Capítulo 31 #2
Me pongo en pie con tanta brusquedad que el banco retrocede sobre la piedra. Varias manos se mueven a mi alrededor, pero mi voz sale antes de que nadie logre acercarse.
—¡Sorley murió sin heredero! —grito, mirando a Niall—. El hijo que llevo es de Broen.
Mi voz deja de pertenecerme en cuanto atraviesa la sala. La oigo golpear la piedra, las vigas, los rostros de los hombres que hace apenas unos instantes discutían sobre mi criatura como si ya pudieran repartirle tierras, lealtades y enemigos.
Después llega el silencio.
Broen me mira como si detrás de mi confesión acabara de oír el silencio de aquella otra mañana.
El dolor que Niall ha ido arrancándole desaparece bajo una expresión que conozco peor. Sus ojos me miran con una incredulidad tan desnuda que por un momento olvido a todos los demás.
He imaginado muchas veces cómo sería decirlo. En ninguna de ellas había tres clanes escuchando, un hombre detenido sonriendo junto a la mesa y media docena de guerreros preparados para impedir que alguien sacara una espada.
Broen da un paso hacia mí.
—¿Qué acabas de decir? —pregunta Tormod.
—Habéis oído perfectamente —respondo. La voz me tiembla un poco, lo cual me irrita porque ya he hecho la parte verdaderamente estúpida y esperaba que, después de eso, mi cuerpo colaborase—. El hijo que espero es de Broen.
Las protestas estallan. Unos hablan de engaño, otros del derecho de Sorley y alguno exige saber desde cuándo lo sé, una pregunta extraordinaria teniendo en cuenta que aún no he encontrado la manera de quedarme embarazada sin enterarme.
Broen llega hasta mí mientras Domhnall golpea el bastón contra el suelo.
Cruza la sala en unas pocas zancadas y se interpone antes de que el primero de los hombres abandone su banco.
Me hace retroceder con el antebrazo hasta dejarme a su espalda y planta los pies frente a los demás.
Quien quiera tocarme tendrá que pasar por él.
Niall se ríe.
—Entonces acabas de confesar que mentiste sobre el heredero de Sorley.
—Sí. Resulta incómodo descubrir que la mujer a la que intentabas colgar ha preferido seguir viva.
Su sonrisa se endurece.
—O quizá ya esperabas al hijo de Broen cuando murió tu marido.
—Cuando aseguré que estaba embarazada, Broen todavía no había regresado a Lewis —replico—. Comprendo que acabas de perder el mando, pero confiaba en que conservaras la capacidad de contar.
Algunas voces se apagan. Broen se detiene a mi lado, tan cerca que la lana de su manga roza la mía. No se coloca delante ni intenta apartarme, aunque noto en la tensión de su cuerpo cuánto le cuesta permitir que continúe.
—Inventó el embarazo para evitar la horca —dice—. Yo descubrí la mentira después de llegar.
Niall vuelve la cabeza hacia él.
—Y decidiste sostenerla mientras gobernabas a los Morrison y juzgabas la muerte de tu hermano. Qué noble manera de conseguir a su viuda.
Esta vez Broen sí avanza, pero le sujeto la muñeca.
—Broen no utilizó ningún cargo para llevarme a la cama. Si necesitas saber quién tomó esa decisión, fui yo. Aunque entiendo que un hombre acostumbrado a comprar voluntades tenga dificultades para reconocer una elección cuando la ve.
Los dedos de Broen giran dentro de los míos hasta aferrarme la mano. No me mira. Si lo hiciera, quizá perdería el valor o empezaría a llorar, y no pienso conceder a Niall ninguna de las dos cosas.
—Si alguno considera que debía haber aceptado la soga por respeto a la sucesión de Sorley, puede explicarme su razonamiento cuando terminen de encerrar al hombre que fabricó las pruebas.
Domhnall corta la discusión y deja lo esencial establecido:
—La mentira de lady Caitlin impidió que Niall concluyera una condena preparada de antemano. Ya sabemos por qué la pronunció y también quién se benefició de que nadie investigara. No habrá otro juicio para complacer al hombre que intentó asesinarla.
Domhnall no permite que Niall responda. Ordena que se lo lleven. Niall intenta decir algo más al pasar junto a Broen, pero Darian le retuerce el brazo con una eficacia que me hace sentir un cariño inmediato hacia él.
Apenas cruzan la puerta, Broen tira de mi mano.
No se detiene hasta conducirnos a una estancia pequeña junto al salón. Cierra la puerta, se quita el parche y permanece de espaldas a mí, con una mano apoyada en la madera. Sus hombros suben y bajan una vez.
—¿En qué estabas pensando? —pregunta conteniendo la voz.
—Principalmente en que Niall dejara de hablar. Me ha parecido una causa bastante digna.
Broen se vuelve. Tiene los dos ojos visibles en la penumbra, uno más sensible a la claridad, ambos cargados de una furia que me borra cualquier intento de parecer tranquila.
—Acabas de reconocer delante de todo Lewis que inventaste al heredero de Sorley y que te has acostado con su hermano.
—Ya lo sé. Estaba presente.
—Has puesto en riesgo tu libertad, tu reputación y la protección que te ofrecía esa mentira porque Niall consiguió hacerme daño.
La última palabra le sale más baja. Comprendo entonces qué parte de mi confesión lo enfurece y, antes de poder evitarlo, noto que los ojos se me llenan de lágrimas.
—Tú estabas dispuesto a criar a nuestro hijo bajo el nombre de Sorley.
—Estaba dispuesto a cualquier cosa que te protegiera.
—Pues yo no. —Me seco una mejilla con rabia—. Durante demasiado tiempo vi cómo tu hermano se quedaba con cuanto podía haberte pertenecido mientras tú lo soportabas. No permitiré que siga haciéndolo desde la tumba ni que ponga su nombre en la boca de tu hijo.
Broen aparta la vista. Su mano se cierra junto al cuerpo.
—No tenías derecho a arriesgarte por mí.
—Tú tampoco tenías derecho a borrarte de la vida de tu hijo por mí.
—Te lo prometí.
—Y yo he decidido que no quiero esa promesa.
Alza la cabeza. La rabia continúa en su rostro, pero debajo hay algo más vulnerable, el mismo asombro con que me miró en la sala.
—Caitlin, no hay nada seguro ahí fuera. Pueden quitarme el mando Morrison. Los MacLeod pueden rechazar el testamento. La Iglesia puede no concedernos la dispensa…
—Lo sé.
—¿Y aun así lo has dicho?
—No quería seguir escuchando a otro hombre apropiarse de tu hijo mientras tú permanecías callado para salvarme.
—Me acerco hasta que apenas queda espacio entre nosotros—.
Tendremos que arreglarlo. Y seguramente discutir muchísimo, porque tú disfrutas tomando decisiones insoportables en silencio y yo tengo cierta facilidad para empeorarlas en público.
Pero lo arreglaremos con tu nombre unido al suyo.
Broen me observa durante tanto tiempo que empiezo a temer haber destruido algo que no sé recomponer. Después levanta la mano y la posa sobre mi nuca.
—Lo habría soportado.
—Ya lo sé. Ese era el problema.
Permanece en silencio, todavía atrapado en esa obstinación suya que convierte cualquier sacrificio en una decisión razonable mientras sea él quien tenga que cargar con las consecuencias.
—Solo… no quería volver a callarme —admito.
Algo cambia en su rostro. Broen sabe exactamente de qué hablo.
La última vez guardé silencio y permití que me casaran con Sorley. Aquel silencio nos costó años.
Los ojos de Broen recorren mi cara. Después se ríe.
Lo hace abiertamente, con una incredulidad ronca que le sacude el pecho y borra de golpe al hombre contenido. Hacía tanto tiempo que no lo oía reír así que el sonido me alcanza en algún lugar doloroso.
—Joder, estás loca —dice mientras me agarra por la cintura—. Eres tan temeraria, Caitlin.
—He esperado a que Niall estuviera desarmado. Empiezo a pensar que nunca valoras mis precauciones.
Su risa se rompe contra mi boca.
Broen me besa antes de que pueda añadir nada, una mano extendida sobre mi espalda y la otra hundiéndose entre mi pelo para sujetarme la nuca.
El primer contacto tiene la violencia de todo cuanto ha tenido que contener en la sala.
Su boca se abre sobre la mía, caliente, exigente, y yo me aferro a su jubón mientras el cuerpo se me ablanda contra el suyo.
Le devuelvo el beso con la misma desesperación con que he pronunciado su nombre delante de todos.
Porque esta vez ya no estoy callada. Y nuestro hijo es suyo. Nuestro.