5. Cannon #2
Me levanto y cuadro los hombros. Cojo aire de nuevo.
No tengo ni idea de qué me ha ayudado a tomar la decisión que acabo de tomar.
Un impulso, quizá. ¿Un deseo? Puede que la balanza en eso de amar u odiar el partido se haya inclinado hacia la primera.
Yo soy hockey, siempre lo he sido, y acabo de ver el mejor hockey de mi vida.
Soy un número cuatro que había perdido uno de sus palitos y acaba de encontrarlo.
¿Cómo no correr en su dirección? O puede que sí sepa la respuesta, pero aún no esté preparada para decirlo en voz alta.
Envío un mensaje rápido.
Cannon: Julián me ha ofrecido entrenar a los Jaguars.
Dice que me necesita. Supongo que se ha vuelto loco del todo…
No me extraña, con tanto gilipollas a su alrededor.
La balanza se ha inclinado y ha acabado cayendo…
Voy a decir que sí, a ver si lo equilibro de nuevo.
Será mi segundo y último gran acto de caridad por el mundo del hockey.
El primero fue enseñarte a ti a jugar, por si no lo habías deducido.
Camino hacia los vestuarios. Hay un jaguar enorme dibujado en una pared de ladrillo; el mismo que llevan los jugadores impreso en las camisetas. Paso de largo. Huele a goma y a hockey. Huele a otra vida. A una más feliz.
Recorro los mismos pasos que los jugadores hace apenas unos minutos sin tener muy claro lo que estoy a punto de hacer.
«Dios, ¿qué haces, Cannon?».
Llego al banquillo de los Jaguars, pero no entro. Me quedo unos pasos atrás y los observo a todos.
Julián está de pie encima del banco. Tiene los brazos cruzados en el pecho y la mirada clavada en el partido. Ni pestañea. Lo miro de arriba abajo. A veces se me olvida que tiene veintiocho años. Es el entrenador más joven de la LEH . Y de la historia del hockey europeo. Es difícil no admirarlo.
A su derecha hay tres chicos. Calculo que son treintañeros.
Supongo que forman parte del cuerpo técnico del equipo: nadie que no forme parte de este puede entrar en el banquillo de los jugadores.
Me inclino por el preparador físico, el fisioterapeuta y el médico, dado que ninguno va trajeado, sino con el equipamiento deportivo de los Jaguars.
Uno de ellos es el que nos ha interrumpido esta mañana. ¿Patrick?
Espera. Creo que acabo de ubicarlo en mis recuerdos.
¿Es Patrick Villar de Figueroa, el hijo de una de las mejores raquetas de la historia de nuestro país?
Me apuesto la mano a que sí.
Cerca de mí, junto a los sticks de repuesto, se encuentra el responsable de material. El chico tiene el índice y el anular encima de uno de ellos y no pierde detalle del partido. Unos segundos después retira los dedos y los pone encima de otro. Y luego de otro. Y vuelve de nuevo al primero.
Enfoco la mirada en la pista. De nuevo al chico de los sticks. A la pista. Al chico de los sticks. Toca los sticks según qué jugador tenga el puck, supongo. Se prepara por si se rompen.
Los jugadores que no se encuentran en el hielo observan el par tido sentados en el banquillo o apoyados con los brazos en la barandilla, como Elliot, Benji y Jonathan. El capitán de los Demonios pasa por su lado y los tres comienzan a tararear en bajito al unísono la melodía de Misión imposible.
—Tan, tan. Tan, tan, tan, tan. Tan, tan, tan, tan. Tan, tan. Tirorí, tirorí, tiri.
Advierto la tensión en los hombros del Demonio.
Odia esa musiquilla. Sonaba en la consulta del dentista cuando le quitaron la muela del juicio.
Cuando se la cascaron, en realidad, para poder arrancársela segundos después.
Hizo crac justo en el «tirorí, tirorí, tiri».
Es uno de los peores recuerdos de su vida, y el trío calavera lo sabe bien.
—¡Elliot! —grita Julián, y le da un toque en el culo con el pie (vaya confianzas…), que el otro ni siente—. ¡Vamos! Salís ya.
Los tres entran al hielo, Julián se baja del banquillo de un salto y se apoya en la barandilla y yo… Yo me acerco a él. Me siente al instante.
—Hola, Donnelly —me saluda con una sonrisa, sin apartar la mirada de sus queridos gatitos.
—Hola.
—¿Puedo darte ya la bienvenida al equipo?
—¿Puedo yo saber de qué trataba la apuesta con Patrick? Me mata la curiosidad.
Julián rompe en una carcajada.
—No. Es un asunto muy privado.
—Estás alimentando a la fiera que llevo dentro.
—Bien. Porque la vas a necesitar.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? Benji va a cabrearse muchísimo.
—No me preocupa. A Benji los cabreos le duran un suspiro.
—Elliot también va a cabrearse muchísimo. Y a él le duran años.
—¿Tú crees?
De nuevo, me planteo si es una pregunta genuina…
—En cualquier caso —continúa—, deja que yo me ocupe de Elliot…
—Claro, es todo tuyo.
—… y de sus cabreos infinitos.
—Les habrás pillado el punto, y todo.
—No te creas. Sigo aprendiendo cada día.
Julián suspira y… la línea ofensiva del equipo contrario se acerca a nuestra portería.
Consiguen burlar la defensa y uno de ellos lanza el puck con una fuerza brutal.
El portero se lanza a por él, pero creo que le ha pasado por debajo de las piernas.
No lo veo bien desde aquí. Me preparo para escuchar la bocina, pero en el último segundo Benji estira la pierna y lo aleja de una patada.
Hummm. Buenos reflejos. Eso era un gol bastante inevitable.
—¡Bien, Benji! —grita Julián.
Tanto árbitros como jugadores se aglutinan en la portería mientras el videomarcador repite la jugada a cámara lenta una y otra vez. El público enloquece de nuevo. A mí me fliparía la parada de Benji si, insisto, fuera fácil de impresionar.
Los Jaguars celebran el no gol y los Demonios se cagan en todo. El mejor amigo del capitán de los Demonios, Leo, tropieza justo al llegar al meollo y se lleva a Benji por delante, que cae al suelo de rodillas.
Julián se tensa a mi lado.
—¡No! —grita—. ¡No!
¿No? ¿No, qué?
Julián se lleva las manos a la cabeza con el terror dibujado en el rostro. Yo no entiendo nada.
¿No, qué?
Julián
Lo veo tan claro que es como si ya estuviera pasando.
Los partidos contra los Demonios nunca son relajados, no importa lo que diga el marcador, y la tensión suele ganar la partida. Hay demasiada historia entre nosotros. Demasiada mierda personal entre mis jugadores y los suyos.
Las primeras estrofas de Sweet Caroline me llegan a los oídos antes de que los veinte mil espectadores comiencen a cantarla al unísono. Niego con la cabeza y me llevo las manos al pelo en el instante en que Elliot mira hacia atrás y se da cuenta de que Fantoni ha tirado al suelo a Benji.
—¡Elliot, no! —grito, pero…
Se va a liar. Joder, se va a liar.
Cannon
— Was in the spring. And spring became the summer —comienza a cantar el público al mismo tiempo que la voz de Neil Diamond suena por los altavoces.
Miro hacia atrás. Sigo sin entender nada.
Solo sé que Patrick y compañía, más el resto de los jugadores, se han acercado a la barandilla—. Who’d have believed you’d come along.
Sin previo aviso, Elliot se acerca a Fantoni y lo empuja.
— Hands, touching hands.
El otro se lo devuelve y…
— Reaching out, touching me, touching you.
… se desata el apocalipsis. Así, en un momentito.
Abro mucho los ojos, incluso parpadeo, para asegurarme de que esto está pasando. Y sí, está pasando.
Mientras los silbatos de los árbitros pitan sin descanso, el capitán de los Demonios increpa y empuja a Jonathan, le golpea los brazos con el stick, y este, en represalia, le da con el suyo en… toda la entrepierna. Rápido, potente y certero.
Oh, madre mía. No me lo puedo creer.
Mis hermanos me han hablado de la rivalidad entre estos dos en el hielo, pero una cosa es escucharlo y otra verlo en vivo y en directo.
Jonathan gira sobre sus patines, dejando al otro tirado en el hielo sujetándose las pelotas, lanza el stick al suelo, se quita los guantes, que siguen el mismo camino que el stick, y le asesta un puñetazo en la mandíbula a Fantoni, que acudía como un relámpago a socorrer a su amigo del alma.
Otro Demonio salta sobre la espalda de Jonathan y un Jaguar va en su busca.
Benji se levanta y comienzan a liarse a hostias. Todos contra todos y sálvese quien pueda.
Uno cae al hielo, y otro, y otro que se lanza encima del segundo, y de pronto hay un bulto humano en el suelo. No hay un solo jugador que no participe en la pelea, salvo el portero de los Demonios, que no se ha movido de su portería, por si acaso…
— Sweet Caroline. Oh, oh, oh.
Yo no pierdo de vista al capitán de los Demonios, encima de varios cuerpos, y a Leo con Jonathan a horcajadas sobre sus piernas, pero soy consciente de que los árbitros intentan separarlos a todos sin éxito; de que Julián, que no ha dejado de gritar, está a punto de lanzarse al hielo y de que el público sigue cantando: «Oh, oh, oh» .
¿Esto es real? Las peleas en la LEH están supersancionadas. Se supone que somos un «pueblo» civilizado.
Tengo la boca abierta. La mandíbula desencajada. Y el corazón a mil por hora.
—¿A qué clase de gentuza entrenas? —le pregunto a Julián sin acabar de creérmelo.