11. Cannon
Cannon
El hockey sobre hielo consta de tres habilidades básicas: manejo del stick, pase y tiro.
Necesito una copa. Algo potente.
Soy de efectos retardados. Tomo decisiones y hasta días después no me doy cuenta de la inmensidad que suponen.
Llevo dos semanas entrenando al hockey sobre hielo al equipo de mi hermanastro y del hermano de mi hermanastro. Dos personas con las que me llevo a matar. Los estoy haciendo sudar como cerdos y yo ya ni siquiera jugaba al hockey. ¿ WTF, Cannon? Así que necesito una copa. Algo potente.
Entro en el primer bar del pueblo al que le echo el ojo: elegante, contemporáneo e informal y tradicional a la vez, pero está desierto salvo por un par de pantallas gigantes que retransmiten partidos de hockey y la música de Lady Gaga de fondo, suave.
Me siento en uno de los taburetes y carraspeo.
Shoterfugio. ¿De qué me suena el nombre?
La cabeza de un chico joven emerge de detrás de la barra de madera.
Tiene el pelo castaño oscuro, los ojos verdes y responde al título de «hermano del hermanastro».
—¡Venga ya! —exclamo, presa de la frustración. No me lo puedo creer.
«La retransmisión de los partidos de hockey debería haberte dado una pista, si te molestaras en seguirlas…».
—¿Me estás siguiendo, Donnelly?
—Más quisieras. ¿Qué haces aquí?
—Servir bebidas. ¿Y tú?
—Esperar a que me sirvan bebidas.
—¿Con alcohol?
—¿Tú qué crees?
— DNI , por favor.
—¿Perdona?
—Que necesito tu DNI .
—¿Para qué?
—Para ver si eres mayor de edad. No puedo servir alcohol a menores de dieciocho. —Señala un cartel a su derecha que reza Prohibida la venta de alcohol a menores de dieciocho años .
—Tengo veinticuatro años.
—¿Y tienes DNI ?
—¿Me estás vacilando?
—¿Tengo cara de estar vacilándote?
Sí. Se está desternillando de risa.
—¿Y qué pasa si no te lo doy?
Benji se encorva y coge una botellita de cristal de debajo de la barra. Le quita la chapa con un abridor y sirve el líquido en un vaso de cristal, que me planta enfrente. Es un zumo de piña. Me lo voy a cargar.
—Quiero hablar con el encargado.
—Yo soy el encargado.
Resoplo. ¿En serio? ¿A quién se le ocurre?
—Pues con tu jefe.
—No está.
—Hoja de reclamaciones.
—No tenemos.
—Es obligatorio disponer de hoja de reclamaciones.
—Demándanos.
—Ponme un ron y estamos en paz.
—No pienso ir a la cárcel por ti.
—Soy mayor de edad…
—¿Con esa carita? —Benji chasquea la lengua y niega—. No sé yo.
—… y tú eres un imbécil.
Le quito la carcasa a mi teléfono, cojo el DNI y se lo ofrezco.
—Se me había olvidado el trasquilón que te hiciste en el flequillo a los diecinueve —se mofa.
Se lo quito y me lo guardo en el bolsillo del vaquero.
—Ponme un ron.
—¿A palo seco?
—Sí.
—Marchando un chupito de ron para la princesa…
Me sirve un chupito de ron superpequeño y me lo bebo de un trago. El líquido se me desliza por la garganta y me llega al estómago. Raspa. Me entra un escalofrío y comienzo a arder por dentro. Bien.
—Otro.
Benji arquea una ceja. Yo recupero mi DNI del bolsillo y se lo enseño. Él eleva los ojos al cielo y me lo sirve. Pero míranos, comunicándonos con señales y todo, sin necesidad de hablar, como buenos hermanos.
—¿Sabe Julián que trabajas aquí?
—¿Y si te digo que no? ¿Vas a ir a decírselo?
—Corriendo y todo. Pero me temo que sí lo sabe.
—¿Intuición?
—Matemática. He sumado dos más dos.
—Y sin calculadora… Gozas de toda mi admiración.
Imbécil.
Lo que no entiendo es por qué trabaja en un bar ahora que juega en la LEH (su sueldo ha debido de incrementarse a la enésima potencia), pero tampoco me importa lo suficiente como para preguntárselo.
—Ve bebiendo también el zumo de piña a sorbitos, anda —me dice con su condescendencia de siempre.
Guarda la botella de ron bajo la barra y se larga a atender a un grupo de chicos que acaba de entrar. No necesito zumo de piña. Me he criado con Sofía, Blake y Fallon como modelos. Me enseñaron a patinar a los tres años, a multiplicar a los siete y a beber ron a los dieciséis.
Cuando Benji regresa, ya me lo he bebido. Me sondea con los ojos.
—¿Todo bien por aquí?
—Ponme otro.
—¿No te han enseñado a beber con moderación?
—No. Ponme otro.
Benji se inclina, descansa los antebrazos en la barra y adopta un semblante preocupado. Boca cerrada. Ojos que se clavan en los míos. Yo ni siquiera sabía que existía tal semblante en él. Desde luego, no conmigo.
Supongo que entra dentro de sus labores de camarero.
—¿Qué ha pasado, Cannon?
—Ponme otro —respondo sin dejar de sostenerle la mirada.
—¿Qué ha pasado, Cannon?
—Ponme otro.
—¿Qué ha pasado, Cannon?
Bufo y pongo los ojos en blanco.
—Puedo estar así toda la noche —le aseguro.
—Y yo. Pero serías tú quien se quedaría sin el ron.
Bien visto. Capullo. Seguro que se está vengando por lo que lo hago sudar en los entrenamientos. Suspiro. En fin…
—Si f ueras un tío cualquiera y no el hermano de mi hermanastro, quizá te diría que… —dudo.
—Si fuera un tío cualquiera y no el hermano de tu hermanastro, me dirías que… —me anima.
—Soy de efectos retardados y me he metido en un lío del que no sé cómo salir. Es peor que un problema matemático sin resolver y… me he graduado en Matemáticas. Hay muy pocas cosas para mí que sean peores que un problema matemático sin resolver.
»He ac eptado un trabajo donde tengo que pasar un montón de horas con dos chicos que no me pueden ni ver.
Tampoco yo a ellos. Pero ese ni siquiera es el caso.
Porque esos dos chicos forman parte de mi familia, de alguna manera.
Y es una familia rota. Entonces me pregunto, “¿Qué haces, Cannon? No hay posibilidad de mejora, así que solo vas a empeorar la situación”.
»¿Y sabes cuál es el problema? Que vivo con la madre de uno de esos chicos y…
se me rompe el corazón cada vez que la veo anhelar a su hijo con todas sus fuerzas.
No quiero crear más polémica. No quiero crear más rechazo de su hijo hacia ella por mi presencia en el equipo.
Ha sido una madre para mí. Es una madre para mí.
Mi madre…, mi madre murió cuando yo tenía nueve años.
No es algo que suela decir en voz alta. Sigue doliendo.
Sigo echándola de menos. Sigo preguntándome qué consejos me daría para mi mierda de problemas.
»Mi padre tuvo que ocuparse de mí y de mis seis hermanos.
Años más tarde cometió el error de enamorarse de la madre de mi mejor amigo, y ahora estamos todos bastante jodidos, familiarmente hablando.
En las últimas Navidades casi llegamos a las manos por culpa de un polvorón de naranja.
Era el último. —Enmudezco y Benji y yo nos seguimos mirando a los ojos sin apenas parpadear.
Y es raro, porque solo existimos él y yo.
Ni siquiera oigo la música del bar. Noto una especie de vacío a mi alrededor—.
Y ahora viene la parte en la que, si no fueras el hermano de mi hermanastro y uno de los tíos implicados en esta historia, me dirías que…
Dejo la pregunta en el aire. Benji me mira con esos ojos suyos tan verdes como césped recién mojado por la lluvia…
Benji
«Es d ifícil, Cani. Joder, es muy difícil hacer lo que me pides —pienso, sosteniéndole la mirada—, pero…
no sé, si yo no fuera el hermano de tu hermanastro y uno de los tíos implicados en esta historia, si yo no te conociera de nada, probablemente te diría que el dolor que ha asomado en tu impresionante mirada azul es lo más real que he visto en mucho tiempo.
Te diría que siento muchísimo lo de tu madre y que…
creo que te entiendo. Que es como si esperaras a que entrara por la puerta en cualquier momento, ¿verdad?
Y ahí es donde te abrazaría. Porque un gesto vale más que mil palabras.
Después, en cuanto a lo de pasar un montón de horas con esos chicos…
, te diría que no creo que vayas a empeorar nada.
Alguien que quiere a la madre de otro como si fuera la suya y que sufre por los cristales rotos que han dejado terceras personas no puede ser el problema».
Mantengo mis ojos clavados en los suyos durante un par de segundos más antes de romper el contacto visual y servirle otro chupito.
—Bueno, al menos el polvorón no era de coco —respondo en voz alta—. Ahí es donde se lía la de Troya.
Cannon
… me suelta esa gilipollez y se larga a atender a otro grupo de gente que acaba de entrar a golpe de «¡Benji! o ¡Schmidheiny!».
—¡Gracias por nada! —grito a su espalda.
—¡Encantado de ayudar! —responde de la misma manera, sin dignarse a mirarme.
Resoplo. No sé si de cansancio o molestia. Quizá de ambos. Entonces descubro que Benji se ha dejado la botella de ron en la barra. Hago una foto y se la envío:
Cannon: Chúpate esa.
Gilipollas.
No sé cuántos chupitos de ron me he metido entre pecho y espalda, pero los suficientes como para que el bar se haya llenado de gente, Katy Perry haya tomado el control de los altavoces y a mí todo me dé vueltas.
Benji se mueve detrás de la barra como si fuera una pista de hielo.
Y ya sabemos cómo se mueve Benji en una pista de hielo: es ágil, organizado y…
coqueto. Chicos y chicas por igual. Veinteañeros y treintañeros.
Trajeados y en ropa deportiva. Cero criba.
Se estará forrando a propinas y números de teléfono…
Parece que el chico solo tiene que sonreír para follar. O salir a la calle, sin más.
¿Está sonando More Than A Feeling ?
Abro un ojo. Tengo la cabeza encima de un brazo que me suena mucho. Vale, es mi brazo, y… ¿Me he dormido encima de la barra de un bar? ¿Qué hora es?
Miro a mi alrededor. No hay ni un alma, excepto por un tío que está limpiando el susodicho bar, y bailando y guardando botellas mientras simula tocar una guitarra.
Lleva unos vaqueros y una camiseta blanca de manga corta remangada en los hombros.
No sé si es Tom Cruise dándolo todo en la película Cocktail o Benjamín Schmidheiny haciendo el gilipollas.
En cualquier caso…, joder, está para comérselo.