Capítulo 21
«Caitlin»
L a puerta del pequeño gabinete se cierra tras nosotros y el estruendo del patio se apaga, sustituido por el crujido de la turba en el hogar.
En cuanto el pasador encaja, Broen me agarra por los hombros sin delicadeza. Me arrastra hacia su pecho con un abrazo tan brutal que me quita el aire.
Siento el latido desbocado de su corazón contra mis costillas, la humedad del frío en su camisa y el temblor que le recorre la espalda.
No hay rastro del hombre que domina sus emociones. Es un hombre roto, aterrorizado, ahogado por una rabia que le hace temblar los brazos alrededor de mi espalda.
—Nos vamos —dice contra mi cabello—. Ahora mismo. Darian y los demás bloquearán la puerta de la poterna del mar. Cogeremos una barca pequeña antes de que la birlinn de los MacAulay leve anclas. No les debemos nada a los Morrison, ni al consejo, ni al rey, ni a su maldita comisión.
—Broen...
—Podemos estar en mar abierto en cinco minutos —insiste, apretándome con tanta fuerza que sus dedos se me clavan en las costillas—. Cruzaremos el Minch a tirones de remo si hace falta. Nadie volverá a pedirte cuentas por un vestido, ni por Sorley, ni por lo que llevas o dejas de llevar dentro.
Le sujeto el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarme. Tiene los pómulos helados, sus ojos me miran desorbitados, turbios, llenos de la desesperación impotente del muchacho al que un día le quitaron todo y que ve cómo la historia se repite punto por punto.
—Escúchame —le pido con firmeza—. Escúchame, Broen.
—No voy a dejar que te lleven a Uig. Eòghan quiere quedarse con el clan y Niall quiere ahorcarte. Es una trampa.
—Sé que es una trampa —respondo, sintiendo las primeras lágrimas arder en mis ojos mientras le acaricio la barbilla áspera—.
Y ya no habrá más noches para concebir, Broen.
Ya no podemos seguir buscando ese hijo. Será el fin de mi mentira.
Pero ir con los MacAulay me da algo que aquí estoy a punto de perder: tiempo.
Un sonido espantoso, un choque de dientes y aire atrapado, se le escapa de la garganta.
—¿De qué hablas?
—En Uig puedo ocultar que no hay embarazo durante unas semanas más. Allí nadie me controlará la sangre.
—Todavía no has manchado —dice con esperanza—. Tal vez no ocurra.
—Vendrá, pero ganaremos días para que Darian y tú encontréis al sacerdote de San Ciarán o para que descubráis quién cortó ese pedazo de tela verde de mi vestido.
—No, no, no —suplica, y esa sola palabra, pronunciada por un hombre que jamás le ha pedido nada a nadie, me atraviesa el corazón como un estilete—.
No es seguro para ti. No puedo volver a perderte, Caitlin.
Ver cómo te llevan mientras yo me quedo aquí parado como un idiota.
Estarás encerrada con un hombre que espera apoderarse de ti.
—Es más seguro que quedarme aquí esperando a que Ealasaid descubra que mi vientre sigue vacío y me entreguen al verdugo antes de que termine Yule.
Broen niega con la cabeza, desesperado y empieza a caminar de un lado a otro.
—Huyamos, Caitlin. Por Dios, huyamos juntos.
La tentación me atraviesa como un filo. Durante un segundo, me imagino en una barca con él, dejando atrás el barro, el veneno, la sombra de Sorley y las acusaciones. Una vida simple en tierra firme, donde nadie sepa mi nombre.
Pero la realidad de Lewis no se borra huyendo.
—¿Y qué pasará con el clan Morrison?
—No les debo nada.
—Yo sí.
Se vuelve.
—¿A quién?
—A las mujeres que escondían ungüentos entre mis sábanas cuando Sorley me dejaba marcas. A las que me enviaban a sus hijos para que no llorara por los míos. A quienes han repartido el pan de sus casas mientras Sorley escondía avena.
—¡Ellas querrían que huyeras!
—Claro que lo querrían, pero también quieren que sus hijos sobrevivan al invierno.
Si nos vamos los dos—digo despacio, obligándolo a escuchar la verdad que ambos conocemos—, ¿quién impedirá que el consejo cierre los graneros y deje que los niños de Tolsta o Arnol se mueran de hambre este invierno?
Los bancos de arenques aún no han entrado en las ensenadas.
Broen cierra los ojos, como si le hubiera golpeado.
—Me estás pidiendo que te entregue al enemigo.
—Te estoy pidiendo que te quedes aquí y hagas lo que mejor sabes hacer: protegerlos a todos.
Broen me atrae de nuevo hacia él. Su mano se hunde en mi nuca, sujetándome con una fuerza que roza el dolor, y me besa.
Es un beso desesperado, lleno de la rabia y del miedo que no puede mostrar fuera de esta habitación.
Saboreo su boca, la aspereza de su barba, la promesa silenciosa de que este no es el final.
Cuando se separa, sus labios permanecen pegados a mi frente.
—Podría sacarte de aquí antes de que nadie lo impidiera.
—Lo sé.
—Podría llevarte a un lugar donde el nombre de Sorley no significara nada.
—También lo sé.
—Entonces dime por qué demonios tengo que quedarme mirando mientras te llevan.
Paso los pulgares por la barba áspera de sus mejillas. Debajo de mis manos continúa siendo el hombre capaz de partir a otro en dos.
Sin embargo, pocas cosas pueden resultarle tan difíciles como permanecer quieto cuando su fuerza no sirve para proteger aquello que quiere.
—Escúchame —le digo, pegando mi frente a la suya para que no pueda apartar la vista—. Escúchame bien, porque esto es lo único que me voy a llevar conmigo a Uig.
Broen respira a bocanadas cortas, dolorosas, sujetándome la cintura como si el suelo estuviera cediendo bajo nuestros pies.
—Sorley se quedó con mi nombre durante diecisiete años porque mi padre lo decidió así —continúo, y las lágrimas me resbalan por las mejillas hasta tocar sus labios—.
Me senté a su mesa, dormí en su cama y dejé que la gente del castillo creyera que le pertenecía.
Pero jamás fui suya. ¿Me oyes? Ni una sola noche.
Ni un solo pensamiento. Ni una sola vez en estos años le entregué nada de lo que había dentro de mí.
Los dedos de Broen se tensan en mi piel, sepultados en la lana de mi vestido.
—He pasado toda mi vida perteneciendo a los planes de otros —digo, sintiendo el desgarro de la verdad saliéndome del pecho—.
Pertenecí a mi padre cuando me prometió, pertenecí a Sorley cuando me tomó, y he pertenecido al juicio de este clan desde que murió.
Pero en esa alcoba... contigo... no hubo ninguna mentira.
No estuve con el hermano de Sorley. No estuve con el laird de los Morrison. Estuve contigo.
Su respiración se detiene por completo.
—Si me llevan a Uig —prosigo, agarrándolo del cuello con desesperación—, me llevarán con tu recuerdo quemándome la piel.
Y si la verdad sale a la luz y terminan llevándome a un cadalso, moriré habiendo sabido lo que es desear a un hombre hasta volverme loca.
Que no se te olvide nunca, Broen... no importa dónde me encierren, no importa lo que decida el consejo o el rey.
No soy de Sorley. No soy de los Morrison.
No soy de los MacAulay. Solo soy tuya . Porque a ti sí te he elegido.
La frase cae entre los dos con el peso de un juramento sagrado.
Broen deja escapar un gemido ahogado, el sonido de un hombre al que acaban de arrancarle la última coraza.
Sus brazos se cierran a mi alrededor con una furia desesperada, levantándome casi del suelo, y me sepulta la cara en el cuello.
Lo siento estremecerse entero contra mí, sintiendo cada una de sus respiraciones convulsas mientras digiere aquellas tres palabras.
Tres palabras que borran años de sombra y le devuelven lo único que Sorley jamás había podido arrebatarle, porque jamás ha sido suyo.
—Solo tuya —repito al oído, besándole la cicatriz de la sien, la mejilla, la curva del cuello—.
Recuerda eso cuando me veas subir a esa embarcación.
Quédate aquí, busca la verdad, salva a este clan...
pero no vuelvas a pensar que me han quitado de tu lado porque elegí a otro.
Me han arrancado a la fuerza, Broen. Porque solo soy tuya.
Él alza el rostro y me busca la boca.
Es un beso sucio de lágrimas, desesperado, lleno de una necesidad devoradora. Broen me muele los labios contra los suyos, introduciendo la lengua con una violencia hambrienta, como si quisiera dejar su marca en mi carne antes de que la marea nos separe.
Le devuelvo el beso con el mismo desgarro, hundiéndole las uñas en los hombros, queriendo memorizar el sabor de su boca, su olor a cuero y turba, la dureza de sus dientes contra los míos.
Nos besamos como dos condenados a los que les están contando los segundos de vida.
Cuando se separa apenas dos dedos, ambos estamos sin aire, con las bocas hinchadas y los pechos chocando en un ritmo desordenado.
—Si te hacen el menor daño en Uig —susurra Broen, y su voz ya no tiene miedo, tiene la frialdad pavorosa de una promesa de muerte—, no habrá mar que los proteja.
Quemaré esa fortaleza con todos ellos dentro.
Me da igual el consejo, me da igual el rey y me da igual la paz en Lewis.
Volveré a por ti, Caitlin. Te lo juro por el tiempo que nos han quitado.
Volveré a por lo que es mío y esta vez pronunciaré tu nombre.
No volveré a quedarme callado debajo de ninguna ventana.
—Y yo estaré esperándote.
Su respiración roza mis labios, caliente e irregular. Una exhalación áspera le sale por la nariz.
—Si vuelve a inclinarse sobre tu cuello…
—Le recordaré que sus barcos navegan peor sin capitán.
La boca de Broen se mueve por fin. No llega a sonreír, pero la furia pierde uno de sus bordes.
—Aquello no fue una broma.
—Lo sé.
Me besa de nuevo, más despacio. Su pulgar recorre mi mandíbula, memoriza la curva del cuello y se detiene sobre el latido.
—Colum te sacará de allí en cuanto algo cambie.
—Colum me ayudará a salir si yo decido hacerlo.
—Te llevas al Cuervo más educado. No al más obediente.
Un golpe seco y metálico retumba en la madera de la puerta. La voz de Niall MacLeod llega desde el corredor, impaciente y afilada:
—¡Se acabó el tiempo!