Solo un juego más (Car Hockey 1) 2. Benji #2
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2. Benji #2

El padre de Elliot apareció un mediodía en el CAR sin avisar.

Vive en Madrid (es el embajador sueco en España), pero viene a menudo.

Su relación con Elliot es complicada incluso desde antes del divorcio: tiene un concepto del trabajo y la responsabilidad y una obsesión con lo «más que políticamente perfecto» contra los que su hijo se subleva desde que tiene uso de razón.

No por rebeldía o desobediencia per se ; es más bien un motín contra esa forma de vida que considera fría, absurda e innecesaria.

Pero ambos se quieren con toda el alma, aunque nunca lo digan en voz alta, y Viktor nunca ha dejado de venir a verlo ni de llamarlo por teléfono cada noche.

Solo que ese día no vino a verlo a él, sino a mí.

Me llevó a comer a un restaurante italiano del pueblo, nos sentamos a una de las mesas más cercanas a la ventana, uno enfrente del otro, y pedimos queso provolone y lasaña para compartir.

No tengo ni idea de lo que comí la semana pasada, pero el menú de esa tarde no se me olvida. Jamás lo hará.

—No sé cómo decirte esto —me dijo—, así que voy a ir al grano.

Perdona si no lo hago con el tacto que requiere, pero nunca he sido bueno con las palabras.

Han pasado cuatro años desde que Elliot te trajo a casa por primera vez y he perdido la cuenta de las cenas que hemos compartido.

Tardaste tres años en hablarme de tu pasado y…

de tus miedos. Y ya no eres solo un amigo de Elliot.

Eres mucho más. Eres parte de esta familia desestructurada en la que nos hemos convertido desde que Lili salió de la ecuación. He iniciado el proceso de adopción.

Fruncí el ceño.

—¿De quién?

—De ti.

Lo miré sin poder creérmelo. Viktor había sido un padre para mí desde que Elliot nos presentó, a pesar de que me imponía como nadie, con esa altura suya y esa apariencia tan impoluta y escandinava. Pero hablar de adopción eran palabras mayores.

—¿Te lo ha pedido Elliot?

—Sí.

—No tienes que darle todo lo que pide. No es la manera de acercarte a él.

—No lo hago por eso.

—¿Y por qué lo haces? Estoy a punto de ser mayor de edad.

—Nunca somos mayores para tener una familia, Benji.

Y tú te has convertido en un Schmidheiny sin que nos diéramos cuenta.

Los Schmidheiny cuidamos los unos de los otros.

Solo voy a ponerlo sobre el papel. No pienso permitir que vuelvas a estar desamparado, hijo.

No voy a dejarte desprotegido, por muy adulto que creas ser.

Rompí a llorar.

Viktor no solo nos convirtió a Elliot y a mí en hermanos y a los tres en una familia: también me dio un apellido y su palabra de que jamás permitiría que nadie me hiciera daño ni me alejara de ellos. Me aseguró que ni mi tía ni Ricardo volverían a acercarse a mí. Me prometió seguridad.

Pero él no sabe de la existencia de mis otros enemigos porque nunca he encontrado el valor para contárselo.

Entro en el banquillo de jugadores. Elliot ha dejado la puerta abierta, y antes de alcanzar el pasillo escucho cómo el videomarcador, un cubo con cuatro pantallas gigantes de vídeo LED que cuelga del techo, emite su distintivo zuuum al encenderse y cobrar vida detrás de mí.

Los primeros acordes de Désenchantée, de Mylène Farmer, suenan a todo volumen por los altavoces.

Se me eriza el vello y el corazón me late con fuerza, y esto no ha hecho más que empezar.

La pulidora de hielo irrumpe en la pista y las luces tiñen los pasillos y el hielo con los colores del equipo de arriba abajo. Todo es granate y azul. Todo es perfecto. Cautivador. Único. La atmósfera más emocionante que veré jamás.

Siempre tengo la sensación de que el equipo de mantenimiento espera a que yo abandone el hielo para acondicionarlo antes del partido. Quizá sea así.

Sonrío y miro hacia atrás. Me pierdo unos instantes en el entorno que me rodea, el segundo mejor hogar que tendré jamás.

—Ahora te veo, preciosa —le susurro a la pista antes de irme. Y le guiño un ojo.

Entro en los vestuarios. Soy el último en llegar, y Jonny, el capitán del equipo, compañero de piso y uno de mis mejores amigos, en ropa interior, me recibe con un sonoro beso en la cabeza.

—¡Vamos! —grita con el puño en alto, y se repantinga en su asiento de madera para vestirse, entre los rugidos y risas del resto de compañeros.

La pegadiza canción de los Black Eyed Peas, I Gotta Feeling, se convierte en la protagonista de la pista, y a pesar de que la voz de Dante Santiago cantando eso de que «tengo la sensación de que hoy va a ser una gran noche» nos llega a los vestuarios a un volumen bajo, nos venimos arriba al instante.

Es nuestra señal. La señal con la que el equipo de mantenimiento lleva años seduciéndonos.

La señal que indica que en breve se abrirán las puertas que darán la bienvenida a los espectadores.

La canción sonará en bucle durante un buen rato. Es parte de nuestra identidad.

El vestuario entero se emociona y se colma de energía.

Hoy jugamos contra nuestros mayores rivales, los Demonios de Barcelona, ganadores de la liga en cinco ocasiones, y se palpan las ganas de vencer y continuar con la temporada por todo lo alto.

No somos más que unos recién nacidos en la LEH , no hemos llegado ni a los play-off en los tres años que llevamos en ella, pero a ganas de crecer no nos gana nadie.