Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 23
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Capítulo 23

«Caitlin»

L a birlinn deja de combatir contra el mar antes de que yo consiga distinguir la costa.

La violencia de las olas disminuye poco a poco.

El casco aún sube y cae bajo mis pies, pero ya no recibe los golpes de costado ni arroja espuma por encima de la borda.

El timonel ha encontrado la entrada de la bahía y los doce remeros hunden las palas al mismo tiempo, levantando hilos de agua que el viento rompe antes de devolverlos al océano.

Permanezco en la proa, con una mano aferrada a la madera húmeda y la otra escondida bajo el manto.

Ealasaid continúa sentada, con la bolsa entre los pies y la mirada perdida en el mar. No sé qué le ha dicho Colum y creo que nunca lo sabré si tengo que depender de él para ello.

Llevo tantas horas respirando sal que la siento pegada a los labios, en el cabello y hasta en la lana del vestido. Aun así, cuando la costa se abre delante de nosotros, tomo aire como si acabara de aprender a hacerlo.

La playa se extiende entre dos promontorios oscuros, enorme y lisa, con la arena tan blanca bajo las nubes que parece molida de huesos.

El agua llega hasta ella en lenguas verdinegras, removida por un viento que no deja de correr aunque la birlinn ya haya entrado en la protección de la ensenada.

No hay árboles apretados contra las laderas ni una torre dominando el terreno desde lo alto. Solo dunas cubiertas de marram, brezales que suben hacia las colinas y, más allá, manchas de agua quieta atrapadas entre la tierra y el cielo.

Creía conocer Lewis.

Conocía los corredores de Dùn Mhoireasdan, la escalera que crujía junto a la despensa, el color que adquiría el mar bajo las ventanas cuando se acercaba una tormenta.

Sabía dónde guardaban el grano, qué mujeres evitaban mirar a los hombres del consejo a los ojos y qué puertas convenía no cruzar cuando mi marido estaba de mal humor.

Eso no era conocer una isla.

Era conocer una jaula.

Eòghan se acerca y apoya una mano en la borda.

El viento le aparta el cabello de la frente. Bajo la claridad gris, el rojo de su pelo adquiere el color del cobre recién golpeado.

No es el único. Entre los hombres que manejan las cuerdas distingo otras dos cabezas encendidas, una barba rojiza y las trenzas anaranjadas de un muchacho que recoge una cuerda. Nunca había reunido en un mismo barco tantos matices de fuego.

—Ardroil —anuncia Eòghan.

Al señalar la costa, su manga se desliza y deja al descubierto una muñeca cubierta de pecas.

—Esperaba ver el castillo —digo.

—Lo verás cuando dejemos de mirar lo mejor.

Sigo la dirección de su mano. Sobre la arena hay varias embarcaciones pequeñas puestas a secar, con los cascos apoyados en piedras.

Hombres y mujeres trabajan alrededor de ellas.

Unos remiendan redes tendidas entre estacas; otros limpian pescado sobre unas mesas, rodeados de gaviotas que protestan por cada resto arrojado demasiado lejos.

Detrás de las dunas se elevan hebras de humo que el viento inclina hasta volverlas casi horizontales.

—¿No hay murallas? —pregunto.

Eòghan se vuelve hacia mí y sonríe con la clase de orgullo que no necesita que nadie se lo celebre.

—Las hay. Solo que aquí aprendimos hace tiempo que una pared no detiene al Atlántico.

Colum, sentado unos pasos más allá con los brazos cruzados sobre el pecho, alza apenas una ceja.

—Ni a los MacLeod cuando han bebido demasiado.

Eòghan le dedica una mirada lenta.

—Veo que Broen no te mandó para hacer compañía.

—Broen no me mandó para hacer nada agradable.

La respuesta debería arrancarme una sonrisa. Casi lo consigue. El nombre de Broen tiene ese efecto absurdo sobre mí.

Desde que Dùn Mhoireasdan desapareció tras la lluvia, vuelvo la cabeza cada vez que la cubierta cruje a mi espalda.

Conozco el peso de sus pasos, la pausa que deja antes de hablar y la manera en que el espacio se estrecha cuando se acerca.

En esta birlinn todos los sonidos pertenecen a Colum, a Eòghan o a los marineros. Ninguno es Broen.

Había olvidado que la ausencia de un hombre puede ocupar tanto sitio. Quizá porque durante diecisiete años confundí aprender a vivir alrededor de ella con haber dejado de sentirla.

Eòghan observa a Colum con mayor atención. Apenas se conocen. Durante la travesía han intercambiado poco más que las cortesías imprescindibles, y casi todas han salido de la boca del MacAulay.

Colum ha respondido con educación, sin ofrecer una sola frase de más ni permitir que su silencio se confunda con timidez.

—¿Conocéis bien a los MacLeod? —pregunta Eòghan.

—Lo suficiente para saber que beben.

—Eso no exige un conocimiento profundo.

—Las conclusiones sencillas suelen ser las más fiables.

Eòghan deja escapar una risa breve.

La birlinn cambia de rumbo y la vela cuadrada restalla sobre nuestras cabezas antes de tensarse.

Entonces aparece la fortaleza.

No se alza sobre un acantilado ni domina el horizonte con torres imposibles.

Ocupa una elevación baja detrás de las dunas, protegida por una empalizada de madera y terrones endurecidos.

En el centro se levanta una torre rectangular de piedra gris.

A su alrededor se agrupan almacenes, establos, cobertizos y una sala más larga cuyo techo está sujeto por cuerdas y piedras.

Desde el mar parece austera, incluso pequeña.

Sin embargo, el lugar donde la construyeron permite vigilar toda la bahía y los dos promontorios que cierran la entrada.

Ninguna embarcación podría aproximarse sin ser descubierta mucho antes de alcanzar la arena.

—Nuestros antepasados llegaron desde Irlanda —explica Eòghan, señalando las construcciones—. Al menos eso aseguraba mi abuela. Decía que atravesaron el mar con poco más que sus armas, sus nombres y el cabello suficiente para incendiar media isla.

Miro de nuevo a los hombres de la tripulación.

—El cabello parece haber sobrevivido mejor que la modestia.

—La modestia se perdió en la primera tormenta. Pesaba demasiado.

Colum baja la vista hacia sus botas.

—Una fortuna. El barco ya debía de ir sobrecargado.

Eòghan lo mira y esta vez la sonrisa tarda un poco más en aparecer.

—Mi abuela habría dicho que los hombres oscuros desconfían del fuego porque saben que los vuelve visibles.

—Mi madre habría dicho que no conviene discutir con las abuelas. Han tenido más tiempo para preparar la respuesta.

Eòghan observa a Colum con curiosidad.

—¿También crees que vinisteis de Irlanda? —le pregunto a Eòghan.

Su atención regresa a mí.

—Creo que nuestras historias viajan mejor que nosotros.

Algunos dicen que procedemos del Ulster.

Otros aseguran que siempre estuvimos en Lewis y que inventamos el origen irlandés porque una familia parece más antigua cuando ha cruzado un mar para llegar.

A mí me basta con que llevemos aquí el tiempo suficiente para que los Morrison aún discutan dónde terminan nuestras tierras.

—Los Morrison no necesitan incertidumbre para discutir una frontera —corrijo.

—Ese es el problema de los brieves —responde—. Aprenden todas las leyes y acaban convencidos de que también inventaron la tierra sobre la que se aplican.

La observación me recuerda a Sorley recitando genealogías durante las cenas, satisfecho de saber qué vaca se entregó para compensar una muerte ocurrida antes de que naciera su abuelo.

Los Morrison guardan la memoria de Lewis porque de ella depende su autoridad. Los MacAulay, al parecer, conservan la suya para impedir que otros la utilicen contra ellos.

Incluso Dùn Mhoireasdan fue levantado para guardar decisiones, documentos y hombres acostumbrados a juzgar.

Ardroil mira hacia el océano.

La diferencia se nota incluso antes de pisar tierra.

Allí las puertas siempre parecen cerrarse detrás de quien entra.

Aquí las construcciones se reparten alrededor de la bahía y permiten que el viento atraviese cuanto encuentra.

Hay remos apoyados contra las paredes, velas extendidas sobre la hierba, sogas secándose en postes y pieles de foca tendidas junto a un almacén.

El mar no termina en la playa. Entra en el asentamiento adherido a cada objeto.

—Vuestra gente vive mirando hacia Irlanda —digo.

—Hacia Irlanda, Skye, Harris y cualquier lugar del que pueda regresar un barco con madera, hierro o noticias interesantes. —Eòghan hace una pausa—. Los Morrison miran hacia dentro. Los MacAulay aprendimos hace mucho que, cuando la tierra no da suficiente, hay que pedirle el resto al agua.

Colum vuelve la cabeza.

—El agua no suele regalar nada.

—Por eso se lo quitamos.

La respuesta parece gustarle. No sonríe, pero cierta resistencia abandona su postura antes de que vuelva a cruzar los brazos.

Nos aproximamos a la orilla. Los hombres recogen la vela y aseguran los remos. En la playa aguarda una comitiva demasiado numerosa para recibir a una mujer trasladada por orden real.

Distingo criados, guerreros, dos ancianas, varios niños y una muchacha pelirroja que sostiene un cuenco cubierto con un paño. Más atrás esperan tres caballos ensillados, pese a que la fortaleza se encuentra lo bastante cerca para alcanzarla andando.

—¿Todo esto es por mí? —pregunto.

—Mi hermana considera que una invitada debe ser recibida como tal —responde Eòghan—. Y yo no pienso permitir que nadie confunda la custodia con un cautiverio.

Las palabras son amables. Quizá demasiado.

Miro a Colum.

Él no devuelve la atención. Observa a los hombres de la playa y roza con el pulgar el pomo de la daga, un gesto pequeño que Eòghan no parece advertir.

Broen sí lo habría visto.

El pensamiento llega sin pedir permiso. Broen habría contado también los arcos, las distancias, la profundidad del agua junto al casco. Se habría colocado entre la costa y yo sin anunciar que lo hacía. Después habría fingido que su posición obedecía al viento o a la conveniencia del desembarco.

La quilla roza la arena.

Eòghan baja primero al agua y se vuelve para ofrecerme la mano. Colum se coloca detrás de mí, sin competir por el gesto ni apartarse más de lo necesario.

Apoyo los dedos en la palma del MacAulay.