Capítulo 29
«Caitlin»
A rdroil ha dejado de parecer una fortaleza y empieza a parecer una isla entera obligada a compartir el mismo patio.
Durante los últimos cuatro días han llegado tantas embarcaciones que, cuando subo al adarve, apenas distingo la franja de arena entre los cascos varados, los cabos tendidos y los hombres que descargan arcones, mantas, armas y provisiones.
El olor a sal se mezcla con el del estiércol de los caballos, la turba húmeda y el pescado que varias mujeres limpian junto a la empalizada.
En las cuadras ya no cabe otro animal. En la sala grande han colocado bancos contra las paredes y los MacAulay duermen por turnos para ceder jergones a quienes Domhnall considera demasiado importantes para tenderse sobre paja.
Los Morrison fueron los primeros en responder. Tormod llegó ayer con tres hombres del consejo, dos familias que presenciaron el registro de mis aposentos y una expresión cautelosa que no ha abandonado desde que vio a Broen sentado junto a Domhnall.
Varias ramas de los MacLeod han enviado representantes antes de que Niall se digne a aparecer.
Domhnall ha vuelto contra ellos la misma comisión real con la que me sacaron de Dùn Mhoireasdan.
Si les concedió autoridad para custodiarme, también los obliga a escuchar los nuevos testimonios.
Negarse equivaldría a admitir que la justicia del rey solo les conviene cuando sirve para encerrarme.
—Mi padre dice que, si continúan llegando hombres armados, tendrá que empezar a cobrarles por cada enemistad que traigan.
La voz de Eòghan me hace volver la cabeza. Se aproxima por el adarve con el tartán prendido sobre un hombro y el cabello recogido en la nuca. Su sonrisa aparece con la facilidad habitual, aunque hoy no llega a ocultar la seriedad de sus ojos.
—Puede ofrecer un precio menor a quienes compartan enemigo.
—Eso provocaría que todos fingieran odiar al mismo hombre para ahorrar unas monedas.
—En este momento no tendrían que fingir demasiado.
Apoyo las manos sobre la piedra húmeda. Los últimos días han transcurrido entre preparativos, declaraciones y preguntas que debían formularse sin revelar cuánto sabemos.
Domhnall ha distribuido a los testigos en estancias separadas. Darian vigila al padre Seumas y Finn se ha encargado de que Ealasaid no pueda hablar con nadie relacionado con los MacLeod.
Niall llegará convencido de que controla la información porque siempre ha confundido el miedo de los demás con obediencia.
—¿Has subido para avisarme de que viene?
—He subido porque, si esperaba a que esto terminase, podríamos estar los dos muertos, sitiados o demasiado ocupados discutiendo quién gobierna Lewis.
Lo miro de perfil. Eòghan mantiene la vista en la bahía y frota con el pulgar una irregularidad de la piedra. No parece nervioso, pero jamás lo he visto prestar tanta atención a un muro.
—Eso suena a despedida.
—Solo de una posibilidad bastante mal calculada.
Comprendo a cuál se refiere antes de que se vuelva hacia mí.
—Mi padre me ha contado que Broen y tú pretendéis casaros. También me ha explicado que Broen rechazó mi propuesta con mucha contundencia y me privó de comprobar si conservaba alguna posibilidad.
—Yo habría hablado contigo.
—Lo sé.
La ligereza de su tono no convierte la conversación en algo menor.
Eòghan me acogió cuando llegué a Ardroil bajo la custodia impuesta por la comisión.
Consiguió que Domhnall me escuchara y nunca utilizó lo que podía ofrecerme para arrancarme una respuesta.
Le debo demasiado para esconderme ahora detrás de una falsa cortesía.
—Pero no habría mentido acerca de lo que podía darte.
—Tampoco yo quiero mentirte acerca de lo que habría esperado.
Eòghan se aparta de la almena y apoya la espalda contra la piedra. Por primera vez desde que lo conozco, tarda en ordenar las palabras.
—Casarme contigo me convenía. Eres la viuda del laird Morrison, conoces esas tierras mejor que los hombres que pretenden gobernarlas y habrías fortalecido la posición de mi familia en la isla.
También eres hermosa, me haces reír y no agachas la cabeza cuando mi padre empieza a hablar como si Moisés le hubiera dejado las tablas a él personalmente. No habría sido un sacrificio.
—Domhnall se limita a corregir algunos descuidos de Moisés.
—Según él, fueron numerosos.
La sonrisa de Eòghan desaparece despacio. Baja los ojos hacia mis manos y después mira el patio, donde Broen cruza entre dos grupos de hombres sin necesitar apartar a ninguno. Su tamaño abre espacio antes de que lo reclame.
—Habría terminado queriendo de ti lo que no podías darme —admite Eòghan—.
Ahora puedo considerarme sensato y afirmar que me bastaría con tu afecto, pero tendría que vivir cada día sabiendo que una parte de ti continuaría pendiente de otro hombre.
Con el tiempo habría querido que me miraras como lo miras a él cuando piensas que nadie te observa.
Cada vez que lo vieras entrar, yo sabría qué parte de ti continuaba perteneciéndole.
La verdad es que acabaría esperando un cambio que tú jamás me habrías prometido y cualquier gesto entre vosotros empezaría a parecerme una afrenta.
Eòghan exhala y sacude la cabeza.
—Prefiero renunciar ahora a una mujer que no me ha elegido que descubrir dentro de diez años cuánto daño puede hacer un hombre cuando cree que le deben amor.
—No eres Sorley.
—Quiero seguir sin serlo.
La respuesta me toca en un lugar doloroso. Me acerco y le tomo el antebrazo. Eòghan cubre mi mano con la suya, sin apropiarse del gesto ni prolongarlo más de lo que ambos necesitamos.
—Habría tenido mucha suerte contigo —le digo con cariño.
—La habrías tenido —concede, y recupera una parte de su sonrisa—. Soy apuesto, razonable y poseo una fortaleza situada en un lugar donde el viento solo intenta arrancarte la piel durante la mitad del año.
—Una tentación difícil de rechazar.
Una sombra oscurece la piedra a mi derecha.
Broen se detiene a varios pasos de nosotros. Bajo el cielo cubierto no lleva el parche y ambos ojos recorren primero mi rostro, luego la mano apoyada sobre el brazo de Eòghan.
Permanece inmóvil, con una paciencia demasiado consciente para resultar natural en él.
Eòghan suelta mi mano.
—Llegas tarde. Acabo de explicarle todas las ventajas que ha perdido al escogerte.
—Seguro que las has exagerado —responde él, seco.
—Ninguna compensaría tenerte de visita cada varios meses.
—No habría esperado meses.
Eòghan vuelve la cabeza hacia él y una sonrisa lenta le cambia el rostro.
—Eso sospechaba. Por ese motivo pensaba colocar más guardias en el portalón.
Broen acepta la acusación sin apartar los ojos de Eòghan. Este le ofrece el antebrazo y espera. La vacilación de Broen apenas dura un instante antes de estrechárselo.
—Cuídala —le advierte Eòghan.
Los dedos de Broen se cierran alrededor de su brazo.
—Te prometo que no volverá a necesitar que tú lo hagas.
La voz le sale baja y seca. Eòghan observa primero la mano que aprieta su antebrazo y después el rostro de Broen. La sonrisa tarda apenas un instante en regresar.
—Eso ha sonado casi como un agradecimiento.
—Has oído mal.
Eòghan suelta una carcajada y Broen termina por liberar su brazo con una leve sacudida.
Abajo, Brìghde organiza a varios criados alrededor de una mesa cubierta de registros.
Colum permanece junto a ella, revisando una relación de los hombres alojados en la fortaleza.
Cuando uno de los MacLeod reclama una estancia distinta, Brìghde alza la vista y le responde algo que desde aquí no escuchamos.
El hombre observa a Colum antes de decidir si insistir. Colum ni siquiera cambia de postura, pero su presencia parece ayudar al visitante a recordar que la paja también puede ser un lecho excelente.
Eòghan sigue la escena y se le contrae la boca.
—Ahora que hemos resuelto lo nuestro —dice—, dile a tu hombre, Colum, que se mantenga alejado de mi hermana.
Broen ni se inmuta.
—Colum es el último hombre por el que deberías preocuparte.
—Eso afirma cualquier hermano hasta que descubre que el callado llevaba meses pensando.
—Colum evita los problemas ajenos.
—Mi hermana no es un problema.
—Para él sí.
Eòghan lo contempla con abierta desconfianza.
—Hablar contigo produce la impresión de que uno ha recibido una respuesta, pero después intenta encontrarla y descubre que no estaba.
—A mí me ocurre a menudo —le confieso.
Eòghan se pasa una mano por la nuca. La resignación con la que mira hacia la escalera revela que conoce bastante bien el escaso poder que tiene sobre Brìghde.
—Voy a averiguar por qué ese MacLeod considera indigno el jergón que se le ha ofrecido. Será menos peligroso para todos.
Eòghan baja la escalera con una risa. Lo vemos cruzar el patio y acercarse al hombre que protesta por su alojamiento. Brìghde utiliza la distracción para entregar a Colum otro registro que él tampoco parece haber solicitado.
Broen deja que Eòghan se aleje antes de acercarse a la almena. Mira hacia abajo, calcula la distancia y apoya las manos sobre la piedra.
—Al final no he tenido que arrojarlo desde aquí.
La risa me sorprende y el viento se lleva una parte.
—Me alegra comprobar que sabes aceptar un poco de competencia sin matar a nadie.
Sus ojos bajan hacia mi boca, pero espera. Me acerco yo y apoyo la frente contra su pecho. Broen me rodea con los brazos. Su jubón huele a humedad, cuero y el humo de las hogueras del patio.
—Eòghan ha comprendido algo que Sorley jamás quiso entender —murmuro contra él—. Querer algo de alguien no concede el derecho a recibir lo mismo a cambio.
La mano de Broen sube despacio por mi espalda.
—Sorley quería que todo cuanto miraba confirmara el poder que creía tener.
Broen se aparta lo necesario para verme. El músculo de su mandíbula se endurece, aunque la voz le sale baja.
—Bajemos. Si continúas inclinándote como hace un momento sobre el muro, acabarás en el patio.
—El niño y yo necesitábamos aire.
—El niño necesita que su madre deje de asomarse por encima de un muro mojado.
—Qué dicha crecer bajo el gobierno de un padre tan razonable.
—Eso pretendo.