11. Cannon #2
— More Than A Feeling —grita de pronto, usando uno de sus puños como si fuera un micrófono.
Esto tiene que ser una pesadilla. Bajo la cabeza a mis brazos de nuevo y cierro los ojos.
—Vamos, robabotellas. Arriba.
Mi culo abandona el taburete y vueeelo. Dejo caer la cabeza en un pecho firme y cálido y rodeo un cuello con los brazos. Me llega un aroma fresco, cítrico y… conocido. Mmm, huele bien. Huele muy bien.
—Joder, cómo pesas. ¿Eres puro músculo o qué?
No respondo. Tú sí que eres puro músculo.
Benji
Pum, pum, pum.
Doy patadas sin descanso a la puerta de mi casa, pero la música está tan alta que dudo que me escuchen. Estoy a punto de darme por vencido cuando se abre. Dos chicas (que no conozco de nada) salen riéndose a carcajadas.
—Señoritas —les digo y entro antes de que se cierre—. Paso, paso, paso —pido a todo el que se cruza en mi trayectoria hacia las escaleras. Aquí hay más gente que en una final de hockey.
Consigo subir sin tropezar. Los brazos me arden, y me detengo ante el primer dilema que se me presenta. ¿A qué habitación voy?
Lo pienso unos segundos y me inclino por la de Álvaro. Es la mejor opción. Entro, menos mal que la puerta está abierta, y dejo caer a Cannon sobre la cama. Duerme como un tronco. No me extraña, dada la cantidad de ron que le corre por esas venitas suyas.
—Joder —exclamo cuando me libero del peso.
La miro y… niego. No quiero empatizar con ella. No quiero entenderla. No quiero que me importen sus problemas.
Estiro la espalda de camino a la salida y cierro tras de mí.
Bajo las escaleras y voy directo al salón, epicentro de la fiesta que han montado mis compañeros de piso por haber ganado los tres últimos partidos.
Además, mañana es nuestro día libre. Last Friday Night, en su versión acelerada, ruge a través de los altavoces del televisor.
Han movido a una esquina la mesa de al lado del sofá para crear espacio para el bailoteo y hay vasos y botellas por todas partes.
—¿Adivina quién ha venido y no ha dejado de mirar hacia la puerta para ver si entrabas? —me pregunta Jonny al oído. Se ha acercado a mí en cuanto me ha visto. Sonrío mientras escaneo la estancia—. Rory —me dice un segundo después.
Oh, ¿en serio?
Rory forma parte del equipo de natación artística del CAR .
Es alta, guapa y mordaz. Tiene un cuerpazo que quita el aliento y una fuerza en las piernas que…
, joder, me estremezco y todo. Llevamos meses rondándonos.
O yo llevo años rondándola y ella por fin se ha dignado a mirarme.
Es mi puto amor platónico. Lo juro. La localizo al fondo, cerca de la ventana, y le guiño un ojo. Ella sonríe.
Esto empieza bien.
Cannon
Me despierto porque el mundo se está viniendo abajo, pero enseguida me doy cuenta de que el suelo y las paredes vibran porque en algún lugar cerca de aquí alguien ha puesto I’m Gonna Be (500 Miles) a todo volumen.
Me ha jodido el sueño. Literalmente. Estaba echando el mejor polvo de mi vida y me he quedado a las puertas.
Me incorporo y la habitación me da vueltas. Uooo. ¿Dónde estoy? Lo último que recuerdo es… a Benji. Dios, ¿por qué lo último que recuerdo es a Benji? Intento hacer memoria, pero no hay nada. ¿Cuánto he bebido? El alcohol aún me corre por las venas. Lo noto. De hecho, está en su punto más álgido.
Me bajo de la cama y salgo de la habitación.
Bajo las primeras escaleras que veo y… Esto está atestado de gente.
Me asomo al salón y veo bailar encima de una mesa a…
Entorno la mirada. ¿Esos son Elliot y Jonathan?
Pues van finos. Ojalá el primero tropiece, se caiga al suelo y se tuerza un tobillo.
Ouch. Se me acaba de clavar, otra vez, la espina imaginaria que me lleva torturando desde los catorce. Cierro los ojos, a ver si se me pasa.
Han pasado más de diez años desde que Elliot y yo dejamos de bailar juntos encima de una mesa y aún lo echo de menos, pero jamás lo reconoceré en voz alta.
Niego y estoy a punto de largarme, pero una cabeza morena me llama la atención: Benji.
Está muy entretenido hablando y bailando con una rubia despampanante.
Y no sé por qué, pero tengo la certeza de que ha sido él el que me ha traído aquí.
Supongo que es su casa. Huele a Schmidheiny por todas partes.
Elevo los ojos al cielo y me doy media vuelta.
Entro en la cocina, también atestada, y no sé si tomarme una copa o una botella de agua. El cuerpo me pide ambas. Y sexo. El cuerpo me pide sexo, y no suele pasarme a menudo.
«Es porque llevas mucho tiempo sin acostarte con nadie. Deja de ser tan tiquismiquis. Solo es sexo».
Ya. Solo es sexo. Aunque casi me corro en sueños. ¿Eso no cuenta? No, creo que no. Ha sido un tanto frustrante, y el sexo no es frustrante, o no debería. Ya he estado ahí, ya lo he probado y no se lo deseo ni a Benjamín Schmidheiny. Bueno, a él sí.
Como caído del cielo, el camarero pelirrojo del otro día, el profesor de los X-Men, se cruza en mi camino. Y yo que nunca he creído en el destino.
—¿Cannon? —me pregunta sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Benji y Elliot son mis hermanastros y…
—¡Otra Donnelly! Si es que sois un montón.
—… tú…, tú eres la Batseñal.
Frunce el ceño sin dejar de mirarme divertido. Se lleva el índice a la barbilla.
—Si te refieres a la señal de socorro para convocar a Batman, tengo que decirte que me has confundido con otro. Yo soy Xavier, el de los X-Men, ¿te acuerdas? Y si no te refieres a la señal de socorro para convocar a Batman, no tengo ni idea de lo que estás hablando.
—¿Ves esas escaleras? —pregunto, y señalo las susodichas.
—Sííí —alarga mucho la «i»—. ¿Y tú?
—Te espero en la… —¿«Dónde era? Piensa, Cannon, piensa en el número de habitaciones que has pasado de camino a las escaleras»— segunda habitación de la derecha.
Xavier asiente despacio.
—Ajááá… —Vuelve a alargar mucho la «a»—. Vamos a hacer una cosa. Tú ve subiendo y túmbate en la cama. Coge postura, cierra los ojos y espérame…
—¿Con las piernas abiertas?
Xavier se atraganta con su propia saliva. Coloca el brazo en mi espalda y me acompaña hasta las escaleras.
—Eso es.
Benji
— Pretty woman, walking down the street. —Doy un giro completo al ritmo de la canción y no caigo al suelo de milagro. O porque la pedazo de rubia con la que bailo me sujeta de las caderas y me sostiene. Que es cierto que la veo un tanto borrosa, pero rubia es.
Sonrío para mí mismo. O creo que sonrío para mí mismo. Desde luego, lo intento.
—Estás borracho como una cuba —me dice Rory.
—Solo quería que me agarraras para… hip, bailar pegados —le digo mientras nos mecemos con suavidad en medio del salón.
Nos hemos quedado los dos solos, excepto por mis compañeros de piso, claro. El efecto habría sido mucho mejor sin el hipo, eso es evidente. A lo mejor me he pasado un poco con el alcohol, pero necesitaba destensarme.
—Eres demasiado guapo para tu propio bien —me confiesa entre mis brazos al tiempo que me acaricia la mejilla—. Y ya te ha crecido pelo en el pecho. Por fin.
Suelto una carcajada y pierdo un poco el equilibrio.
—No sonrías así, Benji. Mierda, no sonrías así. Te has acostado con todas mis amigas.
—Pero no a la vez.
—Pero, míralo, si también es gracioso.
—Y fácil.
Ríe de nuevo y sacude la cabeza.
—Dios, eres una monada y un peligro andante. Vamos a tu habitación antes de que me arrepienta.
—Sí, señora.
—Y espero que estés a la altura de las expectativas y no seas solo una cara bonita y un cuerpo de escándalo.
—Sí, señora.