Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Habrá quien se pregunte por qué me apresuro a darle los mismos derechos que a los hijos que tengamos después —continúa, y le dejo hablar, porque es algo que no suele hacer mucho—.

Ya encontrarán bastante extraño que nos casemos, incluso cuando la Iglesia nos conceda la dispensa.

Cuando el alumbramiento llegue más tarde de lo que todos esperan, contarán los meses y hablarán de ti.

—Hablarán de mí haga lo que haga —respondo—.

Las mujeres aprendemos pronto que siempre existe una falta preparada para nosotras.

Si hablamos, somos insolentes y, si callamos, taimadas.

Si un marido nos humilla, algo habremos hecho para agotar su paciencia, pero contarlo mancilla su nombre y guardar silencio nos convierte después en culpables de haberlo consentido.

Durante años dijeron que mi cuerpo era defectuoso y que Dios le negaba hijos a Sorley por alguna falta mía.

Ahora llevo uno dentro y decidirán que mentí, que apenas esperé a enterrarlo antes de acostarme contigo o que llevaba años deseándolo.

También me creen capaz de asesinarlo. Dime qué juicio queda por pronunciar que deba gobernar todavía mi vida.

—Ninguno —responde al cabo—. Que hablen. Yo mismo les daré motivos para hablar de mí. Cuando terminen, habrán olvidado qué pretendían reprocharte. Si alguno no lo olvida, que me lo diga a la cara.

La respuesta me desarma más que cualquier consuelo. Ha decidido convertirse en la historia que contarán para que yo deje de serlo.

—Hasta ahora he soportado yo casi todo el esfuerzo —le recuerdo—. Casarte conmigo será un escándalo y un comienzo prometedor.

Su boca se curva, pero la expresión no llega a sostenerse.

—¿Qué dejó escrito Roderick MacLeod?

—Que soy hijo suyo —responde—. También declara que Niall no lo es y pide a los MacLeod que me reconozcan como laird en su lugar.

Contengo la respiración.

—Reclamaré el mando —añade Broen—. El pergamino explica por qué Niall necesitaba muerto a Sorley y la confesión de Ealasaid demuestra que fabricó pruebas contra ti.

Haré público todo ante los MacLeod y limpiaré tu nombre.

Mientras Niall conserve el clan, podrá silenciar a Seumas y volver a utilizar a sus hombres contra ti y nuestro hijo.

Broen ha convertido la noticia de su nacimiento en una sucesión de decisiones, enemigos y tareas que puede ejecutar.

—Me has dicho qué harás —murmuro—. Todavía no me has dicho qué significa para ti lo que contiene.

Broen tarda en responder. Durante su silencio, una brasa cede en el hogar y llena la alcoba con un crujido leve.

—Ignoro si Roderick habría sido un buen padre —responde—. Aunque la comparación con el hombre al que llamé padre favorece a casi cualquiera.

Broen aparta la mirada hacia el fuego.

—Nunca permitió que olvidara que Sorley era el hijo que importaba. Hasta sus carencias parecían culpa mía por no compartirlas.

Habla sin elevar la voz. Esa contención vuelve más dolorosa cada palabra.

—Su muerte precipitó tu boda con Sorley, la sucesión y todo cuanto vino después. Recuerdo que contemplé su cuerpo y pensé que ojalá hubiera muerto antes de aceptar entregarte a mi hermano.

Cualquier intento de absolverlo reduciría aquella confesión a una culpa sencilla, y nada entre nosotros lo ha sido jamás.

—Pertenecemos a una familia poco apropiada para tener pensamientos caritativos.

—Por fortuna, ya han dicho cosas peores de nosotros.

—Yo procuraré soportarlo con la dignidad que cabe esperar de una asesina, adúltera, estéril y, al parecer, extraordinariamente fértil.

—Falta imprudente.

—Eso lo demostraré cuando me case contigo.

Broen se inclina y besa mi vientre a través de las mantas. Su boca permanece allí un instante antes de levantar la cabeza.

—Tendrá una madre que consiguió engañar a todos antes incluso de concebirlo.

—Será un niño muy orgulloso.

—O un peligro para toda la isla.

—También eso sería culpa tuya. Tendrá tu sangre, mi obstinación y, si los santos sienten alguna compasión, el sentido del humor de Eòghan.

Broen me mira con una severidad que no consigue ocultar la diversión.

—Retiro mi promesa de no arrojarlo desde la muralla.

—Ya empezaba a preocuparme tanta moderación. Y si es niña…

—Si es niña —continúa Broen, recuperando la mano que había apartado de mi vientre—, tendrá tu obstinación, mi sangre y ninguna necesidad del sentido del humor de Eòghan.

—Eso último tendrás que explicárselo cuando sea mayor. Yo no pienso cargar con la culpa de haberla privado de su única posibilidad de resultar encantadora.

—Si se parece a ti, encontrará otras formas de salirse con la suya.

—Será mejor que sobrevivas a todo esto. Gobernar dos clanes, impedir una guerra y soportarme durante el embarazo parece una tarea excesiva incluso para ti.

—Lo más difícil será impedir que sigas mencionando a Eòghan como ejemplo de hombre divertido.

—Puedo sacrificarme por la paz de Lewis.

Broen me mira, y en sus ojos ya no encuentro al hombre empequeñecido para que Sorley pudiera sentirse grande ni al hijo que necesita que un pergamino le diga quién fue su padre.

Veo al laird de los Morrison, al heredero que Roderick ha pedido a los MacLeod que reconozcan y al hombre que mantiene la mano sobre nuestro hijo con una certeza que ningún clan podrá concederle ni arrebatarle.