Solo un juego más (Car Hockey 1) Prólogo. Benji
1%
Solo un juego más (Car Hockey 1)

Solo un juego más (Car Hockey 1)

Por Susanna Herrero

© inepub.com

Prólogo. Benji

Prólogo

Benji

La primera vez que entré en una pista de hielo, corría para salvar la vida.

Me colé por una ventana entreabierta y, cuando salté y mis pies tocaron el suelo, el corazón me latía tan rápido que desafiaba la quietud del lugar.

Me interné en el oscuro pasillo, inseguro, como si caminara sobre una capa de hielo precaria, a pesar de que en mi interior se fraguaba una carrera desenfrenada contra la muerte.

«Que no me encuentren, por favor», rezaba.

Abrí la primera puerta con la que me di de bruces entre las sombras.

Eran los vestuarios. Desprendían un olor a sudor nauseabundo tan denso que bloqueó el hedor de miedo que me envolvía.

Me invadió las fosas nasales y juro que me penetró hasta en el alma.

Arrugué la nariz y me eché hacia atrás, repelido, y eso que a mí me caían goterones por toda la piel.

Tenía la camiseta empapada. Llevaba trece kilómetros corriendo por las calles de Madrid: desde el barrio de Usera hasta la pista de hielo del Club Social Joan March de Avenida de América.

Me escondí bajo un banco de madera que presidía el centro; me encogí en un intento de no llamar la atención y recé una vez más por mi supervivencia, a pesar de que jamás he creído en nada más que en mí mismo.

Mi vida era un infierno, pero jamás pensé en rendirme.

No cerré los ojos, no fui capaz, y les supliqué en silencio al corazón y a los pulmones que se calmaran.

Agucé el oído y me preparé para saltar ante el mínimo ruido, aunque cada fibra de mi ser gritaba que la huida había acabado.

Se me habían extinguido las fuerzas y ni siquiera la voluntad sería capaz de devolverlas a la vida.

Incluso había dejado de llorar, y me alegré, porque así, al menos, el valle de lágrimas que dejaba a mi paso no me delataría.

Nadie vino a buscarme y, poco a poco, el inmundo olor se diluyó en una extraña sensación de amparo.

A partir de esa noche, la humedad y la transpiración de los vestuarios siempre olerían a seguridad.

Puede que el destino sí exista después de todo.

Yo tenía diez años.

Han pasado catorce y sigo rezando cada noche para que no me encuentren.