Capítulo 25
«Caitlin»
L a capilla ocupa una construcción baja junto al muro oriental, con un tejado de piedra que parece haber soportado demasiados inviernos por pura terquedad. Una rendija de luz escapa bajo la puerta.
Colum reduce el paso antes de llegar. No levanta una mano ni me pide silencio. Se limita a mirar la madera, después la ventana estrecha, y adopta esa quietud suya que vuelve innecesarias las órdenes. Desde dentro llega la voz de Ealasaid.
—Niall os ha buscado desde la muerte de su padre. Envió hombres a Harris, preguntó en Skye y ofreció plata a quienes supieran dónde habíais dormido. Ahora aparecéis en Ardroil con aspecto de haber cruzado medio reino escondido entre sacos.
La severidad de la matrona llena la capilla mejor que cualquier campana. Me acerco al muro, junto a Colum, y apoyo la espalda sobre la piedra fría.
Escuchar detrás de una puerta debería avergonzarme. No me avergüenza nada.
—Si piensas entregarme —responde Seumas—, resulta extraño que hayas esperado a quedarnos solos para delatarme.
—Mi obligación es informar de que os he encontrado —contesta al fin—. Antes de hacerlo, quiero saber qué clase de hombre voy a entregar.
—Un sacerdote.
—Los sacerdotes suelen marcharse después de un entierro, padre Seumas. Vos huisteis antes de que prepararan el cuerpo.
—Dos hombres de Niall registraron mi estancia mientras yo seguía rezando junto al cadáver. Cuando pregunté qué buscaban, me aconsejaron que recordara cuánto pesa un cuerpo cuando cae desde una muralla. Consideré que la hospitalidad MacLeod había perdido parte de su encanto.
Colum vuelve apenas la cabeza hacia mí. Seumas acaba de ganar un punto en una cuenta que solo él conoce. Entre los Cuervos, al parecer, sobrevivir a una amenaza se considera una recomendación suficiente.
—Niall aseguró que os llevasteis algo perteneciente a su padre —prosigue Ealasaid. Su voz se ha vuelto más baja, aunque conserva la acusación—. También dijo que el viejo laird deliraba durante sus últimas horas y que vos alimentasteis sus desvaríos.
—Qué conveniente. Un muerto no puede corregir la versión de quien hereda su silla.
La respuesta llega sin temblor. En la cena, Seumas parecía asustarse hasta del ruido de una cuchara. Ahora mide a Ealasaid con la seguridad de quien lleva meses repitiendo esta discusión en la cabeza y conoce todas las mentiras de Niall antes de que ella las pronuncie.
—Hablad con claridad —le exige la matrona—. Si vuestro miedo tiene una causa justa, quizá todavía pueda elegir qué contar cuando regrese.
—Ya has elegido bando. Dime, ¿qué te ha traído hasta aquí?
—Lady Caitlin afirma que espera al heredero Morrison. Niall me envió para examinarla y comunicarle cuanto descubra.
Mi vientre se contrae, quizá por el frío o por la facilidad con que mi cuerpo cabe en una frase pronunciada por desconocidos.
—¿Para averiguar si espera un hijo o para encontrar una manera de afirmar que miente?
—Mi informe bastará para que dejen de tratarla como una viuda encinta y vuelvan a tratarla como a una asesina —asegura ella.
—¿De verdad crees que lady Caitlin mató a Sorley? —pregunta el sacerdote con incredulidad.
—Carezco de dudas, y Niall tampoco las tiene. Por eso me pidió que consiguiera una prenda suya. Necesitábamos algo que la relacionara con el muchacho que sirvió el cordial a Sorley y al que después ella mató para impedir que hablara.
Durante un instante dejo de oír el mar.
El estómago se me revuelve en un vuelco profundo, caliente y punzante que me sube de golpe por la garganta. Es una náusea física, descarada y real, que me obliga a tragar saliva a toda prisa y a apoyar la espalda contra la piedra para no perder el equilibrio.
A mi lado, Colum permanece inmóvil. Solo cambia la posición de los pies, separándolos sobre la piedra húmeda.
Dentro, el sacerdote suelta una breve exhalación que contiene más incredulidad que miedo.
—Permíteme entenderlo. Niall estaba tan convencido de que lady Caitlin había matado al muchacho que os rogó conseguir una prenda para relacionarla con él.
—La prueba obligaría a los Morrison a dejar de protegerla.
—¿Y dónde apareció el cuerpo?
La pausa de Ealasaid resulta pequeña, aunque por primera vez percibo en ella el esfuerzo de quien debe ordenar una historia que hasta entonces había aceptado entera.
—Los hombres de Niall lo encontraron.
—¿Dónde?
—Cerca de Arnol.
Seumas deja pasar unos segundos.
—Así que vuestro laird sabía que el muchacho había muerto, mandó buscarlo en el lugar correcto y preparó una prueba para vincularlo con Caitlin antes de que los Morrison encontraran el cadáver.
—Niall recibió información.
—¿De quién?
Ealasaid guarda silencio.
La respuesta no llega porque probablemente jamás se la dieron.
Niall no necesitaba explicarse ante una mujer que confundía obedecer con comprender.
Le entregó una historia cerrada, un culpable y una tarea.
Ella hizo el resto con la eficacia de quien se enorgullece de no preguntar por qué una puerta aparece abierta cuando le han ordenado atravesarla.
—El cuerpo pudo descubrirlo cualquiera —replica por fin, aunque la firmeza de antes ha perdido una hebra—. Pescadores, pastores, hombres que recorren la costa.
—Y, entre todos ellos, la noticia llegó primero a Niall. También supo que aquel muchacho había servido el cordial a Sorley y decidió que lady Caitlin lo había silenciado. Después os envió a conseguir una prenda para elaborar el vínculo que todavía no existía.
—No lo elaboramos. Lo demostramos.
La indignación de Seumas se vuelve casi visible incluso a través de la puerta.
—Una prueba demuestra algo cuando se encuentra donde la dejó el culpable. Si vuestro señor ordenó colocarla, demuestra únicamente que conocía el lugar antes que los demás.
Ealasaid vuelve a moverse. La lámpara debe de quedar entre ambos, porque su sombra cruza la rendija inferior de la puerta y desaparece enseguida.
—Tenéis una facilidad asombrosa para defender a una mujer a la que ni siquiera conocéis.
—Y tú otra para condenarla con una mentira que ayudaste a construir.
La frase cae sin elevar el tono. Quizá por eso golpea con más fuerza.
—Mi obligación era impedir que una asesina conservara el poder mediante un hijo inventado. Caitlin Morrison llevaba diecisiete años sin concebir. Sorley muere y, de pronto, ella asegura que espera un heredero. ¿Qué habríais pensado vos?
—Habría pensado que una afirmación extraordinaria exige ser comprobada. Después habría procurado no plantar pruebas junto a un cadáver mientras lo averiguaba.
Casi sonrío, pese a que el cuerpo entero me arde de rabia. Seumas lleva meses huyendo y aun así conserva fuerzas para reconocer la estupidez cuando la encuentra revestida de autoridad.
Ealasaid, en cambio, parece incapaz de abandonar la versión que la mantiene a salvo de sí misma.
—He examinado mujeres toda mi vida. Sé cuándo un embarazo altera el cuerpo y cuándo una esposa finge para conservar su posición. En cuanto vuelva a sangrar, todo terminará.
Mi mano desciende hasta el vientre antes de que pueda impedirlo.
Dentro se oye un paso. Ealasaid debe de haberse acercado a él.
—Decidme qué buscaban los hombres de Niall y decidiré si os nombro en mi carta.
—Buscaban la razón por la que sigo vivo. Entenderás que prefiera conservarla.
La paciencia de Ealasaid se resquebraja.
—Si Niall descubre que os he encontrado y he permitido que os marchéis, mi silencio no me salvará. Dadme algo que pueda utilizar para decidir si vuestra vida merece poner en peligro la mía.
Seumas exhala despacio. Cuando habla de nuevo, la dureza ha cedido ante una fatiga más antigua.
—Pregunta primero por qué Niall necesitaba que su padre muriera sin voluntad escrita. Después pregúntate por qué quiso matarme y por qué Sorley Morrison aceptó ocultarme. Cuando tengas una respuesta que no dependa de la bondad de tu laird, quizá comprendas qué arriesgas al escribirle.
La madera cruje bajo la mano de Colum. Esta vez sí me mira de frente. No ha sido nombrado un testamento, pero la palabra se instala entre nosotros con una claridad incómoda.
—¿Qué tiene que ver Sorley con la herencia MacLeod?
Ealasaid espera una respuesta como si todavía tuviera derecho a exigirla después de admitir que ayudó a colocar una prueba junto a un cadáver para incriminarme. Ahí termina mi paciencia.
Empujo la puerta.
La madera choca contra el muro y ambos se vuelven. Ealasaid pierde el color al verme. Seumas aprieta una mano contra la sotana, protegiendo de manera involuntaria aquello que lleva oculto debajo.
Colum entra detrás de mí y ocupa la puerta. No necesita tocar el arma. Su cuerpo basta para informar de que nadie abandonará la capilla sin pasar primero por él.
—Quiero asegurarme de haberlo entendido bien —digo, avanzando hacia Ealasaid—. Niall te pidió una prenda mía, tú se la entregaste y después apareció junto al cadáver de Torcuil.
—Actué por orden de mi laird.
—Entonces se lo explicarás ahora mismo a Domhnall MacAulay.
Ealasaid mira hacia la puerta donde Colum le resulta más amenazante que yo.
—No podéis obligarme.
—Yo quizá no —respondo—. Pero él sí puede impedir que salgas mientras voy a buscar al laird.
Mi voz conserva una calma que no se parece en nada a lo que siento. Tirarla del cabello hasta la sala habría sido más satisfactorio.
Seumas abandona el altar antes de que ella alcance la puerta.
—Os acompañaré.
La matrona se vuelve hacia él con brusquedad.
—Esto no os concierne.
—Acabas de confesar delante de mí. —El sacerdote se ciñe la sotana alrededor del cuerpo, ocultando de nuevo aquello que protege bajo la tela—. Si pretendes repetir la historia de otro modo, prefiero ahorrar al laird MacAulay el trabajo de mandarme llamar.
Ealasaid aprieta la boca. Durante la cena parecía una mujer capaz de condenarme sin perder el apetito. Ahora ya no parece la misma mujer.
Colum se aparta solo lo imprescindible para dejarme pasar y Seumas me sigue.
—¿Es cierto lo que cuentan aquí? —pregunta el padre Seumas cuando alcanzamos la escalera—. ¿Broen dirige ahora a los Morrison?
La forma en que pronuncia su nombre me obliga a observarlo.
—Dirige cuanto Sorley dejó desordenado, que es casi todo. El consejo aún evita llamarlo laird con demasiada claridad, pero obedece sus órdenes cuando las cosas se tuercen. Suele ocurrirles a los hombres que descubren demasiado tarde quién es de verdad útil.
A nuestra espalda, Ealasaid empieza a discutir con Colum. La voz de él llega una sola vez, baja y seca. Después deja de oírse la de ella.
—Sé que no matasteis a Sorley —afirma el sacerdote—. Yo puedo demostrar por qué necesitaba muerto a vuestro esposo.
Me detengo.
—¿Qué tenéis?
Sus dedos aprietan la tela bajo el pecho.
—Un documento escrito por mi mano y sellado por el viejo laird MacLeod. Niall intentó matarme para recuperarlo y silenciarme.
La revelación tarda en asentarse. Sorley ocultó a Seumas, anunció que pronto revelaría una noticia y murió antes de hacerlo. El hilo que une los hechos deja de ser tan endeble.
—¿Le contaréis a Domhnall cuanto acabáis de decirme?
—El documento debe llegar primero a Broen.
—Llegará. Antes necesito que el laird MacAulay escuche cómo Niall MacLeod ha fabricado pruebas contra mí y que os conceda protección hasta que llegue Broen.
Seumas asiente y me sigue hacia la sala.
Tras la puerta continúan las voces de los MacAulay, ajenas todavía a que Niall acaba de perder una matrona, un sacerdote y el secreto por el que mató a Sorley.