Solo un juego más (Car Hockey 1) 5. Cannon #3
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5. Cannon #3

—¡¿A tus putos hermanastros?! —me responde cabreadísimo, sin dejar de contemplar la pelea atado de pies y manos—. Me los voy a cargar a todos. ¡¡¡A todos, joder!!!

Hermanastros.

Han pasado treinta y cinco años desde que mis padres se conocieron en un concierto de rock en Dublín , treinta y tres desde que él dejó su vida allí, treinta y uno desde que se dieron el «sí quiero» y veintinueve desde que nació mi hermana Sofía.

Han pasado quince años desde que un tumor se llevó a mi madre para siempre.

Y casi once desde que mi padre se abrió en canal en el salón de casa y nos contó a mis hermanos y a mí que se había enamorado de la madre de Elliot.

Aún no me he hecho a la idea de que sea mi hermanastro (él tampoco), a pesar de que Lili es una madre para mí. Elliot es la persona que más daño me ha hecho, y así es como lo veo. Solo así.

Benji entró en la ecuación «familiar» unos años más tarde, cuando Viktor, el padre de Elliot, lo adoptó. Ignoro cómo fue el proceso, solo nos informaron del resultado.

Ahora somos todos una gran familia feliz. No hay más que vernos. El amor está en el aire. O en el hielo.

—Benji no es mi hermanastro —lo corrijo—. Es el hermano de mi hermanastro.

Julián me mira con cara de «¿Me estás vacilando, Cannon?», pero sus ojos y el resto de sus sentidos vuelven al hielo enseguida.

— Sweet Caroline. Oh, oh, oh —continúan cantando los espectadores, superanimados.

Flipo. Esto es de locos.

—¿Qué cantan? —le pregunto a Julián.

— Sweet Caroline.

—Eso ya lo oigo. Pero ¿por qué?

—Porque hay lío en el hielo.

—¿La cantan siempre que hay lío en el hielo?

—Sí —responde.

—¿La cantan a menudo?

Julián aprieta los labios.

—Sí.

Sigo flipando.

En el siguiente estribillo, los árbitros ya han conseguido separar a los jugadores y han aplicado una incorrección de partido para cada uno, sin posibilidad de sustitutos que los reemplacen. Esta sanción implica la suspensión del resto del partido, dado que no queda nadie para jugar.

Flojo me parece. Si dependiera de mí, los expulsaba a todos hasta la temporada siguiente.

Los jugadores vuelven a sus respectivos banquillos, enfadados y derrotados. Los dos capitanes siguen gritándose.

—¡Me has dado con el stick en los huevos!

—Te has tropezado al ir a por mí y te has dado con él tú solito. El karma…

—¿En los huevos? ¡Podrías haberme hecho daño!

—Oh, vamos. Deja ya el cuento, Donnelly. Los árbitros no te están escuchando.

—Te has pasado.

—¡A llorar a la llorería!

—Que te jodan, Ros.

—Que te jodan a ti.

Se me van a salir los ojos de las órbitas.

Los Demonios pasan de largo por delante de nosotros y su capitán, o lo que es lo mismo, mi hermano Blake, niega con la cabeza.

Está hecho un desastre; con lo que le gusta a él ir de punta en blanco.

Tiene el pelo sudado, más rizado de lo habitual y disparado en todas direcciones, le sangra la nariz y la expresión de su rostro es de pura frustración.

Yo sigo flipando.

Se detiene en seco al verme. Primero abre mucho los ojos y luego frunce el ceño y mueve la cabeza, como si no pudiera creérselo.

—¿Qué coño haces tú ahí, Cani? —me pregunta, y se acerca a la barandilla.

Sorpresa.

—¿Qué coño haces tú ahí? —repite Elliot a su lado, y mira a Julián en busca de una explicación.

Vaya. Por un segundo me había olvidado de él. Y de que nos odiamos a muerte.

No sangra por ningún lado, pero su mundo interior, ahora mismo, es un desastre. Aún puedo leer sus expresiones corporales. Y me jode la vida.

Furia. Resentimiento. Desesperación. Quizá incluso arrepentimiento, por haberla liado tan a lo grande…

Elliot ama el hockey por encima de todo, y acaba de tirar por el retrete su primer partido importante de la temporada. Y estaba siendo realmente bonito. Tan bonito que incluso me ha traído aquí.

—¿Qué pasa? —Jonathan se acerca a Blake. Se acerca tanto que se rozan. Estos dos quieren ponerse las manos encima, no hay más que verlos. Y la tensión que irradia de sus cuerpos… Jamás había visto nada igual—. ¿C… Cannon? —exclama en cuanto repara en mí.

—¿Cannon?

Oh, y Benji. Faltaba Benji.

Metro ochenta y dos. Pelo castaño oscuro.

Ojos claros. Engreído. Arrogante. Y tramposo.

Vamos, el típico «rebelde sin causa» con tendencia a la delincuencia del que todos se enamoran si los morenos, altos y complicados son lo suyo…

En mi opinión, vive en la edad del pavo desde los diez, pero solo es mi opinión…

Tiene un pequeño corte en el labio, el pelo empapado y el flequillo casi encima de los ojos, pero el color verde de sus iris podría iluminar esta pista entera.

Siempre le brillan así en pleno subidón de adrenalina.

También me mira como si al mundo le hubieran crecido tres cabezas, en plan perro del Inframundo, y yo tuviera la culpa.

—Cannon —repite Benji en busca de una explicación, como si yo le debiera algo. Benji es muy de creer que le debo algo, cuando es al contrario.

Señala con el dedo algo hacia mi izquierda, sin añadir una sola palabra.

Pongo los ojos en blanco. A saber…

—Paso —dice él.

¿Paso? ¿Paso de qué, imbécil?