Solo un juego más (Car Hockey 1) 8. Benji #2
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8. Benji #2

—No lo sé. Lo que más me gustaba de ella era que vivía en Madrid —digo yo, pero al ver la cara que me pone Jonny…—. Patina bastante bien —acepto—. O patinaba. Hace tiempo que no coincidimos en una pista.

—Patina mejor que Benji —añade Elliot.

—Y que tú.

Elliot resopla. Yo río.

—¿Y qué más?

—Ve el hockey —reconozco, aunque me jode la vida.

—¿Qué quieres decir? —me pregunta Jonny.

—Entiende el hockey de una manera diferente al resto del mundo. De una manera… geométrica. Cannon es matemática y es como si tuviera un sentido más que el resto de la humanidad. Oído, vista, olfato, gusto, tacto y… hockey.

—Pues quizá podamos sacar algo bueno de todo esto, ¿no? Quizá debamos confiar en Juls. Y si queremos seguir haciendo lo único que sabemos hacer en la vida, que es jugar al hockey, no nos queda más remedio. ¿Cómo lo ves, rubio? ¿Serás capaz?

Elliot suspira de nuevo.

—No quiero que mi mala relación con Cannon repercuta negativamente en el equipo y… no entiendo por qué ella ha dicho que sí. Va a cargárselo todo. ¿Cómo va a entrenarme si me odia?

—¿No tienes una casa a dónde ir? —me preguntó Elliot una noche. Se me había hecho más tarde de lo habitual y él apareció de repente.

—No —respondí con el corazón a punto de salírseme del pecho. A pesar de que llevábamos un año siendo uña y carne, nunca le había hablado de mí, así que no tenía ni idea de que vivía en la pista del abuelo de su mejor amiga.

—Yo tampoco —me dijo.

Yo fruncí el ceño y él lo vomitó todo sin apenas respirar. Me habló de sus padres. De los gritos. De las recriminaciones. De los portazos. Del infierno que era verlos al uno en la yugular del otro. Y de lo que había visto esa noche.

Porque esa fue la noche en la que pilló a su madre enrollándose con el padre de Cannon en una fiesta navideña.

La noche en la que vi a Elliot llorar de miedo y dolor hasta que se le acabaron las lágrimas y se quedó dormido en mi regazo.

La noche en la que le mostré dónde dormía cada día, un rincón olvidado de la pista, y le hablé de mi pasado. También lloré de miedo y dolor.

Y qué poco sabía yo de las drogas de los ricos. Solo entendía la de los pobres. Porque esa también fue la noche en la que Elliot se drogó por primera vez. Y yo no me di cuenta. Estuvimos toda la noche juntos y no me di cuenta.

Aún no habíamos cumplido los catorce.

Miro a Elliot, que se ha perdido en sus recuerdos, y doy gracias a la vida una vez más porque toda esa mierda de las drogas terminara.

Hace un tiempo, llegué a pensar que lo perdía.

Pero no lo hice y Elliot lleva limpio más de diez años.

Ahora nuestros mayores dolores de cabeza los provocan los Donnelly.

Ellos, a pesar de sus desacuerdos y diferencias, son una piña, y Lili, la madre de Elliot, forma parte. Elliot y yo, no.

Elliot no habla con su madre desde la mañana siguiente a aquella noche. Discutieron, ella se fue de casa sin mirar atrás, y… joder, han pasado once años.

Cuando Elliot está cerca de alguno de ellos se acuerda de su madre más que nunca y sufre, porque no tiene ni idea de cómo aceptar sus llamadas después de tanto tiempo.

Sufre porque no sabe si la ha perdonado.

Sufre porque no sabe cómo pedir perdón. Sufre porque la sigue queriendo muchísimo, y la echa de menos.

Pero sobre todo sufre por su padre, porque no quiere traicionarlo y siente que lo hace cada vez que anhela a Lili.

Yo le aconsejo que responda a uno de los mensajes de su madre y que lo demás…

sucederá, pero no debe de funcionar así. No lo sé.

No tengo ni idea de cómo funcionan las relaciones entre padres e hijos. Solo sé que ser el hijo de dos personas que pusieron fin a su matrimonio de la peor de las maneras es una auténtica mierda.

Y si a esto le sumamos a los Donnelly, que revolotean alrededor con sus miradas despectivas y sus lecciones de moral, obtenemos un cóctel explosivo. Y mortal.

Yo ni siquiera conocía a los Donnelly en profundidad, y eso que vivía (literalmente) en su pista de hielo.

Oía hablar a Cannon de ellos, sobre todo de Blake, Fallon y Brandon, y los veía patinar en la pista (incluso a Brandon, que, por mucho que escupa pestes contra el hockey, ha pasado más tiempo en el hielo que cualquiera), pero nunca cruzamos una sola palabra.

Yo no era nadie. Hasta que me convertí en un Schmidheiny.

Entonces comenzó la guerra, supongo que por inercia.

Ellos estaban en un bando y yo en otro. No recuerdo quién lanzó la primera piedra, solo sé que no nos hemos detenido desde entonces.

Cualquier propósito de acercamiento entre las familias se ha hecho añicos.

Y no será por falta de intentos: la madre de Lili, la abuela de Elliot, nos pone a prueba cada año.

Adoro a esa señora, aunque aún me cuesta verla como mi abuela, a pesar de su insistencia.

Es amable, intuitiva y hornea las mejores magdalenas del mundo, pero tiene un carácter de hierro.

Vamos, una mala hostia que flipas. Ella es el único vínculo que queda entre Elliot y su madre y la responsable, en parte, de que a Elliot lo dejaran venir a estudiar y entrenar en la Costa Brava a los catorce.

Vive en Barcelona y siempre ha estado pendiente de él. Lo quiere con locura.

Las primeras Navidades tras la adopción, hace ya siete años, nos obligó a todos los «nietos» a ir a su casa cada 25 de diciembre a abrir los regalos y pasar el día juntos.

A todos a la vez: Schmidheinys y Donnellys.

Claro, que los Schmidheinys somos dos y los Donnellys son como los Gremlins: se multiplican si se mojan con agua.

De hecho, Elliot, Jonny y yo los llamamos Gremlin Uno, Gremlin Dos, Gremlin Tres, Gremlin Cinco, Gremlin Seis y Gremlin Siete.

En rea lidad se llaman Sofía, Blake, Fallon, Brandon, Chloe y Axel, de mayor a menor.

Me he saltado el número cuatro a propósito y no corre la sangre cada año por el canto de un duro, como diría la abuela.

La verdad es que pasamos mucho más tiempo con ellos del que nos gustaría, sobre todo con Blake.

Y no solo por los cuatro partidos en los que nos enfrentamos en la temporada regular (sin contar el amistoso anual que disputamos Jaguars y Demonios desde hace años al inicio de la temporada, que es de todo menos amistoso).

Suena un teléfono y los tres nos sobresaltamos. Es el mío.

—Julián —respondo.

—¿Puedes decirle a Elliot que venga a mi despacho? No me coge el teléfono.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —respondo.

Julián suspira. Lo hace tres mil veces al año, más o menos.

—Porque tienes que confiar en mí.

—¿Tú crees?

—¿De verdad piensas que le haría daño a Elliot a propósito?

Ha usado las mismas palabras que Jonny. Y la verdad es que…

—No —admito.

—Dile que lo espero en media hora.

La llamada muere al otro lado y dejo caer mi teléfono en la cama.

—Era Julián. Quiere que vayas a su despacho en media hora.

—¿Y qué más? ¿Una mamada de agradecimiento por su última gran decisión? No contestéis —nos dice al ver que los dos, divertidos, abrimos la boca al mismo tiempo—. Era retórico. Yo entiendo de retórica.

—Ve y díselo —le decimos al unísono con una sonrisa.

—Sí, tío Dylan. No, tío Dylan. —Álvaro, recién duchado y con la mochila colgada en un hombro, entra en mi dormitorio y va directo al lado de la cama donde está Elliot. Pone el altavoz.

— Alvarito —escuchamos todos—, no me respondas con monosílabos que no tengo el coño pa’ favorcillos.

Nosotros soltamos una carcajada y Álvaro eleva los ojos hacia el cielo. El tío Dylan no es otro que Dylan Carbonell, uno de los cantantes más famosos del panorama internacional. Álvaro se ha criado con él y lo adora más que al chocolate, y eso es mucho decir.

—Farolillos, tío. Se dice «no tengo el chichi pa’ farolillos».

— Lo que sea, mira, t…

—Tío, ¡entro en un túnel! Te llamo en cinco minutos. ¡Prometido!

— Álv…

Álvaro finaliza la llamada.

—Buenos días, rubio —le dice a Elliot. Se agacha y le da un beso en el pelo—. ¿Qué tal nos hemos levantado esta mañana?

—Buenos días, morenazo —responde Jonny—. ¿Para mí no hay beso?

—Tendrás que ganártelo.

—Cada día te vendes más caro.

—Ya ves.

Jonny se incorpora, coge a Álvaro del brazo y lo lanza a la cama, encima de nosotros.

—¡Auch! —se queja Elliot—. ¿Qué coño llevas en esa mochila, que se me ha clavado en los huevos?

—¡Joder, que acabo de peinarme, imbécil! —le grita Álvaro a Jonny.

—Será el peine entonces —responde el otro, desternillándose y desordenándole el flequillo a propósito—. Este remolinillo de aquí es muy rebelde.

—¡Quita, joder!

Elliot se quita a Álvaro de encima, yo empujo a Jonny, Álvaro intenta levantarse y, tras varias patadas, acabamos los tres encima de Jonny. Y reímos. A carcajadas.

—Entonces —dice Jonny, con la voz amortiguada por nuestros cuerpos—, ¿cuál es el plan para hoy? Puedo tener el deportivo del rubiales preparado para lo que sea en cuestión de minutos.

—No llegaríamos ni a la frontera.

—Tíos, hemos entrado en bucle.

—Esperad. Joder, me acabo de acordar de que Elliot no puso ayer la puta lavadora.

—Ups…

—Mira en la guantera del deportivo en el que quieres que huyamos, quizá encuentres unos gayumbos.

—Ja.

—Os apuesto veinte pavos a que sí hay.

—Acepto.

—Y yo.

—Capullos.