Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 33
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Capítulo 33

«Caitlin»

A bandonamos Arnol cuando ya solo quedan en la playa quienes se encargarán de cubrir los barriles y apagar los fuegos.

Beathag regresa con las demás mujeres, satisfecha después de haber organizado a medio poblado sin reconocer en ningún momento que estaba dando órdenes, y el padre Seumas parte hacia la pequeña iglesia con una cesta de arenques que alguien le ha entregado para la cena.

Antes de marcharse, vuelve a mirar a Broen. Sospecho que espera oírlo llamarme esposa otra vez para tener un motivo nuevo de preocupación, pero Broen está ocupado retirándose una escama del tartán y el sacerdote tiene que conformarse con fruncirle el ceño desde lejos.

El aire se vuelve más frío al dejar atrás la costa y el ruido de la jornada se apaga hasta quedar reducido al viento.

Aún llevo sal en las mangas y una mancha de sangre de pescado cerca de la cadera.

Broen presenta peor aspecto. El agua le ha oscurecido el cabello, tiene el jubón empapado a la altura del hombro y alguien ha debido de apoyarle una mano ensangrentada en la espalda.

La huella se distingue entera, con los cinco dedos abiertos sobre el cuero.

Procuro aguantarme hasta que vuelve la cabeza y me descubre contemplándolo.

—Antes de que preguntes, no estoy admirando tu cuerpo —aclaro, inclinándome para ver mejor la marca—.

Alguien te ha dejado una mano en la espalda.

Es bastante grande y está demasiado alta para pertenecer a Beathag, de manera que quizá debas empezar a preguntarte qué pescador de Arnol ha aprovechado la confusión para reclamarte.

Broen intenta girarse para verla, aunque no lo logra. Termina llevándose la mano hacia atrás y palpando la tela sin encontrar la mancha.

—Después de pasar la tarde agarrando cabos, cargando barriles y recibiendo órdenes de hombres que parecían incapaces de recordar que soy el laird, me decepcionaría descubrir que lo único que han deseado de mí era la espalda —responde, observándose los dedos cuando vuelve a llevarlos delante—.

Aunque admito que la oferta mejora ciertas conversaciones que he mantenido con el consejo.

La seriedad con que lo dice me hace reír.

Afloja el paso y deja que lo alcance.

Hay algo desacostumbrado en su rostro, una soltura que no procede únicamente de la buena pesca.

Esta mañana lo han obedecido, contradicho y mandado apartarse cuando estorbaba. Una anciana le ha lanzado un paño a la cara porque salpicaba demasiado al vaciar los cubos.

Dos muchachos han discutido delante de él por quién debía sujetar una red sin reparar en que interrumpían al jefe de los Morrison.

Nadie ha vigilado su humor antes de hablar.

—Se han reído de ti varias veces y pareces satisfecho —observo mientras salto para evitar un surco lleno de agua.

—Un hombre que no soporta que se rían de él obliga a los demás a reírse cuando no está delante.

Prefiero oírlos y saber qué he hecho para merecerlo —dice, frotándose el antebrazo, donde la lana se ha secado rígida por la sal—.

Además, llevaban semanas hablando en voz baja, incluso cuando tenían hambre o necesitaban algo.

Si verme cubierto de escamas les recuerda que pueden abrir la boca sin preguntarse primero cuánto va a costarles, estoy dispuesto a perder cierta grandeza.

—No creo que hayas perdido grandeza. Has estado muy imponente cuando se te ha caído un arenque dentro de la bota —replico, y la mirada que me lanza contiene una advertencia inútil porque ambos sabemos que pienso conservar el recuerdo—.

De hecho, me parece el momento exacto en que los Morrison han decidido aceptarte.

Un laird que saca un pescado del calzado y continúa trabajando les resultará más difícil de temer que uno sentado en una silla alta.

Broen inclina la cabeza y el cabello húmedo le cae sobre la frente. Esta vez no disimula la risa.

Seguimos andando hasta que el círculo de piedras se alza sobre la extensión abierta.

Cuanto más nos acercamos, menos parecen un círculo.

Desde el sendero se adivina una forma ordenada; al entrar en la larga avenida, las piedras dejan de obedecer a la mirada y empiezan a levantarse a ambos lados con alturas distintas, estrechas algunas, anchas y torcidas otras, veteadas de gris, blanco y negro.

La turba ha trepado por sus bases hasta hacerlas parecer nacidas del terreno.

El viento pasa entre ellas y cambia de voz según el espacio que encuentra.

Silba en los huecos angostos, se vuelve un soplo grave alrededor de las más grandes y agita la hierba con un murmullo que nos acompaña hacia el centro.

Siempre he pensado que las piedras de Calanais se resisten a ser contempladas desde fuera.

Hay que entrar, permitir que las hileras se cierren a la espalda y que la piedra central vaya elevándose hasta tapar parte del cielo.

Entonces se comprende por qué nadie en Lewis acepta que unos hombres corrientes pudieran alzarlas.

Podemos construir fortalezas, arrastrar barcos fuera del agua y levantar paredes capaces de aguantar dos siglos de temporales, pero estas rocas pertenecen a un tiempo del que ni siquiera conservamos nombres.

Ante ellas, hasta la vanidad de nuestros lairds parece reciente.

Broen se detiene junto a la primera. Apoya la palma sobre la superficie y levanta la vista, siguiendo la roca hasta su extremo. Su mano parece pequeña contra ella. Nunca había pensado que pudiera parecerlo sobre nada.

—La anciana que me crió decía que eran gigantes —cuenta cuando me acerco—. Se negaron a inclinarse ante un santo y quedaron convertidos en piedra. Finn asegura que eso demuestra que los hombres de Lewis siempre hemos preferido sufrir consecuencias terribles antes que obedecer una orden.

—Finn utilizaría una ejecución como argumento a favor de su carácter.

—Y conseguiría que el verdugo se sintiera culpable por interrumpirlo —concede Broen, pasando el pulgar por una veta blanquecina—.

De niño creía que recobrarían su cuerpo durante la noche.

Una vez vine con Sorley para comprobarlo.

Nos escondimos detrás de aquella piedra y esperamos hasta que él empezó a decir que los gigantes solo se movían cuando nadie estaba mirando.

Señala una roca baja situada cerca del círculo. No hay tristeza en su rostro. Apenas la sombra de un recuerdo antiguo que ya no reclama nada de nosotros.

—Una teoría muy conveniente cuando llevas horas pasando frío.

—Era peor. Me obligaba a cerrar los ojos y después aseguraba que uno había cambiado de postura. Terminamos discutiendo tan alto que mi padre nos encontraba antes de que ninguno pudiera regresar al castillo sin admitir que nos habíamos escapado.

—¿Se movieron?

Broen abandona la piedra y se acerca a mí.

—No. Aunque uno de ellos una vez parecía más inclinado al amanecer. Durante mucho tiempo sospeché que se estaba burlando.

—He oído varias versiones desde que llegué a Lewis. En una eran paganos, en otra habían construido aquí sus casas y el santo los castigó por cerrarle la puerta. El antiguo párroco de los Morrison se indignó cuando le pregunté por qué ninguna historia explica qué hacía un santo petrificando gente.

Broen vuelve la cabeza hacia mí. El cabello húmedo se le ha secado de cualquier manera.

—¿Qué más le preguntaste?

—Quería saber por qué, después de convertirlos en piedra, los dejó colocados con tanto cuidado. Hasta la cólera de los santos parece necesitar cierta simetría.

Su risa queda atrapada entre las rocas. Al llegar a la piedra central, él levanta la vista. El monolito se alza por encima de nosotros, ancho e irregular, con el extremo recortado contra un cielo que empieza a perder claridad.

—Existe otra historia —prosigue—. Al amanecer del día más largo, una criatura luminosa recorre la avenida. El cuco anuncia su llegada y quien consiga permanecer aquí en completo silencio puede verla pasar entre las piedras.

—¿Por qué iba nadie a guardar silencio ante la posibilidad de discutir con una criatura sobrenatural hasta averiguar qué pretende?

Broen sonríe y tira con suavidad de mi mano hasta colocarme frente a él.

Tengo la piedra central a la espalda y su cuerpo delante, cerca, todavía húmedo por la jornada.

Una hebra de cabello oscuro le cruza la frente.

Al alzar la mano para apartársela, él me sujeta la muñeca y vuelve la cara para besarme la palma.

—Eso es lo que haces —murmura.

—¿Interrogar apariciones?

—Preguntar lo que nadie quiere responder.

El tono ha cambiado. Conserva la calidez de hace un instante, aunque ahora hay algo más en su manera de contemplarme, una emoción sin defensa que me obliga a quedarme quieta. Broen baja mi mano, pero no la suelta.

—Cuando regresé, todos hablaban de ti sin pronunciar tu nombre.

Había grano porque tú habías revisado los almacenes.

Las viudas recibían leña porque tú habías averiguado cuáles no podían cortarla.

Los hombres del consejo creían haber tomado decisiones que llevaban semanas repitiendo con tus mismas palabras.

Incluso quienes desconfiaban de ti acudían a buscarte cuando enfermaba un niño, faltaba comida o una familia necesitaba que alguien se sentara a escucharla.

Quiero responder, quitar importancia a todo aquello antes de que la emoción me haga sentir expuesta, pero Broen desliza una mano alrededor de mi cintura y me acerca.

—Hice cuanto pude —murmuro—. Tampoco era siempre suficiente.

—Jamás te pedían solo cuanto podías dar.

Te exigían que sostuvieras un lugar que no te permitían gobernar y después actuaban como si el pan hubiera aparecido solo, como si las cuentas se corrigieran durante la noche y las disputas se resolvieran porque los hombres terminaban cansándose de oírse.

Tú sabías quién había perdido una vaca, qué tejado no soportaría otro invierno y qué anciano ocultaba el hambre para que comieran sus nietos.

Lo sabías porque mirabas. Porque preguntabas.

Porque seguías preocupándote incluso cuando nadie se preocupaba por ti.