Capítulo 22
«Broen»
L a birlinn de los MacAulay se convierte en una mancha oscura sobre el fiordo antes de que consiga soltar la piedra del adarve. Tengo los dedos tan apretados contra el granito que la piel de los nudillos se me ha abierto, dejando un rastro de sangre en la muralla.
«Solo soy tuya».
Respetar su voluntad se parece demasiado a abandonarla. Quizá porque llevo dieciséis años preguntándome qué habría ocurrido si hubiera pronunciado su nombre bajo aquella ventana.
Me inclino sobre el parapeto y trago saliva varias veces, aunque el sabor ácido continúa subiéndome por la garganta.
Lo único que me impide saltar al mar y perseguir esa embarcación a nado es la promesa que le hice y la mano de Darian, que solo ahora se desclava de mi antebrazo.
—Respira, Broen —murmura Darian a mi lado, sin quitarle los ojos de encima al patio—. Si te das la vuelta con esa cara, les regalas exactamente lo que han venido a buscar.
Me obligo a erguirme. Me paso la mano por el rostro y me giro hacia la masa de hombres que aguarda en las almenas.
Niall ha conseguido apartar a la única persona capaz de mantener unido este lugar sin necesidad de sentarse en la silla principal.
Sin embargo, no se marcha.
—Quiere algo más —murmura Altair.
Escupo en el suelo.
—Entonces procuraremos que se marche sin ello —respondo con sequedad.
Niall MacLeod me espera en el centro del adarve, flanqueado por dos de sus guardias. Mantiene la postura erguida de un vencedor y una sonrisa leve, hedionda, flotando en las comisuras de los labios.
—Un espectáculo entrañable, laird provisional —dice Niall, elevando la voz lo suficiente para que los consejeros no pierdan una sola sílaba—.
Ver a un hombre del clan desafiar la autoridad del rey y arriesgar la paz de Lewis por proteger a la viuda de su hermano.
Aunque, si me lo permites, una vehemencia tan impropia sugiere que las razones para defenderla no son del todo... fraternales.
Un murmullo incómodo se extiende por los ancianos del consejo. Tormod se acomoda las pieles alrededor del cuello, mirando hacia el suelo.
—Entre los hebreos, el hermano debía casarse con la viuda si el muerto no le había dado descendencia —interviene Finn—. Tal vez Broen solo posea un sentido del deber más antiguo que el vuestro.
—No estamos entre hebreos —replica Niall—. La Iglesia considera esa cercanía un impedimento. Hasta Enrique VIII de Inglaterra necesitó una dispensa del papa para casarse con la viuda de su hermano.
Finn ladea la cabeza.
—Y ahora lleva años intentando convencer al papa de que jamás debió concedérsela. Los ingleses poseen una relación complicada con el deber.
—El rey Enrique puede permitirse discutir con Roma —replica Niall, observándome—. Un hombre encargado de juzgar la muerte de su hermano debería procurar que nadie se pregunte qué espera recibir de la viuda.
Yo mantengo la boca cerrada.
Mi silencio suele incomodar a los hombres. Los obliga a escuchar sus propias palabras después de pronunciarlas y muchos descubren entonces que les gustan menos.
—Aunque reconozco que comprendo tu posición —prosigue Niall, caminando despacio hacia el centro del adarve, asegurándose de que cada miembro del consejo lo escucha con claridad—.
Lady Caitlin te fue prometida antes de que su padre decidiera que la posición de Sorley valía más que la palabra dada a un muchacho segundón.
Broen la vio ser entregada a su hermano.
Y todos sabemos lo que vino después, ¿verdad?
Gilleasbuig respira hondo. Tormod cambia el peso de una pierna sobre la otra. Ambos conocen el terreno hacia el que se dirige la conversación y ninguno desea caminar por él.
Niall sí.
—Sorley no era un hombre paciente —dice Niall, y su voz adquiere un tono bajo, casi íntimo, que hace que las tripas se me revuelvan—.
Ni tampoco un esposo delicado. Cualquier hombre con ojos en Dùn Mhoireasdan sabía lo que ocurría.
La forma en que la obligaba a ponerse en pie tras los castigos, las marcas que dejaba en su piel, el agua helada con la que intentaba purgarla cada mes cuando no se quedaba embarazada...
Quizá esa sea la parte que más te ha afectado.
Regresar y descubrir cómo trataba a la mujer que debería haberse casado contigo.
—Calla la boca —susurro. La voz me sale como un gruñido cavernoso, un aviso directo desde la garganta.
—¿Por qué habría de callar? —Niall abre las manos con falsa compasión, mirando directamente a los ancianos del consejo—.
Todo el clan sabe lo que esa mujer tuvo que soportar durante años.
Un infierno diario infligido por un hombre brutal que ni siquiera sabía valorar la suerte que tenía.
Otra mujer habría terminado perdiendo el juicio.
Cualquier persona con un mínimo de sangre en las venas entendería que, tras una vida entera de tormentos, ella decidiera ponerle fin.
Niall se vuelve hacia Gilleasbuig.
—Contadle lo ocurrido después de que lady Caitlin vendiera sus brazaletes para comprar grano para las familias de Arnol.
El anciano palidece y se humedece los labios.
—El grano había sido comprado sin autorización del laird.
—No os he preguntado por el grano —lo corta Niall—. Os he pedido que expliquéis qué hizo Sorley cuando supo de dónde procedía la plata.
El anciano busca mi mirada y se arrepiente en cuanto la encuentra.
—La hizo comparecer ante el consejo. Afirmó que una esposa no podía vender bienes de su esposo y exigió que reconociera haberle robado.
—¿Qué pasó después? —pregunto.
Gilleasbuig baja los ojos.
—Sorley ordenó que se arrodillara —prosigue—. Ella se negó. Él la golpeó delante de nosotros.
El anciano traga saliva.
—La primera la lanzó contra la mesa. La segunda le abrió el labio. Después nos ordenó salir y cuando acabó prohibió a las mujeres entrar a atenderla hasta la mañana siguiente.
He visto la pequeña cicatriz que Caitlin conserva en la parte interior del labio.
Lo he rozado con la lengua sin preguntarme de dónde procedía.
He pasado los dedos por las marcas de su espalda, he sentido zonas donde la piel cambia bajo las yemas y acepté su silencio porque creí que respetarlo bastaba.
No pregunté.
Me convencí de que respetaba su silencio cuando, en realidad, temía descubrir cuánto había sufrido mientras yo permanecía vivo en otra parte.
Me adelanto hacia los hombres del consejo.
Darian no me toca, aunque desplaza una bota hasta apoyarla contra la mía. Un aviso. Sigue aquí. También los demás.
—Vosotros salisteis —digo, mirando a Gilleasbuig—. ¿Cuántos golpes escuchasteis desde el corredor?
El anciano cierra los párpados.
—Broen…
—¿Cuántos?
—No los contamos.
La respuesta me vacía los pulmones. Algo sube desde el estómago y tengo que volver la cara. Apoyo una mano en la piedra, abro la boca y consigo contener la arcada.
Darian me sujeta por el hombro. Esta vez no puedo fingir que se trata de una advertencia discreta. Si retira la mano, no sé si avanzaré hacia Gilleasbuig, hacia Niall o hacia el borde desde el que todavía podría arrojarme al mar.
—Aquella no fue la única ocasión —continúa Niall—. ¿Verdad?
Tormod se mueve en el banco.
—Esto no tiene relación con la muerte de Sorley.
—Tiene toda la relación —replica Niall—. Estamos estableciendo el motivo de la acusada y la capacidad de Broen para juzgarla.
El consejero aprieta la boca. Su protesta acaba de ofrecerle permiso para continuar.
—El invierno del octavo año de matrimonio —añade el MacLeod—, lady Caitlin sangró después de un retraso de varias semanas. Sorley afirmó que había perdido a su heredero por haber salido a atender a una mujer enferma.
Algo duro se instala debajo de mis costillas.
Caitlin jamás estuvo embarazada. Me lo explicó con esa franqueza desnuda que utiliza cuando ya ha soportado demasiadas interpretaciones ajenas sobre su cuerpo.
Sorley también debía de saberlo. Bastó un retraso para culparla de la muerte de una criatura que nunca existió.
Niall fija la atención en Tormod.
—¿Dónde la encerró?
El hombre se frota las palmas sobre los muslos.
—En la cámara occidental.
Conozco esa estancia. El viento entra por las junturas incluso en verano. Durante el invierno, la escarcha cubre el interior de los postigos.
—¿Cuánto tiempo la dejó sin agua ni comida?
—Tres noches.
—Cuatro —corrige Gilleasbuig, tan bajo que casi parece hablar para sí—. La sacaron la cuarta mañana.
Tormod le dirige una mirada cargada de rencor. Gilleasbuig la recibe sin fuerzas.
Cierro las manos sobre el borde del parapeto para contener el temblor.
Recuerdo a Caitlin calentándose los dedos alrededor de una taza.
La forma en que busca el fuego al entrar en una habitación y el cuidado con que coloca otra manta sobre las mujeres sentadas.
Siempre creí que el frío la incomodaba más que a los demás.
—¿Y no hicisteis nada?
Gilleasbuig retrocede ante mi voz.
—Era el laird.
—¡Los guardias obedecen al consejo cuando el laird pierde el juicio!
—No podíamos enfrentarnos a Sorley cada vez que discutía con su esposa —replica Tormod—. Caitlin lo contradecía delante de los criados, disponía del grano sin consultarlo y se negaba a obedecerlo. Un hombre tiene derecho a gobernar su propia casa.
—La dejó cuatro noches sin agua —digo.
Tormod se aferra al borde del banco.
—No nos correspondía entrometernos en la corrección de una esposa por parte de su marido.
—Sois unos cobardes —siseo.
Me adelanto hacia ellos, pero Finn da dos pasos hacia mí, bloqueándome el camino.
—Entiendo tu rabia —continúa Niall, y la compasión fingida vuelve su voz más repugnante—.
Cualquier hombre la entendería. El hombre que la quisiera lo consideraría un acto de justicia, no un crimen.
Algunos podrían incluso pensar que Sorley merecía morir por lo que le hizo y que ella solo se defendió.
La rabia me ciega la vista. El recuerdo de Caitlin en el gabinete, temblando entre mis brazos, diciéndome que jamás le entregó nada a Sorley, se mezcla con las imágenes grotescas de los abusos que Niall está escupiendo sobre la piedra.
Mi mano se cierra sobre el pomo de la espada. Todo mi cuerpo exige dar un paso adelante y partirles la cara a esos bastardos contra el suelo de las almenas.
Niall quiere que estalle y diga que Sorley merecía la muerte para utilizar mi rabia como prueba definitiva de que Caitlin tenía un motivo.
Lo sé y aun así la espada sale un dedo de la vaina.
Darian me cierra una mano sobre el antebrazo. Torren aferra el tahalí para impedir que extraiga la hoja y Finn sigue entre el resto y nosotros. Altair no me toca. Se limita a pronunciar mi nombre una vez.
—Broen.
La voz me alcanza desde muy lejos.
Niall continúa delante de mí, esperando que termine el movimiento. Sería muy fácil. Un tirón, un paso y el filo atravesaría la sonrisa que lleva desde que se llevaron a Caitlin.
«Quédate aquí».
La hoja deja de avanzar.
«Busca la verdad».
Abro los dedos uno a uno. Torren mantiene sujeto el tahalí hasta que el acero vuelve a entrar en la vaina.
«Salva a este clan».
Darian no retira la mano. Tampoco se la aparto. Necesito su fuerza mientras consigo reunir la mía.
El aire entra por fin hasta el fondo de los pulmones. Después otra vez. No apaga la rabia ni devuelve a Caitlin. Solo me permite levantar la cabeza sin que Niall vea el dolor que todavía me quema detrás de los ojos.
Cuando hablo, la voz sale rota.
—Mi hermano está muerto, MacLeod —digo, y la sonrisa de Niall pierde un milímetro de firmeza—. La mujer a la que acusas se encuentra bajo la custodia de la Corona. Si pretendes convertir lo que sufrió en una confesión de asesinato, tendrás que hacerlo ante la justicia del rey.
Niall me observa durante un segundo, contrariado porque no le he dado las palabras que buscaba. Ha conseguido que todos vean mi rabia, pero no que la convierta en una defensa del asesinato.
—Tal vez tengas razón —dice Niall, recuperando la compostura con un gesto despectivo de la mano—. Al fin y al cabo, los muertos no hablan. Aunque... siempre quedan los secretos que dejan atrás. ¿Recibió la última absolución?
—Su muerte fue casi instantánea. El sacerdote que atiende la capilla se encontraba en Arnol —explica un anciano—. Regresó después de la muerte del laird.
Los dedos de Niall se detienen sobre el broche de su clan.
—Un hombre con una conciencia tan pesada como la de tu hermano debió de buscar consuelo espiritual antes de su trágico final. ¿No tuvo un confesor a su lado? ¿O es que no dejó ninguna última palabra, ninguna confesión por escrito encomendada a un hombre de fe?
La frase cae con la misma ligereza que una pregunta sobre el tiempo. Niall ni siquiera me mira al pronunciarla. Se concentra en alisar uno de los pliegues de su ropa, aunque su quietud posee demasiada atención.
—Sorley no era dado a compartir sus pensamientos con los clérigos —responde Tormod con sequedad.
—Qué lástima —murmura Niall, sosteniéndome la mirada—. Hay verdades que pesan demasiado para llevárselas a la tumba. O para dejarlas sueltas por las Hébridas.
Obligo a mi rostro a mantener una calma de piedra.
—Los asuntos del alma de mi hermano quedaron entre él y Dios, MacLeod —digo con una frialdad cortante.
Me dispongo a dar media vuelta hacia la escalera. Necesito salir de ahí, pero Niall no ha terminado.
—¿Y lady Caitlin? —pregunta, elevando la voz apenas lo justo para detenerme con el pie suspendido sobre el primer peldaño—. ¿Tampoco ha buscado el consuelo de un sacerdote? Una mujer acusada de un crimen tan horrendo debería desear limpiar su conciencia?
—¿De qué cojones hablas, Niall? —pregunto con incredulidad.
Él ladea la cabeza, con esa sonrisa afilada que busca calar hondo.
—Todos sabemos que a vuestro clérigo nunca le han gustado las mujeres.
Sus sermones parecen diseñados únicamente para recordarles su naturaleza pecaminosa y culparlas de las desgracias del hombre.
Una mujer acorralada, temiendo por su vida o soportando los tormentos de un mal matrimonio, sin duda buscaría a un hombre de Dios más... compasivo.
Me obligo a no parpadear, manteniendo los hombros rígidos y la mirada fija en el granito de los peldaños.
Cuando la rabia comienza a disiparse y puedo pensar con más claridad, comprendo que su interés jamás ha estado en los pecados de Sorley o Caitlin.
Quiere saber si otro sacerdote ha cruzado estas murallas y ha hablado con ellos.
—Caitlin no le debe explicaciones sobre su fe a nadie, y mucho menos a ti —respondo, volviéndome hacia él con la voz convertida en granito.
Niall estrecha los ojos, intentando descifrar si en mis palabras hay ignorancia o protección, pero no le doy espacio para continuar.
Doy un paso firme hacia la escalera del torreón. Darian se coloca a mi flanco de inmediato, interponiendo su cuerpo para bloquear cualquier intento de los MacLeod de seguirnos.
—Necesito saber qué secreto estaba comprando Sorley... —le murmuro a Darian al oído, tan bajo que el viento de la costa amortigua mis palabras mientras descendemos a la penumbra de la torre— y por qué a Niall MacLeod le aterra tanto que Caitlin lo sepa.