6. Benji #2
Un chico ha asomado la cabeza por encima del cristal que separa el banquillo de las gradas.
Es el mismo chico al que ha saludado el trío calavera en el calentamiento.
Cabello castaño, ojos marrones, o verdes, no se los veo bien desde aquí, y un lunar en la comisura del labio superior.
Facciones perfectas. ¿Dios los cría y ellos se juntan o qué?
—Ey, ¿estáis bien? —pregunta, preocupado.
—Ahora no, Álvaro. Vete a casa —le ordena Julián sin mirarlo.
Oh, Álvaro. Debe de ser Álvaro St. Claire, el nadador. Es amigo íntimo del trío.
—Como volváis a poneros un solo dedo encima —continúa Julián, dirigiéndose a Blake y Jonathan con voz gélida—, os juro que estáis fuera de la liga antes de que cojáis el próximo aliento.
Tú —señala a Blake con el índice—, a tu banquillo, y vosotros —señala a Elliot, Benji y Jonathan—, al vestuario.
Todos al vestuario. ¡Ya! Y cállate, Elliot, cállate.
—No he dicho una puta palabra.
—Pero ibas a decirla. Y el «puta» sobra. No soy uno de tus amigos y estoy bastante harto de tener que repetírtelo. No agotes mi paciencia.
Elliot aprieta la mandíbula y mira a Julián con rabia y dolor. Se sostienen la mirada durante el minuto más largo de la historia hasta que Elliot la retira y pasa por mi lado como una exhalación.
No me mira. Elliot nunca me mira. A mis hermanos les dice de todo, pero a mí no me mira. Y yo tampoco a él. Es nuestra dinámica.
Benji va detrás, no sin deleitarme antes con una de sus miradas impregnadas de reprobación. Nada nuevo.
Él sí me mira. Él y yo cumplimos a rajatabla con los estereotipos de lo que se espera en una mala relación de hermanastros : desafío, burla y odio visceral.
El resto de los jugadores también pasan por mi lado de camino a los vestuarios. Me miran con el ceño fruncido.
—¿Este…? —Blake pone los brazos en jarras—. ¿Este es el trabajo del que me has hablado antes? Joder… —exclama tras responderse a sí mismo.
—Ahora no, Blake. Por favor —le pide Julián.
—Os espero a la salida —nos dice Blake a Julián y a mí antes de patinar hacia su banquillo.
—Voy a hablar con los árbitros y jueces a ver si puedo apaciguar los ánimos —contesta Julián pasando olímpicamente de mi hermano, y mira a Jonathan—.
Menos mal que estaba todo bajo control, ¿eh?
—le reprocha—. Vete al vestuario y controla la situación.
A ver si por primera vez en la noche te comportas como el capitán de este equipo.
Jonathan asiente y sigue los pasos de sus compañeros. Julián va a hablar con los árbitros y yo me quedo con Patrick y compañía.
—Esto no pasa todos los días —me dice con disculpa en la voz—. Yo soy Patrick, el preparador físico de los chicos. —Me ofrece la mano y se la estrecho.
—Cannon.
—Lo sabemos. Julián nos ha puesto al día antes del partido.
Ellos son Carlos, nuestro fisioterapeuta jefe —señala al hombre pelirrojo—, Íñigo —señala al moreno—, el responsable de material, y Javi —señala al rubio—, nuestro médico.
Lo queremos con locura, pero cuanto menos le veamos el careto en la pista, mejor.
Y tanto que mejor. Los médicos solo entran en el hielo cuando uno de los jugadores pierde el conocimiento o está herido de gravedad.
—¿Me puedes cantar los nombres de a quién pertenecen los sticks de repuesto, de izquierda a derecha? —le pido a Íñigo.
Necesito hacer tiempo.
—Claro. Y, mira —me ofrece una tablet—, aquí tienes una lista de los jugadores, con el nombre, la foto y varios datos personales.
—Gracias.
Nos acercamos a la pila de sticks y…
—Jorge Carrillo, Emilio Ruano, Diego Galán, Benji Schmidheiny, Elliot Schmidheiny, Jonathan Ros…
—Otra vez —le pido cuando acaba.
—Jorge Carrillo, Emilio Ruano, Diego Galán, Benji Schmidheiny, Elliot Schmidheiny, Jonathan Ros…
—Otra vez.
—… Benji Schmidheiny, Elliot Schmidheiny…
Poco después, Julián vuelve al banquillo tras charlar con los árbitros y caminamos los cinco juntos hacia los vestuarios.
Las paredes del pasillo están llenas, de un lado, de fotos de los Jaguars de los últimos diez años y del otro, bajo el epígrafe «Jaguars alumni», de los nombres y apellidos de todos los «delincuentes» que han pasado por aquí.
Cuando llegamos, los chicos ya se han duchado y vestido, en su gran mayoría.
Hay ropa, patines, sticks, cascos, protecciones y toallas tirados por todas partes.
Elliot se está atando las deportivas, sentado en su cubículo, y Benji, a su lado, se mete una sudadera de los Jaguars por la cabeza.
Enmudecen al instante. No hay más que caras largas.
Yo me fijo en cada una de ellas, sobre todo en la de los dieciocho que no han participado en la pelea, y tengo el convencimiento de que, de haber estado en el hielo, habrían hecho lo mismo.
Me detengo en un rostro que no me suena haber visto en la tablet . Es rubio, alto y aparenta treinta y bastantes. Va vestido con vaqueros y una camiseta de los Jaguars. Una camiseta con el apellido y número de Elliot. Aquí no puede entrar nadie no autorizado, así que dudo mucho que sea un fan.
Julián, sin mirar a nadie, enciende una televisión enorme que hay colgada en una de las paredes, la única libre de cubículo.
Mueve el índice arriba y abajo por la tablet y el partido comienza a reproducirse en la gran pantalla, justo cuando Leo Fantoni tropieza y tira sin querer a Benji al suelo.
Lo pone a cámara lenta. Una vez. Dos. Tres.
Después acelera la escena y deja la pantalla congelada justo en el momento en que Jonathan le da en los huevos a mi hermano. Ay.
—¿En serio, Jonathan? ¡¿En serio?! ¿Dónde coño habéis aprendido a jugar al hockey? —les pregunta, enfadado—. ¿En una escuela de matones?
—Nos has enseñado tú.
—Cállate, Elliot.
—Has preguntado.
—Era una pregunta retórica. ¿Sabes lo que es una pregunta retórica?
—¿Qué coño quieres que te responda a eso, Juls? Perdón. ¿Qué quiere que le responda a eso, entrenador?
—Tío —dice el treintañero con la camiseta de Elliot, interrumpiendo lo que fuera a pasar entre esos dos, y señala la pantalla—, los Demonios nunca juegan limpio.
¿En serio crees que ha sido sin querer? Porque yo creo que Fantoni ha fingido tropezar porque quería tirar a Benji después del pedazo paradón que ha hecho.
Julián acorta los pocos pasos que lo separan del chico y se para frente a él a escasos centímetros de distancia. Si no fuera por la tensión que irradia el cuerpo de Julián, pensaría que iba a besarlo en la boca.
—Fuera de mi vestuario —dice sin alzar la voz.
—Juls, relájate. Ha sido un gran parti…
—He dicho que fuera de mi puto vestuario.
El chico suspira y se dirige a la salida, pero primero…
—Schmidheiny. —Elliot lo mira y este le guiña un ojo—. Buen partido.
—Montaño… —gruñe Julián—, he dicho que fuera.
El tal Montaño levanta los brazos en señal de rendición, le da una palmada a Patrick y se va. Julián cierra de un portazo y me señala.
—Cannon Donnelly. Desde hoy forma parte del cuerpo técnico del equipo. No os voy a hablar de la suerte que tenemos de que esté aquí, porque quiero que lo descubráis, y lo vais a hacer. Me hubiera gustado darle la bienvenida que se merece, pero os la habéis cargado.
—¿Donnelly? —escucho por ahí—. ¿Como Blake Donnelly?
—¿En calidad de qué? —pregunta Elliot con voz plana.
—¿Mascota? —sugiere Benji con un movimiento de sus labios al ver que lo estoy mirando, para que lo escuche solo yo.
Me rasco con disimulo la mejilla con el dedo corazón, para que lo vea solo él.
—Segunda entrenadora —dice Julián.
Elliot asiente con la cabeza y está a punto de levantarse, pero Julián lo interrumpe.
—Recoged este desastre y largaos a casa —ordena a los jugadores y señala a los seis que han participado en la pelea—. Vosotros quedaos.
Todos obedecen, todos menos Elliot, y el vestuario se llena de actividad, pero sin una sola palabra. La tensión podría cortarse con un cuchillo, y Elliot sigue sentado en su cubículo con la mirada perdida.
—¡Mi mejor línea! —grita Julián, una vez se han ido los demás—.
Mis mejores defensas y mi mejor portero.
¿Sois conscientes de que la sanción podría haber sido mucho peor?
Aún estoy flipando de que nos hayan dejado marchar con una simple incorrección de partido.
¡¿En qué estabais pensando, joder?! ¡Las peleas están sancionadísimas y lo sabéis de sobra!
—Se dirige a Jonathan—. De tu golpe en las pelotas a Blake, mejor no hablo.
No solo es antideportivo, es… —Julián suspira—.
Supongo que eres consciente de que los árbitros han hecho la vista gorda.
Jonathan asiente. El resto no dice nada.
Elliot se levanta, se cuelga una mochila al hombro y se dirige a la salida, pero Julián lo frena con el brazo.
—No voy a permitir que me dejes con la palabra en la boca, Elliot. Hoy has agotado mi paciencia.
—¿Yo he agotado tu paciencia? ¡No he hecho nada! Pero tú no haces más que atacarme.
—¿A iniciar una pelea en el hielo le llamas no hacer nada?
—¡No estoy hablando de eso! ¡Nada de esto tiene que ver con la pelea, sino con Cannon! Has traído a Cannon. ¿Por qué? —le pregunta con dolor.
Julián suspira y pone los brazos en jarras.
El silencio reina en la sala. Esto ya no es una discusión entre entrenador y jugador.
Es una discusión personal entre dos chicos que se conocen desde niños y saben el uno de la vida del otro.
Es una discusión entre dos personas que están involucradas emocionalmente. Y todos somos conscientes.
—No tengo que justificar mis decisiones —contesta Julián por fin—, y pensé que serías más maduro al respecto. Tienes veinticuatro años, Elliot.
—¿Y por qué estás a la defensiva conmigo?
—No lo estoy.