Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Se me encoge el pecho. Aparto los ojos hacia las piedras, incapaz de recibir todo eso mientras él me observa, pero Broen espera hasta que vuelvo a mirarlo.

—Podrías haberte vuelto cruel, Caitlin. Habrías tenido razones.

Podrías haber utilizado cuanto sufriste para castigar a esta gente por las veces que te dejaron sola.

En vez de eso, aprendiste sus nombres, sus cosechas, sus rencores y hasta la cantidad de harina que cada familia necesitaba para llegar a la primavera.

Te adaptaste a una vida que otros escogieron para ti, pero nunca te volviste pequeña para caber dentro de ella, aunque te empujaran a ello.

Eres la mejor de los Morrison, aunque nacieras lejos de Lewis.

La mejor persona que ha vivido bajo nuestro techo y la mujer más extraordinaria que he conocido.

La garganta empieza a dolerme. Broen me acaricia la mejilla con los dedos, sin borrar con el gesto la fuerza de lo que está diciendo.

—Me amas —susurro, porque necesito encontrar una explicación que haga soportable todo lo que está depositando en mis manos.

—Te amo, pero no te admiro porque te ame.

Te amo por lo que eres —replica, y la sencillez de la frase me deja sin la defensa que estaba intentando levantar—.

Amo tu cabeza y la manera en que descubres aquello que los demás preferirían ocultar.

Amo tu risa, especialmente cuando sabes que deberías contenerla y decides que no merece la pena.

Amo que seas generosa sin convertir tu bondad en una exhibición.

Amo a la mujer que recuerda cada agravio y aun así encuentra espacio para perdonar.

También amo a la que me mira mientras camino y luego asegura que solo estaba examinando una mancha de pescado.

La risa se me rompe entre los labios y acaba convertida en llanto. Broen recoge con el pulgar la humedad que ya me alcanza la mejilla.

—Yo regresé creyendo que tendría que salvarte —continúa, más cerca—.

Tardé muy poco en comprender que llevabas años salvando a los Morrison.

Ellos ya eran tuyos antes de saber si volverían a aceptarme a mí.

Si hoy puedo llamarme su laird es porque tú mantuviste vivo el clan al que he regresado.

Y si algún día llego a ser el hombre que esperan, será porque tengo a mi lado a la mujer que siempre supo lo que necesitaban.

—Broen…

—Déjame terminar. He callado demasiadas cosas contigo y ya no pienso volver a hacerlo.

Quiero despertar contigo, discutir contigo, criar a nuestros hijos oyéndote contarles versiones ofensivas de todas las leyendas de Lewis y envejecer hasta que necesitemos apoyarnos en estas piedras para llegar al centro.

Te amo más de lo que sabía que un hombre podía amar.

Lo beso antes de que pueda decir nada más. Le sujeto el jubón húmedo con ambas manos y tiro de él, cegada por las lágrimas, por la risa que todavía me tiembla en el pecho y por un deseo tan unido a la felicidad que ya no consigo separarlos.

Broen me recibe con un sonido ronco, hunde una mano en mi cabello y me estrecha contra su cuerpo. La piedra está fría a mi espalda, pero él conserva el calor de la jornada bajo la ropa húmeda.

Su boca se abre sobre la mía con una ternura que no disminuye el hambre, sino que la vuelve más honda, más íntima, mientras mis dedos se aferran a sus hombros y todo cuanto acaba de decirme empieza a transformarse en deseo.

La mano que tiene en mi cintura desciende por la cadera y empieza a recogerme la falda. La lana arrastra las enaguas y el aire se cuela entre mis piernas un instante antes de que sus dedos alcancen la piel desnuda de mi muslo.

Yo me muestro dispuesta a ayudarlo a levantar todo aquello si es necesario, pero de pronto se detiene.

Continúa apretado contra mí. Noto su erección contra el vientre, dura y nada inclinada a compartir las dudas que acaban de inmovilizar el resto de su cuerpo. Broen baja los ojos hacia el lugar donde crece nuestro hijo y frunce el ceño.

—¿Y si le hago daño?

Tardo unos segundos en comprenderlo. Después recuerdo las noches durante las que se ha acostado junto a mí con una disciplina impropia de un hombre que antes encontraba razones para tocarme incluso dormido.

Los besos interrumpidos, las manos que se apartaban en cuanto yo empezaba a responder y aquella sospechosa costumbre de levantarse antes del amanecer que yo pensaba que estaba relacionada con la falta de dispensa eclesiástica.

—¿Por eso llevas días conteniéndote? —pregunto, rodeándole el cuello para que no se le ocurra alejarse—. Creía que habías descubierto alguna vocación nueva y estabas decidido a hacernos sufrir a los dos con ella.

Broen no se distrae. Conserva una mano bajo mis faldas y la otra sobre mi cintura, aunque contempla mi vientre con una preocupación que empieza a enternecerme y amenaza con desesperarme.

—Soy grande.

—Sí, lo eres —admito—. Pensaba que habías tardado tanto en mencionarlo por modestia.

—Caitlin.

—No voy a negarlo ahora que pareces necesitar consuelo. Eres un hombre excepcionalmente grande, Broen. Puedes sentirte satisfecho.

—No estoy satisfecho. Estoy preocupado.

—Una cosa no impide la otra.

Su boca se mueve contra mi sien. No llega a sonreír, pero está cerca, y aprovecho esa pequeña rendija para tomarle el rostro entre las manos.

—Nuestro hijo está protegido dentro de mí. No vas a alcanzarlo con eso, por considerable que sea y por muy orgulloso que estés de haberlo traído a la conversación. Si los hombres pudieran dañar así a un niño, las mujeres pasaríamos medio embarazo apartando a nuestros maridos con un palo.

—No estoy orgulloso.

—Claro que no. Solo has considerado indispensable recordarme tus dimensiones mientras lo tienes apretado contra mí.

Esta vez sí lo noto reír sobre mi boca, apenas una exhalación que desaparece cuando muevo las caderas y me froto deliberadamente contra él. Sus dedos se cierran alrededor de mi muslo.

—Necesito sentirte dentro después de todo lo que acabas de decirme —murmuro, besándole la mandíbula—. Te necesito a ti.

Broen vuelve el rostro y encuentra mis labios.

—¿Solo por eso?

La pregunta llega cargada con una provocación que reconozco y que llevaba demasiados días echando de menos.