8. Benji
Benji
Power play o superioridad: cuando uno de los equipos queda en superioridad numérica después de que un rival haya sido sancionado durante un periodo de tiempo.
Elliot entra en casa, sube directo hacia su habitación y cierra de un portazo. Jonny, Álvaro y yo compartimos una mirada preocupada. No ha dicho una palabra desde que hemos salido de la pista.
—Ya voy yo.
Subo las escaleras y toco la puerta antes de entrar. Se ha tumbado en la cama bocabajo. No se ha quitado ni las deportivas.
—Ahora no, Ben —dice sin mirarme.
Me acerco a la cama y me tumbo a su lado, porque sé que es lo que necesita. No hablamos. Solo… estamos juntos.
No entiendo a Cannon. Jamás la he entendido, pero ahora menos que nunca.
—Me quieres a mí, ¿no? —Levanté los brazos—. Pues aquí me tienes. Pagaré lo que haga falta para dejarlo.
—¿Estás seguro de eso, Benny? Es un precio alto.
Tragué saliva.
—Sí, pero dejad que él se vaya.
Toni se acercó a mí, pero Elliot se puso en medio.
—Apártate si no quieres que te salpique la sangre —le advirtió Toni—. Esto es entre Benny y yo.
Elliot fue el primero en dar el puñetazo.
Siempre había sido muy rápido y tremendamente irreflexivo, y casi desató la guerra.
Y digo casi porque, en cuanto Toni le devolvió el golpe y los otros vinieron a por mí, saqué la cuchilla del bolsillo.
Toni le rodeó el cuello a Elliot con el brazo y amenazó con partírselo.
Se me cortó la respiración, pero mi desarrollado instinto de supervivencia tomó el control e hice lo mismo con uno de sus esbirros, o esbirra; con la más importante, de hecho.
—Si le haces daño, le corto el cuello a tu novia —le prometí a Toni. Estaba lo bastante desesperado como para hacerlo y confié en que se diera cuenta.
—Parece que estamos en un punto muerto —respondió fingiendo impasibilidad.
—Suéltalo.
—Seguirás teniendo una deuda con nosotros.
Me despierto sudando como un cerdo. Abro un ojo, somnoliento. Según mi despertador son las seis y veintiocho de la mañana. Abro el otro, con reticencia. Ahí fuera aún transcurre una noche estrellada, pero la tenue luz de las farolas se filtra por la ventana de mi dormitorio y la ilumina.
Escucho la respiración rítmica y constante de la persona que duerme a mi lado.
No necesito que despunte el alba para saber que es Elliot.
Reconozco sus suaves ronquidos, y siempre se tapa hasta las orejas, aunque nos azote una ola de calor; de ahí la temperatura extrema que emana mi cuerpo.
Recuerdo haber abandonado su cama al rato de que se quedara dormido, pero, en algún momento de la noche, él ha venido a la mía.
Sacudo con los pies la sábana y el edredón hasta tirarlos al suelo, destapando a Elliot en el proceso, que sigue en vaqueros y camiseta (al menos se ha descalzado), y me acomodo de espaldas, con un brazo debajo de la cabeza y la mirada perdida en el techo.
Suena mi alarma…
Pi, pi, pi. Pi, pi, pi.
… suena la alarma de Jonny, en la habitación al lado…
Pi, pi, pi. Pi, pi, pi.
… y suena la alarma de Elliot, en la habitación de enfrente.
Pi, pi, pi. Pi, pi, pi.
Las tres al unísono, como cada mañana. Elliot gime, se revuelve, se cubre la cabeza con la almohada y vuelve a coger postura.
—¿He vuelto a tener pesadillas? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta. Solo existe un motivo para que haya venido a mi cama en mitad de la noche.
—Sí —me dice, aún medio adormilado.
Suspiro. Elliot siempre viene cuando me escucha gritar por las noches. Yo me vuelvo a dormir al instante y la mayoría de las veces ni siquiera me acuerdo de haberme despertado encharcado en sudor.
Llevo teniendo pesadillas desde la noche que me colé en la pista de hielo de Avenida de América, así que no necesito recordarlas cada mañana para saber de qué tratan. Las he aceptado, e incluso me abrazo a ellas. Forman parte de mí.
Sueño que tengo diez años y que Ricardo y mi tía me encuentran.
Sueño que tengo catorce, quince, dieciocho, veinte, veinticuatro, y que Toni y sus esbirros me obligan a saldar mi deuda con ellos. Toni y sus esbirros son mis otros enemigos.
Cuando hace tres años me enteré de que el padre de Julián había comprado una franquicia de la LEH para los Jaguars, estuve a punto de dejarlo todo y largarme muy lejos. No por mí, sino por los míos. Por temor a que los salpique mi mierda.
Aún me pregunto por qué no lo he hecho. Mi cara y mi nombre están por todas partes. En el telediario. En los periódicos. En internet.
Ya solo es cuestión de tiempo.
A Toni y a sus esbirros los conocí una noche en el callejón de las basuras de la pista de hielo. Yo hurgaba en busca de cualquier cosa que me sirviera y me vieron.
Me persiguieron y arrinconaron en una esquina.
Tan solo eran unos años mayores que yo, escuálidos y vacíos.
A alguno incluso lo sobrepasaba en altura, pero la manera maliciosa en que sus ojos me miraron por debajo del flequillo y las sonrisas que salieron de sus labios agrietados gritaron peligro a espuertas.
Saqué la cuchilla que guardaba en el bolsillo y los amenacé con matarlos.
Ellos me ofrecieron trabajo. Trabajo remunerado. Algo sencillo: solo tenía que entregar cierta mercancía en cierta esquina.
—Es esa de ahí —me explicó Toni, el más bajito y el cabecilla, y señaló la acera de enfrente—.
Piénsatelo y, si aceptas, lleva esto. —Me ofreció un paquete del tamaño de un sobre de té—.
Si no aceptas, lo dejas en el suelo junto a la papelera.
No hay problema. Pero si te lo quedas sin más, estás muerto. Tú decides. ¿Qué decides?
Decidí hacerlo. Sabía que era droga; había mamado lo suficiente de ese mundo como para reconocerla, pero acepté de todas formas. Así es la supervivencia.
Recibí mi primer sueldo con diez años. No fue mucho, lo justo para comprar comida y ropa nueva. Así me mantuve vivo durante cuatro años.
Pi, pi, pi. Pi, pi, pi.
Faltaba la alarma de Álvaro. En esta casa es complicado dormirse. No imposible, pero difícil.
—¿Estás bien? —me pregunta Elliot, más despierto. Imita mi postura y se pone bocarriba—. Esta noche has gritado un montón.
—Creo que he soñado con Toni.
—Sí, eso me ha parecido. Ben, ese tío no volverá a acercarse a ti. Por encima de mi cadáver.
—Es tu cadáver el que me preocupa.
—Ni se acercarían.
—Más les vale. Y sé que temerles después de tantos años es un miedo irracional, pero no puedo evitarlo.
—No pretendo que lo evites, solo quiero que sepas que siempre voy a protegerte con todo lo que tengo.
—Ya lo sé. Joder, ya lo sé. —Me tapo los ojos con el brazo—. Fernando dice que tengo un trauma infantil, y eso que apenas le he dado cuatro datos.
Fernando es el psicólogo del CAR . Julián nos obliga a todos a hablar con él una vez al mes, por lo menos.
—Es un cabrón muy listo. Quizá deberíamos escucharlo más. Dios, borra eso. Negaré haberlo dicho.
Yo también sonrío, pero adopto un semblante serio enseguida. Dejo caer el brazo que me tapaba los ojos al colchón.
—¿Tú estás bien?
—No lo sé. No… Joder, no me puedo creer que Julián haya traído a Cannon al equipo.
Él sabe lo de Cannon. Él sabe toda la mierda que hay entre nuestras familias.
Él sabe… —Elliot enmudece unos instantes y yo le doy tiempo—.
Él sabe lo de mi madre. Y en lugar de llamarme y explicarme por qué coño ha decidido contratar a Cani, a Cannon —se corrige a todo correr—, se me pone todo gallo cuando la noticia salta después de que me liara a hostias en el hielo con el equipo de su hermano, que es mi hermanastro.
¿Qué pretendía? ¿Qué pretende? A veces… Joder, a veces tengo la sensación de que no puedo más. No puedo más, Ben.
—Julián es complicado.
Elliot me mira con diversión.
—¿No me digas? Joder, solo tú podías darme esa mierda de respuesta.
—¿Quieres que hablemos de Julián? ¿Aquí y ahora?
—Me apunto. Tengo mucha mierda que decir al respecto. —Jonny entra en la habitación en ropa interior, con su pelo perfecto hecho un desastre y la marca de la almohada tatuada en la cara, y se tumba en medio de nosotros.
Al otro lado del pasillo, una de las duchas se enciende. Álvaro se ducha cada mañana, a pesar de que poco después va a meterse en una piscina. Si no se moja, no se despierta del todo.
—No vamos a hablar de Julián —dice Elliot.
—OK. ¿Cuál es el plan para hoy entonces? —pregunta Jonny—. ¿Huimos? Puedo tener el deportivo del rubiales preparado para lo que sea en cuestión de minutos.
Ni Jonny ni yo poseemos objetos de valor (bueno, él a ratos tiene un reloj de oro), mucho menos coche propio, así que solemos coger prestado el de otro, generalmente el de Elliot.
—No llegaríamos ni a la frontera —dice Elliot.
Tiene razón. Nos encontrarían enseguida. Jonny no sabe conducir sin la música a todo volumen y un Panamera 4S azul eléctrico llama demasiado la atención.
—Y tenéis que ir al entrenamiento —añade.
—No vamos a ir sin ti —respondo.
—No podéis dejar el equipo.
—¿Y tú sí?
Elliot suspira y Jonny carraspea.
—Vamos a hablar de Julián en plan entrenador, ¿vale?
—nos dice—. A ese Julián le confiaríamos la vida.
Si ha traído a Cannon, será por una buena razón.
Es, con diferencia, el miembro de la familia al que menos conozco, pero Julián suele tomar decisiones inteligentes en lo que respecta al hockey.
Y jamás te haría daño a propósito, Elli.
A ninguno de nosotros. No con algo así. Tenemos que hablar de esto con objetividad.
Los tres, ¿vale? Así que la pregunta es…
¿qué tiene Cannon de especial, aparte de unos ojazos enormes y una cara por la que muchos matarían?
¿Qué tiene que no tengamos nosotros ni… nadie más?
¿Qué tiene que necesitemos? Oh, vamos —se queja cuando ve que ninguno de los dos estamos por la labor de responder—, conozco de sobra las mierdas que ambos tenéis con ella, pero sacaos las cabezas del culo, sed objetivos y contestadme, capullos.
¿Cuál es la cualidad de Cannon que Julián quiere que descubramos?