Solo un juego más (Car Hockey 1) 9. Cannon #2
28%

9. Cannon #2

—¿Tú crees? —Julián me guiña un ojo y sonríe de nuevo, pero enseguida se le dibuja la pena en el rostro y suspira—.

Jon no ha tenido una vida fácil y vive a la defensiva.

Si lo atacas, su respuesta es inmediata, como ya sabes.

Lo que no sabes es que… Cannon, su padre trabajaba en un banco, intentó estafar mucho dinero y lo pillaron.

Murió poco después en la cárcel, en una trifulca.

Su madre se quitó la vida unos días más tarde.

Se ha criado con su abuelo materno, que lo maltrató durante años, física y emocionalmente.

Sobre todo, emocionalmente. Una infancia así deja secuelas a cualquiera.

Cuando llegó al CAR era el caos personificado.

—¿Me estás hablando en serio?

—Sí.

—¿Y cómo es posible que no tuviera ni idea de todo esto?

—Porque no lo sabe nadie.

— ¿Nadie?

Julián niega.

—Solo Elliot, Benji y Álvaro St. Claire. Al resto no les interesa o no han querido saberlo. A ti te lo he contado porque ahora formas parte de esto, porque necesito que conozcas a los chicos y porque eres tú, ¿vale? Pero no puede salir de aquí.

—OK —le prometo, aún conmocionada. Sabía que Jonathan se había criado en la calle, pero esto…—. ¿Y Benji?

—¿Qué pasa con Benji?

—¿Por qué no es él el capitán?

—No tiene el compromiso. Solo firma contratos de un año.

—¿Por qué?

—Porque en cualquier momento se larga. Si no lo ha hecho ya, es por Elliot y Viktor.

Frunzo el ceño.

—¿Cuánto conoces a Benji? —me pregunta Julián al ver mi gesto.

—Mucho más de lo que me gustaría.

—Mmm…

—¿Qué significa eso?

—Que quizá no lo conoces tanto. Y no me refiero a cuál es su serie favorita.

— Ataque a los titanes. Está obsesionado. Siempre la pone en Navidad, en casa de la abuela de Elliot.

Mi hermano Axel se sienta a su lado y, aunque no se dirijan la palabra, cuando pasa algo que consideran importante, cruzan las miradas sin poder evitarlo.

—Lo sé. Por cierto, ¿ya has desempolvado tus patines?

—Aún no.

—¿Cuánto tiempo llevas sin patinar?

—Un par de años.

—Sin patinar en serio, me refiero.

—Diez años. Ya lo sabes.

—Sí, pero quería que lo dijeras en voz alta. Interiorízalo y tómatelo con calma, ¿de acuerdo?

—Claro. Calma es mi segundo nombre.

Julián me lanza una mirada de advertencia un tanto exasperado (tiene poca paciencia), pero yo le devuelvo una mirada tranquila, ingenua, incluso sorprendida, en plan «No soy consciente de haber hecho o dicho nada malo».

Después me habla de los veinticuatro jugadores que forman el equipo mientras lanza sus fichas una a una a la mesa. Me habla del tiempo que llevan en los Jaguars, de sus mierdas y de sus habilidades. Y yo me pierdo en todos ellos.

Una hora después, con todos esos datos en la cabeza, me dirijo al entrenamiento, y no hace falta que me mire en un espejo para ver que tengo una pinta de Jaguar que tiro para atrás. Pantalones de chándal azules y sudadera granate.

El silbato me sienta bien.

LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA

Cannon: Imagen

Chloe: ¡Me he atragantado con la tostada del desayuno! ¡No puedo respirar! SOS.

Axel: Lo siento, no puedo ayudarte.

Sofía: Ni yo.

Blake:

Brandon: ¿Qué os pasa?

Fallon: A saber…

Chloe : ¿¿¿No veis lo que lleva puesto Cannon???

Brandon: ¿Un chándal?

Axel: De los JAGUARS, tío.

Fallon: Yo no sé si voy a tener tiempo y ganas para todo este drama.

Brandon: Yo seguro que no.

Papá: ¿En qué quedamos ayer después de la videollamada familiar de más de hora y media? Ya os lo recuerdo yo: en APOYAR a Cannon en su decisión de entrenar a los Jaguars.

Axel: Hola, papá.

Brandon: Hola, papá.

Sofía: Hola, papá.

Fallon: Hola, papá.

Blake : Hola, papá.

Chloe: ¡Papá! SOS. ¡SOS!

Lili: Pues a mí me encanta cómo te queda. El azul y el granate te sientan bien. ;)

Axel: Hola, Lili.

Brandon: Hola, Lili.

Sofía: Hola, Lili.

Fallon: Hola, Lili.

Blake: Hola, Lili.

Chloe: ¡Lili! SOS. ¡SOS!

Axel: Esperad. Acabo de darme cuenta de una cosa. Si Cani vive ahora en Barcelona, ¿qué pasa con mi armario?

Una bola de nervios y anticipación se me instala en el estómago antes de entrar en la pista, pero lo disimulo. ¿Cómo enseñas a patinar a jugadores profesionales de hockey sobre hielo? ¿Cómo voy a enseñar yo a patinar a jugadores profesionales de hockey sobre hielo? He ahí la cuestión.

Los chicos están ataviados con sus trajes de entrenamiento, unos con la camiseta oscura y otros con la clara, y tienen los ojos clavados en mí. Menos mal que manejo la presión como nadie. Ejem.

«Céntrate, Cani. E ignora los estúpidos ojos verdes del gilipollas de Benji».

Me toca las narices que sean tan llamativos, porque es imposible no reparar en ellos. Físicamente imposible. En serio. Reto a cualquiera a que lo intente.

Bajo a la pista y no resbalo. Mis patines cortan la superficie mientras me deslizo y no resbalo. Freno de sopetón y no resbalo. Sonrío, cojo aire, aspiro el anhelo que flota a mi alrededor y me dejo llevar por la gloriosa sensación de los patines sobre el hielo.

Y no resbalo.

Recuerdo, contra mi voluntad, el mensaje de Benji de ayer.

Benji Pooh: Cuidado al entrar.

El hielo resbala.

Y le respondo.

Cannon: Chúpate esa.

Gilipollas.

Guardo el teléfono en el bolsillo de la sudadera y me sigo recreando en mi exitoso regreso, hasta que uno de ellos pasa tan cerca de mí y a tanta velocidad que me tambaleo… me tamba… me… me yergo y recupero la estabilidad.

Hijo de…

—Ups. ¡Lo siento! —grita Benji sin mirar atrás; aun así, la sonrisita se la intuyo.

—Tu número 8 casi me tira —le digo a Julián, que acude en mi ayuda.

—Lo he visto.

—Se la pienso devolver.

—Pero no me lo lesiones.

—Tranquilo, seré suave.

—Muy bien, pues empezamos.

Julián da unas palmadas y todos se aglutinan a nuestro alrededor. Se respira buen rollo y complicidad, a pesar de lo que pasó ayer. Supongo que habrán calmado las aguas en los vestuarios antes de salir al hielo.

—Vamos a formar cuatro equipos y a jugar un partido para que Cannon os vea.

Os va a arbitrar solo ella, ¿entendido? Sed buenos.

Y tú siéntete libre de corregirlos cuando lo creas conveniente —me dice—.

Vosotros —señala con el dedo a los jugadores con la camiseta clara— sois los equipos A, 1 y 2, y el resto, el B, 3 y 4. Grupo 1 y 3, salís los primeros.

Los chicos obedecen y los diez primeros en jugar toman posiciones.

Elliot, Benji y Jonathan forman parte de ellos.

Julián y Patrick distribuyen una pila de pucks a cada grupo y se colocan a lo largo de la línea central para observar.

Yo me pongo en plan «hockey», con la tablet en la mano para coger apuntes, y no me toma por sorpresa la facilidad con que lo hago.

Nunca he dejado de ser hockey, solo dejé de jugar.

Jonathan gana el face-off y comienza el partido. Patino junto a ellos, con cuidado de no entorpecerlos, y estudio sus movimientos. El sonido de sus cuerpos chocando con las mamparas de cristal es música para mis oídos y ver el puck volar sobre el hielo me calienta el alma.

—¡Stick alto, Benjamín! —grito un par de minutos después. Ya es la segunda vez que lo hace—. Controla.

Él aprieta la mandíbula y yo me giro y le llamo la atención a otro de los chicos mientras mis cuchillas se afianzan sobre el hielo a medida que pasan los minutos. Todo va viento en popa.

Jonathan pasa por mi lado patinando hacia atrás y me guiña un ojo antes de darse la vuelta. No sé si me está tanteando o vacilando.

—¡Cer o trato de favor, Ros! —grito—. Si vuelves a guiñarme el ojo, te hago sudar como no lo has hecho en la vida.

Escucho su carcajada y la del resto del equipo. Qué monos son, se lo han tomado a broma.

Pito un fuera de juego y tres faltas en los próximos cuatro minutos.

—Un poco flojo, Schmidheiny —le digo poco después a Benji, cuando se acerca a la barandilla para hacer el cambio de línea—. Te recordaba mejor. ¿No has dormido bien?

Se quita el casco, se retira el pelo del flequillo (le hace falta un buen corte) y me mira con indolencia. Está sudado y se le entrecorta la respiración.

—He dormido muy bien —gruñe—. Estás yendo a por mí.

—Me han contratado para que vaya a por ti.

—Pensé que serías imparcial en el hielo. Iluso de mí.

—Tú no has sido un iluso en tu vida. —Estoy siendo mucho más imparcial de lo que se imagina, y de lo que se merece, pero ahora que no está jugando me apetece tocarle la moral—. Y pensé que te había enseñado mejor a jugar al hockey.

—Me enseñaste a jugar al hockey de puta mad…

—¿Verdad?

Benji chasquea la lengua. Yo sonrío por dentro.

—Me refería a que sé jugar al hockey.

—¿En serio?

Le hago una zancadilla francamente preciosa y lo tiro al suelo.

—Ups… —me disculpo, y me agacho hasta que nuestros rostros están muy cerca.

El olor a hockey y sudor limpio me inunda las fosas nasales.

Nos miramos a los ojos. Los suyos reflejan tanto contrariedad como sorpresa—.

Si vuelves a intentar tirarme, vas a chupar más banquillo en los dos próximos partidos que en toda tu carrera —le advierto—.

Capisci? ¿ Capisci, Schmidheiny? —repito al ver que solo me mira—. No te oigo.

— Capisci —responde con una sonrisa más falsa que nuestras Navidades en familia.

— Capisci , ¿qué?

— Capisci, entrenadora.

—Buen chico.

Sonrío y le doy un par de palmadas condescendientes en la mejilla. Me gusta ver a Benjamín Schmidheiny en el suelo, con el pelo y su estúpida sonrisa condescendiente fuera de su sitio.

Escucho las risas del resto del equipo y levanto la mirada. Elliot y Jonathan están muy cerca.

—¿Algo que decir?

Jonathan alza los brazos en señal de «Ni esta boca es mía» y Elliot pone los ojos en blanco. Un gesto que de inmediato me hace viajar a sus «Joder, Cannon» de antaño. Giro la cabeza y me concentro en el resto de los chicos.

—Joder con Donnelly… —murmuran por ahí.

—Hace honor a su apellido…

—Muy buen juego de pie.

—Esto empieza fuerte.

—¡Menos cháchara y más patines! —grita Julián, y se callan al instante.