Solo un juego más (Car Hockey 1) 3. Cannon
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3. Cannon

Cannon

Patinar requiere fuerza, equilibrio y resistencia. Una vez que el jugador domina estas habilidades, el disfrute crece hasta el infinito.

Después de dar unas veinte vueltas por las instalaciones y los jardines del CAR y de ponerme la cabeza como un bombo a base de reflexiones de lo más profundas, entro en el estadio de los Jaguars, impresionante y atestado de gente (¿regalan algo o qué?), y me dirijo a las enormes escaleras de caracol del centro sin fijarme en nada ni en nadie, aunque es difícil no ser consciente de que todo es granate y azul, incluso las personas que se cruzan en mi camino, y del absurdo entusiasmo que me persigue en cada paso.

Subo al tercer y último piso y me quito los auriculares un segundo antes de entrar en la pist…

Oh, vaya.

Detengo mis pasos en seco. Esto no me lo esperaba, lo reconozco.

Miro hacia la izquierda y voy girando la cabeza hacia el otro lado, muy despacio, mientras la música de Black Eyed Peas me retumba en los oídos y el pecho.

Pierdo la oportunidad de que el frío intenso, el olor a hielo y la oleada de nostalgia se me adhieran a la piel.

No me da tiempo ni a evocar los momentos felices del pasado ni a recrearme en lo poco que me gustan las multitudes, así que a la mierda con mis reflexiones de lo más profundas.

Y ojalá fuera solo el juego de luces y sonidos lo que ha detenido mis pasos y mandado a la mierda mis reflexiones.

Pero no. Este estadio tiene cabida para veinte mil personas, por lo menos, y apenas quedará un sitio libre cuando comience el partido.

Lo que significa que ahora mismo estamos veinte mil personas rodeando una pista de hielo.

Me sobran diecinueve mil novecientas ochenta, pero es lo que hay.

Quizá me he equivocado antes con eso de que los Jaguars no eran nadie hasta que el padre de Julián les regaló la franquicia.

Quizá ya eran alguien. Quizá. Solo quizá.

Miles de espectadores recorren los pasillos arriba y abajo y otros miles permanecen de pie junto a sus asientos mientras se saludan. Todos emperifollados con las camisetas del equipo. Jamás había visto nada igual en un partido de la liga regular. Y he visto mucho hockey.

Hay tres cenefas LED que rodean el estadio con el mensaje impreso de «¡Vamos, Jaguars!

» en bucle y ocho focos iluminan diferentes zonas de la pista y la tiñen de granate y azul.

Del techo, a ambos lados, cuelgan banderines con los números y apellidos de los jugadores, y en el videomarcador se van alternando imágenes de todos ellos.

Los asientos, tapizados, también visten los colores del equipo.

El terreno de juego está vacío, pero cierta dosis de excitación se desprende como humo del hielo. Flota entre nosotros. Es como si la pista tuviera vida propia. Como si… latiera.

Pum. Pum.

De pronto, I Gotta Feeling deja de estremecernos, Let’s Get It Started se adueña del ambiente y los jugadores de ambos equipos salen de uno en uno a calentar al hielo. El cronómetro con la cuenta atrás de los quince minutos de rigor que asigna el reglamento se ilumina.

Desciendo unas cuantas escaleras y me fijo en todos ellos.

Elliot es el primero al que reconozco, aunque patine de espaldas a mí y lleve el casco.

Utiliza el mismo número de antaño, el trece, y diferenciaría su manera de patinar incluso con los ojos cerrados.

No tendría más que escuchar cómo las cuchillas de sus patines se deslizan por el hielo.

No es que me enorgullezca de ello: es algo que no puedo evitar.

Hemos pasado demasiadas horas patinando juntos y mi cabeza se niega a olvidarlo.

Elliot no solo era mi mejor amigo. Era mi persona favorita fuera de mi familia. Y no tengo muchas personas favoritas. Me sobrarían dedos si tuviera que contarlas con las manos.

Ahora es un idiota al que veo mucho más de lo que me gustaría. Detrás de él sale Benji. También reconozco su manera de patinar, desordenada e impecable al mismo tiempo. Solía admirarla en silencio. Ahora me produce rechazo.

Benji y yo nunca encajamos. Nunca dejamos de mirarnos con desconfianza, de desafiarnos con cada palabra que salía de nuestras bocas, ni siquiera cuando empezamos a tolerarnos.

Ni siquiera cuando aprendimos las fortalezas y debilidades del otro.

Y eso que fui yo quien le enseñó a jugar al puto hockey.

El público se vuelve loco y aún no ha empezado el partido. Cantan Let’s Get It Started al tiempo que levantan los brazos y ondean banderillas del equipo. Los miro de reojo.

«Podéis calmaros. No es más que el calentamiento».

Desciendo unos escalones más. Elliot y Benji llevan la letra A impresa en el extremo superior izquierdo de sus camisetas: son los capitanes asistentes.

La C la lleva el número noventa y nueve, que vuela hacia el cristal donde se encuentran los mejores asientos de toda la pista, reservados para familiares y amigos (justo detrás del banquillo de los Jaguars), y estampa el hombro y el costado contra él.

Jonathan Ros. Mentiría si no dijera que me muero por verlo jugar. Mentiría si no dijera que su nombre es una constante en mi familia. «Macarra», «Barriobajero» y «Bocazas» son varios ejemplos de las lindezas con que lo agasajan cada día, pero hay más. Muchas más.

Al otro lado del cristal hay un chico. No le veo la cara porque está de espaldas a mí. Es moreno. Y bastante alto. Reparo en una bolsa de deporte enorme que descansa cerca de sus pies. Mmm…, es un deportista, seguro. Será un amigo.

Elliot deja de hacer malabarismos con el puck y el stick, Benji se pone en pie tras sus estiramientos y ambos patinan juntos hacia el cristal.

Repiten el mismo golpe que su capitán. Son tal para cual.

Un par de niñatos cortados por el mismo patrón.

Ambos igual de inmaduros y prepotentes. Y eso que vienen de dos mundos tan heterogéneos como el cielo y el infierno, pero…

Ellos sí encajaron.