Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 26
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Capítulo 26

«Broen»

A rdroil aparece al otro lado de una cortina de lluvia después de cinco horas de mar y trece días sin Caitlin.

El mensaje enviado desde Aurley tardó cuatro jornadas en llegar a Dùn Mhoireasdan. Después el viento cambió, el oleaje cerró la bahía y pasamos otras ocho mañanas mirando una costa que no permitía salir.

Cuando por fin la birlinn pudo abandonar el embarcadero, traje conmigo a Darian, Altair, Finn, Torren y seis hombres Morrison. No necesitaba más, aunque habría vaciado las murallas si eso hubiera conseguido acortar el viaje.

La fortaleza ocupa la elevación baja detrás de las dunas, casi borrada por la lluvia, con la torre gris vigilando la bahía desde tierra firme.

Los MacAulay han dispuesto hombres en la playa antes de que nuestra vela termine de recogerse. Ninguno desenvaina. Tampoco apartan las manos de las armas.

Un hombre ancho de hombros y barba entrecana espera junto al extremo del muelle.

Lleva el broche de los MacAulay y una espada gastada que ha conocido más uso que adornos.

Se presenta como Fionnlagh, capitán de Ardroil, mientras sus hombres sujetan las amarras y colocan una plancha entre la birlinn y la madera mojada.

—Mi laird os aguarda en el salón —informa después de saludar a Darian y a mí—. La mujer MacLeod permanece retenida en la torre oriental. El padre Seumas está bajo protección y lady Caitlin se encuentra con la familia.

Lo dice todo seguido, sin obligarnos a arrancarle cada dato. Agradezco la eficacia y detesto la naturalidad con que incluye a Caitlin dentro de aquella casa.

Saltamos al muelle. La cubierta deja de moverse bajo mis botas, aunque el cuerpo tarda varios pasos en recordarlo. Finn pisa tierra detrás de mí y se detiene para exprimir el borde de la capa.

—Podría al menos variar —protesta cuando otra ola nos arroja espuma sobre las piernas—. Ahogarnos, volcarnos, lanzarnos contra unas rocas. Esta insistencia en mojarme resulta mezquina.

—Podría granizar —dice Torren.

—Gracias. Necesitaba recuperar la ilusión.

Fionnlagh inicia la subida sin prestar atención a ninguno.

El sendero serpentea entre la roca y el muro exterior, estrecho en algunos tramos y expuesto a los arqueros de la torre.

Ardroil no necesita parecer grande. Basta con la dificultad de alcanzarlo y la falta de lugares donde esconderse durante el ascenso.

Altair estudia las almenas. Darian observa a los hombres. Yo miro las ventanas.

Trece días.

He ocupado cada uno con declaraciones, cuentas, patrullas y una investigación que parecía empeñada en producir sospechas sin culpables.

Caitlin estuvo presente incluso cuando no permití que nadie pronunciara su nombre.

En la silla vacía durante la cena, en la puerta de sus aposentos, en la cama donde el olor de su piel desapareció antes que el calor que recordaba.

Colum escribió una sola vez. Ealasaid había confesado haber conseguido la tela de Torcuil por orden de Niall. El religioso de Sorley estaba en Ardroil y poseía un documento del viejo laird MacLeod. Caitlin estaba a salvo y yo debía venir a Uig.

Nada más. Me dieron ganas de estrangularlo.

Atravesamos el portal y entramos en un patio lleno de actividad.

Dos muchachos descargan pescado. Una mujer cruza con un haz de leña sobre la espalda y regaña a un perro que intenta arrancarle una tira de cuero.

Nadie interrumpe el trabajo para mirarnos más de lo imprescindible.

Los MacAulay saben que han llegado dos lairds, varios proscritos y hombres armados, pero al parecer, también saben que la cena no se prepara sola.

Fionnlagh nos conduce hasta la construcción principal. Antes de abrir, se limpia el agua de la barba con el dorso de la mano y empuja la puerta.

El calor me golpea primero. Después el ruido.

Domhnall MacAulay ocupa una silla junto al hogar, con una pierna extendida y una copa apoyada sobre el vientre. Eòghan está sentado en el borde de la mesa. Frente a él, una muchacha pelirroja, demasiado parecida a ambos para necesitar explicaciones.

Caitlin se encuentra entre ellos.

No está sentada con la espalda recta ni con las manos protegidas dentro de la falda.

Tiene un codo apoyado sobre la mesa y la cabeza inclinada hacia Eòghan, que intenta explicar algo mientras la muchacha lo interrumpe y Domhnall añade comentarios desde su silla.

No alcanzo a oír el inicio de la conversación. Solo el final.

—Entonces el problema no fue que la vaca entrara en la capilla —dice Caitlin—. Fue que Eòghan intentara sacarla empujándola por el trasero.

Domhnall deja escapar una carcajada que le sacude el vientre y obliga a la muchacha pelirroja a apartarse para salvar la copa.

Eòghan protesta por algo que ya nadie escucha.

Caitlin se inclina sobre la mesa, riendo todavía, con una mano cerrada alrededor de una cuchara que el MacAulay ha intentado recuperar y la otra apoyada cerca del plato.

Me quedo junto a la puerta.

La he visto reír desde mi regreso. Con los niños de las aldeas, cuando Finn encuentra una forma nueva de resultar insoportable, incluso conmigo alguna vez, antes de que alguno recuerde todo cuanto existe entre nosotros. Nunca así.

En Dùn Mhoireasdan la alegría siempre parece sorprenderla en terreno enemigo. Sale deprisa y desaparece antes de que alguien pueda utilizarla.

Aquí no mira hacia las puertas ni baja la voz cuando Domhnall responde. Tampoco recoge las manos sobre el regazo al advertir que Eòghan se inclina demasiado cerca para disputar la cuchara.

Ocupa el banco, la mesa y la atención de los tres MacAulay con una naturalidad que parece aprendida durante años en lugar de trece días.

Tiene el cabello recogido en una trenza floja.

Varios mechones dorados se han soltado alrededor del rostro y el calor del hogar le ha devuelto color a las mejillas.

El vestido verde, uno que no recuerdo haber visto en Dùn Mhoireasdan, se ajusta a sus pechos y cae sobre el vientre sin que ella mantenga una mano encima para recordar a nadie la criatura.

La ausencia del gesto consigue que mire allí de todos modos.

Después vuelvo a su boca.

Sigue sonriendo mientras intenta arrebatarle la cuchara a Eòghan. Él logra quitársela y la levanta fuera de su alcance. Caitlin le da un golpe en el brazo con los dedos, sin cautela, sin pensar qué derecho tiene a tocar al heredero MacAulay delante de su padre.

Domhnall contempla la lucha con el orgullo satisfecho de un hombre cuya familia puede hacer el ridículo en su presencia sin temer que la diversión termine convertida en castigo.

Algo se me cierra detrás de las costillas.

No son los celos. O no solo.

Ardroil le sienta bien.

La certeza llega con una mezquindad que no consigo rechazar. Ha ganado peso, el rostro parece más saludable, debe dormir y comer mejor.

Sus hombros han perdido la tensión que conservan incluso cuando estamos solos.

Parece más joven, aunque no se parece a la muchacha que conocí.

Se parece a la mujer en la que podría haberse convertido de haber pasado diecisiete años en un lugar donde nadie necesitara verla pequeña para sentirse poderoso.

En trece días, los MacAulay han conseguido que Caitlin baje una guardia que yo apenas he logrado hacerle olvidar durante unos minutos, casi siempre con mi cuerpo sobre el suyo.

La comparación me deja un sabor amargo.

Fionnlagh entra delante de nosotros y espera a que Domhnall recupere el aliento.

—Mi laird, han llegado Broen Morrison y Darian MacNab.

Caitlin se vuelve.

La risa permanece en su rostro cuando encuentra el mío.

Sus ojos se abren un poco y durante un latido continúa igual, cálida, hermosa, ajena a cualquier cálculo.

Después ve a los hombres que traigo detrás, los tartanes Morrison, las espadas y todo cuanto Dùn Mhoireasdan ha enviado a reclamar su atención.

La sonrisa no desaparece. Se recoge.

Lo hace tan deprisa que quizá nadie más lo advierta. Yo llevo semanas aprendiendo cada cambio de su boca.

Eòghan baja la cuchara. La muchacha pelirroja se pone en pie y alisa su falda mientras Domhnall deja la copa sobre una mesa auxiliar. El salón se ordena alrededor de nuestra llegada.

Caitlin también se levanta.

Verla perder esa comodidad en cuanto me reconoce me hace sentir como si hubiera llevado Dùn Mhoireasdan conmigo.

Domhnall se incorpora con ayuda del bastón.

—Habéis elegido una tarde excelente para llegar —declara mientras Darian avanza a saludarlo—. La lluvia solo ha inundado medio patio y mi hijo aún no ha prometido matrimonio a ningún animal.

Eòghan inclina la cabeza con paciencia. La muchacha pelirroja vuelve a reír. Caitlin también, aunque esta vez la risa sale más breve y sus ojos continúan sobre mí.

Darian intercambia con Domhnall las fórmulas que ambos consideran imprescindibles para demostrar que son lairds civilizados.

Yo sigo sin avanzar.

Caitlin cruza la estancia hacia nosotros. El vestido se mueve alrededor de sus piernas con cada paso y el color de sus mejillas ya no parece deberse solo al hogar. Me busca el rostro como si quisiera comprobar que soy yo de verdad aunque se detiene antes de llegar a tocarme.

—Has venido.

La sencillez de la frase abre algo que llevo trece días manteniendo cerrado.

—Colum escribió que debía hacerlo.

—Colum escribe como si le cobraran por palabra. Temí que su mensaje te pareciera una invitación poco entusiasta.

—Me pareció una razón para estrangularlo cuando lo viera.

La comisura de su boca se curva.

—Tendrás que esperar. La hermana de Eòghan lleva varios días mirándolo como si cualquier violencia contra él fuera a convertirse en un asunto entre clanes.

Sigo la dirección de sus ojos. La muchacha pelirroja observa a Colum, que acaba de aparecer por una puerta lateral, con una atención que él parece no advertir. O finge no hacerlo. Con Colum ambas posibilidades suelen ofrecer el mismo aspecto.

Me saluda con una breve inclinación y empieza a informar a Altair sobre algo que él le ha preguntado.

Yo sigo con la atención en Caitlin.

De cerca, resulta aún más evidente que está bien. Tiene una pequeña marca de tinta en el lateral de un dedo y una hebra de lana roja adherida a la manga. Detalles domésticos. Pruebas de días en los que ha hecho cosas que ignoro con personas que no soy yo.

—Pareces distinta —digo.

La frase sale antes de que encuentre otra menos peligrosa.

Caitlin baja los ojos hacia su vestido, como si buscara la diferencia en la tela.

—Brìghde me prestó ropa.

—No hablo del vestido.

Vuelve a mirarme.

—Supongo que no temer que me ahorquen inmediatamente termina notándose. Y Domhnall discute conmigo sin preguntarse si una mujer puede tener criterio y Brìghde ha decidido que debo aprender todo cuanto su hermano hizo mal durante su infancia.

Lo dice sin intención de herirme.

Lo consigue.

Miro por encima de su hombro hacia los MacAulay.

Caitlin encaja allí sin que hayan tenido que encontrarle un lugar especial. La han añadido a la mesa y la vida ha continuado alrededor.

Colum se acerca antes de que encuentre una respuesta.

—El padre Seumas quiere hablar contigo —informa.

Caitlin se aparta un poco para incluirlo en la conversación. El movimiento abre aire entre nosotros y detesto notarlo.

—Primero comerán —decide Domhnall desde su silla—. El sacerdote lleva semanas guardando su secreto. Sobrevivirá el tiempo que tarde un hombre en terminar un plato de pescado.

—No conocéis a Broen —dice Caitlin, y la familiaridad con que responde al laird MacAulay provoca otra risa alrededor de la mesa—. Puede convertir una comida en una forma de interrogatorio.

Domhnall me señala con la copa.

—Entonces se sentará junto a mí. Quiero averiguar si es verdad que los Morrison solo sonríen cuando otro clan pierde ganado.

Caitlin regresa al banco que ocupaba antes. Eòghan aparta un plato para dejarle sitio y ella se sienta entre los dos hermanos sin pensarlo.

Yo sigo en pie durante un instante más.

Finn pasa junto a mí, sigue la dirección de mi mirada y reduce el paso.

—Procura parpadear —murmura—. El MacAulay acabará creyendo que quieres arrancarle la cabeza.

—Quizá quiera.

—Entonces espera a que terminen de servir. Sería una pena estropear una cena decente por celos mal organizados.

No respondo.

Porque los celos serían más sencillos.

Podría odiar a Eòghan por hacerla reír o por haberle ofrecido una salida de Dùn Mhoireasdan. Podría decidir que sus intenciones son una amenaza y resolver el problema colocándome en medio.

Lo que me detiene es algo bastante peor.

Yo apenas le he prometido que no volveré a marcharme mientras ella no me lo pida. Ni un apellido distinto al de Sorley, ni una casa donde pueda olvidar que pasó años vigilando cada palabra, ni un futuro que no dependa de una mentira.

Eòghan puede ofrecerle todo eso. Tal vez también los hijos que siempre quiso.

La idea deja de parecer tan ridícula como cuando la oí por primera vez.

Y si Caitlin lo eligiera, tendría que aceptar que yo no le he dado ninguna razón para volver conmigo a la misma jaula.