Capítulo 32
«Caitlin»
E l padre Seumas deja el correo sobre la mesa y mantiene dos dedos encima, quizá por temor a que Broen intente encontrar la dispensa sacudiéndolo.
—No ha llegado —anuncia.
—Eso había entendido —responde Broen desde el otro lado de la mesa—. Sueles mostrar menos cautela cuando traes buenas noticias.
El sacerdote le dirige una mirada fatigada.
La petición salió de Ardroil pocos días después de nuestra partida y nadie sensato esperaría aún una respuesta, pero Broen ha convertido la demora en una ofensa personal de la Iglesia.
Yo empiezo a sospechar que lo hace porque disfruta viendo al padre Seumas buscar maneras distintas de explicarle el mismo impedimento.
Lo observo discutir con el sacerdote y todavía puedo ver la inmovilidad de su rostro cuando anuncié su paternidad delante de los tres clanes.
Al hacerlo también mostré a sus enemigos dónde herirlo. Broen ha respondido ocupando su sitio con una obstinación casi ofensiva.
Se acuesta a mi lado y, antes de abrir los ojos al amanecer, extiende la mano sobre mi vientre, como si todavía esperara que alguno de los dos pudiera desaparecer durante la noche.
Verlo ahora frente al padre Seumas, dispuesto a pelear también con la Iglesia, transforma parte del miedo en una alegría que me cuesta llevar con discreción.
—Estas cosas requieren tiempo. Vuestro caso debe llegar a manos de quienes puedan autorizar una dispensa por afinidad.
—Sorley necesitó menos tiempo para casarse con ella.
—Sorley no era hermano de su difunto esposo.
—Una ventaja difícil de discutir —apunto, y el sacerdote vuelve hacia mí esa expresión que reserva para las personas cuya salvación empieza a considerar un trabajo excesivo.
Broen toma el pliego, lee las primeras líneas y lo deja de nuevo en la mesa.
—Caitlin me acepta como esposo. Yo la acepto como esposa. La ley reconoce el consentimiento de ambos.
—Siempre que no exista impedimento.
—El impedimento está enterrado.
El padre Seumas inspira despacio mientras yo apoyo los codos sobre la madera. Esta conversación podría prolongarse hasta que el hijo que llevo dentro alcance edad suficiente para participar en ella.
—Entretanto —prosigue el sacerdote—, la Iglesia espera que viváis separados y no en pecado.
Broen le mira impertérrito.
—Tú puedes llamarlo vivir en pecado si te entretiene. Yo vivo con mi mujer.
La risa me sorprende con la boca cerrada y termina escapando por la nariz. El padre Seumas aparta el pliego de su alcance antes de que también decida corregirlo.
—La Iglesia no comparte esa interpretación.
—La Iglesia puede enviar su objeción junto con la dispensa. Nadie va a apartar a Caitlin de mi cama mientras llega.
—No necesito conocer tantos detalles —murmura el sacerdote.
—Entonces no impongas condiciones.
Le pongo una mano a Broen en el antebrazo, aunque ya es tarde para salvar lo que queda del pudor eclesiástico.
—¿El pliego trae algo más?
El padre Seumas agradece el cambio con un movimiento de cabeza.
Niall continúa retenido en Ardroil por orden de Domhnall mientras concluyen las primeras declaraciones.
Sus hombres permanecen separados y los MacLeod deberán decidir qué hacen con ellos cuando escuchen cuanto ocurrió en su propia casa, además de los testimonios relativos a Sorley y Torcuil.
Nadie ha pronunciado todavía una condena, ni podría hacerlo con justicia después de tan pocos días.
También confirma que los principales MacLeod han reconocido a Broen conforme a la voluntad de Roderick.
Algunos se resisten.
El sacerdote afirma que unos temen quedar sometidos a los Morrison y otros parecen considerar cualquier acuerdo una enfermedad del juicio, pero ninguno ha logrado negar el testamento.
En cuanto a la acusación contra mí, he quedado absuelta por completo.
Siempre habrá quienes duden o murmuren a mis espaldas y quienes continúen convencidos de mi culpabilidad, porque nada conseguirá arrancarles lo que se han empeñado en creer.
—Discutirán durante meses —concluye Broen, sin especial inquietud—. Mientras lo hagan con palabras, pueden emplear todas las que conozcan.
Los Cuervos partieron de Dùn Mhoireasdan hace tres mañanas, después de acompañarnos desde Ardroil y comprobar que ningún Morrison pensaba aprovechar nuestro regreso para ensayar una nueva traición.
Todavía encuentro rastros de su paso por todas partes.
Una muesca reciente en el banco donde Finn perdió una apuesta con Torren, una jarra que Colum dejó apartada porque alguien había astillado el borde y el cordel con el que Altair consiguió colgar las botas de Darian sobre la puerta del establo.
Broen no ha dicho que los echa de menos.
Tampoco ha permitido que nadie retire aún el cordel.
La campana empieza a sonar antes de que el padre Seumas recoja el pliego.
El primer golpe hace vibrar las contraventanas. Al segundo llegan voces desde el patio y, cuando suena el tercero, Broen ya está junto a la ventana. Me levanto con tanta rapidez que la silla araña las losas.
—Las barcas —dice él.
La puerta se abre y Beathag entra sin llamar, con las mangas recogidas y varios mechones escapados de la trenza.
—El banco de arenques ha llegado a Arnol. Están entrando las primeras embarcaciones.
Durante un instante nadie se mueve. Hemos aguardado tanto tiempo esta noticia que escucharla produce desconcierto antes que alegría.
Cada jornada de retraso ha vaciado otro recipiente de grano, reducido otra ración y obligado a Broen a calcular cuánto podía quitarse de una mesa sin dejar a quienes se sentaban alrededor demasiado débiles para trabajar.
La campana vuelve a golpear.
Entonces echamos a correr.
En el patio, hombres y mujeres cruzan en todas direcciones con cestas, cuchillos, cubos y tablones.
Una niña arrastra una espuerta casi tan grande como ella hasta que su madre la levanta por un asa y un muchacho aparece para hacerse cargo de la otra.
Desde las viviendas próximas llegan más personas, algunas todavía ajustándose mantos y cofias mientras avanzan.
Nadie pregunta quién ha dado la orden. El sonido de la campana basta.
Broen toma dos cestas apiladas junto al muro y me entrega la más pequeña.
—Puedo llevar la grande.
—Lo sé.
—Entonces dame la grande.
—No.
Beathag se apodera de ella antes de que nuestra discusión nos retrase.
—Si necesitáis pelear, hacedlo mientras camináis. Los peces no van a destriparse por respeto a vuestro matrimonio sin dispensa.
El padre Seumas sale detrás de nosotros.
—No deberíais llamarlo matrimonio.
Beathag ni siquiera vuelve la cabeza.
—Díselo a él.
El sacerdote observa la espalda de Broen, la espada a su costado y los dos sacos de sal que transporta como si estuvieran vacíos.
Su sensatez parece aconsejarle paciencia.
El aire corta la cara al dejar atrás las últimas casas, cargado de turba, sal y un olor a pescado que aumenta al acercarnos a la orilla.
El terreno húmedo cede bajo los zapatos.
Tengo que recogerme la falda con una mano para bajar con rapidez, aunque Broen reduce el paso en las partes más resbaladizas sin cometer el error de ofrecerme ayuda.
Desde que sabe que llevo a su hijo oscila entre vigilar cada piedra y recordar que amenacé con arrojarle una si volvía a preguntarme si estaba cansada.
Al coronar la última pendiente veo las barcas.
Las aves se agitan sobre ellas en una nube blanca y gris. Los remos se hunden deprisa, las redes cargadas cuelgan por las bordas y el mar reluce alrededor de los cascos con destellos que aparecen y desaparecen entre la espuma. En la playa espera ya medio Arnol.
Algunos hombres se meten en el agua para recibir las embarcaciones; otros preparan cabos y despejan un espacio sobre los guijarros. Las mujeres colocan tablas sobre caballetes, distribuyen los cuchillos y abren los recipientes de sal que Broen ha obligado a racionar durante días.
Una mujer que está a mi lado se cubre la boca con los dedos.
—Creí que este invierno no vendrían.
Su voz contiene demasiado cansancio para que la frase sea una simple observación. El banco no puede reparar todos los errores de Sorley, pero llenará barriles, aliviará las cocinas y permitirá que la primavera nos encuentre con algo más que simiente y esperanza.
La primera quilla roza el fondo. Tres hombres saltan al agua y los demás tiran de la embarcación hasta hacerla avanzar sobre las piedras. El clamor se extiende por la playa cuando levantan la red. Los arenques caen dentro de las cestas en una avalancha de lomos plateados, colas, agua y escamas.
A partir de ahí, nadie conserva tiempo para celebrar.
Beathag me conduce hasta una de las mesas.
A nuestro alrededor se forma una cadena sin que nadie tenga que organizarla en voz alta.
Los pescadores descargan la captura; los muchachos llevan las cestas; varias mujeres abren los vientres con cortes rápidos y entregan el pescado a quienes lo acomodan con sal.
Los restos caen en cubos aparte, las manos se cubren de sangre y escamas, y el aire se llena del golpe de los cuchillos contra la madera, el roce de los barriles y las voces que reclaman más recipientes.
—Tú salas —decide Beathag, poniendo un cuenco delante de mí—. Así Broen podrá seguir creyendo que te ha protegido de algo.
—Me ha dejado cargar una cesta.
—Pequeña —señala él al pasar detrás de nosotras con otra rebosante.
Cojo un puñado de sal y lo reparto sobre la primera capa de arenques.
—No te acostumbres a esta obediencia.
—Ni siquiera la he reconocido.
Beathag suelta una risa y hunde el cuchillo en el siguiente pescado. Broen deja la cesta a mis pies y se marcha hacia el agua, donde un pescador le grita que agarre un cabo.
Su condición de laird no lo mantiene al margen del trabajo. Broen se ocupa de las tareas más pesadas antes de que los demás puedan adelantarse. Al poco rato tiene las botas empapadas, el tartán recogido y una escama adherida a la barba, cerca de la mandíbula.
Las cestas continúan llegando. La sal penetra pronto en los pequeños cortes de mis dedos, el cabello se me pega a las sienes y los brazos comienzan a dolerme, pero nadie afloja. Hemos pasado demasiadas noches preguntándonos cuánto quedaba en los almacenes para desperdiciar un solo pez.
Cuando Broen regresa, se inclina a recoger un barril vacío junto a nuestra mesa. Aprovecho que tiene la cabeza a mi alcance, tomo una pizca de sal y la dejo caer sobre su cabello.
Él se queda inmóvil, todavía agachado.
—Caitlin.
—Temía que te estropearas antes de que llegue la dispensa.
Beathag vuelve la cara, aunque sus hombros revelan la risa que intenta contener. Broen se incorpora despacio y se sacude el pelo hacia mí. Varios cristales de sal y dos escamas húmedas caen sobre mi vestido.
—Ahora duraremos lo mismo —replica.
La carcajada me sale ligera, alta y libre y algo cambia alrededor. Una mujer se ríe con nosotros, después lo hace uno de los pescadores, y durante unos momentos el cansancio acumulado pierde terreno frente al alivio.
—Esa criatura ha traído esta abundancia de peces —declara una anciana mientras coloca otro arenque en el barril—. Aún no abulta el vestido y ya se ocupa de que comamos.
—Entonces posee más juicio que el anterior laird —murmura alguien al otro extremo de la mesa.
Las risas disminuyen, pero no desaparecen. Broen me busca con los ojos antes de responder.
—El mérito es del niño hasta que haya que limpiar las redes —dictamina—. Entonces será de los pescadores.
—Ya habla como un laird —se queja Beathag—. Reparte honores después del trabajo.
La anciana resopla y arroja otra capa de sal.
Dejad que atribuya el mérito a su hijo. Bastante suerte nos ha traído ya.
Nadie pregunta si el hijo pertenece a Sorley o a Broen. Nadie menciona la dispensa, el testamento ni los reparos de los MacLeod. En aquella playa, entre el olor penetrante del pescado y el escozor de la sal, la cuestión parece mucho más sencilla.
Broen trabaja junto a su gente, yo ocupo mi lugar a su lado y el niño que aún no altera la caída de mi vestido pertenece al porvenir que todos necesitan imaginar.
Broen roza mis dedos con los suyos antes de levantar el barril. Apenas dura un instante, pero alcanza para que vuelva a mirarlo.
—Mi esposa —dice, señalando la sal que falta— está dejando ese lado sin cubrir.
El padre Seumas, ocupado varios pasos más allá con una cesta, levanta la cabeza. Abre la boca, contempla a la gente que trabaja alrededor de nosotros y termina entregando el pescado a la mujer que se lo reclama.
Yo añado otra capa de sal.
—Mi esposo —respondo— debería recordar que todavía tengo sal en la mano.