Capítulo 24 #2
Sorley escondía a un sacerdote.
El recuerdo me deja una presión fría bajo las costillas. Nadie había conseguido averiguar quién era ni por qué mi marido lo mantenía oculto. Tal vez Seumas no tenga relación alguna con aquel hombre. Lewis cuenta con más de un sacerdote y el miedo puede proceder de muchos lugares.
La presencia de Ealasaid, sin embargo, parece haberlo inquietado todavía más. También sabe quién soy yo, aunque nadie me ha presentado.
Busco a Colum. Él desliza el pulgar una vez por el borde de la jarra y mueve los ojos hacia el sacerdote. El gesto dura apenas un momento, pero contiene una pregunta que ambos comprendemos.
También lo ha relacionado.
—¿Estás cansada?
Eòghan ha dejado de hablar con su padre y me observa con una preocupación discreta.
—Sí, creo que… me retiraré a descansar si no os importa.
Eòghan se incorpora antes de que termine la frase. La rapidez del movimiento llama la atención de su padre, que lo mira primero a él y después a mí.
—Claro —responde—. Perdona. No hemos tenido en cuenta tu estado.
La palabra queda suspendida entre nosotros con una delicadeza que no esperaba. Mi estado. Aquí nadie la pronuncia con suspicacia ni dirige la vista hacia mi vientre para buscar señales. Domhnall se limita a apartar su cuenco y hace un gesto a Brìghde para que se acerque.
—La habitación está preparada —asegura ella—. He pedido que dejaran más turba junto al hogar y una jarra de agua caliente. Si necesitas otra manta, hay una en el arcón.
—Con una bastará.
—Eso dices porque todavía no has dormido con el viento del oeste golpeando esa pared —interviene Eòghan mientras recoge mi copa para apartarla del borde—. Cuando empiece, parecerá que alguien intenta entrar con un ariete.
Brìghde le dedica una mirada impaciente.
—No golpea tanto.
—La última vez arrancó dos tejas.
—Porque tú prometiste arreglarlas y esperaste hasta que salieron volando.
Domhnall apoya el bastón entre sus piernas y contempla a sus hijos con una expresión satisfecha, como si la discusión confirmara que todo marcha según debe.
—Si la habitación se hunde durante la noche, grita antes de caer. Así Eòghan sabrá qué debe reparar por la mañana.
Me río antes de recordar que estoy sentada a la mesa de los hombres que me custodian por orden del rey. Eso es lo que me sorprende. No la risa, sino haberla dejado salir aquí, entre desconocidos, sin medirla ni comprobar quién escucha.
Aquí nadie aprovecha el momento para preguntarme por Sorley, por el consejo Morrison o para poner en duda mi embarazo.
Tampoco mencionan a Broen, aunque Eòghan debe de arder en deseos de saber si piensa quedarse como laird, si los hombres de Dùn Mhoireasdan lo obedecen o si la muerte de su hermano ha cambiado el equilibrio dentro del clan.
Me han preguntado por mi padre.
Han hablado de enviar un barco para buscar a mi familia.
Después me han dejado cenar.
La sencillez de esa consideración me duele en un lugar que creía endurecido.
—Descansa —dice Domhnall, y su voz pierde parte de la ironía.
Brìghde empieza a levantarse, pero Colum ya se ha puesto en pie.
—La acompañaré.
La muchacha permanece a medio movimiento antes de sentarse de nuevo. Colum espera junto a la puerta mientras yo tomo el manto del respaldo y me lo coloco.
Me despido de Domhnall y Eòghan. Colum abre la puerta cuando llego hasta él y sale después de mí.
El pasillo que conduce a la escalera está más frío que la sala. Una sola lámpara arde en una hornacina y deja las paredes de piedra cubiertas de sombras largas. El ruido de la cena queda amortiguado a nuestra espalda, reducido a un rumor de voces y madera arrastrándose sobre el suelo.
Colum camina a mi lado, sin tocarme, atento al tramo irregular de losas.
—Te han caído bien —dice.
—Son difíciles de detestar.
—Eòghan se esfuerza en complacerte. Demasiado, diría yo.
—Parece una falta grave, por tu tono.
—Todavía no lo he decidido.
Llegamos a la curva donde el corredor se estrecha antes de abrirse al patio interior. Allí el viento se cuela por una saetera y mueve la llama de la lámpara.
Detrás de nosotros, una puerta se abre.
El padre Seumas sale al pasillo y se detiene al encontrarnos. Lleva la capucha levantada y las manos escondidas dentro de las mangas. Durante un instante parece considerar la posibilidad de regresar a la sala.
Después avanza.
—Lady Caitlin.
La voz le sale más baja que durante la cena.
Colum modifica apenas el paso. Su hombro queda delante del mío, una barrera tan discreta que podría atribuirse a la estrechez del corredor.
—Padre —respondo.
Seumas mira hacia la puerta cerrada de la sala y luego hacia el extremo opuesto del pasillo. La lámpara revela un brillo de sudor junto a la sien.
—Necesitaba… —empieza, pero la frase se le apaga al encontrar resistencia en Colum.
—¿La capilla? —pregunta él.
El sacerdote parpadea.
—Sí. La capilla.
Colum señala la puerta lateral.
—Al otro lado del patio. La construcción baja junto al muro.
—Gracias.
Seumas se aparta y sale con una prisa contenida. La ráfaga que entra mueve las llamas de una lámpara y levanta el borde de varias pieles tendidas junto a la pared.
Colum espera a que la puerta vuelva a cerrarse antes de reanudar la marcha. Seumas ha desaparecido con tanta prisa que casi podría creerse que la capilla acaba de salvarle el alma.
—¿Crees que buscaba la capilla? —pregunto.
Colum mantiene la vista al frente.
—No.
La respuesta cae con la misma rotundidad que si le hubiera preguntado si el mar está seco.
Empiezo a sospechar que Colum ahorra palabras por miedo a que algún día puedan hacerle falta.
—Entonces…
—Cuando alguien cambia tres veces de destino en cinco pasos, todavía no ha decidido a quién teme más.
Apoyo una mano en la cuerda que sirve de pasamanos. Pero las coincidencias empiezan a exigirme una fe mayor que la que poseo.
—Sorley ocultaba a un sacerdote —le recuerdo, aunque la atención con que vigila el corredor indica que ya ha llegado a la misma conclusión—. Podría ser el padre Seumas.
—Lo sé.
—Voy a hablar con él.
—Ya lo había supuesto.
Me vuelvo desde el escalón superior. Colum ha adoptado esa expresión paciente que utilizan los hombres cuando creen haber comprendido a una mujer antes de que ella misma termine de hacerlo.
Quizá la enseñen en alguna guarida secreta de cuervos junto con el manejo de la espada y la costumbre de aparecer donde nadie los ha llamado.
—¿Piensas impedírmelo?
—Pienso acompañarte.
Por supuesto. Ni siquiera necesita reflexionarlo.
—Quizá quiera hablar a solas conmigo.
—Podrá pedírmelo cuando estemos delante de él.
La luz pobre de la lámpara endurece sus facciones y vuelve todavía más absurda la idea de que Seumas vaya a pedirle amablemente que se retire.
—Broen te ha enseñado malas costumbres.
—Broen me enseñó a desconfiar de los hombres que salen detrás de una mujer cuando creen que nadie mira.
Reanudo la marcha hacia el lugar donde ha desaparecido el sacerdote.
—Entonces espero que también te enseñara a guardar silencio.
—Me enseñó a dejar que los demás hablen primero.
Conociendo a los cuervos, sospecho que la lección termina justo antes de que empiecen las amenazas.