Capítulo 34 #3
—Podrías cambiar de parecer —dice Torren con cautela.
Aileana vuelve la cara hacia él.
—Podría. También podría no hacerlo. Lo que me irrita es que todo el mundo trate mi decisión como una espera.
Torren mira a Altair y levanta las manos.
—No estaba intentando convencerla.
—Ya lo sé. Por eso continúas respirando —responde él—. No esperamos ninguno de esos demonios ni pensamos hacerlo.
Aileana entrelaza dos dedos con los que Altair mantiene apoyados en el banco.
—El hecho de que no queramos tenerlos no te autoriza a llamarlos demonios —le recuerda.
Altair señala con la barbilla al niño, que acaba de llevarse el nudillo de Darian a la boca.
—Ese está intentando devorarlo.
Darian observa las encías cerradas alrededor de su dedo y hace una pequeña prueba para recuperarlo. La criatura se aferra con más fuerza.
—Todavía no ha conseguido hacerme daño.
—Dale tiempo —aconseja Isleen—. Acaba de conocerte y ya ha localizado una debilidad.
Aileana sonríe mientras Darian intenta liberar el dedo sin despertar al niño.
—Una mujer puede amar a los hijos de los demás, protegerlos e incluso dedicar parte de su vida a que estén a salvo sin desear uno propio. La ternura no es una deuda que deba pagar con mi cuerpo.
Caitlin sigue su mirada hasta Ailis y le acomoda la manta alrededor de los pies.
—A ti te exigen que acabes deseándolos —dice—. A mí me hicieron creer que desearlos no bastaba si no conseguía tenerlos.
Aileana vuelve los ojos hacia ella. Caitlin deja un dedo sobre la mejilla de nuestra hija antes de continuar.
—No haberle dado un heredero a Sorley pesó más que todo lo demás. Nadie preguntó qué había soportado, qué sabía hacer ni cuántas veces había mantenido en pie aquello que él descuidaba. Mi lugar en Lewis dependía de un hijo que no llegaba, y eso bastaba para convertirme en una esposa defectuosa.
Me separo de la barandilla. No bajo todavía. Necesito escucharla desde donde ella ha decidido hablar.
—Cuando Sorley murió, estaban dispuestos a encerrarme —prosigue—.
Algunos habrían permitido que me colgaran sin más prueba que mi incapacidad para llorarlo de la manera adecuada.
Entonces dije que estaba embarazada y todo cambió.
La misma mujer a la que podían condenar sin remordimientos se volvió intocable porque quizá llevaba dentro un hijo suyo.
No me protegieron a mí. Protegieron la posibilidad de un varón que ni siquiera existía.
Su voz no tiembla. Yo recuerdo aquel momento, la puerta vigilada y el instante en que me confesó la mentira. Recuerdo también que me pidió un hijo porque era la única manera que veía de seguir viva.
—Después nacieron los mellizos —continúa, pasando un dedo por la mejilla de Ailis—, y hubo quienes me miraron como si por fin hubiera demostrado que no estaba estropeada.
Como si estos niños hubieran venido a corregir diecisiete años de fracaso.
Pero yo no fracasé. Sobreviví. Goberné, aprendí, mantuve con vida a personas que jamás habrían pronunciado mi nombre en un consejo…
Yo no era una mujer incompleta esperando que llegara un hijo.
Era una mujer entera a la que habían convencido de que debía faltarle algo.
Mira hacia mí.
—Los amo. Daría cuanto tengo por ellos. Pero no les permitiré cargar con la tarea de justificar mi existencia. Yo no nací para traerlos al mundo. Ellos tampoco han nacido para demostrar que yo merecía permanecer en él.
Nadie intenta aliviar lo que acaba de decir. Nadie lo convierte en una frase amable que pueda olvidarse después.
Bajo por fin la escalera.
Caitlin sigue mirándome cuando llego a su lado. Me siento junto a ella y apoyo una mano sobre la espalda de nuestra hija. Con la otra busco los dedos de Caitlin.
Nada más.
El silencio se deshace de forma gradual.
Leigh recoge a su hija que intenta esconderse debajo de la mesa; Finn continúa mirando a Iseabail con adoración; Isleen entrega por fin nuestro hijo a Darian, y Aithne descubre la mancha de carbón en la cara del niño y decide añadirle otra en la nariz.
Aileana guarda los documentos mientras Altair aparta el banco para que pueda levantarse.
Vuelvo a contar cabezas.
Durante años, los hombres han contado hijos, varones, alianzas y apellidos.
Han calculado el valor de una mujer por los niños que daba, por aquellos que perdía y por los que ya no estaba dispuesta a arriesgarse a tener.
También han decidido que una hija era una espera, una mujer sin hijos un fracaso y otra que no los deseaba una criatura confundida que terminaría cambiando de parecer.
Miro a Caitlin entre todas ellas y entiendo que ninguna empieza en la maternidad ni termina en ella. Son madres, algunas. Otras pudieron serlo, dejaron de serlo o decidieron no intentarlo. Han amado a hijos vivos, perdidos, temidos e imaginados. Ninguna necesita que esos hijos expliquen quién es.
Caitlin apoya la cabeza contra mi hombro. Ailis duerme entre ambos y Rory vuelve a llorar en brazos de Darian porque Kerran acaba de acercarse demasiado.
Esta vez no compruebo quién falta.
Los cuento porque están aquí.