Solo un juego más (Car Hockey 1) 1. Cannon
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1. Cannon

Cannon

«La pasión por el hockey sobre hielo recorre las venas de jugadores y entrenadores; enciende tanto a los padres como a los aficionados y los voluntarios.

Es una chispa que puede prender desde el momento en que se levanta un stick y se golpea el hielo por primera vez.

Siempre que ese momento suceda, seas niñ o o adulto, el hockey será parte de ti de por vida».

Reglamento de la Federación Internacional de hockey sobre hielo (IIHF)

Me balanceo en la silla mientras observo el despacho de Julián Alcalá, el entrenador jefe del equipo de hockey sobre hielo del Centro de Alto Rendimiento de la Costa Brava, el CAR , al que me han invitado amablemente.

La enorme mesa de trabajo de madera blanca en forma de L no puede ser más aburrida (un teléfono, un ordenador, una libreta, una tabla de entrenador, un calendario, blablablá), excepto por un reloj de muñeca verde fosforito tirado de cualquier manera que desentona muchísimo con el resto y no sé por qué.

Una de las paredes es de un carmesí intenso y, por alguna otra razón que desconozco, no puedo dejar de observarla.

Desde luego, no es por las fotos expuestas de sus queridísimos y más que sobrevalorados equipo y jugadores: a dos de ellos no puedo verlos ni en pintura. Uno es rubio y el otro moreno, como Zipi y Zape, pero sin el toque humorístico, por hilarantes que ellos se crean. La ironía…

Tampoco es por la camiseta parda rojiza de hockey enmarcada con el apellido y número de Julián de cuando jugaba en el equipo de los Zorros de América, allá por el Paleolítico, aunque reconozco que he sentido un pinchazo en el corazón al verla.

Como si me hubiera tragado una espina y hubiera ido sin piedad a clavarse en el músculo.

Malditas espinas. ¿No se superan nunca? Y no sé si Julián tiene su antigua camiseta de los Zorros colgada en la pared por nostalgia o rechazo.

Quizá porque ya no le vale. Se le ha quedado grande, a pesar de que la usaba con once años menos.

O quizá no quiera sucumbir a la tentación de ponérsela. A saber…

Suspiro y percibo el aroma a recién duchado que desprende el susodicho.

Es tan potente que impregna la estancia.

Se habrá enjabonado con medio bote de gel y rociado con litros de colonia.

Teniendo en cuenta el hedor que tienen que soportar sus aristocráticas fosas nasales cada día en los vestuarios, yo también lo haría.

Echo un vistazo rápido al enorme ventanal entreabierto en mi flanco derecho.

La calidez del verano, que se mantiene a pesar de que estamos a mediados de octubre, se cuela por el resquicio.

Desde que he entrado en el despacho, me llega el eco del hockey (tic, tic, tic, tic; sticks que golpean el hielo sin descanso), aunque es bastante probable que solo sea mi imaginación.

Sin embargo, el sonido de los golpes secos de los cordajes de las raquetas a las pelotas y las exclamaciones de esfuerzo de los tenistas son reales.

Debemos de tenerlos justo debajo. Me estiro en un intento de ver algo, pero fra caso estrepitosamente.

No me voy de morros al suelo con silla y todo de milagro.

—¿Cannon? —me llama Julián en medio de su diatriba—. ¿Me estás escuchando?

Dejo que las patas delanteras de la silla descansen en el suelo.

El ¡pum! que debería haber sonado queda amortiguado por la cerúlea moqueta, y lo miro.

Él me devuelve el gesto con los ojos de color verde grisáceo entornados, con la seriedad que lo caracteriza.

Levanto una ceja. No se amedrenta. Yo tampoco.

Oh, guerra de titanes. La confianza da asco.

Y eso que la nuestra es más bien escasa.

Julián y yo tenemos un pasado. Once años atrás compartíamos pista de hielo, obsesión por el hockey y sueños infantiles a corto plazo.

Los suyos acabaron a los diecisiete y los míos a los catorce, por motivos diferentes.

Él es casi cuatro años mayor y apenas intercambiábamos un saludo y un par de frases de cortesía cuando nos cruzábamos en la pista.

¿Qué más íbamos a decirnos? Puede que cuatro años, ahora que ambos tenemos veintitantos, no supongan una gran diferencia, pero cuando teníamos trece y diecisiete vivíamos en galaxias diferentes.

Aun así, como su padre y el mío se mueven en los mismos círculos, e incluso guardan cierto grado de amistad, él y yo…

pues intercambiábamos un saludo y un par de frases de cortesía cuando nos cruzábamos en la pista.

No ha cambiado desde la última vez que lo vi.

¿Cómo puede conservar ese pelo de hockey si ya no juega?

Sus rebeldes ondas castañas acaparaban miradas allá por donde iba.

A mí nunca me parecieron gran cosa, pero tengo que reconocer que pinta de recién follado ha tenido siempre.

O puede que haya follado justo antes de venir al despacho.

Inclino la cabeza hacia la derecha. Mmm… ¿Genética o polvo matutino?

—¡Cannon!

Ostras. Me sobresalto y todo. No lo recordaba tan autoritario. Me llevo la mano al corazón.

—¿Quieres matarme de un infarto? —Ahora es él quien me levanta una ceja—. Por supuesto que te estoy escuchando —añado.

—No lo parece.

—Me estoy familiarizando con el entorno. Por cierto, tengo una pregunta.

—¿Solo una? Eres un soplo de aire fresco.

—¿Qué pasa si no quiero aceptar el trabajo que me ofreces?

—¿Por qué no querrías aceptarlo?

¿Es una pregunta genuina? Observo su semblante serio. Oh, pues sí lo es. Este tío no tiene ni idea de quién soy.

Me fijo en la sudadera que lleva puesta, medio remangada a la altura de los codos.

Es del equipamiento oficial de su, insisto, queridísimo y sobrevalorado equipo, los CAR Jaguars.

Azul marino, con las letras en blanco, doble franja también blanca en las mangas y los cordones de la capucha granates.

Muestra un feroz jaguar en patines dibujado en el medio, justo debajo de la grafía.

Sujeta un stick con una de sus garras enguantadas.

Se me clava otra espina en el corazón y me abro en canal para sacármela de una vez por todas:

—Tú sabes que no me gusta la gente, ¿verdad? La gente en general.

—Lo sé.

—Y dos de tus jugadores en particular.

—También lo sé.

—Y, por si fuera poco… —allá voy—, yo ya no sé nada de hockey.

Eso sí que duele. Más que una operación sin anestesia.

—Claro que sabes de hockey. Sabes más de hockey que cualquiera. Sabes más de hockey que yo.

Río sin ganas.

—Eso no es verdad. Y, además, hace más de diez años que no juego.

—Más o menos los mismos que yo. No hay que jugar al hockey para saber de hockey. Y mucho menos tú. Me apuesto mi mejor jugador a que todavía te sabes las estadísticas del Elliot de trece años.

Elliot es el rubio de los Zipi y Zape que no soporto. También es mi ex mejor amigo.

Ojalá pudiera negar lo de sus estadísticas, pero tengo buena memoria.

—No me las sé ahora. ¿Han mejorado? —pregunto con desinterés.

—¿Crees que seguiría jugando en un equipo de primer nivel si no fuera así?

—No tengo ni idea. ¿Seguiría?

Julián solo suspira.

—Cannon, te quiero en el equipo. Te necesito en el equipo. Yo solo no puedo hacerlo.

—Has podido hasta ahora.

—Hasta ahora no jugábamos en la Liga Europea. Es… otro nivel. Es como si pasásemos de tercera división a primera. Necesito apoyo.

La Liga Europea de Hockey (o LEH ) es la liga privada de hockey sobre hielo más importante en este lado del Atlántico.

Mueve millones de euros al año. Está compuesta por veinticuatro franquicias con un valor medio de quinientos millones cada una.

Tres años atrás, Eduardo Alcalá compró una de esas franquicias para los CAR Jaguars, convirtiéndolos, de la noche a la mañana, en un equipo de otro nivel, como bien ha dicho Julián.

Pasaron de no ser nadie a ser alguien en cuestión de semanas.

Contratos millonarios para los jugadores, anuncios publicitarios, patrocinadores, público abundante (no solo en España y Europa, sino en todo el mundo), promoción comercial…

En fin, visibilidad. Una visibilidad al alcance de muy pocas personas.

Pero Eduardo Alcalá es uno de los empresarios con más dinero y poder en este país, y también es el padre de Julián.

Resultó que el equipo de hockey que formó su querido primogénito, compuesto por pandilleros en su gran mayoría, aprendió a jugar de una manera magistral.

Diría que incluso admirable, pero no soy fácil de impresionar.

Es obvio que Julián necesita ayuda, pero…

—¿Por qué yo? Hay un montón de entrenadores que matarían por un puesto así.

—Pero yo te quiero a ti.

—¿Por qué?

Julián suspira de nuevo.

—¿No crees que ya es hora de que vuelvas al hielo?

Bonita manera de desviar la pregunta…

—No, pero mi padre, su mujer y tú habéis decidido que sí. Y aquí estamos.

—Ellos no tienen nada que ver con esto. Yo tuve la idea. Yo los llamé y se lo propuse.

—Y ellos aceptaron. Lo que no sé es por qué. Hay algo que no me estáis contando.

—Es una buena oportunidad.

Bufo.

—¿Una oportunidad para qué? ¿Para quién?

—Para ti. Para que vuelvas a la pista.

—No quiero volver a la pista.

—Necesitas volver. Necesitas avanzar.

Ahora suspiro yo.

—Ya estoy avanzando. Llevo diez años avanzando.

—¿Por eso no sabes qué hacer con tu vida? Acabaste la carrera hace dos años y no has hecho un solo movimiento. Te pasas el día en casa procrastinando.

—Estoy reagrupándome. Y ordenando el armario de mi hermano Axel, que no es ninguna tontería. En cualquier momento aparezco en Narnia. Hay de todo menos ropa. Hay cosas vivas, Julián. Te juro que hay cosas vivas. —Me estremezco y todo.

—Cuando tenías doce años soñabas con ganar el Premio Abel de matemáticas.

—Cuando tenía doce años soñaba con muchas tonterías —murmuro.

—Volver al hielo y desconectar te sentará bien.

—Dos de tus jugadores me odian.

—¿Odiarte? No, no lo creo.

—Me toleran lo justo.

—Lo superarán.

—¿Y si no lo hacen?

—Es su problema.

—Será el tuyo si la sangre llega al hielo.