Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

—Ahora lo sé. Entonces temía dar a luz a otra niña y ver las mismas caras compungidas alrededor de mi cama. —Leigh acaricia la mejilla de su hija con el dorso de los dedos—. Convirtieron su llegada en una decepción antes de que abriera los ojos.

La pequeña levanta la cabeza.

—¿Quién se decepcionó?

Leigh vacila. Kerran se inclina hacia su hija con una seriedad que no utiliza ni siquiera ante sus consejeros.

—Unos hombres bastante necios.

—¿Les rompiste la nariz?

—Solo a uno.

—Aún —matiza Leigh.

Kerran le dirige una mirada. La niña parece satisfecha con la respuesta y vuelve a enredar el cordón entre los dedos.

—¿Habrá otro? —pregunta Finn.

El silencio que sigue lo obliga a levantar la vista de la copa.

—Eso ha sonado incluso peor de lo que pretendías —le advierte Leigh.

—No preguntaba en nombre del consejo —se defiende él.

—Menos mal. Careces de la solemnidad necesaria.

Kerran mira a su esposa antes de contestar.

—Todavía no lo hemos decidido. Lo que sí he decidido es que mis hijas necesitan a su madre bastante más de lo que mi consejo necesita un varón.

Finn asiente, pero sus dedos continúan girando la copa. Iseabail la detiene colocando una mano encima. Luego se inclina para alcanzar la jarra.

Antes de que consiga tocarla, Finn la desplaza hacia ella sin volver la cabeza, todavía atento a algo que Torren le cuenta desde el otro extremo del banco.

Leigh repara en el gesto.

—A ti empezarán a preguntártelo antes de que haya nacido este.

—Ya han empezado —responde Iseabail mientras se sirve—. Una mujer de las cocinas examinó ayer mi vientre y anunció que será un niño porque aún conservo buen color.

—Eso demuestra que será una criatura extraordinaria —interviene Finn—. Ha conseguido darte buen color mágicamente.

Iseabail bebe para esconder la sonrisa.

—También me han asegurado que será niña porque duermo del lado izquierdo y que tendrá mucho cabello porque me apetece pescado.

—¿Te apetece pescado? —pregunta Torren.

—Desde que Finn ha decidido que me apetece, aparece en mi plato dos veces al día.

Finn parte un trozo de pan y lo deja junto a ella mientras continúa mirando a Torren.

—Estaba disponible.

—Ayer atravesaste medio Refugio para encontrarlo.

—Yo iba hacia las cocinas.

—Habías salido del patio.

—Cambié de opinión.

Torren observa el pan, después a Finn.

—También ha cambiado tres veces los bancos de sitio esta tarde.

—Estorbaban.

—Curiosamente, solo estorban aquellos en los que Iseabail no puede apoyar la espalda —señala Leigh.

Finn se lleva la copa a los labios con una indiferencia tan excesiva que Caitlin termina riéndose.

—No sé por qué os interesa tanto dónde coloco los bancos.

—A mí no me molesta —concede Iseabail—. Solo me divierte que creas que nadie se da cuenta.

—Nadie se había dado cuenta hasta que has empezado a explicarlo.

—Broen sí —lo contradice Darian.

Todas las miradas se vuelven hacia mí. Me encojo de hombros.

—Broen cuenta hasta las veces que respiramos —protesta Finn—. Su opinión no es válida.

Iseabail mantiene la sonrisa, aunque baja una mano hacia su vientre cuando el niño se mueve.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Leigh.

—Sí. Daena dice que los dos estamos bien. —Iseabail acaricia el lugar donde ha sentido la patada—. Aun así, tengo miedo. He atendido a demasiadas mujeres para creer que desear un hijo basta para que todo salga como esperamos.

La copa permanece inmóvil entre las manos de Finn.

—Conoces también a muchas que han sobrevivido —recuerda él.

—Las recuerdo. Y recuerdo a las otras.

Finn baja la vista. No intenta discutir, pedirle que deje de pensarlo ni ofrecer una certeza que ninguno posee.

—Quiero a este niño —continúa Iseabail—. Lo quise en cuanto supe que existía. Eso no impide que algunas noches despierte asustada por lo que tendrá que ocurrir para tenerlo en brazos.

—El miedo no significa que lo desees menos —dice Leigh—. A veces significa que sabes demasiado.

—Yo preferiría saber algo menos —suspira ella.

—Podemos pedirle a Torren que te explique cómo nacen —propone Finn—. Al terminar, ambos sabremos menos que antes.

Torren frunce el ceño.

—Sé perfectamente cómo nacen.

—Eso confirma mi argumento.

Iseabail se ríe y apoya la mano sobre la de Finn. Él gira los dedos debajo de los suyos, como si el gesto no mereciera interrumpir la conversación.

—Yo puedo vivir con tu miedo. Con lo que no pienso vivir es con que alguien me diga que perderte sería el precio que un hombre debe aceptar por tener descendencia.

Iseabail lo contempla durante unos instantes.

—No te corresponde decidir por cuál de los dos deben luchar si algo sale mal.

—Lo sé.

—Finn.

—Lo sé —repite, esta vez sin buscar refugio en una sonrisa—. A ti —admite—. Siempre a ti. A este niño aún estoy aprendiendo a quererlo. A ti te quiero desde hace demasiados años.

Ella aprieta los dedos alrededor de los suyos. La emoción le transforma el rostro. Se limita a acercar la mano de Finn hasta apoyar los nudillos contra su vientre y la mantiene allí.

—Entonces tendrás que quererlo deprisa. Da patadas como si tuviera intención de llegar enfadado.

—Es hijo tuyo. Llegará convencido de que todos los demás hemos cometido algún error que debe corregir.

—Y será hijo tuyo, así que sonreirá mientras nos lo explica.

Isleen se ríe, pero el sonido se apaga pronto. Nuestro hijo se ha quedado dormido contra su pecho y ella le pasa el pulgar por la frente, apartándole un mechón oscuro. Darian se acerca para recogerlo, aunque Isleen niega con la cabeza y lo conserva un rato más entre sus brazos.

—Las comadronas no piden a los maridos que escojan cuando una mujer empieza a sangrar. Yo… ni siquiera sabía que estaba embarazada cuando perdí al niño —dice.

Las conversaciones que aún subsisten alrededor de la mesa se extinguen. Darian se queda junto a ella, con una mano apoyada en el respaldo de su asiento.

—No lo deseaba entonces —prosigue Isleen—. Estaba huyendo, había perdido a mi padre y no sabía si alguna vez perdonaría a Darian. Si alguien me hubiera preguntado el día anterior, habría dicho que un hijo era lo último que necesitaba.

Darian baja los ojos hacia ella. Isleen apoya la mejilla un instante sobre la cabeza del mellizo.

—Después lo perdí y descubrí que podía dolerme alguien a quien no había tenido tiempo de querer.

Durante mucho tiempo me avergoncé de las dos cosas: de no haberlo deseado y de llorarlo después.

Parecía que debía escoger una sola verdad para que los demás pudieran entenderme.

O era una mala mujer porque no había celebrado el embarazo, o mentía al decir que su pérdida me había destrozado.

—No mentías —dice Darian.

—Claro que no. —Isleen busca su mano sobre el respaldo y tira de ella hasta depositársela en el hombro—.

No estamos obligadas a desearlo antes de que exista, amarlo desde el primer instante y soportar cualquier pérdida con la tristeza exacta que los demás juzgan decorosa.

Nadie admite que a veces el amor llega mezclado con miedo, con rabia o incluso con el deseo de que nuestra vida no cambie. Eso no lo vuelve menos amor.

Iseabail mantiene una mano sobre su vientre. Isleen repara en el gesto.

—Mi madre perdió varios hijos. Cada uno se llevó una parte de ella y quienes la rodeaban se limitaron a esperar el siguiente embarazo, como si otro niño pudiera devolverle los anteriores.

Acabaron hablando de mi madre únicamente por aquello que había parido o enterrado.

Cuando murió, ella era incapaz de recordar quién había sido antes. Desapareció.

Isleen levanta los ojos hacia Caelan.

—A mí cuando creí que lo había perdido todo, alguien me recordó que todavía me quedaba yo.

Él no hace ningún gesto para reclamar el recuerdo. Se limita a inclinar la cabeza.

Aithne recorre con la yema del dedo una de las letras trazadas por su hijo.

—Durante mucho tiempo yo también pensé que ser madre significaba entregarle a alguien la última parte de mí que aún me pertenecía.

La mandíbula de Caelan se tensa. Aithne apoya la mano sobre su rodilla y espera hasta que él la mira.

—A mi primer esposo le daba igual ser padre. Pero creía que el embarazo me volvería obediente y que después bastaría con amenazar a la criatura para retenerme.

Aithne mira a Caelan y le sonríe para traerlo de vuelta al lugar donde están sus hijos y no al hombre al que ya sobrevivieron.

—Quería arrebatarme la oportunidad de elegir —continúa ella, bajando la voz—. Mis hijos con Caelan, en cambio, han crecido sabiendo que su madre continúa siendo ella misma.

Caelan cubre su mano.

—Nunca dudarán de quién eres.

—Más les vale.

La respuesta provoca algunas sonrisas y el niño aprovecha para señalar otra letra que no consigue terminar. Aithne vuelve a inclinarse sobre él mientras Aileana recoge uno de los documentos que amenazaba con resbalar de sus rodillas.

—También podemos elegir no ser madres —dice—. Altair y yo no tendremos hijos.

Altair baja la mirada hacia su esposa, pero deja que continúe.

—No porque los deteste —añade Aileana, observando a Ailis dormida—.

Los niños son de las pocas personas que todavía no han aprendido a mentir con destreza.

Pero he visto demasiadas cosas que un adulto puede hacerle a una criatura.

He visto cómo las utilizan para castigar a sus madres, asegurar alianzas, cobrar deudas o continuar odios que comenzaron antes de que nacieran.

No deseo traer a alguien al mundo sabiendo que pasaré el resto de mi vida preguntándome por dónde intentará alcanzarlo la crueldad.