Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

La respuesta me hace sonreír. Broen desvía la atención hacia mi vientre durante un instante y vuelve al patio.

Nuestros aposentos son el único lugar donde puede apoyar la palma sobre mí y hablar de nuestro hijo sin medir quién escucha.

Fuera de ellos, la criatura vuelve a ser el heredero póstumo de Sorley.

Broen ha aceptado ese precio, pero cada vez que alguien habla del hijo de Sorley, sus dedos dejan de moverse durante un momento.

Solo uno.

Después continúa con lo que estuviera haciendo.

He empezado a reconocer cuánto dolor puede esconder un hombre dentro de un gesto que nadie más advierte.

Al llegar al pie de la escalera, descubro a Finn y Torren junto al muro, compartiendo un pedazo de queso con la escasa discreción de dos hombres que lo han robado de una mesa destinada a otros.

Altair permanece sentado sobre un tonel, haciendo girar una moneda entre los dedos, mientras Darian escucha a uno de los guardias que acaba de bajar del adarve. Ninguno parece preocupado por nuestra tardanza. Todos miran la mano de Broen, aún apoyada en mi espalda.

—Ha conseguido bajarla sin envolverla en una manta —observa Finn—. Pierdo otra moneda.

—La mañana todavía es joven —replica Torren, arrancando un trozo de queso—. Antes del mediodía intentará cargarla.

Broen retira la mano.

Finn señala el gesto con el cuchillo.

—Eso no invalida la apuesta. La ha tocado durante toda la escalera.

—Estaba mojada.

—La escalera, supongo —apunta Altair desde el tonel, sin levantar la vista de su moneda y con la neutralidad de quien se limita a completar una frase imprecisa.

—Eso espero —respondo—. Si Broen hablaba de mí, tendremos una conversación comprometida sobre cómo ha llegado a saberlo.

Torren se atraganta con el queso. Finn le golpea la espalda sin apartar de Broen una atención llena de entusiasmo.

Altair levanta por fin la vista de la moneda. La comprensión le llega tarde y suelta una carcajada tan brusca que la pieza se le escapa de los dedos, rebota contra el tonel y cae tintineando sobre la piedra.

Broen permanece inmóvil. El color empieza a subirle por el cuello hasta alcanzar las orejas y baja la mirada hacia los peldaños, como si la piedra acabara de exigirle toda su concentración.

La inesperada timidez termina con Torren. Se dobla sobre sí mismo entre toses y carcajadas mientras Finn abandona cualquier intento de ayudarlo.

Darian despide al guardia y se acerca atraído por el estruendo. Observa a Torren sin aire, la moneda de Altair rodando por el suelo y las orejas encendidas de Broen.

—¿Qué me he perdido?

—Una escalera mojada —consigue explicar Finn.

No pregunta más. Se detiene en mí.

—Ninguna vela nueva en la bahía. Niall continúa haciéndonos esperar.

—Tal vez confíe en que muramos de viejos antes de que llegue —apunta Finn—. Después podrá afirmar que la acusada desapareció durante la custodia de los MacAulay.

—Con Broen vigilándola de cerca, Caitlin no morirá de vieja —dice Altair—. Morirá agotada.

Broen mira a Darian, quizá esperando que ponga fin al comentario. Darian cruza los brazos y contempla el lugar de mi espalda que su mano acaba de abandonar.

—Podría ser peor. Cuando Finn recibió la flecha en la pierna, Broen lo siguió hasta la letrina durante nueve días.

La risa se me escapa antes de comprender que ninguno está exagerando.

—Fueron seis —corrige Broen.

—Nueve —insiste Finn, ofendido—. Los recuerdo bien porque no pude aliviarme una sola vez sin que una voz surgiera al otro lado de la puerta para preguntarme si seguía consciente.

—Te desmayaste dos veces.

—En una de ellas estaba dormido.

—Estabas sentado.

—Nunca he exigido una cama para dormir.

Broen empieza a andar hacia la estancia donde Domhnall nos ha ordenado reunirnos. Los demás lo seguimos sin necesidad de decidirlo. El paso que adopta no es rápido, aunque deja claro que la conversación ha terminado para él.

Eso parece animarlos.

—No me hubiera importado si hubieras entrado, Broen. No es como si tuviéramos secretos entre nosotros. Me la has visto en suficientes concursos de meadas.

Broen vuelve la cabeza muy despacio.

—No.

El entusiasmo inmediato de Finn me advierte de que esa negativa llega demasiado tarde.

—Siempre gana y es indignante porque debería empezar al menos un paso por detrás.

—Llevas años intentando que aceptemos esa regla —apunta Altair, haciendo correr la moneda entre los nudillos.

—Porque la longitud proporciona una ventaja evidente.

—Tu reclamación ha sido rechazada seis veces —recuerda Darian.

—Siete —corrige Broen.

Finn lo señala con el pedazo de queso.

—La de Angus no cuenta. Había demasiado viento.

—El viento soplaba para todos.

—No todos disponíamos del mismo contrapeso.

—No puedo pronunciarme sobre el viento —concedo desde detrás—, pero Finn tiene razón en que la ventaja existe.

El siguiente paso de Broen pierde medio compás. No se vuelve, aunque el color le alcanza otra vez las orejas y Torren vuelve a atragantarse.

—Podríais esperar a que muera para contar historias sobre mí.

—Cuando mueras, necesitaremos inventar otras mejores —replica Altair, que se ha unido al grupo sin abandonar la moneda—. Estas tienen poca grandeza. Demasiadas vendas, vómitos y hombres adultos comportándose como niños.

—Tú no puedes hablar —dice Finn—. Broen cruzó media Escocia porque recibimos una nota tuya que solo contenía el nombre de una aldea.

Altair atrapa la moneda dentro del puño. El humor no desaparece de su rostro, pero se repliega hacia un lugar al que ninguno intenta seguirlo.

—Había escrito dos palabras.

—La segunda era una blasfemia y no ayudaba a localizarte.

Miro a Altair. No explica qué ocurrió en aquella aldea. Tampoco lo hace Finn. Entre ellos, la historia parece conservar una parte que no me pertenece, aunque sí me permiten conocer el final.

—Lo encontró tres días después —continúa Darian—. Altair estaba herido, sin caballo y perseguido por seis hombres. Broen podía haber regresado a buscarnos antes de acercarse. En lugar de eso, entró solo.

—Eran cuatro —murmura Broen.

—Los otros dos aparecieron cuando ya estabas ocupado —aclara Altair. La moneda vuelve a moverse entre sus nudillos—. Le dije que no le había pedido que viniera. Él respondió que si seguía protestando, tendría que regresar caminando.

—¿Y qué hiciste? —pregunto.

Altair contempla la espalda de Broen.

—Subí al caballo. Incluso yo reconozco una declaración de afecto cuando amenaza con abandonarme en un camino.

Broen abre la puerta de una estancia pequeña contigua a la sala grande y espera a que entremos.

Han colocado una mesa, varias banquetas y jarras de cerveza.

Colum aparece desde el patio antes de que Broen pueda cerrar.

Trae dos pliegos bajo el brazo y una arruga entre las cejas que se suaviza al encontrar a sus compañeros riéndose.

—¿Qué ha hecho Finn?

—Sobrevivir gracias a Broen —le explico—. Al parecer, no fue una tarea sencilla.

Colum deja los registros sobre la mesa.

—Nunca lo es.

Broen me ofrece una banqueta y, cuando comprende que todos están observándolo, se limita a señalarla con la barbilla.

Me siento antes de que decida apartarla solo para castigarlos.

Darian ocupa el extremo de la mesa; Finn y Torren se reparten la cerveza, mientras Altair elige la pared desde la que puede ver ambas puertas.

Broen permanece de pie.

—Tenemos una reunión en cuanto llegue Niall.

—Y hasta entonces Caitlin puede descubrir con qué clase de hombre pretende casarse —dice Finn—. Merece conocer los defectos que él oculta.

—Hasta ahora solo habéis contado buenas cualidades —replico y Broen se vuelve de nuevo sin saber dónde esconderse.

—Su peor defecto es que no permite que nos demos por perdidos —me asegura Torren—. Ni siquiera cuando nosotros ya lo hemos hecho.

La frase conserva su tono burlón, pero sus dedos dejan de jugar con el borde de la copa. Darian lo mira y Torren baja los ojos hacia la cerveza.

—Cuando Torren volvió de las galeras, no soportaba las puertas cerradas —explica Colum, sin obligarlo a contarlo—. Durante varias semanas dormía junto a la entrada del Refugio. Afirmaba que prefería el frío, aunque todos sabíamos que necesitaba ver el túnel por el que había llegado.

Torren bebe antes de levantar la vista.

—Caelan quería que durmiera dentro. Yo le dije que, si intentaba obligarme, descubriría cuánto había aprendido peleando encadenado a otros hombres.

—Broen sacó un jergón —continúa Colum— y lo tendió a unos pasos del suyo. No te hizo preguntas y no trató de convencerte.

—Ni siquiera me habló, pero durmió allí diecisiete noches —admite Torren. La sonrisa que me ofrece contiene una vergüenza antigua y un afecto que ya no intenta esconder—. Cada mañana se quejaba del frío y decía que era culpa mía. La decimoctava noche entré para dejar de escucharlo.

Broen se apoya contra la mesa y cruza los brazos.

—Roncabas —declara.

—Habría entrado antes si me hubieras dicho que esa era tu preocupación —se burla Torren.

—Habrías seguido fuera solo para fastidiarme.

—Probablemente.

La risa de Finn afloja algo en el rostro de Torren. Broen lo observa durante un instante y después desvía la mirada, como hace siempre que una emoción ajena se acerca demasiado a la suya.

Durante los años que he pasado imaginándolo lejos de mí, Broen existía en lugares sin forma.

Lo veía cabalgando, luchando, durmiendo bajo árboles o sentado junto a fuegos de hombres cuyos nombres desconocía.

Nunca pensé en él tendiendo un jergón frente a una puerta abierta para acompañar a alguien incapaz de cruzarla ni haciendo todas esas cosas.

—¿Y Colum? —pregunto.

Colum alza las cejas.

—Yo he procurado que nunca tenga que salvarme de nada. Resulta agotador pagar la deuda.

—Miente —dice Darian—. Broen salió solo con su caballo y regresó varias semanas después a pie, sosteniendo a Colum, que apenas podía mantenerse consciente.

—Había vendido el caballo —añade Finn—. Nunca conseguimos averiguar dónde encontró a Colum, quién lo había dejado en aquel estado ni por qué necesitó venderlo.