Capítulo 24
«Caitlin»
L a cena empieza antes de que consiga acostumbrarme al sonido de aquella casa.
En Dùn Mhoireasdan también había risas.
Las mías sobrevivieron en las cocinas con Beathag, detrás de puertas cerradas y, desde el regreso de Broen, entre unos hombres que parecen considerar la solemnidad una enfermedad que conviene combatir.
Pero en la gran sala, mientras Sorley ocupaba la silla principal, el ruido tenía límites. Los hombres reían pendientes de su mesa, atentos a cualquier gesto que indicara si podían continuar o si la diversión acababa de ofenderlo.
Aquí lo extraño no es que la gente se ría. Es que nadie vigila a Domhnall mientras lo hace.
Brìghde discute con un criado porque ha colocado el pan demasiado cerca del hogar. Eòghan intenta robar una loncha de carne antes de que terminen de servirla y recibe un golpe en los nudillos con la cuchara. Domhnall observa el castigo desde su asiento, satisfecho.
—Tu madre habría utilizado el cucharón grande —le advierte a su hijo mientras acomoda la pierna enferma sobre un banco bajo—. Te estás beneficiando de la decadencia de las costumbres.
—Mi madre me quería.
—Por eso te golpeaba con precisión.
Eòghan se sienta a mi izquierda y se frota los dedos, aunque Brìghde apenas lo ha tocado. Ella ocupa el otro lado de la mesa, junto a Colum, elección que pretende parecer casual y no engaña a nadie que haya observado cómo ha cambiado de sitio dos veces antes de sentarse.
Colum no parece haberlo advertido, pero con él nunca se sabe.
Ha elegido el banco desde el que puede ver la puerta principal, la entrada de la cocina y la escalera que sube a las habitaciones. Come despacio, sin sumarse al ruido ni aislarse de él. Cuando alguien se mueve detrás de mí, sus ojos lo siguen antes de regresar al plato.
Brìghde le acerca a Colum el cuenco de nabos antes de que este lo pida.
—Están cocidos con manteca —le explica—. Mi padre dice que saben mejor así.
—Tu padre tiene razón.
Ella baja la mirada para ocultar una sonrisa. Domhnall, que no se pierde gran cosa desde su silla, observa a su hija y luego a Colum con una paciencia inquietante. Eòghan también lo ve, pero decide concentrarse en cortar la carne.
Ealasaid, la matrona MacLeod, se encuentra cerca del extremo de la mesa, entre una mujer mayor del clan y uno de los hombres que la acompañaron desde Dùn Mhoireasdan.
Come sin apartar del todo la atención de mí, aunque Brìghde ha dejado claro, al conducirme hasta mis aposentos, que la matrona no entrará allí mientras yo no lo permita.
Domhnall rompe un pedazo de pan y lo moja en el caldo.
—Eòghan dice que naciste en Kintyre.
La pregunta no me incomoda hasta que intento responderla.
—En las tierras de una rama menor de los MacDonald —explico—. Mi padre es primo de Alexander Carragh MacDonald de Dunyvaig.
—¿Cómo se llamaba?
—Ranald MacDonald.
El nombre de mi padre lleva tanto tiempo sin salir de mi boca que durante un instante parece pertenecer a otro hombre.
Domhnall mastica despacio antes de volver a hablar.
—Conocí a un Ranald MacDonald hace muchos años. Tenía una cicatriz bajo la barbilla y discutía el precio de la lana como si cada vellón hubiera nacido de su propio cuerpo.
—Entonces probablemente era él.
Recuerdo la cicatriz. También el modo en que mi padre se tocaba la mandíbula cuando pensaba que alguien intentaba engañarlo. El recuerdo regresa intacto y duele con todos los años que lleva encerrado.
—¿Sigue vivo? —pregunta Brìghde.
Miro el caldo.
—No lo sé.
La mesa pierde parte de su ruido.
Eòghan deja el cuchillo junto al plato. No reacciona con sorpresa exagerada, pero la ligereza desaparece de sus facciones.
Domhnall apoya los antebrazos sobre la mesa.
—¿Cuándo recibiste noticias por última vez?
Busco la respuesta y solo encuentro años mezclados entre sí.
—Mi madre escribió después de que muriera mi hermano mayor. Eso fue… —Cuento inviernos, embarazos que nunca llegaron y festividades celebradas bajo la mirada de Sorley—. Hace nueve años. Quizá diez.
Brìghde levanta la vista.
—¿Y nunca contestaron después?
—Yo contesté.
La frase sale más defensiva de lo que pretendía.
—Varias veces —añado—. Sorley decía que los barcos no habían podido partir, que los mensajeros se negaban a cruzar durante el invierno o que las cartas se habrían extraviado en Skye.
Después me avisó de que mi madre enfermó y mi hermano menor heredó las obligaciones de mi padre y… supuse que tendría su propia familia.
Nadie habla.
Ealasaid deja de comer.
Domhnall me observa con una expresión distinta a la compasión. Peor. Comprensión.
—Los barcos de Kintyre llegan a Lewis todos los años —dice—. Incluso en inviernos malos.
Eòghan baja la vista hacia su copa. Hasta ese momento había evitado cuestionar de forma directa cuanto pudiera pertenecer a mi matrimonio, quizá por cortesía o porque sabe que cada revelación puede convertirse después en testimonio. Ahora se le endurece la boca.
—¿Nunca vinieron a verte?
—Mi padre quiso hacerlo durante los primeros años. Sorley aseguró que había disputas en la costa y que no podía garantizar su seguridad. Después dijo que yo me encontraba enferma. —Paso el pulgar por una grieta de la copa—. Más tarde dejó de explicar por qué no era buen momento.
Brìghde mira a su padre como si esperara que él negara la evidencia.
Domhnall no lo hace.
—Menuda sarta de patrañas. Te mantuvo apartada de tu familia a propósito.
No lo formula como una pregunta.
—Mis padres creían que una esposa debía permanecer junto a su marido —digo—. Aunque hubieran sabido que era infeliz, habrían esperado que lo soportara.
—Soportar un mal carácter no es lo mismo que desaparecer —responde Domhnall.
Brìghde ha olvidado a Colum. Me mira con los ojos muy abiertos, incapaz aún de esconder lo que siente.
Eòghan se gira hacia su padre.
—Podríamos enviar un barco cuando mejore el tiempo.
La rapidez con que lo dice me aprieta el pecho. Nadie le ha pedido que resuelva nada. Ni siquiera ha terminado de entenderlo. Aun así, su primer impulso ha sido encontrar una forma de devolverme algo.
Domhnall señala a su hija con el pan.
—Mañana buscarás en los registros de comercio. Si algún barco de Kintyre ha descargado aquí durante los últimos años, sabremos quién lo mandó.
Brìghde asiente con solemnidad.
Eòghan no discute la orden.
En aquella familia, la autoridad no necesita convertir a nadie en pequeño.
La idea me descoloca más que todo lo demás.
Durante un rato me dejo envolver por aquella familia que se contradice sin convertir cada desacuerdo en una herida. Eòghan puede burlarse de su padre y seguir mirándolo con afecto. Brìghde corrige a ambos, recibe una réplica y continúa comiendo. Nadie espera una represalia después de la risa.
Sorley ha muerto, pero mi cuerpo tarda en creer que puede descansar.
La facilidad de aquella mesa duele. Podría acostumbrarme a una casa así, a hablar sin medir el humor de un hombre y a dormir sin escuchar pasos en el corredor.
Un criado entra con una jarra de cerveza y, detrás de él, aparece un hombre al que no he visto durante el desembarco.
Lleva una sotana negra gastada, demasiado amplia en los hombros, y un cordón sencillo anudado a la cintura.
La tonsura está reciente, aunque el cabello que la rodea ha crecido de manera irregular.
Su rostro es estrecho, cubierto por una barba gris que no consigue ocultar la delgadez.
Tiene las mejillas hundidas y las manos de alguien que ha pasado hambre o una larga enfermedad.
Se detiene al verme.
No es una vacilación común.
Sus dedos se cierran sobre el pequeño crucifijo que lleva al pecho y sus ojos se fijan en mí con una intensidad que no corresponde a una presentación entre desconocidos.
Domhnall advierte su presencia.
—Padre Seumas. Venid. Os guardaremos un plato si mi hijo deja algo.
El sacerdote inclina la cabeza con rapidez.
—Sois muy generoso, mi señor.
Su voz apenas supera el rumor de la sala. Acepta el cuenco que le ofrece una criada y avanza hacia la mesa procurando no llamar la atención. Sin embargo, al levantar la vista, sus ojos tropiezan conmigo de nuevo.
Ocupa el banco libre junto al hogar y coloca el cuenco frente a él. El vapor le humedece las mejillas hundidas, pero tarda en coger la cuchara. Sus dedos continúan cerrados alrededor del crucifijo que cuelga sobre la sotana.
Ealasaid alza la cabeza.
—Padre Seumas.
El sacerdote se vuelve hacia ella y la poca serenidad que había recuperado se le quiebra en el rostro. La sorpresa apenas dura, aunque la cuchara golpea contra el borde del cuenco cuando por fin la toma.
—Ealasaid.
Se inclinan el uno hacia el otro con la familiaridad sobria de quienes han coincidido muchas veces en bautizos, entierros y casas donde alguien necesita ayuda.
—No esperaba encontraros en Ardroil —comenta la matrona.
Seumas mira de nuevo su caldo antes de contestar.
—Yo tampoco esperaba terminar aquí.
Ealasaid acepta la respuesta sin concederle mayor importancia. Él, en cambio, permanece atento a cada uno de sus movimientos, como si la presencia de la matrona hubiera añadido una amenaza distinta a la que ya encontró al verme.
Domhnall vuelve a hablar de los barcos que parten hacia el sur.
Intento atender, pero el sacerdote apenas prueba la comida.
Cada vez que la puerta se abre, vuelve la cabeza. Rechaza la carne que una criada le ofrece sin mirar la bandeja y derrama caldo sobre la manga cuando dos hombres entran cargados con leña. Después sus ojos regresan hacia mí por el espacio entre los hombros de Eòghan y Domhnall.
Aparta la vista en cuanto descubre que lo observo.
Al otro lado de la mesa, Colum sostiene la jarra de cerveza entre las manos.
La superficie bruñida de la pieza devuelve un reflejo deformado del hogar y del banco donde se sienta Seumas.
Desde allí puede vigilarlo sin girarse. Continúa escuchando a Domhnall, parte un pedazo de pan cuando Brìghde se lo acerca y responde con educación a una pregunta sobre el viaje.
Aun así, cuando el sacerdote levanta la cabeza, los ojos de Colum ya están fijos en la jarra.