Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—También porque he dormido junto a un hombre que huye de la cama cada vez que intento rozarlo. Si necesitas una tercera razón, tendrás que arrancármela mientras me tomas.

Algo cambia en sus ojos.

—Eso sí puedo hacerlo.

No me concede tiempo para responder. Recoge mis faldas hasta la cintura, me sujeta por debajo de los muslos y me alza para que pueda abrazarlo con las piernas.

Mi espalda vuelve a encontrar el gneis, aunque Broen interpone un brazo entre la roca y mi cuerpo antes de apretarme contra él.

Con la otra mano abre su ropa y, cuando lo siento libre entre nosotros, grueso, duro y tan impaciente como yo, no puedo evitar sonreír.

—Quizá sí estabas siendo modesto.

—Caitlin.

Me besa antes de alzarme un poco más, y la risa se me deshace en la boca cuando su cuerpo busca el mío.

Empujo las caderas y lo recibo de una vez.

El placer llega mezclado con una presión intensa que me obliga a aferrarme a él.

Broen apoya una mano junto a mi cabeza y la otra debajo de mi muslo, inmóvil durante el tiempo que tarda mi cuerpo en acostumbrarse a su tamaño.

Tiene los ojos cerrados, la mandíbula tensa y la respiración quebrada contra mi mejilla, como si mantenerse quieto le estuviera costando más que cualquiera de las peleas en las que lo he visto.

—Mírame —le pido, acariciándole el rostro hasta que levanta los párpados—. Estoy bien. Muévete.

Sale casi por completo y vuelve a hundirse con un impulso que me hace perder el aliento.

La piedra sostiene mi espalda; Broen sostiene todo lo demás.

Cada embestida me eleva ligeramente contra él y vuelve a hacerme descender sobre su sexo, profundo, grueso, arrancándome sonidos que el viento dispersa entre los monolitos.

Le muerdo el hombro para contener uno y él responde apretándome las nalgas, modificando el ángulo hasta que el placer se concentra con una violencia deliciosa dentro de mí.

—Necesitabas esto —murmura, enterrando la cara en mi cuello mientras acelera.

—Te necesitaba a ti.

Su risa se convierte en un gemido cuando contraigo el cuerpo a su alrededor.

Me besa sin encontrar bien mi boca, húmedo, torpe, desesperado, y durante unos instantes solo existen el choque de nuestras caderas, sus manos sujetándome y la felicidad feroz de saber que este hombre acaba de ofrecerme su vida entera y todavía parece necesitar entregarme más.

El placer va acumulándose muy dentro, alimentado cada vez que vuelve a hundirse en mí hasta que me arqueo entre sus brazos y escondo el grito contra su garganta.

Me sostiene mientras tiemblo, continúa moviéndose con golpes cada vez menos regulares y termina con un gruñido ahogado, hundido por completo, el rostro pegado al mío y todo su cuerpo estremeciéndose entre mis piernas.

Permanecemos abrazados hasta que recupero aire suficiente para hablar. Broen todavía me sostiene contra la piedra, reacio a separarse, y yo le acaricio el cabello mientras contemplo por encima de su hombro las hileras oscuras.

—He olvidado contarte otra leyenda.

Él alza la cabeza con una desconfianza fatigada.

—También se dice que las hadas de estas piedras duplican aquello que una mujer trae en el vientre. Por eso las embarazadas evitan estas piedras.

Broen se queda absolutamente quieto dentro de mí.

—Creía que lo que temían era que se encapricharan con los niños. Acabas de inventártelo.

—Supongo que tendremos que esperar para comprobarlo.

Me mira, luego baja los ojos hacia mi vientre y vuelve a contemplarme con una alarma tan impropia de él que empiezo a reírme.

Me besa para hacerme callar, aunque la sonrisa termina traicionándolo contra mis labios.

—Uno —dictamina—. Empezaremos por uno.

—Entonces quizá deberías sacarla antes de que las hadas interpreten que estás insistiendo.

Esta vez se ríe de verdad, todavía dentro de mí, y su risa se pierde entre las piedras mientras vuelve a besarme.

Lo abrazo con más fuerza, acaricio el cabello que el viento ha vuelto a desordenar y lo miro de cerca, con el pecho aún agitado contra el mío.

Mi Broen.

Tan grande que podría imponerse por la fuerza y tan tranquilo que nunca la necesita. Valiente sin alardes, paciente incluso con las heridas que no sabe nombrar, silencioso porque ha aprendido a soportar lo insoportable sin cargar a nadie con su peso.

Le han arrebatado una familia, un hogar, un nombre y demasiados años, pero no han conseguido arrebatarle la bondad.

Sigue siendo capaz de regresar, de cuidar, de amar a nuestra gente, de recibir a este hijo con una ternura que a veces parece asustarlo más que cualquier enemigo y de sostenerme sin pedirme que me haga pequeña entre sus brazos.

Apoyo la frente en la suya, con su corazón latiendo contra mi pecho y las piedras antiguas guardando nuestra risa.

Durante diecisiete años creí que la felicidad consistiría en dejar de tener miedo.

Broen me ha enseñado que es mucho más.

Es poder reír así, desear sin vergüenza, descansar sin mantener una parte de mí alerta.

Broen es la libertad de ser todo lo que soy, escoger mis propios pasos y equivocarme con la certeza de que nada de eso hará que me ame menos.