Epílogo
«Caitlin»
L a dispensa llega cuando ya he dejado de preguntar por ella.
Han pasado años desde que el padre envió la solicitud.
Durante ese tiempo, Rory ha aprendido a caminar agarrándose a cuanto encuentra a su alcance, Ailis ha decidido que andar es una habilidad que solo merece la pena practicar cuando nadie pretende ayudarla y Broen ha desarrollado una enemistad personal con cada barco que entra en el puerto sin traer noticias de la Iglesia.
El documento aparece una mañana de lluvia, protegido dentro de una caja de madera y cubierto de sellos, firmas y palabras que han necesitado cruzar medio mundo para concedernos algo que nosotros decidimos hace mucho.
Broen lo lee dos veces.
Después levanta los ojos hacia el padre Seumas.
—¿Podemos casarnos?
El pobre hombre intenta explicarle qué significa cada sello. Broen aguanta hasta el tercero antes de repetir la pregunta.
—Podéis —responde por fin.
Entonces me mira.
En su rostro no aparece la satisfacción que esperaba, tampoco esa sonrisa breve que a veces consigo arrancarle cuando cree que nadie más lo observa.
Se queda inmóvil, con el documento sujeto entre las manos y una emoción desnuda en los ojos que me devuelve durante un instante al muchacho que conocí antes de que el deber, la pérdida y los años lo enseñaran a esconderse.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Hoy.
—Broen, los invitados tardarán semanas en llegar.
Su mandíbula se tensa. Ha esperado largo tiempo una respuesta de Roma y, sin embargo, la idea de aguardar unas semanas por los hombres que se convirtieron en su familia parece exigirle un sacrificio mucho mayor.
—Tres días —concede.
Tardan cinco.
Nos casamos en Dùn Mhoireasdan una mañana en que el viento golpea las murallas y el mar se levanta blanco contra las rocas, rodeados de mi familia, los Cuervos, los MacLeod, los Morrison y Eòghan como representante de los MacAulay.
El padre pronuncia las palabras fuera, frente a la pequeña capilla, porque dentro no cabemos todos y porque Finn asegura que, después de cuanto hemos tenido que esperar, Dios debería molestarse en salir a recibirnos.
Broen permanece ante mí vestido de oscuro, con el cabello revuelto por el aire y Rory aferrado a una de sus piernas.
Nuestro hijo se ha negado a quedarse con nadie desde que ha empezado la ceremonia.
Ailis, en cambio, ocupa los brazos de Aithne y observa al sacerdote con la gravedad desconfiada que ha heredado de su padre.
Cuando llega el momento, Broen toma mi mano.
No tiembla. Yo sí.
He pronunciado promesas antes que no sentía y se me hicieron eternas. Ahora no tengo suficientes palabras para expresar todo lo que siento.
Broen espera.
Tomo aire, pero las palabras que durante tantos años tuve que guardar no caben en una promesa.
—Te quise cuando no podía escogerte y seguí queriéndote cuando creí que te había perdido.
Ahora que puedo elegir, te elijo a ti. Te prometo que no volveré a callar para conservar una paz que nos destruya ni a apartarte creyendo que así puedo evitarte dolor.
Compartiré contigo las decisiones, las cargas y todo cuanto aún nos quede por afrontar.
Cuidaré de nuestros hijos, de lo que hemos construido y también de la mujer que soy a tu lado.
Y si la vida vuelve a arrebatarnos algo, no permitiré que nos arrebate el uno al otro.
Broen me contempla sin protegerse de cuanto le hacen mis palabras. Cuando el padre le indica que debe responder, baja los ojos hacia nuestras manos entrelazadas y tarda unos instantes en hablar.
—Caitlin —dice solemne y luego añade—: Esta vez he pronunciado tu nombre.
El padre aguarda.
Broen nos mira a ambos, sin la menor intención de añadir una palabra más. Acabo de entregarle mi pasado, mi futuro y una promesa lo bastante larga para poner a prueba la paciencia de Dios y él ha necesitado ocho palabras para ofrecerme el resto de su vida.
—¿Eso es todo? —murmura Seumas.
—Es todo.
Y lo es.
En boca del hombre que una vez tuvo que marcharse, que aprendió a sobrevivir sin esperar que nada ni nadie pudiera pertenecerle durante mucho tiempo y que calló mi nombre bajo una ventana mientras otros decidían por nosotros.
Hoy lo ha pronunciado delante de todos y de nuestros hijos. Es la única promesa que necesito.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
El padre continúa hablando, aunque durante unos instantes apenas distingo las palabras entre el viento, el llanto repentino de Rory y la carcajada que Finn, con su hija en brazos, intenta disimular cuando el nuestro decide sentarse sobre una de las botas de Broen.
El beso llega después de los juramentos, de las oraciones y de otra larga explicación que mi marido soporta con una paciencia cada vez menos cristiana.
Broen me sostiene la cara entre las manos y me besa.
—Por fin —murmura al separarse y apoyar su frente en la mía.
Podría recordarle que llevamos años compartiendo la cama, el gobierno, dos hijos y una vida que ya era nuestra antes de que Roma decidiera permitirla.
Prefiero besarlo otra vez.
brOEN
Sigue contando cabezas.
Las cuenta cuando entramos en un salón, cuando desembarcamos en otra costa y cuando nuestros hijos juegan cerca de las murallas. Localiza las puertas, comprueba quién lleva un arma y recuerda dónde dejó Ailis la muñeca de trapo que lleva tres días asegurando que no le importa.
Antes contaba aquello que temía perder.
Ahora también cuenta sacos de avena, embarcaciones reparadas, familias que han superado el invierno y hombres capaces de defender Lewis sin utilizar la fuerza contra quienes viven en ella.
Conserva el cuaderno de tapas desgastadas donde anota acuerdos, favores y nombres que considera importantes. El mío aparece tantas veces que empiezo a sospechar que utiliza las cuentas como excusa.
Gobierna de la misma forma en que quiere. Atiende, sostiene y permanece. Luego pretende que cualquiera de esas cosas carece de importancia.
Rory busca su mano cuando se asusta. Ailis lo estudia con la misma seriedad que él emplea para examinar a un emisario y, cuando decide que su padre merece su atención, trepa sobre sus rodillas y le ordena que le cuente una historia.
Broen siempre obedece.
YO
Continúo llevando las cuentas de Dùn Mhoireasdan.
También asisto al consejo, decido qué familias recibirán grano antes del invierno y recuerdo a los hombres que una cifra nunca explica por sí sola cuántas bocas comen bajo un mismo techo.
Algunos aún se sorprenden cuando Broen me pregunta antes de tomar una decisión.
Otros han aprendido que resulta más prudente escucharme desde el principio.
Durante diecisiete años me llamaron estéril. Después me llamaron asesina, mentirosa y adúltera. Cada palabra pretendía reducirme a aquello que no había dado, a lo que supuestamente había hecho o al hombre junto al que dormía.
Ya no dedico mis fuerzas a corregirlos.
Sé quién fui mientras Sorley se empeñaba en borrarme. Sé quién soy cuando entro en el salón y nadie se atreve a continuar una conversación que me afecta.
Mis hijos conocerán toda mi historia cuando tengan edad para comprenderla. Sabrán que mentí para seguir viva y que su padre regresó a Lewis cuando todos los demás consideraban más cómodo dejarme morir. También sabrán que yo ya era Caitlin antes de convertirme en esposa, viuda o madre.
NOSOTROS
Broen utiliza la palabra «esposa» siempre que encuentra una ocasión.
La pronuncia delante del consejo, de los criados, de los emisarios y hasta de mí, pese a que conozco perfectamente el resultado de la ceremonia.
Sospecho que aún necesita escucharla para comprobar que el documento no ha desaparecido y que ningún sacerdote piensa presentarse para explicar que faltaba otro sello.
Él todavía toma decisiones insoportables en silencio y yo mantengo cierta facilidad para empeorarlas delante de demasiadas personas.
Broen intenta protegerme sacrificando partes de sí mismo. Yo le recuerdo que una vida compartida pierde bastante sentido cuando uno de los dos pretende cargar a solas con cuanto duele.
Por las noches, cuando los niños duermen y Dùn Mhoireasdan deja de exigirnos decisiones, a veces encuentro sus ojos fijos en mí.
Ya no aparta el rostro. Y puedo tocarlo sin miedo, cerrar los dedos entre los suyos y acercarme hasta que ninguna de las dos vidas que perdimos cabe entre nuestros cuerpos.
LOS CUERVOS
Caelan y Aithne siguen convirtiendo el Refugio en un lugar que sus primeros habitantes apenas reconocerían. Ella llena las aulas de libros y niños. Él protesta por el ruido mientras construye otra mesa para que puedan sentarse más.
Darian e Isleen gobiernan Dùn Fergas con la obstinación de quienes aprendieron que unir dos clanes exige mucho más valor que derrotar a uno.
Cuando vienen a Lewis, Darian y Broen desaparecen durante horas para revisar defensas.
Isleen y yo empleamos ese tiempo en resolver los asuntos que ellos no han advertido todavía.
Cuando regresan, suelen encontrarlos ya decididos.
Kerran y Leigh llegan acompañados de sus tres hijas, que han heredado la habilidad de su madre para observarlo todo y la de su padre para actuar como si las consecuencias fueran un problema futuro.
Argyll continúa esperando un heredero varón.
Kerran continúa explicando que ya tiene tres herederas y muy poca paciencia.
Finn asegura que la paternidad ha confirmado todos sus peores temores.
Iseabail responde que su hija ha tenido la suerte de nacer con el padre más atento de toda Escocia.
Él protesta y dice que solo procura mantenerla con vida, pero conoce cada uno de sus sonidos y vuelve la cabeza antes que Iseabail en cuanto cambia su respiración.
Altair y Aileana mantienen su decisión de no tener hijos. Aun así, Rory busca a Altair cada vez que necesita esconder algo y Ailis ha concluido que Aileana posee respuestas que los demás adultos intentan suavizar. Ella siempre le dice la verdad. Altair siempre permanece cerca mientras lo hace.
COLUM Y TORREN
Colum continúa resolviendo los problemas que el resto crea.
Viaja entre el Refugio, Argyll, Dùn Fergas y Lewis, conoce los acuerdos de todos los clanes y recuerda incluso aquellos que nadie tuvo la sensatez de escribir.
Brìghde MacAulay le envía cartas con una frecuencia que él considera puramente cortés. Finn lleva meses intentando averiguar qué asunto relacionado con la cortesía requiere tantas preguntas sobre cuándo piensa regresar a Ardroil.
Torren sigue riéndose con esa entrega de quien ya conoce el precio de sobrevivir sin hacerlo. Entrena a los jóvenes, acompaña las patrullas y baila en cada celebración con una mujer distinta, aunque nunca promete permanecer cuando todavía disfruta escogiendo el camino siguiente.
Los dos son Cuervos de Perthshire.
Esa es la única explicación que necesitan.
LEGADO
Nuestros hijos heredarán tierras, nombres y disputas que comenzaron mucho antes de que nacieran.
Rory podrá reclamar algún día el cargo de su padre.
Ailis tendrá que enfrentarse a hombres incapaces de comprender que haber nacido unos minutos después que su hermano no vuelve menor cuanto hay dentro de ella.
Broen y yo no podemos decidir qué exigirá el mundo de ellos. Podemos enseñarles a reconocer cuándo una tradición protege a las personas y cuándo solo protege el poder de quien la pronuncia.
Ese será nuestro legado.
Los Cuervos empezaron siendo hombres expulsados de sus tierras, perseguidos por sus nombres o condenados por decisiones ajenas.
Construyeron un escondite bajo una montaña y acabaron llenándolo de familias que entran con miedo y aprenden a vivir sin él.
Algunos recuperaron sus clanes. Otros encontraron una mujer, unos hijos o un lugar donde dejar de huir.
Colum y Torren todavía recorren los caminos.
Ninguno de ellos ha olvidado lo que significa necesitar una puerta abierta.
Yo tampoco.
Durante años creí que sobrevivir consistía en conservar una parte de mí fuera del alcance de los demás. Broen jamás ha intentado apoderarse de esa parte. Me ha ayudado a recuperarla, incluso cuando hacerlo significaba esconderme un poco.
Por eso puedo tomar su mano sin desaparecer dentro de ella.
Solo soy tuya, Broen. Y esta vez lo gritaré bien alto porque es lo que elijo ser.
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