10. Benji #2
—No has pagado una mierda. ¿Sabes la de gente que está por encima de mí? ¿Sabes a por quién van a ir cuando descubran que lo has deja…?
El ruido estridente de unos neumáticos lo interrumpió. Nos giramos hacia la salida del callejón, donde un deportivo negro acababa de detenerse: era Julián, que había acudido como alma que lleva el diablo a mi llamada.
Se bajó del coche y se acercó a nosotros con cara de pocos amigos.
—¿Qué coño está pasando aqu…?
Vio a Elliot, que sangraba por la nariz; a mí, que aún tenía la cuchilla en la mano, y a Toni, que se encontraba amenazadoramente cerca de mí. Julián lo cogió de la pechera y lo empotró contra uno de los contenedores de basura.
—No sé quién eres, pero si vuelves a ponerle un dedo encima a alguno de los dos, te encontraré y te cortaré las pelotas.
Lo soltó y se giró hacia nosotros. Nadie pronunció una sola palabra. Julián siempre ha tenido autoridad. Es un tío que impone. Lo ha hecho durante toda su vida, incluso con dieciocho años. Y le sacaba una cabeza a Toni.
—Al coche. —Cogió a Elliot del brazo—. Ya.
Crucé una mirada con Toni y…
—¡He dicho ya, Benji!
… le di la espalda y seguí a Julián.
—Esto no ha acabado —me advirtió Toni antes de que me fuera.
Fue la última vez que lo vi.
Una vez dentro del coche, Julián nos pidió explicaciones. Elliot y yo íbamos en los asientos de detrás y él nos observaba a través del retrovisor interior, supercabreado.
—¿De qué coño iba todo eso?
—Estoy metido en un lío —confesé antes de que Elliot dijera nada.
—¿Tú solo?
—Sí. —Elliot cruzó una mirada de advertencia conmigo, pero yo le supliqué con la mía que me siguiera la corriente. No quería que Julián supiera lo suyo—. Elliot solo intentaba ayudarme.
—Eso es una novedad.
Julián suspiró y siguió conduciendo. Ninguno hablamos, ni siquiera la radio, hasta que llegamos a casa de Elliot.
Yo sabía dónde vivía porque desde que supo de mi situación me había invitado a cenar con él y su padre día sí y día también. Algunas noches incluso me quedaba a dormir.
—¿Qué lío es ese, Benji? —me preguntó Julián en cuanto apagó el motor. Echó el cuerpo hacia atrás y me miró a los ojos.
—He estado pasando droga.
Julián se puso lívido y salió del coche a descargar la rabia.
Después de lo que le había pasado a su mejor amigo, estaba seguro de que quería darme de hostias allí mismo.
Julián es el maestro de la contención, pero su rostro es un libro abierto.
Lo escuchamos jurar «¡Jodeeer!» y golpear el techo del coche con el puño.
Me sobresalté. Elliot y yo nos miramos. Entonces se abrió la puerta de mi lado.
—Sal. —Tardé en reaccionar; reconozco que estaba acojonado—. ¡Sal!
Salí y Julián me arrinconó contra el coche. Elliot salió por la otra puerta y se acercó.
—Lo que sea que vayas a decir, guárdatelo, Elliot. ¿Desde cuándo? —me preguntó.
—Desde los diez.
Se le cayó el alma al suelo. Lo vi.
—Te ofrecí dinero y comida.
—No podía aceptarlo.
—¿Y lo que ellos te ofrecieron sí? —me preguntó con dolor. Yo no respondí. ¿Para qué?—. Esto se acaba aquí y ahora —me ordenó. Yo asentí—. Y a ver cómo le explico a tu padre lo que te ha pasado en la cara —le dijo a Elliot.
—No soy tu responsabilidad.
—Oh, cállate, Elliot. Cállate.
Fue la primera vez que le dijo esas palabras, sin saber que se convertirían en una constante entre ellos.
Yo recordé el miedo que había pasado mientras Toni amenazaba de muerte a Elliot y tomé una decisión.
Habría hecho cualquier cosa con tal de que no se acercara de nuevo a él.
Incluso vender mi alma al diablo, si acaso no era suya ya.
—He cambiado de opinión —le dije a Julián.
—¿Respecto a qué?
—Quiero ir contigo a la Costa Brava. Pero tengo una condición.
—¿Qué condición?
—Elliot viene con nosotros.
—¿Qué? ¿A dónde? —pregunto él.
—Muy bien —aceptó Julián.
—¿Eh? ¿A dónde? —insistió Elliot.
Los dos lo miramos. Y se lo contamos todo.
Así fue como Elliot y yo acabamos en el CAR de la Costa Brava.
Pero apenas llevábamos un suspiro allí cuando Elliot comenzó a notar las consecuencias de la dependencia de la droga.
Me acojoné mucho. Me acojoné tanto que fui como un loco a buscar a Julián, a las cabañas donde viven algunos de los entrenadores. Nada me hubiera hecho ir a donde Julián más que el miedo a perderlo.
—¿Benji? —me preguntó sorprendido cuando me abrió la puerta. Eran las once de la noche.
—Elliot —le dije sin más.
Echó a correr hacia la residencia donde dormíamos los deportistas y yo lo seguí. Llegamos a la habitación que compartíamos Elliot y yo en tiempo récord y allí estaba él, agonizando, encogido en su cama sin dejar de temblar y encharcado en sudor. Julián supo al instante lo que le pasaba, claro.
Se sentó a su lado y lo tocó por todas partes: la frente, las mejillas, el pelo rubio empapado, el cuello, la espalda.
En aquel momento no tenía ni idea de qué tipo de relación mantenían fuera de la pista, pero sí sabía que existía cierta afinidad.
Al fin y al cabo, Elliot estaba presente en la fiesta en que falleció Tobías y Julián se encontraba en la fiesta navideña en la que Elliot descubrió lo de su madre y el padre de Cannon. No eran amigos, pero eran… algo.
Elliot vomitó y Julián lo ayudó a echar todo sin atragantarse ni matarse en el intento.
Después se quitó la camiseta, hecha mierda, y cogió a Elliot en brazos.
Vi cómo este se aferraba a él como si le fuera la vida en ello y se me encogió el corazón para después rompérseme en mil pedazos más.
Nunca había visto a Elliot así de indefenso y necesitado.
Julián lo llevó al baño y lo limpió con sumo cuidado.
Yo los observaba de pie en medio de la habitación sin poder dejar de llorar.
Llegué a pensar que se me moría. Elliot y yo nos habíamos vuelto inseparables sin darnos cuenta.
Sobre el hielo de Avenida de América habíamos creado un cordón invisible a nuestro alrededor que nos ataría para siempre.
Fui consciente por primera vez cuando lo vi ahí tirado, sufriendo las consecuencias de la droga: si le pasaba algo, yo sufriría lo indecible.
Por primera vez en la vida, sufría por ver a alguien sufrir.
Cuando Elliot se hubo calmado, Julián se levantó y sacó su teléfono del bolsillo. Me miró con rabia y preocupación.
—¿Mamá? Necesito tu ayuda.
La madre de Julián es médica y le dio las indicaciones para cuidar de Elliot. No podíamos llevarlo a la enfermería del CAR, puesto que nadie podía enterarse. Julián se metió en la cama con él y alguien aporreó la puerta en medio de un gran alboroto.
—¡Eh, chicooos! —gritaron desde fuera.
Eran Álvaro y el resto de nuestros compañeros de clase, que tenían ganas de fiesta. No éramos más que un montón de adolescentes que vivíamos juntos en una residencia a nuestro libre albedrío, y ya había pasado el toque de queda.
—No pueden verlo así —me dijo Julián—. Deshazte de ellos.
Me limpié las lágrimas y me apresuré hacia la puerta dispuesto a alejarlos a todos de allí, pero a Álvaro no pude engañarlo.
Entró a la fuerza y vio el panorama. Julián lo mandó callar con el dedo, a pesar de que no había abierto la boca, y se acomodó junto a Elliot.
Álvaro y yo nos quedamos despiertos toda la noche y les conté mi historia.
Al día siguiente, Julián se lo llevó a su cabaña y estuvo días durmiendo con él y ayudándolo a recuperarse, hasta que se encontró lo bastante bien como para reincorporarse a las clases y al entrenamiento. Recuerdo el día que reapareció en nuestra habitación.
Abrí la puerta, tras su llamada, y allí estaba él, con medio cuerpo recostado en la jamba y su sonrisa socarrona de siempre.
—Aquí lo tienes —me dijo Julián, que lo acompañaba.
—Gracias —le agradecí al tiempo que Elliot entraba.
—Elliot —lo llamó Julián antes de que se acomodara—. Si vuelves a meterte algo de esa mierda, estás fuera del equipo y del CAR, ¿entendido?
Elliot no respondió; no era necesario.
A pesar de que ya estaba bien, estuvo meses durmiendo en el sofá de la cabaña de Julián. El deseo de la droga no había desaparecido, y ni él ni yo nos veíamos capaces de controlarlo. Julián sí lo haría. Julián lo hizo.
Yo solía pasarme por allí antes de irme a dormir y me quedaba un rato. Me había acostumbrado a la compañía de Elliot y me costaba conciliar el sueño sin él a mi lado.
Escucho un carraspeo. Alguien ha entrado en el bar, y me levanto. Estaba agachado, cambiando el cañero de la cerveza, perdido en mis recuerdos. Sí, lo he dicho bien, «cambiando el cañero de la cerveza».
Empecé a trabajar en el bar del pueblo hace diez años porque, a pesar de la beca que me concedió el CAR , necesitaba ganar mi propio dinero.
Era superilegal que yo trabajara en un bar limpiando y sirviendo bebidas a los catorce, pero el dueño vio la desesperación en mi mirada y su filosofía de vida oscila a diario alrededor de la espiral que separa la moralidad del libertinaje. Y aquí estoy.
A pesar de entrenar durante un montón de horas al día y de pasarme media vida de viaje, no he sido capaz de dejarlo del todo. Vengo de vez en cuando. Me ayuda a desconectar.
—¡Venga ya! —exclama la persona que ha entrado, en cuanto asomo la cabeza y me ve.