2. Benji
Benji
Un partido de hockey sobre hielo se divide en tres periodos de veinte minutos con dos descansos de dieciocho. En caso de empate, se disputa una prórroga, y, si ninguno de los dos equipos marca un gol, habrá una tanda de desempate.
—Tú y yo somos novios. Lo sabes, ¿verdad?
Sonrío y me acuesto en el hielo, con las piernas y los brazos extendidos, y lleno los pulmones.
Noto el primer golpe del frío en mis brazos desnudos y, a medida que transcurren los segundos y la humedad me cala en los huesos, me siento más vivo que nunca, a pesar de que dicen que el hielo es anestésico.
«Nena, no tienen ni idea».
El hielo es pura vida. Tengo la camiseta del equipo y los pantalones de chándal empapados, pero me da igual.
Las luces de emergencia apenas arrojan resquicios de luz sobre la pista. Giro la cabeza y clavo la mirada en el hielo.
—Claro que lo sabes —continúo, y lo acaricio con las yemas de los dedos—. Eres mi lugar favorito del mundo.
Reina el silencio, pero a mí me zumban los oídos con el eco cacofónico de los partidos, los gritos de Julián en los entrenamientos y las voces de mis compañeros de equipo en los vestuarios.
Aun así, mi momento favorito es cuando las luces se apagan y nos quedamos la pista y yo a solas.
Como antaño, cuando sentía que solo ella se preocupaba por mi bienestar.
Suspiro y cierro los ojos.
Siempre he sido popular. Desde el día en que nací.
O mejor, desde el segundo en que nací. Lo decidió mi madre, por su cuenta y riesgo.
Me otorgó una popularidad que se quedaría adherida a mi nombre de por vida.
Y no me refiero a popularidad como sinónimo de «estimado» o «querido», sino como «conocido por el público en general».
Me apuesto el pie derecho (es mi posesión más valiosa, junto con una cuchilla corroída de un patín de hielo) a que hay personas que aún recuerdan mi nacimiento y que lo comentan con sus familiares y amigos de vez en cuando en fiestas de ocasión. «¿Os acordáis de aquella mujer que…?».
Ojalá no lo hicieran.
«Aquella mujer» es mi madre. O la persona que me trajo al mundo.
La gente dice que no es lo mismo. No puedo pronunciarme al respecto.
No he tenido ni una ni otra, pero suelo referirme a ella como «mi madre».
Inercia, supongo. Me abandonó en un campo árido de un pueblo de Alicante un segundo después de nacer.
De ahí lo de ser popular. Salió en todas las noticias.
Una vecina del lugar lo vio todo y el resto es historia.
A ella la pillaron y la metieron en la cárcel y a mí me salvaron la vida.
O eso creyeron.
Me dejaron bajo la tutela de mi tía, la hermana pequeña de mi madre, su único pariente conocido.
Las dos son italianas e inmigraron a España con apenas veinte y dieciocho años.
Mi tía solía decirme que la vida en Nápoles era una mierda, y me lo decía drogada hasta las trancas sin parar de reírse.
Recuerdo su risa. Hay imágenes y sonidos que se nos quedan grabados para siempre.
No tenemos control sobre ellos. En realidad, no tenemos control sobre nada, aunque nos guste creer que sí.
Vivíamos en un sucio y destartalado bloque de apartamentos en el barrio madrileño de Usera y mi tía se pasaba el día prostituyéndose (además de drogada).
Sobrevivíamos gracias a los subsidios y miserias con las que su chulo, Ricardo, nos agraciaba.
Yo limpiaba y me deshacía de las jeringuillas, hasta que cumplí los diez.
Al parecer ya tenía edad para prostituirme y llevar dinero a casa.
Poco sabía yo lo que era la prostitución, pero intuía que era malo. Y no quería hacerlo.
Una noche de diciembre, Ricardo se sentó a mi lado en el sofá e intentó tocarme la entrepierna. Y digo «intentó» porque al instante le mordí el hombro con todas mis fuerzas. Actué por puro instinto. Él me levantó en el aire y me empotró contra la pared más cercana.
—La próxima vez que intentes algo así, te mato, mocoso de mierda. Te queda poco tiempo para ser mío, ve haciéndote a la idea —me susurró al oído.
Y soltó una carcajada, estridente y maliciosa. Una carcajada de las que te estremecen, te ponen el vello de punta e incitan a tu corazón a latir a todo tren. Y no en el buen sentido.
Fue terrorífica. Más terrorífica que la de mi tía cuando me decía eso de que «la vida en Nápoles era una mierda».
Le di un rodillazo en los huevos y salí corriendo.
—¡Ven aquí, pequeño hijo de puta! —gritó detrás de mí.
Corrí lo más rápido que pude. Sin mirar atrás.
Corrí como alma que lleva el diablo. Todo lo que mis piernas daban de sí.
Corrí como un loco durante horas. Como si me persiguiera la muerte.
Corrí para salvarme la vida. Aunque la vida fuera una mierda.
Corrí hasta que el paisaje que me rodeaba, vestido de cientos de luces de colores, se me antojó desconocido. Pero no era lo bastante lejos.
Nunca sería lo bastante lejos.
Cuando estaba a punto del vahído, aminoré el ritmo y caminé a paso ligero. No podía permitirme desfallecer, así que anduve hasta que pude correr de nuevo. Y corrí hasta que me sentí a salvo.
Llegué a Avenida de América —hay trece kilómetros desde Usera hasta allí. Trece kilómetros entre la vida y la muerte—, y me di de bruces con el edificio que me cambiaría la vida: me di de bruces con mi destino.
Me colé por una ventana entreabierta y, cuando salté y mis pies tocaron el suelo, el corazón me latía tan frenético que desafiaba la quietud del lugar.
Me interné despacio en el oscuro pasillo, inseguro, como si caminara sobre una capa de hielo precaria, a pesar de que mi interior fraguaba una carrera desenfrenada contra la muerte.
«Que no me encuentren, por favor», rezaba.
Aquella pista, la pista de Avenida de América, se convirtió en el hogar que nunca había tenido.
Me mantuve escondido durante días, aterrorizado por que Ricardo y mi tía me encontraran, hasta que le eché valor y asomé la cabeza.
O quizá fui tremendamente estúpido; no lo sé.
Me sentía igual que los caracoles cuando abandonan la seguridad de su escondite a dos metros de profundidad y salen a la intemperie en busca de las gotas que la lluvia ha dejado a su paso.
Me arriesgué a que me pisotearan y destrozaran, pero no pude evitarlo.
Necesitaba respirar.
Me recorrí cada recoveco de la pista, incluso el más oscuro y sinuoso. Bebía agua de los lavabos y comía lo que los demás dese chaban. Hay que estar a punto de morir de hambre para saber lo que estarías dispuesto a comer, y en la basura puedes encontrar de todo. Incluso la cuchilla de un patín.
Esa no me la comí. La guardé. La protegí con mi vida con la esperanza de que ella protegiera la mía en el futuro. Y me puse a observar.
Comencé a ser consciente de lo que implicaba el funcionamiento de una pista de hielo. Me encantó. Me fascinó. Me sedujo como la ilusión de un lago de agua en medio del desierto más abrasador.
Al primero que conocí fue a Julián, mi actual entrenador. A un Julián pomposo y engreído de catorce años. Patinaba las noches de los martes y jueves, cuando no quedaba un alma en la pista. Iba de un lado a otro sin detenerse ni a respirar.
Yo me quedaba embobado observándolo. Embobado como nunca en mi vida. Tan embobado que una noche me acerqué a él sin darme cuenta. Salí de la oscuridad y sucedió lo inevitable: me pilló.
Y comenzó una nueva historia para mí.
—¡Tierra llamando a Ben! ¡Tierra llamando a Ben!
Abro los ojos y sonrío al ver a mi rubio de ojos azules favorito, que me devuelve el gesto. Me agarro a la mano que me ofrece y me pongo de pie. Elliot siempre viene a buscarme a la pista antes de un partido, desde los catorce, y creo que no es consciente de lo mucho que significa para mí.
El liot era un chico más de la pista de Avenida de América, uno que discutía con todo el mundo.
Apenas hacía criba. Discutía incluso con Julián, y eso que por aquel entonces le sacaba dos cabezas, cada vez que se cruzaba con él.
Y se cruzaban mucho. Sus entrenamientos siempre coincidían: cuando el uno acababa, el otro empezaba, y…
No, joder, Elliot no era un chico más. Nunca lo ha sido. Me fascinó desde el principio: su manera de discutir con todo ser vivo, su forma de enfrentarse al mundo… Nunca había conocido a alguien tan valiente. A ver, que teníamos diez años y ya he dicho que Julián le sacaba dos cabezas.
Una tarde lo escuché reír a carcajadas. No sé por qué había dado por hecho que alguien tan belicoso no reiría jamás, así que cuando lo hizo a mí se me paró el mundo.
Fue real. Fue puro. Fue un soplo de aire fresco en medio de la inmundicia en la que yo vivía.
Elliot desternillándose de risa era lo más bonito y auténtico que yo había oído.
No habíamos cruzado una sola palabra, pero caí rendido ante sus risotadas y me enamoré.
Hay muchas maneras de enamorarse. Y no todas son románticas.
Tardé meses en darle mi nombre a Julián. Elliot lo consiguió en cinco minutos.
—Vamos, anda. —Elliot me aprieta el hombro y me indica con la cabeza los vestuarios al tiempo que camina hacia allí sin trastabillar ni una vez.
Y eso que va en chancletas, como yo. Pero no es fácil que él o yo caigamos.
En ningún sentido. Cuando has tocado fondo muchas veces, aprendes a levantarte en un abrir y cerrar de ojos.
A ver, que no todo es tan dramático en mi historia. También me han pasado cosas buenas. Muy buenas. Todos tenemos un mejor día en la vida. El mío fue un 8 de abril, un mes después de cumplir los diecisiete.