4. Benji
Benji
Calentamiento prepartido: durante el calentamiento previo al partido (que no excederá los quince minutos), cada equipo limitará su actividad a su propio lado de la pista.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunto a Álvaro con una sonrisa de oreja a oreja tras chocar el hombro con él a través del cristal. Elliot, Jonny y yo nos arremolinamos frente a él—. ¿No llegabas esta noche?
Álvaro es nuestro otro compañero de piso. Elliot y yo lo conocimos hace diez años, el primer día de clase en el instituto del CAR . Enseguida se acercó a nosotros, como si supiera que estábamos destinados a ser mejores amigos. Pero no lo tuvo fácil.
Elliot y yo nunca hemos sido fáciles y mucho menos con un niño pijo dorado como él.
Álvaro St. Claire Cabana era, con tan solo catorce años, un caramelo que todos querían llevarse a la boca: guapo, carismático, amable, destinado a reinar como la mayor promesa de la natación a kilómetros a la redonda…
Lo tenía todo. Y nosotros no teníamos nada.
Tuvo que demostrar su valía en un reto. Un reto que superó con creces.
—¿Quieres respeto, guaperas? —le preguntó Elliot—. Gánatelo. ¿Ves a ese pibón? —Señaló a una mujer guapísima de pelo moreno y ojos claros que estaba cerca de nosotros—. Dile algo sugerente.
—Tío, es mi entrenadora.
—Mejor me lo pones.
Tres años después llegó Jonny. Él era (y es) todo lo contrario a Álvaro: incivilizado, roto, provocador…, pero, joder, cómo encajaron ellos y cómo encajamos los cuatro. Como las cuchillas en un patín de hielo. Clic.
—Me han adelantado el vuelo —me responde Álvaro—. Acabo de llegar y he venido directo. No podía perderme vuestro primer partido importante de la temporada. Soy vuestro amuleto de la suerte. Sin desprestigiar a los pantalones de compresión agujereados de Elli, por supuesto.
—Por supuesto —contestamos Jonny y yo al unísono.
Elliot nos saca la lengua a los tres. El dedo no puede porque no tiene tanto significado con el guante puesto.
—¿Cómo ha ido todo? —pregunta Jonny.
Álvaro ya no es una promesa, ahora es campeón olímpico, medalla de oro en los últimos Juegos, y ha estado un par de días en una concentración en Madrid.
—Muy bien.
—¿Los has dejado con la boca abierta?
—Siempre. —Álvaro le guiña un ojo a Jonny—. Oye, ¿tenemos plan para esta noche?
—Nosotros no sé, el rubiales —Jonny señala a Elliot con el stick— tiene que poner la lavadora. Es ese aparato que está en la cocina —le explica a él—, el que tiene un agujero redondo enorme, ¿sabes?
—¿Redondo, dices? —Elliot se lleva el guante a la barbilla y finge pensar.
—De hoy no te libras, Timón. Llevo tres días caminando por la vida en comando.
Sonrío ante la mención del viejo mote de Elliot.
Apenas llevábamos unas semanas en el CAR cuando comenzaron a llamarnos Timón y Pumba, por eso de estar siempre juntos.
No tengo ni idea de quién lo inició, pero recorrió el centro de punta a punta.
Un día te acuestas siendo Benji y al día siguiente eres el jabalí de unos dibujos animados.
—Tú no caminas —replica Elliot—. Me coges el coche hasta para cruzar la acera.
—Pues llevo tres días conduciendo por la vida para cruzar la acera en comando. Y me pica la entrepierna.
—Eso no es por ir en comando. A sab er dónde la has metido… ¿Era redondo y apretaba como el demonio? Será la razón por la que te has quedado sin calzoncillos…
Estoy a punto de estallar en una carcajada, pero los golpes de Julián en la barandilla me interrumpen.
No es necesario que abra esa boca tan dulce que sus padres le han dado para que nos demos por aludidos de que esto no es el recreo, con la fulminante mirada que nos dedica es más que suficiente.
Jonny da un sonoro beso al cristal que nos separa de Álvaro; Elliot, un par de golpes con las palmas, y yo le guiño un ojo.
Volvemos al calentamiento.
—¡A por ellos! —nos grita y golpea de nuevo el cristal.
—Cualquier día os vais a cargar el puto cristal —escucho mascullar a Julián.
Sonrío de nuevo. Qué mala hostia tiene y qué poco nos importa.
Lo queremos demasiado. Ha sido el salvador de muchos de nosotros.
El equipo de los Jaguars se formó hace diez años para ayudar a chavales con problemas, como una herramienta para reducir la depresión y las malas decisiones.
Joder, y funciona. Ya lo creo que funciona.
A mí me salvó la vida. Y a Elliot. Y a Jonny.
El asunto fue que nos volvimos buenos sobre el hielo. Buenos de cojones.
Pienso a menudo en la noche en que Julián y yo interactuamos por primera vez, cuando me descubrió en la pista de Avenida de América, y he llegado a la conclusión de que dejé que me descubriera porque necesitaba que alguien me viera.
Después me planteé abandonar el lugar para siempre porque no podía permitirme el lujo de anclarme, pero no pude hacerlo.
El hielo me empujaba en su dirección con la misma fuerza gravitatoria con que los planetas giran alrededor del Sol.
La primera vez que me puse unos patines fue un 8 de febrero.
Recuerdo lo que sentí cuando pisé el hielo.
El contacto fue chocante, diferente a como lo había imaginado: un golpe de aire frío me azotó el rostro, el mundo bajo mis pies se volvió más frágil que nunca y trastabillé.
También fue cálido, de una manera que no entendía.
No es como caminar. No tienes la sensación de plantar los pies en el suelo y aferrarte a él, sino de inestabilidad, pero controlada, en el sentido de que el hielo se mantiene firme debajo de ti. Eres más consciente de las cuchillas que del aire que respiras.
O así lo sentí durante los primeros días. Después desapareció todo, excepto la calidez. Desaparecieron la superficie resbaladiza, las cuchillas, que se fusionaron con mis pies, y la inestabilidad, que solo notaba cuando me quitaba los patines.
—Rubén Alcalá —me dijo Julián una noche.
Apenas hablábamos, pero él sabía de mi situación e insistía en ofrecerme comida y dinero.
Yo fruncí el ceño.
—Es mi hermano —me aclaró—. Calculo que tienes su edad y que usas su mismo número de pie.
Los patines están en su taquilla: cógelos y póntelos antes de que te lesiones usando unos cualesquiera que no están hechos para ti.
Luego se los devuelves y aquí no ha pasado nada.
No es un loco del hielo, nada más lejos de la realidad, así que no se va a dar cuenta.
Fue nuestro primer acercamiento. La primera vez que acepté algo de él. O de su hermano.
Un movimiento por mi flanco derecho me saca de mi ensimismamiento.
Es el capitán del equipo contrario, más conocido como Gremlin Dos, que viene a saludarnos. Pelo rubio oscuro, metro noventa y…
—Miauuu —nos canturrea a Elliot, Jonny y a mí al patinar a nuestro lado, justo en el límite de la línea central que marca su zona de calentamiento.
… muy gilipollas. Su ala derecha y amigo del alma, Leo Fantoni, patina junto a él y le ríe la gracia.
Incluso añade otro miauuu, de regalo. Es un recordatorio del otro apodo con que fuimos agraciados cuando entramos en el CAR : «Los gatitos de Julián».
Por eso de ser jaguares pequeños y que Julián fuera nuestro entrenador…
Un recordatorio que nunca pasa de moda. Se lo debemos a Cristian Montaño, integrante del equipo de atletismo de antaño y actual entrenador. Muy majo. Nótese la ironía…
Los tres abrimos la boca al mismo tiempo con la réplica perfecta, pero ambos salen pitando al otro lado de la pista. Fantoni le grita a Jonny: «¡Hasta ahora, Boo!» desde la distancia.
—Le metería un patín por la boca… —masculla Jonny entre dientes, cabreado. No puede ni verlo. Y odia que lo llame Boo.
—Yo te la abro —responde Elliot.
—… y al otro…
—Al otro tendrás que hacérselo tú solo. Yo no le toco ni con un palo.
—A por ellos, tíos —digo yo.
Elliot le da un golpe cariñoso en el culo a Jonny con el stick y seguimos calentando hasta que el contador…
Tres.
Dos.
Uno.
… llega a cero. Salimos de la pista, Jonny y Elliot como flechas y yo con mi parsimonia de siempre, y volvemos a los vestuarios a prepararnos, ahora sí, para el partido.