6. Benji
Benji
Los deportistas cuidarán en todo momento que su conducta, tanto individual como colectiva, sea la que corresponde a la especial representación que ostentan, y en todo momento deberán dar público ejemplo de orden, disciplina, compostura y deportividad.
Pero… ¡¿qué hace Cannon Donnelly en el banquillo de los Jaguars?
! ¿Se ha perdido? Tengo en la punta de la lengua decirle que el banquillo de los Demonios se encuentra más adelante, pero estoy tan derrotado emocional y físicamente que paso de perder las escasas energías que me quedan.
Las necesito para lo que se nos viene encima con Julián.
Joder, ¿cómo se nos ha ido el partido de las manos de esta manera?
Le señalo a Cannon con el dedo gordo el banquillo de su querido hermanito mayor. Supongo que lo entenderá, dado que su inteligencia es superior a la media, pero eleva los ojos hacia el techo, así que no. No lo ha pillado.
—Paso —bufo.
¡Paso, Cannon!
Cannon y yo… Cannon y yo nunca vamos a entendernos. Punto. Nos conocimos en la pista de Avenida de América, hace doce años.
Lo recuerdo como si fuera ayer.
Siempre lo recuerdo como si fuera ayer.
Elliot y Cannon eran amigos y entrenaban juntos en la pista durante el día. ¿La carcajada que me enamoró de Elliot? Iba dirigida a Cannon. Las risotadas de Elliot siempre iban dirigidas a Cannon. Estaban muy unidos. Cannon era la única persona con la que Elliot no chocaba.
El primer día que vinieron juntos a la pista después del cierre, el cielo ya se había oscurecido y las manecillas del reloj marcaban las ocho y cincuenta. Era lunes y las calles de Madrid intentaban sobrevivir al final de uno de los inviernos más fríos de la historia.
Entraron en la pista, patinaron, rieron como solo ellos sabían hacerlo, jugaron y se fueron. Se convirtió en costumbre. Siempre los lunes.
Julián seguía viniendo los martes y jueves. Se sincronizaban sin saberlo y a mí me jodían la vida, porque, si ellos patinaban, yo no patinaba. Y lo necesitaba más que el latir de mi corazón.
Un cúmulo de circunstancias y decisiones hizo que se dejaran caer en la pista un viernes por la noche.
Y me pillaron con las manos en la masa, claro.
O con las cuchillas en el hielo. Viéndolo en retrospectiva, supongo que cayó por su propio peso.
Que ellos me vieran también era inevitable. Como el invierno frío de ese año.
Eché a correr con los patines puestos, pero ellos iban en deportivas y se conocían la pista como la palma de su mano, así que me rodearon enseguida.
Izquierda y derecha. Qué listos. No me quedó más remedio que lanzarme contra el primero que pillé, que resultó ser Cannon, y amenazarla con cortarle el cuello. Fue mi carta de presentación.
Teníamos doce años.
Cannon
La primera vez que vi a Benji me amenazó con rajarme el cuello con la cuchilla oxidada de un patín de hockey hielo, el muy gilipollas.
Lo nuestro no fue amor a primera vista.
Se lanzó contra mí y caímos al suelo. Él encima. Nos miramos a los ojos. Los suyos eran tan verdes como un campo de tréboles después de un día de lluvia y tan fieros como la peor de las tormentas, pero no calaron en mí. Aunque el corazón sí me comenzó a latir a toda prisa.
—¡No! —gritó Elliot.
—No te acerques —le advirtió Benji.
Le indiqué con la mano a Elliot para que ni se moviera ni dijera una palabra más, cuando lo que de verdad ansiaba con todas mis fuerzas era gritarle que saliera corriendo de allí. Él era la razón de que el corazón me latiera a toda prisa. Él y un niñato con una cuchilla, tan cerca el uno del otro.
Elliot siempre había sido visceral, instintivo y tremendamente inconsciente. Y eso sumado a la prodigiosa dosis de dramatismo con que mis padres me dotaron al crearme… Veía sangre por todas partes.
—¿Qué quieres? —le pregunté a Benji.
—¿Yo? —respondió él, indignado (qué valor, ¿eh?)—. Habéis sido vosotros los que habéis venido a por mí.
—Has sido tú el que te has colado aquí por la noche.
—¿Y qué? ¿Acaso es un delito?
Levanté una ceja en respuesta. Sí, mi yo de doce años ya levantaba cejas. Un don.
—Y que me amenaces también lo es —le aclaré, por si acaso. No parecía ser el más avispado de su clase.
—¿En serio? —preguntó fingiendo sorpresa, el muy idiota.
—Y deberías deshacerte de esa cuchilla oxidada.
—¿Por qué?
—¿Sabes lo que es el tétanos?
—Más que tú, por lo que veo. Las heridas causadas por puntas oxidadas no tienen por qué originar el tétanos. La clave no está en el óxido.
Me sorprendió, lo reconozco. Y me corregí en mi pensamiento anterior. Quizá sí fuera el más avispado de su clase. Y el más gilipollas, claro. En eso no me equivoqué.
—¿Y dónde está la clave? —le pregunté para ver por dónde salía.
—Búscala.
—¿Qué eres? ¿El pandillero empollón del barrio?
—Algo así.
—¿Te gusta patinar?
—¿Y a ti?
—Suéltame ahora mismo y quizá te deje volver —respondí, e ignoré su pregunta.
—Joder, Cannon —bufó Elliot a nuestro lado. Se había acercado a nosotros y lo teníamos casi encima.
—¿Volver a dónde? —preguntó el niñato.
—Aquí.
Él rio y a mí el corazón dejó de latirme tan deprisa.
—¿Acaso es tuya la pista? —me preguntó con socarronería.
—Pues sí —respondí, con la misma socarronería, pero elevada al cuadrado.
Zas, en toda la boca.
Benji frunció el ceño, confundido, sin que la cuchilla perdiera presión en mi cuello.
—¿Me estás vacilando?
—No.
—¿Esta pista es tuya?
—De mi abuelo por parte materna.
—¿Perteneces a la familia March? ¿La del multimillonario Joan March?
Correcto. Y me hubiera gustado responderle que veía a mi abuelo menos de lo que me gustaría desde que se había jubilado y recorría el mundo con mi abuela.
Y que le construyó la pista a mi madre, su única hija, en uno de sus clubes deportivos más prolíficos, porque ella amaba patinar.
Y que muchos años después, nombró director ejecutivo de todos sus negocios a mi padre, en quien confiaba como el primer día, así que estaba en todo mi derecho de echarlo de allí.
Era mi lugar especial y él lo estaba mancillando con su estúpida cuchilla, pero me conformé con un:
—No te lo esperabas, ¿eh?
—Cannon, joder. Cállate ya —me pidió Elliot. Después se dirigió a Benji y le ofreció una mano—. Y tú suelta esa cuchilla. No vamos a delatarte.
—¿Y tengo que creerte?
—¿Qué otra opción tienes?
—Dame un motivo.
—Juguémonoslo en la pista, a una carrera. Si nos ganas a alguno de nosotros, queda todo olvidado.
—¿Y si no?
—Queda todo olvidado.
Elliot y Benji cruzaron una mirada y la presión de la cuchilla se aflojó.
Nos levantamos y caminamos juntos hacia la pista, los tres bastante tensos.
Yo iba en medio y no perdía de vista a Benji.
Mucho menos al bolsillo de su raído pantalón de chándal, donde había guardado la cuchilla.
Me sacaba una cabeza. Era más alto de lo que me había parecido en un primer momento, pero también menos fiero.
Elliot y yo nos pusimos los patines a la velocidad del rayo y nos enfrentamos a él en el hielo. El que fuera más rápido en dar dos vueltas completas alcanzaría la victoria.
Benji consiguió ganar a Elliot porque este trastabilló en el último momento.
A mí ni me vio venir.
Cannon - 1
Benji Pooh - 0
—Algún día, te ganaré —me prometió.
Yo me eché a reír.
«Ni en tus mejores sueños».
—Hasta mañana, pandillero —le dije antes de irme.
No lo quería en la pista, y mucho menos por las noches, que era mi momento: sin gente. Pero un trato es un trato.
—Su alteza real —respondió él con tono de burla y reverencia incluida.
Elliot rio, pero a mí no me hizo ni pizca de gracia.
Benji era, es y será siempre un gilipollas.
Y la pista de Avenida de América era, es y será siempre el hogar donde nos criamos mis hermanos y yo, donde aprendí a patinar y donde soñé con convertirme en un Zorro; pero los sueños, sueños son.
Benji
Elliot y yo nos volvimos inseparables dentro de la pista. Fuera, durante los primeros meses, no sabíamos nada el uno del otro.
Cannon y yo nos volvimos inseparables pero separables, si acaso tiene sentido. Éramos un uno y un seis en las piezas del dominó. Jamás encajaríamos, pero no dejamos de pasar las horas juntos, como esas piezas de dominó cuando están dentro de la caja.
Ellos dos me enseñaron a jugar al hockey.
En una ocasión, le pregunté a Elliot el motivo por el que me retó a esa carrera insulsa; por qué me ofreció bandera blanca cuando yo los estaba amenazando con una cuchilla.
—No lo sé —respondió—. Sentí que tenía que hacerlo. ¿Y tú? ¿Por qué soltaste la cuchilla y me cogiste la mano?
—No lo sé. Sentí que tenía que hacerlo.
Cannon
Clavo los ojos en el hielo, destrozado por las cuchillas de los patines que lo han cruzado de lado a lado en busca de la victoria en el último tiempo del partido, en vano.
Benji entra en el banquillo y se acerca.
Sacudo la cabeza y el hechizo de mis recuerdos se diluye entre la asfixiante tirantez que, como de costumbre, gravita entre nosotros.
Me siento igual que en Navidad, solo que estamos rodeados de un montón de jugadores de hockey que tienen que estar flipando, porque no dicen ni mu.
Mi hermano sigue los pasos de Benji, lo adelanta por la derecha y se posiciona entre los dos.
—No te acerques, Schmidheiny —advierte Blake.
Jonathan sigue los pasos de Benji y alcanza a mi hermano.
—Lárgate de mi banquillo, Donnelly, o muere.
Ostras, el otro…
No importa las veces que vea a Jonathan, es…
guapísimo, de otro mundo, y siempre impacta.
No sé cuánto hay que verlo para acostumbrarse, o si es acaso posible.
Tiene el pelo oscuro y unos ojos tan azules que podrían cruzarte de lado a lado como una espada láser si esto fuera una película de Star Wars.
A Blake en este momento se la sudan su pelo, sus ojos y todo lo demás, lo veo, y está a punto de replicar…
Pum, pum, pum.
…, pero unos golpes se lo impiden.
Miro hacia atrás.