Capítulo 27
«Broen»
E l padre Seumas mantiene las dos manos sobre la bolsa de cuero que ha colocado en medio de la mesa, aunque llevamos el tiempo suficiente en el gabinete para que el fuego haya empezado a hundirse entre las brasas.
Domhnall espera desde su silla, Darian permanece junto a la ventana y Altair observa los nudos que cierran la bolsa con una atención que impacientaría a cualquier hombre menos a ese.
Caitlin debería estar entre nosotros. Sorley era su esposo y todo cuanto aquel hombre hubiese ocultado también le pertenece, pero la curandera de los MacAulay se ha negado a dejarla abandonar la alcoba después de que se desvaneciera.
Me ha asegurado que me avisará cuando Caitlin se encuentre mejor y después me ha cerrado la puerta en la cara, una deferencia que supongo que debo agradecerle. Llevo desde entonces oyendo pasos en el corredor incluso cuando nadie pasa por él.
—Habéis arriesgado la vida por ese pergamino —dice Domhnall—. Ha llegado el momento de que sepamos por qué.
El padre Seumas desata por fin el primer cordón.
—Aquí está cuanto el viejo laird Roderick MacLeod quiso dejar por escrito antes de morir —dice el sacerdote.
Altair acerca una lámpara. Examina la cera antes de desplegar el documento por completo, compara su marca con la de una carta antigua que Domhnall ha sacado de un arcón y recorre las líneas sin precipitarse.
Comprueba los bordes, inclina el pergamino para estudiar dónde ha mordido la tinta y frota con el pulgar una zona.
—El sello pertenece al laird MacLeod y no encuentro raspaduras ni añadidos —dice Altair, recorriendo el pergamino con la yema del dedo.
Lee la fecha, los títulos de Roderick MacLeod y la declaración de que dicta su voluntad en pleno uso de su juicio.
Las primeras fórmulas apenas significan nada para mí.
Son palabras destinadas a proteger el documento de quienes intenten desacreditarlo.
Después llega a la parte que Roderick quiso proteger con ellas.
—«Declaro ante Dios y ante los hombres que Sorley y Broen Morrison, los hijos gemelos nacidos de Ailis Morrison, fueron engendrados por mí y pertenecen a mi sangre.
Conocí su nacimiento y consentí que fueran criados bajo el nombre de los Morrison, aunque ese nombre no altera el linaje del que proceden».
Altair deja de leer.
—Continúa —ordeno.
Mi voz sale más grave de lo que esperaba. Altair sostiene mi mirada durante un instante, quizá para asegurarse de que he comprendido lo que acaba de leer, y después vuelve al documento.
Cada palabra abre un hueco distinto en todo cuanto recuerdo.
Pienso en mi padre mirando por la ventana con un odio profundo cuando alguien despotricaba contra los MacLeod, en las veces que nos observó pelear en el patio.
Quizá reconocía en nuestros gestos a Roderick MacLeod.
Quizá soy yo quien empieza a reconocerlo ahora.
A Roderick lo vi sentado a la mesa de los Morrison durante reuniones entre clanes. Acudí a celebraciones en las que su voz se imponía sobre las demás y lo escuché discutir con Sorley acerca de lindes, ganado y hombres.
Me llamó por mi nombre. Nos distinguía a Sorley y a mí sin vacilar, algo que pocos conseguían cuando éramos jóvenes, y en más de una ocasión descubrí sus ojos detenidos sobre nosotros con una atención que entonces atribuí a la cautela de un laird ante los herederos de otro clan.
Altair sigue leyendo.
—«Sorley, el primero de los gemelos, ha sido criado y reconocido como heredero de los Morrison y deberá conservar los deberes contraídos con el clan que le ha dado nombre, tierras y posición.
Pero designo a Broen, el menor de ambos, sucesor de mis tierras, mi mando y las obligaciones que corresponden al laird de los MacLeod».
Altair se detiene al final de la frase. Bajo su mano, mi nombre parece más ajeno que todos los títulos que lo acompañan.
—Sigue —murmuro.
—«Declaro que Niall, a quien permití llevar mi nombre y ser tenido por hijo mío, no nació de mi sangre. No le concedo derecho a sucederme. Cualquier reclamación que presente después de mi muerte será contraria a mi voluntad y deberá tenerse por ilegítima».
Altair lee las últimas líneas en las que Roderick confirma que ha dictado esas palabras ante el padre Seumas y que jura ante Dios que todo lo dicho es cierto, y que el sacerdote queda encargado de hacerlo llegar a sus hijos. Cuando termina, no lo dobla ni lo aparta. Lo deja abierto entre nosotros.
Ha necesitado menos espacio para entregarme un clan del que habría necesitado para explicarme por qué permitió que creciera ignorando quién era.
Ni siquiera sé si esperaba que aceptase.
Me nombra, dispone mi futuro y muere, dejándome la obligación de entenderlo todo cuando ya no puedo exigirle una sola respuesta.
—¿Estaba en condiciones de saber qué dictaba? —pregunta Domhnall.
El padre Seumas retira las manos de la bolsa y las deja sobre sus rodillas.
—Estaba débil, pero conservaba el juicio. Me hizo repetir el texto dos veces antes de poner su marca. También me obligó a comprobar que el sello quedaba entero.
—¿Os dijo por qué esperó tantos años? —interviene Darian desde la ventana.
Una arruga se hunde entre las cejas del sacerdote.
—Dijo que había permitido que el temor decidiera por él durante demasiado tiempo y que ya no podía dejar a Niall cuanto pertenecía a sus hijos. Le pregunté si deseaba explicar algo más. Respondió que sus actos admitirían pocas explicaciones capaces de mejorarlos.
Al menos conocía la medida de su cobardía.
—¿Cuándo entregasteis el pergamino a mi hermano?
—Llegué a Dùn Mhoireasdan cinco días después de la muerte del laird. Sorley me ordenó que conservara el documento oculto hasta vuestra llegada. Temía que alguien registrara sus aposentos antes de que pudiera reuniros con los hombres principales de los MacLeod.
Su carta nunca fue un intento tardío de traer de vuelta al hermano al que había expulsado.
Necesitaba presentarme vivo ante los MacLeod porque el documento no lo designaba a él.
El poder que había descubierto llevaba mi nombre, y Sorley debió de creer que bastaría con colocármelo en las manos para indicarme después cómo emplearlo.
—Pretendía unir ambos clanes —deduce Domhnall—. Él conservaría a los Morrison y tú reclamarías a los MacLeod.
—Eso dijo —confirma Seumas—. Creía que, una vez aquí, aceptaríais escucharlo.
Domhnall se vuelve hacia el fuego. Durante unos instantes estudia las brasas con la misma atención que ha dedicado al sacerdote.
—Niall puede decir que el pergamino es falso, pero ha intentado matar al hombre que presenció su escritura. Tendrá que explicar por qué perseguía una falsedad que todavía no había visto.
—Encontrará una explicación —advierte Darian—. Los hombres que llevan años beneficiándose de su favor le prestarán la suya si hace falta.
—Entonces habrá que escoger con cuidado a quién se muestra primero —responde Domhnall.
La conversación empieza a disponer mi vida sin aguardar a que yo participe. Observo los nombres trazados en el pergamino: Roderick, Ailis, Sorley, Niall. Todos han tomado decisiones que terminan cayendo sobre mí, incluso los muertos.
—No he dicho que quiera convertirme en laird de los MacLeod.
Domhnall levanta la vista hacia mí.
—Tu deseo dejó de ser lo más importante cuando Niall supo que existía este documento. Mientras vivas, él puede perder el mando. Que renuncies no hará que se sienta a salvo.
—Solo facilitará que te mate antes de que cambies de parecer —añade Darian.
Tres golpes en la puerta interrumpen a Domhnall antes de que responda. La curandera entra sin aguardar invitación. Lleva las mangas remangadas y un mechón gris se le ha soltado junto a la sien.
Me enderezo antes de que cierre.
—¿Caitlin?
—Está despierta, ha bebido un poco de caldo y ya ha intentado convencerme de que puede levantarse. Dado que ha empleado más fuerzas en discutir que en sostenerse sobre las piernas, he ganado yo.
—¿Qué ha provocado el desvanecimiento? —pregunto.
Ella se acerca a la mesa, aunque me dirige la respuesta a mí.
—Antes de llegar aquí comía poco, dormía peor y llevaba días soportando más sobresaltos de los que convienen a nadie. La criatura también está exigiendo lo suyo. He vuelto a examinarla y cuanto encuentro concuerda con un embarazo que sigue adelante.
Las palabras tardan en penetrar. Domhnall asiente y Darian y Altair me observan desde el otro lado del gabinete sin permitirse reacción alguna.
Algo cede dentro de mí.
No sé si es el pecho, las piernas o esa parte de un hombre que aprende a soportar los golpes antes de que lleguen y termina desconfiando incluso cuando le ofrecen algo bueno.
Caitlin está embarazada.
Voy a ser padre y tengo que esconder el momento exacto en que mi vida acaba de cambiar.
Bajo la vista hacia mis manos. Son las mismas con las que he sostenido una espada, partido huesos, cavado tumbas y cerrado los ojos de hombres a los que no pude salvar.
Ahora tiembla uno de mis dedos.
Apenas un movimiento contra la madera, tan pequeño que nadie debería advertirlo, aunque Darian lleva demasiados años observándome para que me atreva a buscar su mirada.
Mi hijo.
Roderick MacLeod ha esperado hasta la muerte para llamarme hijo. El mío no tendrá que descubrir quién es a través de un pergamino. Quizá Lewis deba conocerlo como hijo de Sorley mientras esa mentira lo proteja entre los Morrison, pero llegará el día en que escuchará de mi boca la verdad.
—Quiero verla —consigo decir.
—La veréis cuando haya descansado un poco —replica la curandera—. Si entráis ahora con intención de sacarla de la cama, os echaré igual que he hecho antes.
No encuentro nada que responderle que no termine conmigo expulsado del corredor, de modo que asiento.
La mujer examina mi expresión, quizá para decidir si puede confiar en esa obediencia, y después sale por donde ha entrado.
Domhnall espera hasta que sus pasos se alejan.