Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 28
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Capítulo 28

«Caitlin»

L os pasos de la curandera se alejan por el corredor después de arrancarme la promesa de que permaneceré en la cama. Espero hasta que dejan de oírse antes de apartar la manta.

El suelo está frío bajo mis pies. La alcoba se inclina apenas cuando me pongo en pie, pero apoyo una mano en el poste y aguardo hasta que las paredes recuperan su lugar. No pienso desmayarme otra vez.

Niall intenta matarnos, un sacerdote ha llegado a Uig con un documento que Sorley trató de proteger y yo respondo a todo ello perdiendo el conocimiento delante de media fortaleza.

La mujer asegura que el mareo no es distinto de las náuseas que llevo días soportando ni de otros trastornos propios del embarazo.

La criatura está bien y yo también, aunque su manera de vigilar cada cucharada que tomo sugiere que todavía no confía demasiado en ninguna de las dos.

Recojo la camisa que Brìghde ha dejado doblada sobre el arcón y me la paso por la cabeza. La tela desciende hasta los tobillos. Cuando me inclino para buscar el vestido, me obligo a incorporarme más despacio.

Apoyo las manos sobre el vientre.

Bajo la camisa todavía no existe ninguna curva que permita adivinar lo que ocurre dentro de mí, pero llevo días tocándome así cuando nadie me ve, esperando que la palma distinga el cambio antes que los ojos.

Nuestro hijo.

El pensamiento me llena de una alegría que no se parece a nada de cuanto imaginé durante los años que pasé junto a Sorley… Durante diecisiete años todos dieron por supuesto que la incapacidad era mía.

Broen no ha necesitado más que unas cuantas noches para desmentirlo.

La satisfacción que me produce esa idea es poco caritativa, impropia de una viuda reciente y tan intensa que la curandera haría bien en no regresar hasta que consiga dominar la sonrisa.

Me pongo el vestido y tiro de los cordones con más prisa de la que permite su posición en la espalda. Después del segundo intento abandono la pretensión de anudarlos correctamente y me coloco el cinturón sobre la cintura. El manto puede ocultar el resto.

Necesito encontrar a Broen.

Me sujeto el broche bajo la garganta y cruzo la alcoba. Cuando alcanzo la puerta, levanto el pasador y tiro de ella.

Broen está al otro lado.

Tiene una mano levantada para llamar. Ocupa casi todo el corredor con el jubón oscuro y el tartán de los Morrison. Lleva el cabello revuelto, ambos ojos descubiertos, pero ninguna expresión en el rostro que yo pueda identificar.

Su mirada recorre mi rostro. Después desciende hacia el manto, el vestido mal abrochado y los pies calzados.

—¿Adónde ibas?

—A buscarte.

Algo cambia en su cara, una alteración tan pequeña que habría pasado inadvertida para cualquiera que no llevara años aprendiendo a encontrar cuanto Broen intenta esconder.

—Prometiste que permanecerías en la cama.

—Se lo prometí a la curandera. Tú no estabas allí.

Broen exhala por la nariz. Después vuelve a mirarme de arriba abajo y se detiene en los cordones torcidos.

—No estás vestida para salir.

—Estoy vestida lo suficiente para encontrarte.

Esta vez no consigue ocultar por completo lo que le provoca la respuesta. Su mano se cierra sobre el borde de la puerta y sus ojos regresan a los míos.

Me aparto para dejarlo entrar.

Broen cruza el umbral y cierra detrás de sí.

—Me han dicho que estás mejor —dice mientras permanece junto a la puerta, todavía indeciso entre acercarse y comprobar que no voy a caerme delante de él.

—La curandera te ha permitido llegar a menos de diez pasos de mí —respondo, abriendo los brazos para que contemple la extraordinaria firmeza con la que consigo mantenerme en pie—. Eso debería bastarte como prueba.

No llega a reírse, aunque algo en su expresión se afloja mientras cruza la alcoba.

—También me ha advertido que no te ayude a levantarte, no te altere y no permanezca demasiado tiempo —añade mientras avanza por fin hacia mí.

—Ha olvidado prohibirte respirar. Empieza a perder facultades. Además, ya estaba levantada cuando has llegado, de modo que no puedes ser acusado de ayudarme.

Esta vez sí sonríe. Apenas dura un instante, pero lo veo antes de que se detenga delante de mí y desprenda el broche de mi garganta.

—¿Qué haces? —pregunto cuando el manto abandona mis hombros.

—Evitar que la curandera me encuentre colaborando en tu fuga —contesta mientras lo deja sobre el arcón.

Broen apoya las manos sobre mis hombros y me hace volver. Sus dedos buscan los cordones a mi espalda. Tira del primero y el nudo que tantos esfuerzos me ha costado se deshace con una facilidad ofensiva.

—Había conseguido cerrarlo —protesto, intentando mirar por encima del hombro.

—Ni de lejos.

—No todos podemos intimidar a la ropa hasta que decide obedecer.

El segundo cordón cede bajo sus dedos. Broen abre el vestido por la espalda y desliza la tela sobre mis hombros.

Sus nudillos rozan la camisa cuando libera primero un brazo y después el otro.

No hay urgencia sexual en sus movimientos, pero mi cuerpo recuerda demasiadas ocasiones en las que estas mismas manos empezaron desnudándome con una intención muy distinta.

El vestido cae alrededor de mis pies.

Me vuelvo hacia él y descubro que mira mi vientre.

La camisa cae recta sobre una forma que todavía no ha cambiado, pero la contempla como si pudiera distinguir debajo de la tela aquello que mis propios ojos no alcanzan a ver.

La rigidez de su mandíbula y el cuidado con que respira me revelan que ya lo sabe.

—La curandera te lo ha dicho —murmuro, dejando que mis manos descansen sobre el vientre—. Ya podemos estar tranquilos.

—Todavía no he decidido qué parte de todo esto me permite estar tranquilo —responde Broen, inclinándose hacia mí.

Pasa un brazo por detrás de mis rodillas y el otro alrededor de mi espalda. Cuando me levanta, el movimiento me arranca los pies del suelo antes de que consiga sujetarme a sus hombros.

—Broen, puedo caminar —le recuerdo mientras él se dirige hacia la cama sin concederle ninguna importancia a mi protesta—. Lo he hecho durante años y hasta ahora nadie había considerado necesario transportarme de un lado a otro.

No responde. Me deposita sobre el colchón y, antes de soltarme, acomoda la almohada detrás de mi espalda. La atención con que espera a que me apoye resulta excesiva para un hombre que pretende disimular su inquietud. Después recoge la manta y la extiende sobre mis piernas.

Luego se sienta en el borde de la cama. Su muslo queda apoyado contra el mío a través de la manta, pero mantiene las manos juntas entre las rodillas, como si aún no supiera dónde colocarlas.

Hace unas semanas habría interpretado esa quietud como distancia.

Ahora reconozco al hombre que teme tocar demasiado fuerte algo que desea con toda su vida.

Soy yo quien extiende la mano.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos en cuanto los rozo. La respuesta resulta tan rápida que algo cálido se me instala detrás de las costillas. Broen gira mi mano, apoya el pulgar sobre la muñeca y permanece contando los latidos antes de levantar los ojos.

—Te has desvanecido.

—Me han informado de ello. Al parecer, estaba presente, aunque mi participación consciente resultó bastante limitada. Estoy bien, Broen. Cansada y retenida en una cama por una mujer que considera ponerse en pie una declaración de guerra, pero bien.

—Caitlin.

La gravedad con que pronuncia mi nombre podría detener una batalla.

Su mirada permanece sobre mí mientras decide cuánto creer.

Lleva días contemplándome así, pendiente de cada cambio en mi respiración, y todavía no parece comprender que ahora puedo reconocer la inquietud debajo de su silencio.

Antes la habría confundido con desconfianza o mal humor. Pero Broen cuida como lucha. Empleando todo el cuerpo y procurando que nadie descubra cuánto le cuesta.

—Te gusta este lugar —murmura por fin.

La observación me sorprende lo suficiente para que tarde en responder.

—¿Uig?

—La fortaleza, la gente. Aquí estás a gusto.

No es una pregunta, aunque la forma en que desliza el pulgar sobre mis nudillos traiciona el interés que intenta esconder.

—Me han tratado bien. Domhnall no me ha encerrado, su hija ha conseguido que coma más en estos días que Beathag durante un mes y nadie vigila mis paños cada vez que salgo de la alcoba. Resulta difícil no apreciar tales comodidades.

Broen asiente, serio, pero noto que todavía no ha llegado a aquello que quería decir.

—También te ríes mucho con Eòghan.

Lo observo durante un instante. Mantiene la vista en nuestras manos y la frase ha salido con una neutralidad tan trabajada que tengo que apretar los labios para no estropearla riéndome.

—Es que tú no eres tan divertido, Broen.

Sus ojos ascienden hasta los míos.

—Puedo serlo cuando tu vida no esté amenazada por la horca, no tenga que conservar el mando de un clan que se muere de hambre ni engendrar un hijo con cierta urgencia.

La enumeración termina con tanta seriedad que la risa me vence. Broen espera a que se apague, aunque sus dedos se acomodan mejor entre los míos y su pulgar continúa acariciándome mientras yo intento recuperar el aliento.

—No sabía que concebir un hijo te hubiese resultado tan complicado y sacrificado.

—Soporté la carga con entereza.

—Varias veces —le recuerdo.

—No parecías dispuesta a permitir que escatimara esfuerzos.

El calor vuelve a subirme por el cuello. Ladeo la cabeza y él sostiene mis ojos con esa atención que consigue que una frase absurda adquiera un significado muy distinto.

—Supongo que te alegrará saber que el esfuerzo dio resultado. Parece que no tendremos que repetir el sacrificio —añado.

Aflojo mi mano para llevar la suya hasta las mantas. Durante un instante, sus dedos permanecen suspendidos sobre mí. Después abre la palma y la posa sobre mi vientre con un cuidado que no le he visto utilizar ni siquiera al tocar una herida.

El peso de su mano apenas se nota a través de la lana. Lo que me conmueve es su expresión. Broen contempla mi vientre con el ceño fruncido, abrumado por algo para lo que no encuentra palabras.