Capítulo 31
«Caitlin»
D omhnall hace una señal y dos hombres se adelantan.
Coinneach entrega la espada sin obligarlos a pedírsela; el otro intenta protestar, pero se calla cuando Torren se sitúa a su espalda.
Niall no ofrece resistencia. Permite que Darian le retire el arma y, mientras este comprueba que no oculta otra bajo la ropa, busca entre los MacLeod al hombre que todavía esté dispuesto a defenderlo.
Ninguno se levanta.
Después se sacude la mano de Darian, se arregla la manga y recupera parte de la compostura que la confesión le ha arrancado.
—Soy el laird de los MacLeod.
—Eres el hombre al que Roderick negó todo derecho en presencia de un sacerdote y mediante un documento sellado. —Domhnall inclina la cabeza hacia los guerreros situados junto a las puertas—. Hasta que Coinneach, Ealasaid y tus otros hombres declaren por separado, permanecerás bajo mi custodia.
Varios MacLeod se remueven en los bancos. Ninguno interviene.
Niall observa sus rostros y comprende que no conseguirá salir de Uig apoyándose en el mando que acaba de perder.
Sin embargo, conoce las grietas de Lewis.
Lleva años ensanchándolas, alimentando agravios entre familias y haciendo que cada clan tema cuanto el otro pueda obtener.
Cuando vuelve a mirar a Broen, la furia ha desaparecido bajo algo mucho más sereno.
—Roderick os ha dejado un heredero —dice Niall a los MacLeod—. Deberíais preguntaros qué habéis heredado vosotros con él. Los Morrison ya lo eligieron como laird y también ejerce como brieve. Si ahora reclama a los MacLeod, ¿a quién servirá cuando vuestros intereses se enfrenten?
Broen no se mueve. Continúa de pie junto a la mesa, con el rostro vuelto hacia Niall y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo.
Un MacLeod de barba gris mira el testamento.
—Roderick conocía su posición entre los Morrison cuando lo nombró.
—Roderick esperaba que uno gobernara a los Morrison y el otro a los MacLeod —replica Niall—. La muerte de Sorley ha dejado ambos mandos en las mismas manos.
El murmullo crece. Esta vez Domhnall no lo interrumpe. Observa quién se inclina hacia quién, qué hombres buscan la reacción de Broen y cuáles calculan ya cuánto podrían perder si la voluntad de Roderick se cumple.
—Los Morrison me eligieron conociendo el nombre que llevo y el clan al que he servido toda mi vida —dice Broen—. Saber ahora quién me engendró no deshace el juramento que les hice.
—Eso tranquilizará mucho a los MacLeod —responde Niall—. Su nuevo laird acaba de recordarles que su primera lealtad pertenece a otro clan.
—Mi primera obligación pertenece a la palabra que he dado. Si los MacLeod deciden reconocer la voluntad de Roderick, recibirán la misma. Ninguno gobernará al otro a través de mí.
—¿Y cuando un Morrison dispute una tierra con un MacLeod? ¿Cuando ambos exijan tu sentencia como brieve y cualquiera de las dos decisiones pueda debilitar uno de tus mandos?
—Sorley juzgaba a los MacLeod sin llevar su nombre.
—Sorley no pretendía gobernarlos.
—Tú sí los gobernabas —contesta Broen, avanzando un paso—, y utilizaste sus barcos, sus hombres y su plata para perseguir a un sacerdote, manipular la muerte de Torcuil y preparar la condena de Caitlin. Tienes mucho que perder si quieres hablar de cómo se sirve a un clan.
Un rumor más áspero atraviesa a los MacLeod. Niall recibe el golpe sin apartar los ojos de Broen.
—Puedes conservar ambos mandos mientras ellos te lo permitan —concede—. los Morrison les llevará más tiempo decidir hasta cuándo te permiten conservar el suyo.
Tormod se incorpora sobre el bastón.
—Los Morrison ya decidimos.
—Elegisteis a Broen porque Sorley había muerto sin dejar un heredero capaz de ocupar su lugar.
Niall vuelve la cabeza hacia mí.
El aire parece cambiar cuando sus ojos se detienen sobre mi vientre. Broen también lo siente. Su pecho se eleva bajo el jubón y tarda un instante más de lo habitual en soltar el aire.
—Sorley dejó un hijo —añade Niall.
El nombre llega acompañado de un movimiento en la mano de Broen. El pulgar se hunde en el centro de la palma y los otros dedos vuelven a cerrarse sobre él, despacio, como si necesitara contener allí dentro una respuesta que nadie puede escuchar.
—El nacimiento de una criatura no anulará la elección que hicieron los Morrison —interviene el padre Seumas—. Broen continuará siendo laird. Si el hijo de Sorley nace varón, cuando alcance la edad necesaria podrá presentar su propio derecho ante el clan.
Alguien se mueve a mi izquierda. Otro hombre murmura algo que no alcanzo a entender.
El padre Seumas continúa hablando, pero yo apenas puedo apartar los ojos de Broen.
«El hijo de Sorley».
La misma mentira que me protegía cuando solo existía en mi boca se ha convertido en una criatura viva dentro de mí y ahora obliga a su verdadero padre a escuchar cómo se la entregan al hombre que le arrebató casi todo.
—Entonces habrá que reconocer al muchacho como heredero desde que nazca —dice uno de los consejeros Morrison—. Aunque el clan no decida hasta que sea adulto, sus derechos tendrán que quedar resguardados.
—También su tutela —añade otro—. Un hijo de Sorley pertenece a los Morrison. Debe crecer entre su gente.
Los MacAulay reaccionan al instante.
Eòghan se inclina hacia delante, pero Domhnall lo detiene apoyando el bastón delante de sus piernas.
Entre los MacLeod se alzan otras voces.
Un hombre pregunta si esperan que su futuro laird custodie bajo su techo a quien algún día puede disputarle el mando Morrison.
Otro quiere saber cuántos guerreros MacLeod acabarán destinados a proteger al heredero de Sorley.
Niall escucha cómo la sala se divide con una satisfacción que ya ni siquiera intenta ocultar.
—Ahí tenéis el gobierno que Roderick ha dejado preparado —dice—.
Los Morrison temerán que Broen utilice a los MacLeod para conservar un mando que el hijo de Sorley podría reclamarle.
Los MacLeod sospecharán que entrega sus hombres a la crianza de un heredero Morrison.
Si mantiene al muchacho cerca, dirán que controla a quien puede sustituirlo.
Si permite que otros se ocupen de él, lo acusarán de haberlo apartado.
—La criatura permanecerá con su madre —declara Broen.
Su voz atraviesa las discusiones. Varias cabezas se vuelven hacia él.
—Lady Caitlin puede volver a Dùn Mhoireasdan cuando concluya la investigación —dice Tormod—. Allí el niño crecerá entre los Morrison.
—He dicho que permanecerá con ella. El lugar donde viva Caitlin lo decidirá Caitlin —apunta Broen.
Niall inclina apenas la cabeza, como si Broen acabara de ofrecerle otra pieza.
—¿Y quién protegerá al hijo de Sorley?
Broen lo mira. Por un momento, la respuesta parece quedar atrapada detrás de sus dientes.
—Yo.
La palabra abre un silencio breve y espeso. Niall permite que todos la escuchen, que adviertan cuanto excede de la obligación de un laird hacia la viuda y el supuesto hijo de su hermano.
—Qué conveniente —murmura—. Gobernarás a los Morrison, reclamarás a los MacLeod y conservarás bajo tu protección al muchacho que algún día puede exigirte uno de esos mandos.
—Lo protegeré precisamente para que llegue vivo a la edad en que pueda decidir qué desea reclamar —responde Broen—. Hasta entonces, nadie va a convertir a una criatura que aún no ha nacido en una enseña para reunir hombres detrás.
La respuesta es firme. También insoportablemente generosa.
Broen acaba de prometer que cuidará de su propio hijo, preservará su derecho a enfrentarse algún día con él y aceptará que toda la isla lo conozca como descendiente de Sorley.
Lo hace para protegerme.
Niall lo observa en silencio. La atención con que estudia su rostro me revuelve el estómago. Ha advertido la rigidez de su mandíbula, el modo en que evita mirarme cada vez que alguien pronuncia el nombre de Sorley, quizá también la violencia con que aprieta el pulgar dentro de la mano.
—Tu hermano ha sido generoso contigo después de muerto —dice al fin—. Te ha dejado su asiento, a su viuda bajo tu cuidado y a su hijo al que criar.
Broen no reacciona. Al menos, ningún hombre de la sala percibe el cambio. Yo veo cómo traga antes de responder y cómo el hombro derecho se endurece bajo la lana.
—Por supuesto. —Niall vuelve hacia mí una mirada cargada de una cortesía repugnante—.
Cuando el muchacho pregunte quién fue su padre —prosigue Niall—, tendrás que contarle las virtudes de Sorley.
Le explicarás por qué lleva su nombre, por qué heredará sus derechos y por qué su tío vive junto a su madre.
Porque esa es tu intención, ¿verdad, Broen?
Quizá se parezca a ti. Eso facilitará las cosas hasta que haga preguntas.
Los dedos de Broen se abren de golpe. Las uñas han dejado cuatro medias lunas rojas en la palma.
Quiero que Niall calle. Quiero que Domhnall ordene llevárselo, que Darian le cierre la boca con la mano si hace falta, que cualquiera de los hombres que nos rodean comprenda qué está haciendo y lo detenga.
Nadie conoce la herida que está tocando.
Para ellos, Broen protege al descendiente de su hermano con una lealtad que debería honrarlo.
Solo yo sé cuánto le cuesta mantenerse en pie mientras otro hombre convierte a nuestro hijo en la última herencia de Sorley, precisamente ahora que acaba de descubrir cuánto duele conocer demasiado tarde la identidad de su verdadero padre.
—Basta —ordena Domhnall.
Niall apenas lo escucha. Ya ha encontrado la única victoria que puede llevarse consigo cuando cierren la puerta.
—Podrás darle cuanto un padre entrega a un hijo —le dice a Broen—. Todo, salvo el derecho a llamarte así.
Broen vuelve la cabeza hacia mí.
El dolor que aparece en su rostro dura apenas un instante. Después regresa el laird capaz de soportar que le arranquen el nombre, el clan y hasta su hijo si con ello consigue mantenerme a salvo.
Yo he sido quien le ha exigido ese silencio. También soy la única que puede terminarlo.