Capítulo 30
«Caitlin»
N iall entra en la sala acompañado por los hombres que han cruzado con él desde el norte. Deja que dos avancen antes, quizá para demostrar que no llega solo, quizá porque necesita unos instantes más para comprender lo que Domhnall ha reunido en Ardroil.
Darian permanece a la derecha de Domhnall y Eòghan a la izquierda. Los Cuervos se han repartido cerca de las paredes con esa habilidad suya para parecer desordenados mientras controlan las puertas, las ventanas y todas las manos que descansan demasiado cerca de una espada.
Broen está sentado junto a mí.
No se levanta cuando Niall nos descubre. Mantiene los antebrazos sobre los muslos y el parche cubriéndole el ojo más sensible a la claridad que entra por las ventanas. Su rodilla toca la mía bajo la mesa, un contacto que nadie puede ver y que él no ha retirado desde que Niall ha entrado.
La atención de Niall pasa de mí a Broen. Después encuentra a Tormod entre los Morrison y a los hombres de su propio clan sentados bajo la autoridad de un MacAulay. Durante un instante se queda quieto en el centro de la sala, con la capa todavía húmeda sobre los hombros.
—Creía que venía a responder ante la comisión por la custodia de lady Caitlin —dice por fin—, no a encontrar media isla reunida en Ardroil.
Domhnall apoya ambas manos sobre el bastón.
—Han aparecido nuevos testimonios relacionados con esa custodia. Quienes solicitaron la intervención del rey tendrán ocasión de escucharlos.
Eòghan inclina la cabeza para ocultar una reacción. Niall lo ve, pero decide no concederle la satisfacción de responder y se desprende de la capa. Uno de sus hombres la recoge antes de que roce el suelo.
—La comisión no concede a los MacAulay autoridad para someter a los MacLeod al juicio de un consejo Morrison.
—Los hombres de tu clan han venido por voluntad propia —contesta Broen—. No veo a ninguno sometido.
La última palabra cambia el aire entre ambos. Niall fija los ojos en él y los conserva allí mientras ocupa el asiento que han dejado libre.
Domhnall espera a que los hombres de Niall se distribuyan a su espalda.
—La comisión retiró a lady Caitlin de la custodia Morrison porque tú alegaste que el clan estaba protegiendo a una mujer acusada ya de dos asesinatos. Presentaste el cadáver de Torcuil y el fragmento de su vestido como prueba de que había matado al muchacho para impedirle hablar.
—Eso es lo que ocurrió.
—Cuéntalo de nuevo —ordena Domhnall.
Niall apoya una mano en el banco.
—Torcuil sirvió el cordial que bebió Sorley la noche de su muerte. Desapareció unos días después. Dos cazadores Morrison encontraron su cuerpo cerca de Arnol. Tenía el cuello cortado.
Domhnall no insiste. Deja que la respuesta incompleta permanezca delante de todos y cambia de dirección con una paciencia que parece irritar a Niall más que cualquier acusación.
—¿Por qué decidiste que Caitlin lo había matado?
—Porque el muchacho podía relacionarla con el veneno y apareció aferrado a una prenda suya.
—El fragmento estaba dentro de su mano —interviene Broen—. Un hombre degollado no conserva los dedos cerrados durante semanas para entregarte una acusación cuando decidas encontrarlo.
Niall se gira hacia él.
—Ya discutimos eso en Dùn Mhoireasdan. También examinaste el vestido delante del consejo y comprobaste que faltaba esa tela.
—Comprobé que alguien lo había cortado durante el registro de sus aposentos.
—Comprobaste lo que necesitabas ver para defenderla.
La frase cae con la intención exacta de volver todas las miradas hacia nosotros.
Niall conoce ya la furia de Broen, la forma en que se interpuso cuando intentaron llevarme y cuanto estuvo dispuesto a arriesgar para impedirlo.
Ahora busca al hombre debajo del laird, confiando en que vuelva a mostrarse delante de quienes podrían negarle ambos clanes.
Broen aparta por fin la rodilla de la mía.
No para distanciarse, sino para ponerse en pie.
—Tú necesitabas aquel pedazo de tela para retirar a Caitlin de mi custodia —dice mientras apoya una mano sobre la mesa—. Yo necesitaba saber quién tuvo acceso a su ropa. Solo uno de nosotros consiguió exactamente aquello que buscaba.
Varios MacLeod se mueven en los bancos. Niall no los mira. Su atención permanece clavada en Broen, aunque los dedos se le han cerrado sobre la madera.
—¿Tienes una acusación que puedas demostrar?
—Tenemos preguntas que no has respondido.
—Entonces continuad preguntando. Hasta ahora solo habéis establecido que la prenda pertenecía a Caitlin y que Broen considera sospechoso cuanto contradice sus deseos.
Me inclino hacia delante antes de que Broen responda.
—Todavía no has dicho cuándo viste ese fragmento por primera vez.
Niall me mira por primera vez desde que se ha sentado. Sus ojos descienden un instante hacia mi vientre y regresan a mi rostro.
—Veo que los MacAulay te han permitido olvidar que sigues siendo una acusada.
—Me han permitido recordar que puedo hablar para defenderme.
La boca de Niall se endurece. Alrededor de nosotros nadie se apresura a llenar la pausa.
Domhnall observa al hombre que tiene enfrente sin intervenir, dejándolo elegir entre contestarme o demostrar que solo sabe sostener su autoridad cuando los demás callan.
Niall opta por mirarlo a él.
—He cruzado hasta aquí porque afirmasteis que existían hechos nuevos sobre la muerte de Sorley. Presentadlos o terminemos con esta representación.
Domhnall acaricia con el pulgar la empuñadura del bastón.
—Los presentaremos —interviene Broen, sin apartar la mano de la mesa—. Pero antes responderás a una pregunta que dejaste en Dùn Mhoireasdan. ¿Por qué querías saber si Sorley había recibido la visita de otro sacerdote?
Los dedos de Niall se detienen sobre el banco. La vacilación apenas dura, aunque sus ojos se desvían hacia la puerta cuando Broen vuelve la cabeza.
El padre Seumas entra escoltado por Colum. Lleva la sotana gastada, las mejillas hundidas y una bolsa de cuero sujeta contra el pecho. Avanza hasta quedar frente a la mesa y mira a Niall.
—Porque me buscaba a mí —dice.
Niall no se mueve. El color ha abandonado su rostro, aunque consigue mantener la espalda erguida y una mano apoyada sobre la rodilla. Solo sus hombres parecen haber oído una amenaza. Dos miran hacia la puerta y otro desplaza el peso sobre los pies antes de recordar que Altair la vigila.
Domhnall señala el espacio frente a la mesa.
—Acercaos, padre Seumas. Decidnos dónde estuvisteis y qué presenciasteis.
El sacerdote avanza. La bolsa que lleva contra el pecho parece demasiado pequeña para justificar el miedo que Niall le ha tenido durante meses.
—Me encontraba junto al viejo laird Roderick MacLeod cuando dictó su última voluntad. La escribí de mi mano, presencié su marca y comprobé cómo sellaba el pergamino.
La atención de la sala se concentra en Niall. Él deja escapar una exhalación despectiva y se reclina apenas en el banco, recuperando parte de esa autoridad que sabe construir cuando los demás le conceden tiempo.
—Mi padre deliraba antes de morir. Expulsaba a sus criados, confundía los nombres y veía traiciones en cada hombre que se acercaba a su cama. Este sacerdote se aprovechó de un moribundo y huyó antes de que pudiéramos preguntarle qué le había hecho firmar.
El padre Seumas no se apresura a defenderse. Afloja los dedos alrededor de la bolsa y mira a Domhnall, no a Niall.
—El laird estaba débil, pero conservaba el juicio. Si Niall creía que yo había engañado a su padre, podía haberme acusado ante los hombres principales de los MacLeod. En lugar de eso, dos de sus hombres registraron mi estancia mientras yo rezaba junto al cadáver y me amenazaron de muerte.
Un murmullo atraviesa los bancos MacLeod. Niall gira la cabeza hacia ellos con lentitud, y basta ese gesto para que las voces se apaguen.
—Hombres preocupados por la desaparición de un documento de su laird —responde—. Una amenaza relatada meses después por un hombre que pretende salvarse de una acusación no demuestra nada.
—Demuestra que sabías que existía el pergamino —dice Broen.
Niall vuelve la mirada hacia él.
—Sabía que un sacerdote había huido llevándose algo perteneciente a mi padre. Podía tratarse de una carta, una confesión o unas monedas. Ignoraba qué pretendía utilizar contra mí hasta que empezasteis esta representación.
Broen permanece de pie junto a la mesa, con una mano apoyada en la madera. Su quietud no tiene nada de pasiva. Lleva años esperando respuestas sin saber siquiera qué preguntas debía formular, y ahora Niall intenta convertirlas en otra ofensa.
Domhnall extiende la mano.
—Mostradnos el documento, padre.
Seumas desata los cordones de la bolsa y extrae un pergamino doblado. Altair se acerca antes de que nadie más pueda tocarlo, recoge una lámpara y examina la cera. Domhnall ordena traer una carta antigua de Roderick. La comparación dura menos de lo que Niall necesita para recuperar el color.
—Es su sello —confirma Altair—. El pergamino no presenta raspaduras ni añadidos.
—No eres escribano —replica Niall.
—Y tú no eres hijo de Roderick —contesta Altair, sin levantar la vista del documento—. Al menos, eso dejó escrito.
Esta vez el murmullo estalla. Varios MacLeod se ponen en pie. Los Morrison se vuelven hacia Broen y Tormod deja caer todo el peso sobre el bastón.
A mi lado, Broen no reacciona.
Solo percibo que ha separado los dedos sobre la mesa, aferrándose a la madera mientras Altair lee.
Niall se levanta cuando Altair llega a su nombre.
—Basta.
Domhnall alza el bastón y los hombres situados junto a las puertas avanzan un paso. Niall comprende que abandonar la sala exigiría abrirse camino delante de quienes hasta hace unos minutos lo llamaban laird.
Altair continúa:
—«Declaro que Niall no es hijo nacido de mi sangre. Nunca lo he reconocido como tal ni le he concedido derecho a sucederme. Cualquier reclamación que presente después de mi muerte será contraria a mi voluntad y deberá tenerse por ilegítima».