5. Cannon
Cannon
Face-off: cara a cara. El árbitro lanza el puck entre dos jugadores. El partido comienza en el momento del lanzamiento.
Jaguars y Demonios vuelven a los vestuarios tras el calentamiento y yo desciendo las escasas escaleras que me faltan para llegar a la primera fila del estadio.
Me dejo caer en el último escalón y espero con los brazos y la cabeza apoyados en las rodillas.
Nadie va a decirme una palabra por quedarme aquí en medio, sin ocupar un asiento, puesto que llevo colgada en el cuello la acreditación que me ha dado Julián.
Espero mientras las luces se atenúan. El holograma de un jaguar gigante en patines comienza a flotar sobre el hielo, las pantallas LED del videomarcador se llenan de imágenes de los jugadores y sus grandes momentos y los gritos de los espectadores se convierten en murmullos cargados de anticipación.
Espero mientras me dejo seducir por el chirriar de las cuchillas y el aroma del hielo, limpio y fresco, que me transporta al que sigue siendo mi lugar favorito del mundo: la pista de Avenida de América.
Hasta que unas luces estroboscópicas aumentan la intensidad del momento en el instante en que comienza a sonar We Will Rock You, de Queen, y, con ellos, veinte mil personas que golpean el suelo con los pies y aplauden al ritmo de la música.
Dos golpes y una palmada. Dos golpes y una palmada.
Jamás había escuchado una percusión tan brutal en vivo y en directo. El estadio entero ruge de emoción.
Los Jaguars, con la pista aún en penumbra, salen al hielo uno a uno a medida que el locutor pronuncia sus nombres a través de los altavoces, precedidos por dos bengalas enormes a los laterales de la portezuela, y se colocan en su lado de la pista, en línea.
Elliot, Benji y Jonathan protagonizan casi todas las ovaciones.
No me extraña que tengan el ego por las nubes…
Los jugadores golpean los sticks contra el hielo al mismo ritmo que las patadas y los aplausos de sus seguidores, que no dejan de cantar «We will, we will, Jaguars» .
Se me pone el vello de punta. Es impresionante.
Electrizante. Y ahora entiendo por qué los Demonios odian tanto jugar aquí.
¿Quién no lo haría? Es imposible no sentirse intimidado.
Lo que no sé es si voy a odiarlo o a amarlo.
Hace diez años lo hubiera amado, sin duda, pero ahora no soy la misma persona. Ni Elliot lo es. Ni Benji.
Cuando acaban las presentaciones, sustituyen la música de Queen por Song 2, de Blur, se encienden las luces a la máxima potencia y los seis jugadores de la primera alineación de cada equipo toman sus posiciones en el hielo.
El árbitro indica a Benji y al capitán de los Demonios que se preparen para el enfrentamiento del primer face-off, y mientras el público canturrea de nuevo al unísono de la música, el corazón se me mueve dentro del pecho.
La cantidad de veces que he oído hablar sobre este momento entre Jaguars y Demonios. La misma cantidad de veces que he evitado verlo. Hasta hoy. El árbitro levanta el puck y la música se congela al instante, como mis latidos. Cojo aire.
Benji
—Hola, pastelito —me saluda el capitán de los Demonios, el niño dorado de la liga, con esa sonrisa depredadora suya que me conozco de sobra—. ¿Estás listo para mí?
Consciente de la aceleración del bombeo de la sangre en mis sienes y de la adrenalina que me fluye a toda velocidad, sonrío con socarronería.
—Como un bollito recién horneado, de esos rellenos de crema que tanto te gustan —respondo—. Me he comido uno esta mañana, en tu honor.
—¿Pensando en mí desde primera hora de la mañana? Es un halago.
Le lanzo un beso. Él no deja de sonreír, pero yo sé que por dentro se retuerce cual reptil. Odia la crema, al punto de que le dan náuseas solo con verla.
Jaque mate, Gremlin Dos.
Pierdo la sonrisa y me concentro en la tarea que tengo por delante. Necesito ganar este enfrentamiento. Necesito conseguir esa ventaja para mi equipo. Y necesito tocarle los huevos al Gremlin. Siempre necesito tocarles los huevos a los Gremlins. ¿Qué puedo decir? Me alegra el día.
El árbitro deja caer el puck al hielo.
Cannon
En los face-off siempre se masca la tensión, pero esto es otro nivel. La competitividad entre estos dos equipos es otro nivel. Y no es porque yo sea más consciente de ellos que cualquiera. Se respira en el ambiente. Se ve incluso en las caras de los jugadores.
Benji gana el primer enfrentamiento y Jonathan se hace con el puck. Aguzo la mirada y me concentro en su velocidad y manejo. Elliot y Benji patinan a su lado. Los tres juntos forman una de las mejores líneas ofensivas de toda la liga. O eso dicen.
No les he prestado demasiada atención en los últimos años, pero sí la suficiente (muy a mi pesar) como para saber que se los conoce como la «línea de oro». Sigo pensando que están tremendamente sobrevalorados, a pesar de la rapidez de sus movimientos y de la compenetración que exudan.
El primer gol lo marca Jonathan tras una asistencia de Elliot que puede considerarse preciosa si no se es inmune como yo al encanto de sus malabarismos con el puck.
Tres rivales han ido a saco a por él (cuidado, chicos, eso roza el juego sucio), y Elliot ha lanzado el puck por encima de su cabeza como si fuera lo más sencillo del mundo y se lo ha pasado a Jonathan sin siquiera mirar atrás.
El puck ha volado por encima de los oponentes antes de llegar al stick del capitán de los Jaguars. Ha lanzado hacia la portería y… gol.
El público se pone en pie y enloquece.
«¡Vamos, gatitos!», gritan.
Los banderines granates y azules enloquecen.
El responsable de la música pierde la razón.
El sonido agudo y penetrante de la bocina que celebra el gol me vibra en el cuerpo y me retumba en los oídos.
Resuena dos veces seguidas antes de que varios cañonazos de bengalas gigantes broten del videomarcador y de ambos laterales de la pista y de que comience a sonar el estribillo de Call Me, de Ivana Spagna.
Estoy segura de que hay una historia fascinante en la elección de este tema, pero mentiría si dijera que me importa.
La canción solo suena unos segundos, pero son suficientes para que Jonathan deslice una rodilla por el hielo y levante el brazo en señal de victoria, y Elliot y Benji patinen a su encuentro bailoteando al ritmo de la música en varios movimientos sincronizados.
Jonathan los recibe de la misma manera justo antes de que el resto de la alineación se les una para el abrazo de rigor.
Echo un vistazo rápido al capitán del equipo rival y lo oigo mascullar desde aquí.
Observo el partido sin apenas pestañear hasta que en el descanso del segundo tiempo cojo aire, abandono las gradas y me abro camino hacia los vestuarios.
Es zona prohibida, pero, una vez más, mi acreditación me abre todas las puertas.
Me siento en una esquina, en el suelo, donde nadie va a reparar en mí, y espero a que acabe el descanso y los jugadores vuelvan al terreno de juego.
Durante el resto del primer tiempo y el segundo, Jonathan ha marcado dos goles más. Triplete. Y Benji ha sumado otro.
Van cuatro a cero.
Cojo el teléfono para distraerme mientras mi alrededor se llena de ovaciones y gritos de euforia de los Jaguars.
LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA
Axel: Pero ¿cómo han dejado que Jon marque tres goles y Benji otro? Qué vergüenza.
Los partidos de la liga se retrasmiten en varias plataformas digitales y algunos canales de televisión, y mi familia está suscrita a todos. No se pierden ni uno.
LA FAMILIA UNIDA JAMÁS SERÁ VENCIDA
Brandon: Ha sido un poco inevitable.
Axel : Y una mierda inevitable.
Sofía: Y una mierda inevitable.
Chloe: Y una mierda inevitable.
Fallon:
Brandon:
Sofía: Teníamos que haber acabado con Elliot y Benji de una vez por todas las últimas Navidades. Sin ellos, Jon es pan comido.
Axel: Jon es de todo menos pan comido.
Sofía: Quedan dos meses para la próxima reunión navideña familiar. Yo solo digo…
Fallon:
Brandon:
Axel:
Fallon: Que papá no lea esto, por favor.
Axel: ¿Eliminamos? Por no dejar pruebas…
Sofía: Eliminamos.
Chloe: Eliminamos.
Brandon:
Axel: No vayas de bueno, Bran, que en la última reunión familiar te vi ponerle la zancadilla a Benji.
Brandon:
Brandon: Me lo puso a huevo.
Por si no ha quedado claro, Fallon y Brandon pasan mucho del hockey, a diferencia del resto de la familia.
También tienen el pelo moreno (otra vez, a diferencia del resto de nosotros, que tiramos al rubio oscuro, o medio rubio medio pelirrojo en mi caso y el de Sofía) y unos centímetros menos de altura.
Axel dice que ellos dos son una especie rara entre los nuestros, como el pingüino friolero del cuento infantil favorito de mi madre, o adoptados.
Brandon suele responder, con su tono petulante y su cara de estudiante de Medicina, que quizá los adoptados seamos nosotros cinco…
Ha experimentado con nuestra sangre a lo largo de los años, pero nunca ha llegado a nada concluyente.
Yo me habría ahorrado toda la experimentación, la verdad.
Tengo la yema del índice llena de brechas microscópicas.
Y, además, Axel es el ojito derecho de Bran, y Bran el ejemplo a seguir de Axel, aunque vayan de contrarios por la vida.
Son los dos chicos pequeños y se adoran.
Y el mejor amigo de Brandon desde que gateaban en pañales, y su novio desde los quince, es jugador profesional de hockey sobre hielo en Estados Unidos.
Bran pasa mucho del hockey. No tanto de los jugadores…
El tercer y último tiempo ha comenzado. El sonido del hockey llega hasta aquí.