Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 34
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Capítulo 34

«Broen»

F inn se apoya a mi lado en la barandilla de la pasarela y contempla a Caitlin entre las mujeres con la atención satisfecha de quien lleva un buen rato esperando que yo admita algo que él ya ha decidido por su cuenta.

—Ha tardado menos de una tarde en averiguar quién manda aquí, quién cree que manda y a quién debe preguntar si quiere conocer la verdad —comenta mientras Caitlin inclina el cuerpo hacia Iseabail para escucharla por encima de las voces—.

También ha conseguido que Aileana le enseñe unos papeles, que Aithne le prometa llevarla mañana a las aulas y que Isleen la invite a Dùn Fergas.

Te advierto de que, si permanece otra semana, tal vez tengamos que pedirle autorización para sentarnos.

No respondo. Caitlin está sentada entre las mujeres, con nuestra hija dormida sobre el regazo. Tiene el cabello algo deshecho por las manos de los mellizos, las mejillas encendidas por el calor y esa manera suya de participar en una conversación con todo el cuerpo, incluso cuando permanece callada.

Isleen sostiene a nuestro hijo, que lleva un buen rato pasando de unos brazos a otros con una facilidad que su hermana no comparte. La niña abrió los ojos al llegar, estudió a cuantos intentaron acercarse y acabó escondiendo la cara contra mi cuello hasta que Caitlin se la llevó.

Ahora duerme sin importarle el ruido.

—No parece disgustada —añade Finn, y levanta la copa cuando Caitlin rompe a reír por algo que ha dicho Leigh—. Ailis, quiero decir. La niña lleva tu misma expresión desde que ha llegado.

—Está cansada.

—También se queda muy quieta antes de decidir que alguien no merece su atención. Darian ha intentado conquistarla durante media hora y ni siquiera ha conseguido que le sujete el dedo.

Miro hacia el lugar donde Darian permanece con los demás. No parece especialmente afectado por el fracaso, aunque pocas féminas han mostrado tanta indiferencia ante sus esfuerzos.

Kerran ya ha conseguido hacer llorar a nuestro hijo una vez sin tocarlo. Torren asegura que se debe a la barba, pese a que todos los hombres presentes llevan una, y Colum ha apartado discretamente una jarra antes de que el niño descubriera cómo volcarla desde los brazos de Isleen.

Nuestros hijos aún no saben quiénes son esos hombres.

Conocerán sus voces antes de comprender las historias.

Aprenderán que Finn se burla con mayor empeño de aquellos a quienes quiere cerca; que Darian puede infundir miedo a un hombre armado y dejar que un amigo le dé un puñetazo sin defenderse; que, cuanto más sonríe Kerran, más le duele aquello que intenta ocultar; que Colum parece el más razonable porque es el que mejor guarda sus secretos; que Torren sobrevivió a cuanto debía haberlo matado y regresó con más ganas de reír.

Tardarán algo más en acercarse a Altair porque es más distante, aunque sospecho que él lo agradecerá.

También conocerán a Caelan, aunque nunca del todo.

Sabrán que el Refugio existió antes de que ellos nacieran, cuando estos hombres necesitaban ocultarse bajo una montaña para seguir vivos, y que terminó convirtiéndose en un lugar al que regresan acompañados de quienes han elegido.

Caitlin levanta la cabeza y me encuentra al otro lado de la sala. Me sostiene la mirada con una sonrisa que no pide auxilio, aunque sé que al llegar temía encontrarse entre personas que ya poseían demasiados recuerdos míos.

Durante los días que llevamos en el Refugio ha comprendido que nadie espera de ella una explicación por los años que compartió con Sorley ni por el modo en que terminamos juntos. Aquí todos saben cuánto puede torcerse el camino antes de conducir a la persona correcta.

—Estás haciendo esa cosa tuya —dice Finn a mi lado.

Aparto los ojos de Caitlin.

—¿Cuál?

—Estás contando cabezas otra vez. Caitlin está bien, tus hijos continúan teniendo todas las extremidades y ninguno de nosotros ha desaparecido desde la última vez que nos miraste. Puedes descansar un momento, Broen. Te avisaremos si la situación cambia.

—Algunos seguís aquí por casualidad.

—La casualidad merece más reconocimiento del que suele recibir. —Finn bebe sin apartar la vista de Caitlin y añade, con una indiferencia demasiado estudiada—: ¿Ha llegado ya la dispensa?

Tardo lo suficiente en responder para que se vuelva hacia mí.

—No.

—Pensé que tal vez la hubieras recibido en Lewis y estuvieras reservando la noticia para sorprendernos.

—¿Desde cuándo reservo algo para sorprenderte?

—Desde nunca. Es una de tus muchas carencias. —Hace girar la copa entre los dedos antes de añadir—: ¿Cuánto hace que la solicitaste?

—El tiempo necesario para que ya debiera estar aquí.

—Aunque empiezo a sospechar que disfrutas esperando.

Lo miro.

Finn levanta una mano antes de que responda.

—Sé que no disfrutas. También sé que cada vez que alguien pronuncia la palabra dispensa adquieres esa expresión que lleva a los hombres sensatos a revisar dónde han dejado sus armas.

—Entonces deja de pronunciarla.

La solicitud salió de Lewis hace más de un año, acompañada por cuanto el padre consideró necesario para demostrar que Caitlin y yo podemos casarnos sin desafiar a Dios, a Roma ni a los muertos que todavía parecen conservar derechos sobre los vivos.

Hemos recibido noticias de lugares más lejanos, mercancías que han cruzado mares y hasta una carta de un hombre al que ninguno de los dos recordaba conocer. De la dispensa, nada.

Finn se vuelve de costado para estudiarme.

—Hay cierta ironía.

—No la hay.

—El hombre que se casó una vez porque creyó que era su deber ahora no puede casarse con la mujer que quiere porque alguien necesita decidir desde muy lejos si lo considera apropiado.

—Así es.

—Tiene cierta gracia.

—No.

—Un poco sí.

—Finn.

Aprieto la mandíbula. Finn guarda la sonrisa, quizá porque comprende que ha encontrado el lugar exacto donde la situación deja de irritarme y empieza a doler de una forma que no pienso explicarle.

He cumplido antes con lo que se esperaba de mí. Lo hice sin preguntar si aquello iba a darme una vida que deseara conservar, convencido de que el honor consistía en aceptar el lugar que me correspondía y permanecer en él.

Ahora amo a Caitlin. Tenemos dos hijos, gobernamos juntos en Lewis y nadie que nos vea necesita que un documento le explique qué somos. Sin embargo, el único matrimonio que he deseado depende de una respuesta que puede estar detenida en cualquier monasterio, puerto o escritorio entre aquí y Roma.

—Te está tocando las narices —concluye Finn.

—Tú me estás tocando las narices.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Apoya la copa en la barandilla y mira hacia los demás.

—Broen sigue esperando que la Iglesia le permita casarse.

La frase atraviesa la sala con una claridad innecesaria. Caitlin interrumpe la conversación y vuelve la cabeza. Kerran es el primero en reaccionar. Se reclina en el banco, apoya un brazo sobre el respaldo de Leigh y me observa con un interés que no augura nada bueno.

—¿Has probado a pedirlo con amabilidad?

—Dejamos que escribiera un sacerdote —responde Caitlin, conteniendo la sonrisa.

Kerran inclina la copa hacia ella.

—Una mujer previsora. Empiezo a comprender cómo Broen ha conseguido llegar casado hasta aquí sin estarlo todavía.

La sonrisa de Caitlin termina en carcajada.

—Te muestras muy satisfecho con los problemas ajenos cuando tienes los tuyos propios —comenta Leigh mientras vuelve a acomodarse contra el respaldo.

Una de sus hijas intenta subirse al banco empleando la pierna de Kerran como peldaño. Él la sujeta por la cintura, la alza sin interrumpir la conversación y la instala a su lado. La niña tarda apenas un instante en descubrir el cordón que le cierra la manga.

—Mi consejo ha desarrollado un interés excesivo por mi matrimonio —explica Kerran—. Gobernar las tierras, recaudar lo acordado y evitar que mis vecinos se maten entre sí ya no los mantiene bastante ocupados. Ahora necesitan saber qué ocurre en mi alcoba.

—Quieren un heredero varón —aclara Leigh—. Utilizan palabras más largas porque creen que así parecen menos entrometidos.

La pequeña tira del cordón y la manga de Kerran se abre hasta el antebrazo. Él baja los ojos hacia el destrozo, recupera el lazo y se lo entrega. Su hija lo recibe con el aplomo de quien acaba de ganar algo en buena lid.

—No comprendo su preocupación —interviene Caitlin—. La mayor de tus hijas lleva media tarde vigilando el paso del norte, esta acaba de desarmarte y la otra escucha detrás de Caelan sin que nadie haya reparado en ella. Argyll dispone ya de ejército, espía y sucesora.

Leigh se vuelve para localizar a la niña escondida junto a Caelan. Cuando la encuentra, una sonrisa le ilumina el rostro.

—No les des ideas.

—Yo pienso llevarlas a la próxima reunión —decide Kerran—. Si mis consejeros desean discutir su incapacidad para gobernar, tendrán que explicársela a ellas.

—La pequeña empezará por quitarles los cordones —advierte Caitlin.

—Será una mejora. Algunos visten con demasiada ostentación.

La risa de Leigh dura poco. Observa a sus hijas y acaricia el cabello de la que ocupa el banco.

—Con la primera esperaron hasta el bautismo para preguntarnos cuándo llegaría el varón. Con la segunda, ni siquiera dejaron pasar un mes. Después de la tercera, uno de ellos abordó a Kerran mientras yo aún guardaba cama.

—Ya no vuelve a preguntar —señala Kerran.

—Le rompiste la nariz.

—La puso en un lugar poco conveniente.

—Estaba unida a su cara.

—Eso dificultó evitarla.

Leigh niega con la cabeza, pero su mano busca la de Kerran sobre el banco y él cierra los dedos alrededor de los suyos.

—Yo quería a las tres —prosigue ella—. Eso es lo que me enfurece.

Durante el último embarazo llegué a desear un niño solo para que aquellos hombres nos dejaran en paz.

Después me sentía culpable cada vez que la criatura se movía.

Si era otra niña, yo ya estaba pidiéndole que naciera distinta para que ellos la consideraran suficiente.

—Querías dejar de ser examinada —apunta Aithne desde la mesa, donde su hijo practica letras con un trozo de carbón—. Es distinto.