡Son las ocho de la mañana!
Elliot. Mierda.
—Adelante, casanova —me dice Jonny, y me ofrece paso encantado de la vida—. Dale las buenas nuevas al rubio.
Álvaro me da una patada en el culo, para rematar.
Los miro con cara de póquer y me abro camino hacia las escaleras.
Echo una ojeada al salón, hecho un desastre, y no veo a Elliot por ninguna parte, así que me dirijo a la cocina, hecha otro desastre.
Y ahí está, con la misma ropa de ayer y la melena rubia mirando a Cuenca, sirviéndose un café bien cargado.
—¿Quién acaba de irse?
—¿Nos sentamos?