1. Cannon #2
—No creo que llegue. ¿Qué me dices de ti?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Hasta qué punto no te gustan? ¿Los toleras tú a ellos?
—A uno de ellos, a ratos, siempre que no abra la boca. Al otro…
—¿Lo odias? —Julián se inclina sobre la mesa—. ¿De verdad crees que odias a Elliot?
Sí. No. No lo sé. No contesto.
—Os controlaréis —añade—. Lleváis años haciéndolo.
Estoy a punto de replicarle que en las últimas Navidades mis hermanos y ellos casi llegan a las manos por culpa de un polvorón de naranja, pero la puerta se abre tras un breve toque y una corriente de aire fresco que huele a bosque, helechos, musgo y otoño y una cabeza rubia oscura que asoma por el hueco me distraen.
—Ups, perdona, Juls —se disculpa el chico al verme—. No sabía que estabas reunido.
—Ya sé lo que has venido a decirme —responde Julián—. Y te equivocas.
El rubio ríe a carcajadas. Desprende una energía inusitada para un jueves a las ocho de la mañana.
—Los números no mienten, Romeo. Me debes veinte pavos. Te veo en la pista.
Los números sí mienten. A veces. Pero mantengo la boca cerrada.
Que este chico viva o no en la ignorancia no es asunto mío.
—Espera. —Julián coge el reloj fosforito y se lo lanza. Lo atrapa al vuelo—. Devuélveselo a Elliot. Y si llega tarde con la excusa de que lo ha perdido, le dices de mi parte que haga cuarenta ejercicios adicionales. Hoy toca piernas. Le va a encantar.
El chico vuelve a reír y hasta a mí se me dibuja un conato de sonrisa. Elliot detesta las rutinas de fuerza de piernas desde que tenía nueve años. Oh, y por eso desentonaba tanto el reloj. Porque no es de Julián.
Misterio resuelto. Una inquietud menos que me quite el sueño.
—Ese era Patrick —me explica una vez se ha cerrado la puerta tras él—. Es el preparador físico de los chicos y tu nuevo compañero si decides aceptar el trabajo. Te caerá bien. Tu vida le importa un pimiento, así que… Digamos que no es de los que hacen preguntas. Como tú.
He supuesto que era alguien del equipo, dado que llevaba la misma sudadera que Julián. Chicos rubios y de ojos claros hay a patadas, pero el caso es que su cara me suena.
—Bueno, ¿qué me dices? —tantea Julián.
—¿Tengo opción?
—Siempre.
—Ya. Díselo a mi padre y a…
—Solo quieren lo mejor para ti —me interrumpe.
—¿Y el hielo es la respuesta?
—¿Por qué no?
Me levanto, camino unos pasos y me asomo a la ventana.
Hay unas vistas preciosas del centro, la verdad.
Nunca había estado en un Centro de Alto Rendimiento.
Solo he visto algún reportaje que otro en la tele.
Es como un internado de profesionales de élite.
Es… puro deporte. Y yo amo el deporte. Los campos de vóley-playa y fútbol.
La piscina exterior. El tiro con arco. Pierdo la mirada en el partido de tenis que se disputa en una de las pistas de tierra batida.
—Quizá llegas diez años tarde. —Bajo la voz—. Te largaste de Madrid y te los llevaste a ellos. Yo me quedé atrás.
—Tenía dieciocho años, Cannon. Y se me acababa de romper la vida.
—No se te rompió para ellos.
Me giro y clavo los ojos en una foto de la pared.
Una foto de Zipi y Zape. Disputan un partido de hockey y uno de ellos acaba de marcar un gol, supongo, porque se abrazan con efusividad, suspendidos en el aire, con las cuchillas a varios centímetros sobre el hielo.
No hay ni rastro de imágenes del resto de los jugadores.
La objetividad brilla por su ausencia, por lo que veo.
—¿Habrías venido conmigo?
—¿Qué?
Aparto la mirada de la foto.
—Hace diez años, ¿habrías dejado tu vida en Madrid y venido conmigo si te lo hubiera ofrecido?
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Elliot y yo ya nos habíamos peleado en ese momento.
Julián se levanta y se acerca.
—¿Por qué no te dejas llevar y confías en mí?
—Porque no te conozco de nada. Que hables con mi padre de ciento en viento y que compartiéramos pista de hielo no nos hace amigos.
—Tienes razón. Vamos a hacer una cosa. —Se dirige de nuevo a su aburrida mesa y abre un cajón.
Coge un sobre—. Esta es tu acreditación.
Date una vuelta por el centro. Ve a la pista.
Entra al hielo. Incluso puedes venir al partido de hoy si te sientes con ánimo.
Es el cuarto de la temporada y jugamos contra los Demonios de Barcelona, hecho que, no tengo duda, ya conocías.
Tómate tu tiempo antes de decirme que no.
Lo miro con desconfianza, pero acepto la acreditación.
—Este es mi teléfono. —Me ofrece una tarjeta—. Llámame si necesitas algo. Si no respondo a la primera, insiste. Lo más probable es que esté desgañitándome, gritando a los chicos.
Suspiro. Hace unas horas, mi vida era perfecta.
Mi objetivo a corto plazo era ver las doce temporadas completas de The Big Bang Theory por cuarta vez.
El toque de emoción recaería en hacerme con el mando de la tele por encima de mis tres hermanos pequeños, y ahora me ofrecen entrenar a un equipo de hockey profesional.
Yo jugaba al hockey. Amaba el hockey.
Me acerco a la pared de vidrio, opuesta al ventanal, que he estado evitando. Unos metros más abajo hay una pista de hielo.
La vista es sobrecogedora. La mejor de todo nuestro sistema solar. Siento el frío desde aquí y el calor que me envuelve al instante. Dos sensaciones enfrentadas que solo la pista de hielo puede conseguir.
Pero no me retracto en mi opinión respecto al despacho de Julián. Su mesa sigue siendo lo más aburrido que he visto en mucho tiempo.
El hielo me llama a gritos; lo hace desde que tengo uso de razón. Aun así…, no sé si podré trabajar con Elliot y Benji (Zipi y Zape), mano a mano. No sé si vamos a poder dejar nuestras diferencias atrás y comportarnos como adultos hechos y derechos.
¿He dicho ya que en las últimas Navidades casi llegamos a las manos? Sí, creo que sí. ¿Y que no los puedo ver ni en pintura? Creo que también.
Sucedió hace diez años. Puede que del odio al amor haya un par de pasos, o un precipicio enorme, no lo sé. Lo que sí sé es que del amor al odio solo hay uno.
Y bien corto.
Abro la puerta del despacho y me dispongo a salir, pero antes…
—¿No has vuelto a jugar al hockey? —le pregunto a Julián, sin girarme para mirarlo.
Me mata la curiosidad. Julián nació para jugar al hockey. No hacerlo es ir contra su propia naturaleza.
—Lo hago a veces.
Lo sabía.
—¿En un partido de verdad?
—No.
—¿Juegas tú solo?
Julián tarda en responder.
—No.
—¿Por qué le debes veinte pavos al tal Patrick?
—Dice que he perdido una apuesta.
—¿Qué apuesta?
Me guiña un ojo en respuesta, que a saber lo que significa.