Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Broen no se aparta de inmediato. Me sostiene un instante más, pegado a mí, grabando la presión de su cuerpo contra el mío en el último segundo de intimidad que el mundo nos concede.

Después me suelta.

El vacío que deja su cuerpo me hiela las entrañas. Lo veo dar un paso atrás, recomponerse la camisa con manos torpes y pasar la palma por su cara para borrar el rastro de mis lágrimas.

La coraza de piedra vuelve a cubrirle las facciones, pero antes de quitar el pasador su mirada sobre mí tiene una luz nueva. Una luz peligrosa, feroz y definitiva.

Ya no es el hermano desterrado que se hace a un lado por costumbre.

Es un hombre al que acaban de elegir.

Abre la puerta de un tirón.

Niall y Eòghan aguardan fuera. Al ver aparecer a Broen, la frialdad que emana de su figura es tan imponente que Eòghan, instintivamente, retrocede un paso en el corredor.

—Está lista —dice Broen. La voz le sale rasa, desprovista de todo artificio, pero la mirada fija en el heredero de Uig es una sentencia de muerte en suspensión—.

Si la tocas, MacAulay... si una sola de tus manos se posa sobre ella sin su consentimiento, reza para que la justicia del rey te encuentre antes que yo.

Eòghan no responde. Intenta sostenerle la mirada con su habitual sonrisa perezosa, pero la sonrisa no llega a sus ojos.

Durante un instante, el patio entero parece esperar que alguno de los dos olvide la orden real y lleve la mano a la espada.

Me interpongo antes de que descubran cuál posee menos paciencia.

—Me gustaría partir antes de que llegue la noche.

Bajamos en silencio por la escalera de caracol hacia el nivel del mar. Beathag me aguarda al pie de la poterna con la bolsa de ropa y los ojos rojos, pero la barbilla firme. Me la entrega y me aprieta las manos una sola vez antes de que dos hombres de Uig se interpongan.

A los pies del castillo, la birlinn de los MacAulay cabecea sobre las olas oscuras, con sus remos recogidos y la vela de lana basta plegada en el mástil.

Subo a bordo por la escala de madera con la ayuda de Colum. El casco cruje bajo mis pies mientras ocupo un banco cerca de la popa. Los remeros de Uig ocupan sus puestos y se preparan para soltar los amarres.

Justo cuando el primer remo golpea el agua, una figura cubierta con un manto oscuro desciende a prisa por la escalera del embarcadero. Lleva una bolsa de cuero colgada del hombro y camina con la determinación de quien ejecuta una orden directa.

Ealasaid.

La partera de Niall.

Se detiene junto a la orilla, se recoge las faldas con una mano para no mojarse con el golpe de las olas y acepta el brazo de uno de los hombres de Uig para subir a bordo. Ocupa un banco al fondo, justo detrás de mí, y acomoda la bolsa entre los pies con una calma que me hiela la sangre.

El estómago se me cae al fondo del mar.

Toda la certeza que le he vendido a Broen en el gabinete —la tranquilidad de Uig, las semanas ganadas sin inspecciones, la ausencia de manos hurgando entre mis piernas— se disuelve en el agua helada de la bahía.

Vuelvo la cabeza hacia el embarcadero con el pulso desbocado.

Niall MacLeod permanece de pie junto a los escalones de piedra, con la lana del tartán agitada por el viento. Al encontrar mis ojos, no aparta la mirada.

La comisura de su boca se eleva despacio en una sonrisa siniestra, triunfal, saboreando el instante exacto en que comprendo que ha previsto cada uno de mis pasos.

Miro más arriba, hacia lo alto del adarve de Dùn Mhoireasdan, donde Broen lo está viendo todo.

Por un segundo terrible creo que va a saltar, que va a dar una orden a los Cuervos y va a convertir el embarcadero en un matadero.

La mano se le cierra sobre la empuñadura de la espada y el cuerpo entero se le inclina hacia delante como un animal a punto de lanzarse al vacío.

Entonces Darian reacciona.

El laird MacNab da un paso, le atrapa el antebrazo con un agarre de hierro y lo obliga a detenerse.

Casi al mismo tiempo, los demás Cuervos cierran filas a su alrededor: Finn, Torren y Altair lo rodean formando un muro humano con sus propios cuerpos, ocultando la rabia desbocada de Broen a los ojos del consejo y de la gente del patio.

Abajo, en la cubierta, Colum se levanta de su banco con esa soltura impecable que siempre despista a sus enemigos.

Avanza dos pasos con elegancia, y yo le sigo con la mirada. Lo observo colocarse justo detrás de la partera y apoyar una mano firme pero afable sobre el hombro, como si fuera una respetable dama a la que tuviera el honor de custodiar.

Ealasaid se sobresalta y se gira, pero Colum se inclina despacio hacia su oreja. No alcanzo a oír lo que le murmura. Sus labios apenas se mueven al pronunciar unas pocas palabras impregnadas de esa cortesía ladina, afilada y peligrosa que solo él domina.

La anciana se queda de piedra, con la espalda rígida como una vara, los ojos muy abiertos y los labios apretados.

La birlinn despliega la vela cuadrada contra el viento del norte y comienza a alejarse por el brazo del mar, bordeando los acantilados negros hacia la fortaleza costera de Uig.

Mientras el castillo de los Morrison se empequeñece en el horizonte y la marea nos arrastra hacia el territorio de los MacAulay, sé que nunca me había dolido tanto que un hombre respetara mi voluntad.