Capítulo 23 #2
Está caliente pese al frío.
—Bienvenida a Ardroil, Caitlin.
No utiliza mi título. Tampoco el apellido de Sorley.
Durante un instante soy únicamente yo, sobre una pasarela que se balancea entre la birlinn y una tierra donde nadie ha inspeccionado todavía mis paños ni ha discutido delante de mí si merezco seguir viva.
Debería sentir alivio.
Sin embargo, al tocar la arena, vuelvo la vista hacia el mar que acabamos de cruzar.
La ruta de regreso ya se ha desvanecido bajo el cielo gris.
Dùn Mhoireasdan queda en algún lugar detrás de los promontorios, oculto por la misma isla que durante toda mi vida me pareció demasiado pequeña para guardar un secreto.
Broen también.
Colum desciende detrás de mí. No pregunta qué estoy buscando. Solo se sitúa a mi lado, mirando en la misma dirección.
—No se ve desde aquí —dice.
—Ya lo sé.
—Él también.
Vuelvo la cabeza.
Colum contempla el horizonte, discreto incluso al ofrecer consuelo.
Después echa a andar hacia la fortaleza como si no hubiera dicho nada.
Ealasaid desciende detrás de los hombres de Uig. No necesita preguntar dónde dormirá. Por la forma en que mira la fortaleza, ya está decidiendo desde qué puerta podrá vigilar la mía.
La muchacha pelirroja baja el cuenco que sostiene en cuanto nos acercamos.
De cerca parece aún más joven de lo que pensé desde el barco. Quince años, quizá. Tiene el cabello del mismo rojo encendido que Eòghan, recogido en dos trenzas gruesas que le caen sobre el pecho, y una constelación de pecas tan apretada sobre la nariz que apenas queda piel entre unas y otras.
Lleva un vestido de lana verde sencillo y las botas manchadas de arena hasta los tobillos.
Eòghan intenta besarle la frente. La muchacha ladea la cabeza para esquivarlo, aunque la sonrisa le estropea el desaire.
—Has tardado —le reprocha.
—También me alegra verte.
Eòghan se vuelve hacia mí con una resignación demasiado acostumbrada para ser auténtica.
—Mi hermana, Brìghde. Desde que nuestra madre murió, se considera responsable de recibir a cuantos llegan a Ardroil y de señalarme todos mis errores antes de que alguien más tenga ocasión.
La muchacha me dedica una inclinación correcta, ensayada muchas veces y ejecutada con demasiada rapidez para resultar solemne.
—Lady Caitlin. —Al incorporarse, sus ojos recorren mi manto húmedo y se detienen en los mechones pegados a mis mejillas—. Mi hermano aseguró que llegaríais antes de que cambiara la marea.
—La marea no consulta a tu hermano —respondo.
Brìghde desvía una mirada hacia Eòghan. Por el modo en que se le eleva una comisura, entiendo que acabo de confirmar una opinión que ya tenía formada.
—Eso intento explicarle desde que aprendí a hablar.
Eòghan toma el cuenco de sus manos antes de que ella pueda apartarlo.
—También lleva desde entonces creyendo que toda frase mejora si me contradice.
—La mayoría mejora.
No lo dice con la destreza de una mujer habituada a dominar conversaciones, sino con la rapidez de una hermana pequeña que lleva toda la vida descubriendo dónde están los puntos débiles del único hombre al que no necesita impresionar.
Eòghan podría corregirla delante de sus hombres. En lugar de eso, retira el paño que cubre el cuenco.
Dentro hay pan de avena, un pequeño montón de sal y una copa baja.
—Mi abuela insistía en que nadie debía entrar en Ardroil sin probar primero el pan de esta tierra y la sal de nuestro mar —explica—. Eòghan dice que la costumbre procede de Irlanda. Eòghan atribuye a Irlanda cualquier cosa cuya explicación desconoce.
Su hermano se lleva una mano al pecho, herido solo en apariencia.
—También atribuyo a Irlanda tu carácter.
—Mi carácter procede de haber crecido contigo.
Brìghde parte un pedazo de pan, lo unta con la sal y me lo entrega. Sus ojos no abandonan mi rostro mientras lo llevo a la boca. El pan está frío y resulta algo correoso por la humedad, pero contiene semillas tostadas y un sabor limpio que me obliga a masticar despacio.
—Ahora ya eres huésped —declara cuando termino—. Eso significa que comerás con nosotros y caminarás por donde desees.
—Gracias.
Va a decir algo más. Lo noto en el modo en que toma aire y aprieta el cuenco contra el vientre. Sin embargo, Colum llega a nuestro lado en ese momento y la frase desaparece de su rostro.
Brìghde lo mira.
Nada en ella se mueve durante un latido entero.
Después baja los ojos hacia el broche oscuro de su tartán, los vuelve a subir hasta el rostro y parece olvidar que su hermano, yo y media playa podemos verla.
Es la mirada de alguien que encuentra una puerta donde hasta entonces solo había pared.
Eòghan no lo advierte. Está demasiado ocupado retirándose arena de las botas.
—Él es Colum —dice—. Uno de los hombres de Broen. Nos acompañará durante la estancia de Caitlin.
Colum inclina la cabeza hacia la muchacha.
—Lady Brìghde.
Su cortesía resulta impecable. También completamente indiferente.
Brìghde abre la boca.
—Yo…
El cuenco se le inclina entre las manos. La copa de madera que hay bajo el paño golpea contra el borde, y ella lo endereza tan deprisa que una parte de la sal cae sobre sus botas.
Eòghan levanta la vista.
—¿Qué haces?
—Nada.
La respuesta sale demasiado rápida. Brìghde mira la mancha blanca sobre el cuero como si la sal hubiera decidido traicionarla por voluntad propia.
Se agacha para sacudirse la bota, aunque la sal ya se ha metido entre los cordones. El movimiento le permite ocultar el color que empieza a subirle por el cuello.
No sé si Colum lo ha visto. Su expresión no cambia, pero da un paso para recoger el pequeño pedazo de pan que ha caído junto al cuenco.
Lo limpia con dos dedos y se lo entrega.
—Se te ha caído esto.
Brìghde alza el rostro.