Solo soy tuya (Los Cuervos de Perthshire 6) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—La comisión ha sido creada a petición de dos clanes que llevan años disputando tierras y caladeros a los Morrison —dice Broen—. Vuestra idea de la neutralidad posee un extraordinario sentido del humor.

Avanza dos pasos y se coloca entre ellos y yo. Su mano descansa cerca de la empuñadura, pero no la toca. Broen sabe que todos los hombres del patio esperan ese gesto. También sabe lo que significaría.

Eòghan MacAulay sonríe con esa cortesía que le caracteriza.

—Somos neutrales en la muerte de Sorley. Ninguno pertenece a la casa del brieve ni lleva sangre Morrison. La comisión del rey es clara y Uig acepta la carga.

—No irá.

Apenas levanta la voz. Aun así, uno de los hombres de MacAulay separa los pies y otro lleva la mano hacia el cinturón. Colum se desplaza hasta dejar su hombro delante del mío.

Niall MacLeod entorna los ojos.

—¿Desafías una orden expedida en nombre de Jacobo V? —pregunta—. Eso convertiría a los Morrison en sospechosos de asesinato y rebeldes ante la Corona. ¿Será esa tu primera decisión como laird provisional, Broen? ¿Condenar a todo el clan para retener a la viuda de tu hermano?

El miedo me cierra el estómago. Niall no ha venido únicamente a llevarme. Ha traído una elección construida para destruir a Broen cualquiera que sea su respuesta.

Si me entrega, pierde la autoridad sobre mí y permite que los MacAulay decidan mi destino. Si desenvaina, entrega a la Corona la rebelión que necesita para intervenir en Lewis.

—La orden ha sido obtenida con una prueba manipulada —responde.

—Eso tendrás que demostrarlo ante la justicia del rey —replica Niall, y hace una señal breve a los hombres apostados junto al portalón—. Hasta entonces, la comisión debe cumplirse. Si intentas retenerla por la fuerza, los MacLeod y los MacAulay tendremos que hacerla cumplir.

El cuero cruje cuando varias manos se cierran alrededor de las empuñaduras. Darian permanece detrás de Broen, tan inmóvil como él.

Nadie desenvaina.

Todavía.

Broen mira a Niall. La quietud de su cuerpo resulta más alarmante que todas las manos preparadas sobre las armas.

—Inténtalo.

La palabra carece de volumen. Tampoco lo necesita.

Altair gira apenas la cabeza hacia los hombres de Niall con su arco en la mano y calcula, sin molestarse en ocultarlo, a cuál mataría primero.

El frío que siento ya no procede de mis entrañas.

Broen cumpliría su amenaza. Se enfrentaría a la Corona, a los MacLeod y a los MacAulay dentro del mismo patio si creyera que puede mantenerme con vida un día más. Los Cuervos lucharían con él. Algunos Morrison también. Otros abrirían las puertas antes del amanecer para salvar sus propias casas.

La sangre que podría derramarse por mí tiene demasiados nombres conocidos.

Me adelanto.

Broen vuelve la cabeza. Su mirada recorre mi rostro. Le basta un instante para comprender que no he avanzado para discutir ni para pedirle que me defienda.

Conozco a Broen enfadado, tranquilo, herido y dispuesto a matar. Nunca lo había visto asustado. Ahora el miedo aparece en su cara porque ha reconocido mi forma de rendirme.

Estoy cansada.

Llevo casi un mes despertándome para comprobar las sábanas.

Un mes soportando manos, preguntas y miradas clavadas en un vientre vacío.

Siete días observándolo interrogar a todo el castillo mientras la esperanza se desgastaba en su cara.

He llegado a un lugar donde permitir que otros decidan casi parece descanso.

Broen lo ve.

La dureza de su expresión se resquebraja por un punto que nadie más sabría encontrar.

—Aceptaré el traslado —digo.

—Caitlin —me advierte con una frialdad impecable.

Esa voz habría detenido a cualquier persona que no supiera cuánto le está costando utilizarla.

Mi nombre, pronunciado así, provoca un cambio diminuto en algunos rostros. Niall deja de observar al brieve y empieza a estudiar al hombre. Eòghan ladea apenas la cabeza. Incluso los consejeros reparan en la escasa distancia que separa el cuerpo de Broen del mío.

Él también comprende que ha mostrado demasiado.

—Si utilizas hombres para impedir el cumplimiento de una comisión real, dejará de discutirse tu imparcialidad y empezará a discutirse tu rebelión. Cada Morrison que alce un arma contigo quedará implicado.

—El clan no puede enfrentarse a una orden del rey —vocifera Tormod, muerto de miedo.

Broen gira la cabeza hacia él.

—Estás aceptando que entreguen a la viuda de tu laird a un enemigo de los Morrison.

—¡Intento que siga existiendo un clan al que pueda regresar!

La respuesta contiene más honestidad de la que esperaba de él. Quizá por eso alcanza a Broen con tanta precisión. Se queda inmóvil, mirando a los hombres que ahora dependen de su autoridad y temen las consecuencias de permitírsela.

Después viene hacia mí y se coloca a mi lado.

—Iré con ella.

Eòghan suelta una risa breve, casi incrédula.

—¿Tú? La comisión existe precisamente para retirarla de tu custodia. No puedes trasladarte a Uig y continuar vigilándola allí. Y si pones un solo pie en nuestras tierras sin nuestra autorización al frente de tus hombres, los MacAulay lo entenderán como un acto de guerra.

—Que lo entiendan como quieran.

—Broen, no.

La voz de Gilleasbuig interrumpe desde la escalinata. El anciano consejero baja los peldaños con una prisa torpe, seguido por Iain.

Broen ni siquiera mira a los consejeros. Su mirada continúa clavada en Eòghan con una ferocidad tan cruda, tan desprovista de cautela política, que el propio Eòghan deja de sonreír.

—Caitlin no dormirá bajo tu techo sin alguien que responda ante mí.

Niall MacLeod continúa observando a Broen con recelo. Mide la forma en que su cuerpo se inclina hacia mí, la desesperación contenida tras su postura.

—Muestras una vehemencia extraordinaria por la esposa de tu hermano, Broen —comenta despacio, dejando que la sospecha flote sobre el patio—. Un observador malicioso podría preguntarse dónde termina el deber de un cuñado y dónde empieza otra cosa.

Tormod se remueve, incomodado por la insinuación. El consejo entero ha empezado a mirar a Broen con una mezcla de pánico y desconfianza. Para ellos, esa furia no es la autoridad de un laird, sino una imprudencia de un hombre dispuesto a quemar el clan por una mujer.

Darian da un paso al frente.

—Yo la acompañaré. Como laird de un clan externo, acompañaré a lady Caitlin hasta Uig para garantizar que la custodia se mantiene dentro de los límites de la comisión.

Eòghan vuelve la cara hacia Darian y niega con la cabeza, esta vez sin un solo rasgo de burla.

—No. Con todo el respeto para la casa MacNab, eso es imposible.

—Soy un laird neutral —replica Darian.

—Eres el jefe de los MacNab —corrige Eòghan con firmeza—.

No aceptaré dentro de mis tierras a otro laird con autoridad propia para discutir nuestras decisiones.

Si algo sale mal desencadenaría un conflicto feudal entre los MacAulay y los MacNab que sobrepasa el ámbito de Lewis.

No voy a meter a un lobo de Perthshire en mis tierras.

Darian descruza los brazos. Su silencio confirma que la objeción tiene sentido. También que le gustaría abrirle la garganta a Eòghan por haber encontrado una razón legítima para rechazarlo.

—Entonces irá alguien que no lleve un título ni amenace a vuestro clan. —La voz de Colum suena desde atrás.

Avanza con las manos vacías, sin armas, puestas a la vista, y esa expresión serena y educada que siempre hace que los hombres olviden lo rápido que sabe desenfundar un cuchillo.

—Es uno de sus Cuervos —señala Eòghan.

—Carece de tierras, título y hombres propios —responde Darian—. Tampoco es Morrison, MacLeod ni MacAulay. No puede iniciar una guerra en nombre de nadie y posee modales suficientes para no orinar desde vuestras almenas el primer día.

Colum le dirige una mirada resignada.

—Puedo contenerme más de un día si la hospitalidad lo merece.

Eòghan examina a Colum. Ve a un muchacho de modales pulidos, de aspecto casi inofensivo comparado con los demás.

—Sin armas —exige Eòghan—. Y subirá a nuestra birlinn bajo la vigilancia de mis remeros.

—Acepto las condiciones —responde Colum con una inclinación impecable.

Broen aprieta los dientes con tal fuerza que la mandíbula parece a punto de estallarle. Está atrapado. La comisión real, la negativa del consejo, la amenaza de guerra entre clanes y la trampa política de Niall lo han dejado acorralado.

Todo está orquestado para separarnos, y la ley le impide romper el cerco sin destruir lo poco que le queda.

Dejo que continúen hablando.

Resulta muy sencillo permanecer callada mientras otros deciden dónde dormiré, quién podrá interrogarme y qué hombre posee autoridad para proteger mi cuerpo. Ya lo he hecho antes. Durante diecisiete años. La costumbre regresa con una docilidad que me avergüenza.

Podría cerrar los ojos.

Broen encontraría una solución o moriría intentándolo. Niall escogería mi encierro. Eòghan decidiría la forma más conveniente de tratarme. Incluso mi muerte podría ocurrir sin que tuviera que tomar parte en ella.

Entonces los dedos de Broen encuentran los míos junto al pliegue de mi falda. Me cubre la mano durante un instante, protegido de las miradas por la anchura de su cuerpo.

—Caitlin, mírame.

Lo dice tan bajo que nadie más parece oírlo.

Alzo los ojos.

Su rostro conserva la dureza destinada a los demás, pero su pulgar se desliza una vez sobre mis nudillos.

No intenta ordenarme que resista. Tampoco me ofrece una mentira. Solo comprueba si continúo aquí.

Y continúo.

Aunque sea una parte pequeña de mí.

—Quiero diez minutos con ella —dice Broen. Su voz es áspera, rota.

—El pergamino exige partida inmediata desde el embarcadero —protesta Niall.

—Diez minutos —repite Broen, y la mano que descansa sobre la empuñadura de la espada se mueve un milímetro hacia fuera.

Darian se coloca al lado de Niall con una calma helada.

—Concededle diez minutos o descubriréis lo caro que resulta enfadar a Broen Morrison.

El enviado contempla las manos cerradas sobre las empuñaduras y parece calcular cuánto vale la puntualidad cuando Broen está al otro lado.

—Diez minutos. No más.