10. Benji
Benji
Penalti: tiro de castigo que se adjudica después de ciertas infracciones. Consiste en un mano a mano entre un jugador del equipo atacante, que debe avanzar conduciendo el puck desde el punto de saque central, y el portero. El resto de los jugadores deben abandonar la pista.
Todo cae por su propio peso, y el que cargábamos hace diez años antes de entrar en el CAR gravitaba entre nosotros como en el juego de las sillas. La pregunta era: ¿a quién aplastaría antes?
El destino, o las decisiones que tomamos, no nos señaló ni a Elliot ni a mí. Ni siquiera a Cannon. Pero nos explotó a todos en la cara: Tobías Palatchi, compañero de equipo y mejor amigo de Julián, murió de sobredosis, y Julián dejó de jugar al hockey.
Para siempre.
Fue la noche del 14 de febrero. Tobías tenía diecisiete años y un futuro prometedor.
Julián quedó devastado y desapareció de la noche a la mañana.
Abandonó Avenida de América. Elliot me contó que Tobías había muerto en los brazos de Julián, en una fiesta en su casa.
Para cuando llegó la ambulancia, ya no había nada que hacer.
Yo ni siquiera sabía que Tobías se drogaba (otra vez, el asunto de las drogas de los ricos), pero Elliot sí. Elliot lo sabía bien. Demasiado bien.
Durante meses pensé que nunca volvería a ver a Julián, hasta que una noche estrellada de principios de agosto vino a buscarme. Sabía dónde encontrarme.
No entró en el hielo. Se quedó al otro lado.
Apoyó los codos en la barandilla y sacó algo del bolsillo.
Lo observó y jugueteó con ello entre los dedos.
Suspiró y perdió la mirada en la pista, apenas iluminada.
Yo me puse enfrente, a su lado, y adopté la misma postura.
Él acababa de cumplir los dieciocho unos días atrás y yo tenía catorce.
Éramos casi de la misma estatura y despedíamos por la boca nubes de vaho gélido y pocas ganas de hablar.
Vi que lo que sostenía entre los dedos era una piedra. Una piedra verde.
—¿Eso es una piedra?
—Da suerte —susurró—. Y brilla en la oscuridad. Un poco.
Asentí y estuvimos varios minutos en silencio hasta que Julián lo rompió.
—La directora del CAR de la Costa Brava es prima lejana de mi padre. Me ha ofrecido formar un equipo de hockey sobre hielo. Yo sería el entrenador.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé.
—Si aceptas, tendrás que dejar de jugar al hockey.
—Ya he dejado de jugar al hockey.
Tragué saliva. Que Julián dejara el hockey se asemejaba a que las estrellas del cielo se apagaran para siempre.
—¿Cuándo te lo han ofrecido?
—Hace tres semanas.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
Julián me miró a los ojos.
—Porque eres la razón por la que estoy a punto de decir que sí.
—¿Por qué?
—El objetivo del equipo sería ayudar a chavales con problemas.
—¿En plan terapéutico?
—Sí.
—¿Crees que soy un chaval con problemas?
—Sí, Benji.
Reí sin poder evitarlo y permanecimos en silencio durante un par de minutos, hasta que Julián comenzó a llorar. Fue suave y silencioso, pero las lágrimas que se le deslizaron por las mejillas no pudo ocultarlas.
—No fue culpa tuya —le dije.
—No tienes ni idea.
—¿Sabías que se drogaba?
—Sí.
—Aun así, no fue culpa tuya. Tú eres de los que levantan, no de los que hunden.
—¿Vendrías conmigo?
—¿A tu equipo de hockey? No. Pero estoy convencido de que podrías ayudar a mucha gente. A mí me ayudaste.
—Nunca aceptaste nada de lo que te di.
—Acepté los patines de hielo. Y los libros. Ambos me cambiaron la vida.
Julián suspiró.
—Voy a dictarte unos números. Quiero que los memorices, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Me cantó los números y yo los repetí en mi cabeza varias veces.
—¿Los tienes?
—Sí.
—Es mi número de teléfono. No lo olvides nunca y llámame si cambias de opinión o si me necesitas para cualquier cosa. Para lo que sea, Benji. Hoy, mañana o dentro de diez años.
—Vale —le dije, convencido de que no los usaría nunca.
Qué equivocado estaba.
Unos días más tarde me dirigí a la papelera donde llevaba años dejando la droga que Toni y sus esbirros me entregaban cada semana, apreté la insignificante pero poderosa bolsa en el puño y las dudas se apoderaron de mí por primera vez.
Dudé. Joder, claro que dudé. Dudé durante tanto tiempo que incluso Elliot apareció por allí.
¿De casualidad? No. Nada más lejos de la realidad.
Miró de reojo la papelera y lo supe. Yo solo…
lo supe. Elliot era uno de los compradores de la mierda que yo llevaba años dejando en esa puta papelera. Se me cayó el mundo encima.
—¿Benji? —me llamó él, confundido, cuando me vio.
Lo cogí de la pechera y lo empotré contra la pared más cercana, preso de la rabia. Acerqué mi cara a la suya hasta que nos rozamos las narices.
—¡¿Cuánto tiempo llevas consumiendo esta mierda?! —grité, y le enseñé lo que llevaba en la mano.
Elliot abrió mucho los ojos, llenos de sorpresa. Pero poco le duró esa emoción. Me agarró de la camiseta y cambió las tornas, estrellándome contra la pared. El golpe me cortó la respiración. Él me miraba con la misma rabia con la que lo inquiría yo.
—¡¿Cuánto tiempo llevas vendiéndola?! ¿Estás gilipollas o qué te pasa?
—¿Yo estoy gilipollas? ¡Al menos lo hago para comer! ¡Joder, Elliot! ¡Puedes morirte por consumir esta mierda! ¡Mira lo que le ha pasado a Tobías! ¿En qué coño estabas pensando?
—¡Cállate! No tienes ni puta idea de la mierda de vida que llevo.
Bufé de pura frustración.
—¿Me estás hablando a mí de mierda de vida? ¡¿De verdad me hablas tú a mí de mierda de vida cuando llevo desde los diez años viviendo en una puta pista de hielo?!
A Elliot se le suavizó la mirada y me soltó poco a poco. Descansó la espalda en la pared, a mi lado, y se agachó hasta apoyar las manos en las rodillas.
—Joder, Benji —murmuró.
Me arrastré por la pared y me senté en el suelo. Elliot se sentó a mi lado y comenzó a hablar. Me lo contó todo, y el alma se me colmó de sorpresa, decepción y… furia. Sobre todo, furia.
Me entraron ganas de estrangular a alguien.
—Voy a deshacerme de esto —dije al tiempo que abría la mano donde llevaba la droga— y tú lo dejas en este instante. Se acabó, Elliot.
—No es tan fácil.
—Me importa una mierda.
—Muy bien —aceptó con un asentimiento—. Yo lo dejo, pero tú también.
—No es tan fácil —le parafraseé.
—Me importa una mierda.
Reí sin ganas.
—Joder. Vaya montón de mierda.
Solo teníamos catorce años, pero llevábamos razón en algo: no era tan fácil. Poco sabíamos Elliot y yo de cómo funcionaba ese mundo, pero estábamos a punto de averiguarlo.
Toni y su pandilla nos afrontaron cuando cruzamos la carretera y nos metimos en el callejón cerca de la pista para deshacernos de la droga.
—Vaya, vaya —nos saludó Toni cuando nos íbamos, en tono siniestro.
Puso los brazos en jarras y se detuvo a dos metros de nosotros.
Sus esbirros se quedaron unos pasos atrás y formaron una pirámide invertida, cerrándonos la salida—.
No tenía ni idea de que nuestro querido Benny fuera amigo de la clientela. ¿Y vosotros , chicos?
Benny. Así me llamaba siempre Toni.
—Ni idea —respondieron al unísono, como borregos.
Me puse delante de Elliot en un intento de protegerlo, pero tardó un segundo en colocarse de nuevo a mi lado, envalentonado como un león.
—Tampoco era consciente de que se deshacía de los paquetitos que le confiábamos con nuestra vida —prosiguió Toni—. Me has roto el corazón, amigo.
—El paquetito ya os lo he pagado —les dijo Elliot—, así que lo que hagamos con él es asunto nuestro.
—¿Vuestro? ¿Sois un vosotros? Vaya, vaya… Pues sí que pasan cosas dentro de esa pista de hielo.
—Y, por cierto —continuó Elliot—, Benji se da de baja del negocio. Buscaos a otro que os haga el trabajo sucio. Y ahora podéis largaros ya.
—Me temo que esto no funciona así, Elliot. Él —Toni me señaló— nos pertenece.
Elliot apretó la mandíbula y acortó los pasos que lo separaban de Toni hasta que casi se rozaron las narices.
—Y una mierda os pertenece —masculló.
—Elliot —me puse entre ambos y le di la espalda a Toni—, vete.
—Ni de coña —me respondió, y me miró con cara de «¿¿¿Estás loco???».
—Ya es tarde para eso —dijo Toni al mismo tiempo—, ¿verdad, chicos?
Se giró hacia sus esbirros y, mientras ellos asentían y reían, yo metí la mano a todo correr en el bolsillo del pantalón de Elliot y alcancé su teléfono. Envié un SOS y nuestra ubicación lo más rápido que pude. Elliot frunció el ceño, pero no dijo nada. Se lo devolví y me di la vuelta.
—Me quieres a mí, ¿no? —Levanté los brazos—. Pues aquí me tienes. Pagaré lo que haga falta para dejarlo.
—¿Estás seguro de eso, Benny? Es un precio alto.
Tragué saliva.
—Sí, pero dejad que él se vaya.
Toni se acercó, pero Elliot se puso en medio.
—Apártate si no quieres que te salpique la sangre —le advirtió Toni—. Esto es entre Benny y yo.
Elliot fue el primero en dar el puñetazo. Siempre ha sido muy rápido, y casi desató la guerra. Y digo casi porque en cuanto Toni le devolvió el golpe y los otros vinieron a por mí, saqué la cuchilla del bolsillo.
Toni le rodeó el cuello a Elliot con el brazo y amenazó con partírselo.
Se me cortó la respiración, pero mi desarrollado instinto de supervivencia se hizo cargo e hice lo mismo con uno de sus esbirros, o esbirra. Con la más importante, de hecho.
—Si le haces daño, le corto el cuello a tu novia —le prometí a Toni. Estaba lo bastante desesperado como para hacerlo y confié en que se diera cuenta.
—Parece que estamos en un punto muerto —respondió fingiendo impasibilidad.
—Suéltalo.
—Seguirás teniendo una deuda con nosotros.
—No quiero vender droga. Se acabó. Déjame marchar. No voy a decirle nada a nadie. No soy un chivato y lo sabes.
Toni soltó a Elliot en un arrebato de ira y lo tiró al suelo. Yo hice lo mismo con su novia y nos acercamos el uno al otro.
—No se trata de eso, Benji —me dijo—. Se trata de lealtad. Cualidad de la que careces, por lo que veo. Te di de comer cuando más lo necesitabas; te di una puta oportunidad para que sobrevivieras, ¿y así me lo pagas?
—Creo que te lo he pagado con creces.