9. Cannon
Cannon
Está prohibido golpear el puck con el stick por encima de la altura de los hombros. Si sucede esto (stick alto) y el puck pasa a «posesión y control» de un jugador del equipo infractor, el árbitro pitará falta.
Era viernes trece y teníamos trece años.
Recuerdo zanganear con pereza en la fiesta navideña que organizaban los Palatchi en su casa cada año mientras escuchaba los villancicos de siempre.
Los miembros de la familia Palatchi eran constantes en la pista de hielo de mi abuelo y formaban parte del círculo íntimo de mi padre.
Tobías Palatchi, su único hijo, era compañero de equipo de Julián y Blake, y el mejor amigo de Julián.
Recuerdo perder a Elliot de vista y salir al balcón después de que una cantidad ingente de adultos me dijeran que había crecido muchísimo, que tenía unas piernas larguísimas y una cara preciosa.
No volví a ver a Elliot en toda la noche y tuve un mal presentimiento.
Lo llamé y le mandé varios mensajes, pero no contestó ni a lo uno ni a lo otro.
Al día siguiente, cuando me desperté, mi padre me esperaba en la cocina. Mis tres hermanos mayores, Sofía, Blake y Fallon, estaban junto a él, y el nudo en el estómago con el que me había ido a la cama creció.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Siéntate.
—No. ¿Qué ha pasado?
—Siéntate —me ordenó Blake, que apenas tenía dieciséis, pero sí mucho complejo de cabeza de familia.
Me senté y mi padre nos lo contó todo. Lloró y se abrió en canal frente a nosotros cuatro por primera vez en su vida: se había enamorado de la madre de Elliot.
Recuerdo que cerré los ojos y que yo también lloré. Y grité. Le grité a mi padre como nunca. Sofía gritó. Blake gritó. Fallon gritó. Todos gritamos. Nos destrozamos como familia durante horas. Pero dicen que después de la tormenta viene la calma. Y vino.
Yo estaba en el suelo con la espalda recostada en el sofá y una congoja que apenas me dejaba respirar. Mi padre se arrodilló frente a mí y entrelazó nuestras manos.
—Cannon, mírame.
—Elliot es mi mejor amigo —susurré.
—Lo sé. Mírame, cariño.
Levanté la cabeza y me di de bruces con su mirada suplicante.
Me lo explicó de nuevo. Me habló de la felicidad y de la infelicidad.
Del amor y del desamor. De aceptaciones y renuncias.
De valentía y cobardía. De responsabilidades.
De tomar decisiones difíciles. Y de Lili.
Sobre todo me habló de Lili. Y del padre de Elliot.
No recuerdo en qué momento mi cabeza hizo clic. No recuerdo en qué momento lo entendí o en cuál lo perdoné. Solo recuerdo que lo abracé con todas mis fuerzas y que mis hermanos se nos unieron.
Después fui a casa de Elliot. No pasé del umbral. Gritamos y lloramos allí mismo, en la puerta. Elegimos bandos contrarios. Yo con mi padre y él con el suyo. La bronca que tuvimos fue brutal. Discutimos como no habíamos hecho nunca y nos rompimos. Él y yo nos rompimos.
—No te atrevas a mirarme de esa manera —le advertí a Benji cuando lo vi en la pista un par de noches después.
Me había preparado para las miradas reprobatorias de la gente, pero la que más me dolió, la de él, no la vi venir.
Jamás pensé que la suya sería la que me partiría en dos.
Él sabía que yo quería a Elliot. Él sabía que Elliot era mi mejor amigo y que me hubiera amputado una pierna antes que hacerle daño.
Él me conocía. Me conocía mejor que nadie, por mucho que nos sacáramos los ojos.
Benji no respondió.
—¿Me estás juzgando por apoyar a mi padre? —insistí—. ¿En serio me estás juzgando por escucharlo y entenderlo?
Siguió sin responder.
Y yo dejé de ir a la pista de Avenida de América.
Elliot también. Dejó el equipo y dejó de patinar, al menos durante el día.
Pasaron los días.
Pasaron los meses.
Pasaron los años.
Y un día, tiempo después, me di cuenta de que había dejado el hielo y el hockey.
Estoy a punto de tocar a la puerta del despacho de Julián, pero se abre en un estrépito cuando mis nudillos apenas rozan la madera y Elliot y yo no impactamos por poco.
—Perdón… —comienza, antes de darse cuenta de que soy yo. Sella los labios.
Yo tampoco digo nada. Ninguno hablamos y los dos nos matamos con la mirada, como siempre, mientras la atmósfera que nos rodea se carga de preguntas sin respuesta.
Elliot y yo llevamos años sin mirarnos a los ojos pero censurándonos con la mirada al mismo tiempo.
Ya puede arder el mundo a nuestro alrededor, que seguiremos batiéndonos en esta danza emocional mientras nos consumimos y convertimos en cenizas.
Él me echa en cara que me pusiera de parte de mi padre y Lili, y yo, que no me diera la más mínima oportunidad para que me explicara.
Carraspea y pasa de largo. Es nuestra tónica de los últimos años, pero yo lo llamo, sin girarme…
—Elliot.
… y él se detiene, también sin girarse.
—¿Por qué has dicho que sí? —me pregunta.
No le debo ninguna explicación, así que…
—Si queremos que esto salga bien y que el equipo no sufra, vamos a tener que dejar nuestras mierdas fuera del hielo.
—¿Y ya está? ¿Crees que es así de fácil?
Me giro. Él también se ha dado la vuelta y me mira con dolor.
—No —respondo.
—Al menos estamos de acuerdo en algo.
—Como en los viejos tiempos.
—No. Ni de coña, Cannon. Ni de coña.
Hago el esfuerzo de mi vida por no cerrar los ojos cuando pronuncia mi nombre. Siempre me ha gustado cómo sonaba en sus labios. Siempre ha sido íntimo y… especial. Él era especial. Su voz. Su sonrisa. Su compañía.
Nunca he sido de tener amigos. No… encajo con la gente.
O ellos no encajan conmigo, no lo sé. Pero con él sí encajé.
Desde el principio. Desde los seis años, cuando coincidimos en la pista de mi abuelo por primera vez.
Y nunca me importó no encajar con nadie más.
Tenía la amistad de Elliot y, cuando tienes la amistad que nosotros teníamos, no necesitas a nadie más.
—Ignórame en la pista y yo haré lo mismo contigo —le digo, rota de dolor.
Y me cabreo. Me cabreo una vez más como llevo cabreándome los últimos diez años cada vez que Elliot me duele. Porque estoy harta. Harta de este anhelo del que soy incapaz de deshacerme ni con el paso de los años.
—Va a ser difícil ignorarte si vas a estar dándome órdenes.
—No voy a darte ninguna orden. Julián va a ocuparse de ti en exclusiva.
—Pues qué suerte la mía, ¿no? —dice, antes de irse.
—Y la mía —susurro a la nada.
Cojo aire y entro en el despacho.
—Toc, toc.
Julián se encuentra de pie, en medio de la estancia, con los ojos clavados en el interior de un cajón de su escritorio. Alza la mirada en cuanto mis palabras calan en él.
—¿Que el rubio de ojos azules y ceño fruncido haya salido de tu despacho significa que ha vuelto al equipo? —pregunto.
—Hemos hecho un trato.
—¿Le has vendido tu alma?
—Casi.
—Guau. Eso suena peligroso.
—Ni te lo imaginas.
Julián se acerca al cristal que da a la pista.
Me coloco a su lado y veo a Elliot, Benji y Jonathan entrar en el hielo.
El primero no lleva patines y ninguno de los tres se ha puesto casco ni protecciones.
Tan solo visten el chándal del equipo. Benji va en pantalones cortos, pero lleva la ropa de compresión por debajo. Comienzan a jugar al hockey.
—¿Cómo has conseguido ese nivel de juego? —le pregunto a Julián, señalándolos con la mirada.
—No he sido yo: han sido ellos. No tienen nada que hacer en la vida más que jugar al hockey. Así que han jugado al hockey. Mucho.
—No he seguido la trayectoria de los Jaguars, pero ha sido imposible no escuchar datos y estadísticas con mis hermanos alrededor. Ayer vi el partido con ojos críticos y… Elliot es tu mejor jugador.
Elliot siempre ha sido bueno, pero su destreza se ha multiplicado por mil. Y es mucho más rápido que antaño.
En la pista, Benji patina hacia atrás varios metros, salta y gira trescientos sesenta grados. Vamos, que hace un mortal hacia atrás. Cae de nuevo al hielo en una posición perfecta. Este también ha mejorado. Mucho.
—¿Cuál es la pregunta, Cannon?
—¿Por qué no es Elliot el capitán del equipo?
—¿Por qué crees tú que no lo es?
—¿Porque su mierda de carácter no ha mejorado?
Julián sonríe.
—No. No lo ha hecho.
—Sus emociones son una montaña rusa y el equipo no puede permitírselo —continúo, pensando en voz alta, y Julián asiente—.
Jonathan, por otra parte… Ayer lo vi jugar y…
hacía tiempo que no veía una puntería como la suya.
En mi casa apenas se habla de otra cosa, como te imaginarás —a Julián se le escapa una carcajada involuntaria y yo elevo los ojos al cielo—, pero nunca lo había visto con mis propios ojos.
—Imperdonable, Donnelly.
Ahora soy yo la que suelta la carcajada.
—¿Siempre que lanza a portería mete gol? —pregunto, y justo Jonathan marca uno a nuestros pies. La portería está vacía, pero tengo la sensación de que para él siempre está vacía.
—Jon tiene una puntería infalible, la mejor que he visto en mi vida, y, obviando que ayer se lio a hostias con tu hermano y el resto de los Demonios, desempeña un papel crucial en el equipo. No te imaginas lo bien que se comunica con los chicos.
—¿Y la presión?
—La maneja muchísimo mejor que Elliot.
—Es un líder —comprendo.
—Innato. Aunque me costó lo mío que se diera cuenta.
Al principio… —Julián sonríe al recordarlo—.
Al principio lo nombré capitán solo porque tenía atemorizados a los demás.
Daba miedo con su actitud de mierda y, si le llevabas la contraria, te amenazaba con la lengua, los puños o lo primero que se le cruzara en el camino.
Era un delincuente en potencia. Lo utilicé para que me obedecieran. Y vaya si lo hicieron.
—Eso es muy impropio de usted, señor Alcalá.