Capítulo 23 #3
Él sostiene el pan entre ambos sin atribuir importancia al gesto. Ella lo contempla como si acabara de ofrecerle una reliquia.
—Gracias —consigue decir.
Colum ya está mirando hacia la empalizada cuando ella retira la mano, pero Brìghde se queda inmóvil con el pedazo de pan entre los dedos. El rubor le alcanza las mejillas y resalta las pecas hasta hacerlas parecer más oscuras.
Conozco esa turbación.
No la que provoca un hombre al acercarse demasiado, sino la anterior. La que nace cuando una mujer descubre que desea que vuelva a acercarse.
—¿También debo comer? —pregunta él.
Brìghde levanta la cabeza con una rapidez que habría delatado incluso a una mujer con mucha más experiencia.
—Sí.
Eòghan mete la mano en el cuenco.
—A mí nunca me recibes con pan.
Su hermana le golpea los dedos antes de que alcance un pedazo.
—Tú no eres invitado.
—Él tampoco.
Colum acepta un trozo cuando se lo ofrece. Le da las gracias, lo come sin advertir que Brìghde permanece pendiente de su reacción y vuelve a ocuparse de cuanto ocurre alrededor.
—Está bueno —dice al terminar.
La muchacha sonríe.
Eòghan mira primero a su hermana y después a Colum. Algo empieza a ordenarse muy despacio detrás de sus ojos.
—He ayudado a hacerlo —se apresura a explicar Brìghde, dirigiéndose a Colum—. No todo. Amasé una parte. Y encendí el horno. Aunque el primer fuego se apagó porque la turba estaba húmeda, pero el segundo…
Se interrumpe al darse cuenta de cuánto está hablando.
Colum espera con educación, sin burlarse de ella ni terminarle la frase.
—Entonces tiene más mérito —responde.
Es una frase sencilla. Probablemente la olvidará antes de alcanzar la fortaleza. Pero sospecho que Brìghde la recordará durante el resto de su vida.
Eòghan exhala lentamente por la nariz, recupera el cuenco de manos de su hermana y se lo entrega a una criada.
—Padre nos espera.
Brìghde asiente, demasiado deprisa, y se coloca a mi lado. Colum echa a andar detrás de nosotros con esa forma suya de acompañar sin parecer parte de la comitiva.
El camino asciende entre las dunas sobre piedras planas hundidas en la arena. A medida que nos acercamos, la fortaleza pierde la modestia que mostraba desde el mar.
No hay adornos inútiles.
Todo parece pensado para resistir el viento, la sal y a los hombres.
De las vigas cuelgan redes, remos partidos, arpones y varios escudos abollados que nadie se ha molestado en reparar.
—El de la izquierda perteneció a un MacLeod —me explica Eòghan al verme mirarlos—. Mi abuelo decía que tapaba mejor un agujero en el techo que en el brazo de su dueño.
Colum se detiene bajo el arco de entrada y levanta la vista hacia la pasarela que une la torre con la muralla.
—Dos hombres podrían defender esa subida durante bastante tiempo.
No halaga la construcción. La evalúa.
Eòghan sigue su mirada.
—Tres, si el tercero no molesta.
—Entonces bastarán dos.
La respuesta no busca provocar. Colum ya ha pasado al siguiente detalle: la puerta secundaria junto a los establos, las almenas bajas, la distancia hasta el pozo. Brìghde lo observa desde mi otro lado, aunque esta vez tiene la sensatez de apartar los ojos antes de que su hermano la descubra.
Dentro de la sala grande, el aire cambia. Las vigas son bajas, oscurecidas por años de humo. Sobre la pared del fondo cuelga el estandarte MacAulay, rojo y oro, junto a una espada demasiado vieja para seguir utilizándose y demasiado importante para retirarla.
El padre de Eòghan y Brìghde nos espera junto al hogar.
Domhnall MacAulay es un hombre ancho incluso bajo las mantas que le cubren las piernas.
El cabello conserva vetas rojizas entre el blanco y la barba le llega hasta el pecho.
No se levanta al verme, pero tampoco intenta disimular que la rodilla derecha no le responde bien.
Se limita a apoyar ambas manos sobre el bastón y me examina con unos ojos claros que no han perdido nada de fuerza.
—Así que tú eres Caitlin Morrison.
No hay desprecio en su voz. Tampoco compasión.
—Y vos sois el hombre que ha aceptado custodiarme.
Una comisura de su boca se mueve.
—Custodiar es una palabra para hombres que temen decir proteger.
Eòghan abre la boca para intervenir, pero su padre levanta un dedo y lo silencia sin mirarlo.
—En Ardroil serás huésped mientras no intentes incendiarme la torre —continúa—. Si decides hacerlo, avisa antes. Mi hija guarda cosas importantes en la planta alta.
Brìghde pone los ojos en blanco.
—Solo libros y ropa.
—Precisamente. Mi hijo solo guarda armas y opiniones. Ambas pueden sustituirse.
Eòghan acepta el golpe con la paciencia de quien lleva años perdiendo esa batalla.
Domhnall mira entonces a Colum.
—¿Y tú?
Colum inclina la cabeza.
—Colum.
El laird espera algo más. No llega.
—¿Sin apellido?
—Tengo uno. No suele mejorar las conversaciones.
El anciano lo observa durante unos segundos y golpea una vez el suelo con el bastón.
—Bien. Los hombres que llegan anunciando demasiado suelen traer poco detrás.
Colum no sonríe, pero su mirada se suaviza apenas.
Eso, en él, equivale casi a una reverencia.