Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 28 #2
79%

Capítulo 28 #2

—Podemos hacerlo mejor cuando deje de ser una obligación —murmura sin retirar la mano.

—¿Mejor de qué manera? —pregunto, aunque la aspereza de su voz ya me ha dado una respuesta bastante clara.

Broen levanta los ojos hacia mí.

—Esta vez lo importante sería disfrutar del intento.

La promesa se desliza despacio por mi cuerpo. Me humedezco los labios antes de contestar, y la atención de Broen sigue el movimiento.

—Creo recordar que ya disfrutaste de alguna parte —señalo.

—No estaba prestando toda la atención necesaria.

—Eso tendrás que demostrarlo.

Sonrío. Broen me observa con una mezcla de deseo y asombro que me obliga a acercarme, pero es él quien salva la distancia restante.

Su boca roza la mía con suavidad y permanece allí lo suficiente para que sienta cómo contiene el impulso de estrecharme contra su cuerpo.

Cuando se aparta, mantiene la frente apoyada en la mía y la mano sobre el lugar donde crece nuestro hijo.

—Domhnall quiere que te cases con Eòghan —dice junto a mis labios.

La frase cae entre nosotros sin borrar del todo el calor del beso.

—Le he dicho que ya habías elegido —continúa antes de que pueda responder.

—Qué atrevido —murmuro.

Se aparta para observarme con atención.

—¿Mentí?

—¿Has entrado aquí dispuesto a enfrentarte a esa posibilidad y todavía crees que puedo dejarte marchar?

La presión de sus dedos cede. Durante unos instantes vuelve a ser el hombre que se quedó junto a la puerta sin saber qué hacer con las manos.

—Te he visto feliz —admite, sin dejar de acariciarme distraídamente—. Estás tranquila aquí. Duermes, comes sin que nadie tenga que perseguirte con un plato y te ríes con personas que apenas conocías hace unos días.

—Sobre todo con Eòghan.

Su pulgar se detiene sobre mi vientre.

—Sobre todo con Eòghan. Parecía una vida en la que yo sobraba.

He intentado convencerme de que aquí estarías mejor.

Eòghan puede darte una fortaleza segura, un clan que no te acusa de asesinato y una vida que no comenzó con mi hermano entre nosotros.

He repetido todas esas razones hasta que casi han parecido ciertas.

—¿Y qué ha impedido que te marches? —pregunto, cubriendo de nuevo su mano con la mía.

Broen aprieta los dedos sobre mi vientre.

—Que estoy cansado de entregar cuanto quiero para demostrar que soy mejor hombre que Sorley.

La confesión apenas altera su voz, pero deja al descubierto cuanto llevaba conteniendo desde que entró.

Broen no teme que Eòghan me haya hecho olvidar lo que le dije. Ha pensado que quizá quererme consiste otra vez en marcharse.

—Me gusta Ardroil —le concedo—. También me gusta Eòghan.

Es amable y me hace reír, aunque eso no significa que quiera casarme con él.

Aquí estoy a salvo. Eso no significa que esté mejor sin ti.

Te dije que solo era tuya, Broen. Eso no significa que deba sentirme desdichada en cuanto sales de una estancia ni que todos los hombres de Lewis tengan que aburrirme para que tú puedas confiar en mi elección.

Soy tuya porque a tu lado sigo siendo mía.

Su mirada regresa a la mía.

—Puedo mejorar. Debo mejorar. Porque todavía estoy tentado de arrojar a Eòghan desde la muralla.

La risa se me escapa otra vez. Broen me contempla mientras lo hago. Tiro con suavidad de su muñeca hasta que se inclina sobre la cama.

—Entonces empieza por quedarte —le digo cerca de la boca—. Tú me haces feliz, Broen.

Tarda un instante en besarme. Esta vez no se limita a rozarme los labios.

Inclina la cabeza y busca mi lengua con la suya, despacio al principio, saboreando el beso mientras la mano que tenía sobre mi vientre asciende hasta mi cintura y la otra se cierra alrededor de mi nuca.

La fuerza que contiene aparece en la presión de sus dedos y en la respiración que se le vuelve más profunda contra mi boca.

Le sujeto el cuello, enredo los dedos entre su cabello y tiro de él hasta que su pecho roza el mío y el colchón cede bajo su peso.

La aspereza de su barba me araña la barbilla cuando cambia el ángulo y vuelve a besarme con más hambre.

Abro más la boca, lo recibo y siento el sonido grave que se le escapa antes de que consiga tragárselo.

—Le diré a Eòghan que has decidido —murmura Broen contra mi boca antes de atraparme de nuevo el labio inferior.

—Se lo diré yo —consigo responder cuando me lo suelta. Apenas logro separar nuestras bocas para continuar—. Acabas de rechazar una propuesta en mi nombre y no pienso permitir que adquieras la costumbre.

Broen me mira los labios como si estuviera decidiendo qué discusión atender primero. Al final vuelve a besarme. Su lengua recorre despacio el lugar que acaba de morder y la mano que rodea mi nuca me mantiene cerca mientras habla pegado a mí.

—Se lo dirás tú. —Roza mi boca una vez más y deja la frase siguiente sobre mis labios—. Yo procuraré estar cerca cuando responda.

—Para asegurarte de que elijo bien —lo provoco, tirando de su cabello hasta obligarlo a levantar un poco la cabeza.

La presión de sus dedos aumenta en mi nuca. Broen inclina el rostro, me muerde otra vez, esta vez con la fuerza suficiente para arrancarme el aire, y calma después el escozor con una pasada lenta de la lengua.

—Para recordarles que sigues bajo mi protección si alguno decide que tu respuesta admite discusión.

La respuesta me hace sonreír contra su boca. Broen atrapa esa sonrisa con otro beso, más breve.

Suelto su cabello y llevo la mano hasta mi vientre. La dejo allí, entre nuestros cuerpos, mientras le rozo los labios con los míos.

Broen contempla mi mano durante unos instantes. Después vuelve a besarme, despacio, y habla contra mis labios.

—Cuando nos casemos —anuncia—. Para Lewis seguirá siendo el hijo póstumo de Sorley, pero tendrá el mismo lugar que cualquier hijo nacido de los dos.

Tardo varios latidos en comprender qué parte de la frase me ha dejado sin respiración.

Broen intenta besarme otra vez, pero apoyo una mano contra su pecho.

—Has dicho «cuando nos casemos».

—Sí.

La rotundidad de la respuesta me desconcierta todavía más.

Durante todos estos años he imaginado qué habría ocurrido si Broen se hubiese quedado, si mi padre hubiera respetado nuestro compromiso o si Sorley jamás hubiera existido.

Desde que Broen regresó, en cambio, no me he permitido pensar en una boda.

La Iglesia puede perdonar nuestros pecados, pero no suele olvidar que he compartido lecho con su hermano.

—Broen, la Iglesia…

—Necesitamos una dispensa —responde, sujetándome la mirada—. La conseguiremos.

Habla como si la autoridad de Roma fuera otra puerta que piensa derribar si tarda demasiado en abrirse.

Broen guarda silencio mientras me deja pensar y decidir, pero, milagros de la vida, se le acaba la paciencia.

La mano de mi cintura se cierra un poco más y me atrae hasta borrar el espacio que yo había abierto entre los dos.

—Caitlin. —Me muerde suavemente el labio inferior y no lo suelta hasta que vuelvo a mirarlo—. Cásate conmigo.

El corazón me golpea con fuerza.

—Eso ha sonado bastante parecido a una orden.

—Dime que no y descubrirás la diferencia.

Ahí está ese Broen firme, seguro, casi desafiante, pero dispuesto a recibir un rechazo real.

—No. No pienso decírtelo.

Sus ojos permanecen clavados en los míos.

—Entonces dime lo contrario.

Le sujeto la nuca y acerco su frente a la mía.

—Sí.

Broen me besa antes de que el aire termine de abandonar mi boca.

Pasa el pulgar sobre mi mano, despacio, y la caricia contiene una ternura que vuelve todavía más terminante su decisión.